19 de febrero
Hoy, cuando ya había apagado el ordenador y estaba limpiando mi despacho, la secretaria me avisó de que una joven quería verme «por un asunto personal». La hice pasar, aunque ya estaba agotado y solo pensaba en llegar a casa de una vez.
Entró una chica bajita, de rizos oscuros, falda corta y botas, de ese tipo que en Madrid veo demasiado a menudo. Se presentó: se llama Belén. Dijo que venía a proponerme un trato.
Nada más sentarse soltó, con toda confianza: «No nos conocemos, Rafael, pero yo sí conozco a tu mujer, Carmen, tu esposa. Mira esto». Dejó sobre la mesa un informe médico: Belén Jiménez López, embarazo de 5-6 semanas.
¿Y esto? pregunté sin comprender.
Es sencillo: estoy embarazada de tu mujer, de Carmen.
Me quedé paralizado. ¿Qué estaba insinuando?
¿Y se supone que debo felicitarte?
No, quiero dinero, si te importa tu matrimonio
Me pidió treinta mil euros para abortar y desaparecer de nuestras vidas. Afirmó que Carmen no sabe nada aún, que si no pago, iría con la verdad, y remató: «Como tú bien sabes, Carmen no puede tener hijos. Está todo perdido para ella. Así que, si te importa tu relación, más te vale pagar».
Me pidió mi opinión. Solo atiné a decirle que me dejara su número y que la llamaría. «No tardes, que los plazos apremian», añadió al marcharse. Mientras salía, aún no entendía si aquello era una amenaza, una trampa o pura locura.
Al salir recogí mis cosas y saludé a Ángela, la secretaria. Me fui directo al garaje, incapaz de concentrarme en la carretera rumbo a nuestro piso en Chamberí.
Ya en casa, revisé una y otra vez el papel de Belén, esperando a Carmen. Apenas entró, preguntó qué olía tan bien. Yo fingí normalidad y le invité a pasar a la cocina. Carmen vino y me miró fijamente, cruzada de piernas en el sillón.
¿Qué ocurre? ¿Por qué esa mirada tan rara?
Rafael, ¿quién es Belén Jiménez López?
Una empleada de una empresa que colabora con la mía. ¿Por?
Está embarazada y dice que es tuyo. Léelo tú mismo.
Le mostré el papel. Carmen lo leyó boquiabierta.
Esto es imposible No he tenido nada que ver con ella. No entiendo nada.
Ella pide treinta mil euros para abortar y desaparecer. Si no, irá a por ti. Eso dice
Le juré por mi camiseta de fútbol del Real Madrid, la de cuando era niño, que la historia era absurda, que nunca estuve con esa chica. Carmen me miró largo rato, pero acabó diciendo que también lo pensaba así, que intuía mentira en Belén. Le propuse acudir a cualquier prueba que hiciera falta.
Cenamos en silencio.
Al día siguiente, Carmen llamó a Belén y le citó en su despacho. La chica no tardó en aparecer, nerviosa. Carmen la enfrentó: «No creemos tu historia. Rafael no puede ser el padre. Pero si tan segura estás, haz lo que quieras». Belén, despectiva, empezó a insultar, comentando mi edad y el estado físico de Carmen. Al final, exclamó: «¡Os vendo el niño! Seguidme el juego y podéis hacer las pruebas que queráis. Estoy convencida de que Rafael es el padre». Y entonces confesó la verdad con cinismo insultante:
«En una cena de trabajo, un compañero me contó que Rafael está casado con una mujer mayor que no puede tener hijos; pensé en aprovechar la ocasión. Intenté seducirle y él me rechazó. Me dolió, porque los hombres nunca se resisten y la verdad, no me suelo quedar con las ganas fácilmente. Mi hermana es farmacéutica y me dio un polvo especial; le puse algo en la bebida a Rafael, perdió la conciencia y se vino dócil conmigo. En esos días yo tenía ovulación, así que quedé embarazada. Tengo un vídeo que lo prueba».
Mostró el móvil: salía yo, completamente grogui, sin reconocer nada.
Sentí miedo, rabia, humillación.
Para mí abortar es fácil. Me da igual. Lo que quiero es el dinero. No denunciareis nada, vuestro prestigio os importa mucho. Viendo que no vais a pagarme la cantidad inicial, aceptaré tenerlo y lo entregaré a cambio de quince mil euros.
Carmen, consternada, temblaba de rabia. Mandó a Belén salir del despacho diciéndole que lo pensaría. Bebió algo de agua y, esa noche, me contó lo sucedido. Yo, indignado, juré que iría a los tribunales.
Carmen me pidió calma:
Espérate, aún tenemos que ver si soy el padre. Se puede analizar el ADN a partir de la séptima semana. Si el niño es tuyo quizás sea la forma que tiene la vida de darnos lo que creíamos imposible. Llevamos años soñando con un hijo. No queríamos adoptar, ni una gestación subrogada nos convencía. Igual esto, por extraño que resulte, es un regalo de la vida ¿No crees?
No supe qué responder, solo que todo era insólito y doloroso.
Carmen y yo nos conocimos en la Complutense. Amor a primera vista, como en los boleros. Nos casamos y empezamos con nada, luchando desde cero. Carmen, siempre tan lista y valiente, montó su propio estudio de arquitectura con ayuda de su tío, que le prestó los primeros fondos en euros, cómo no, y pronto pudo devolvérselo todo con creces. Yo empecé mi tienda de libros antiguos. Luchamos y salimos adelante. Solo nos faltaron los hijos.
Hasta que una noche, hará diez años, unos borrachos nos asaltaron volviendo del restaurante por Malasaña. Uno sacó una navaja. Carmen se interpuso y fue ella quien acabó gravemente herida. Los médicos salvaron su vida, pero le tuvieron que extirpar el útero y los ovarios. Quedó destrozada, pensamos que el sueño de tener un hijo se alejaba para siempre.
Ella se refugió en el trabajo y, quizá por superstición, seguía yendo a la iglesia de San Francisco el Grande a poner velas. Una vez, contó, una anciana a la puerta le cogió la mano: «No sufras, hijo. El niño llegará de la forma menos esperada». Carmen nunca le dio importancia
Al cabo de algunas semanas, el análisis confirmó la verdad. Sí, ese niño era mi hijo. Belén vino a mi despacho, orgullosa, exigiendo los quince mil euros. Yo le respondí que, si la situación fuera diferente, podríamos haber buscado una madre de alquiler por mucho menos, y sin tanta ruindad.
Firmamos papeles, pagamos, y Belén desapareció.
Tras meses duros y un embarazo vigilado al milímetro, nació Diego: sano y robusto. Legalizamos todos los papeles y dijimos a todos que era fruto de una gestación subrogada. Belén no volvió a buscarnos.
Mucho después, Carmen me recordó a la anciana de la iglesia: aquella profecía, más bien maldición, se había cumplido. Diego era parte de los dos, aunque sus orígenes fueran tan dolorosos.
Hace unos meses vi en las noticias que Belén había muerto; encontraron su cuerpo en su piso de Lavapiés, circunstancias turbias, investigación en curso. No sentí rabia, tan solo compasión.
La vida te entrega a veces lo que pides, pero jamás de la forma en que soñabas. Hoy al mirar a mi hijo dormido, siento agradecimiento y humildad. Y entiendo, muy dentro, que cuando uno pide un milagro, debe estar dispuesto a aceptar la manera en que llega, por rara y dura que parezca.







