El secuestro del siglo — ¡Que corran tras de mí y lloren porque no pueden alcanzarme! — leyó Marina en voz alta su deseo del papelito y lo prendió fuego con el mechero. Sacudió las cenizas en su copa y la apuró de un trago entre las risas de sus amigas. El árbol de Navidad parpadeó con sus luces, como pensativo, y al momento brilló aún más. La música subió, los brindis tintinearon, los rostros se mezclaron en un estallido festivo. De las ramas cayó polvo dorado… o al menos así lo recordaba. — ¡Maamá… Mamá, despierta! Marina apenas abrió un ojo. Ante ella, se erguía casi un equipo de fútbol. — ¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños? Los pequeños, bromeando, se presentaron: — ¡Mamá, recuérdalo! Mateo — 9 años, Álex — 7, Santi — 5, David — 3 años. Todos al completo, todos con caritas traviesas y decididos. No era este tipo de hombres persiguiéndola lo que había pedido en Nochevieja… — ¿Y vuestro entrenador?… Bah, digo, ¿dónde está vuestro padre? — murmuró ella con voz ronca. — Traedle agua a vuestra madre… Y solo se permitió cerrar los ojos un instante… — ¡Mamá! Ya le acercaban dos vasos de agua, una mandarina y una taza de caldo de pepinillos. El mayor ya sabía perfectamente cómo revivir a su madre después de fiestas. Crecen. — Mamá, levanta, que prometiste… — suplicaban los pequeños. Marina intentó recordar cómo había llegado ahí y qué había prometido. — ¿Cine? — Nooo. — ¿McDonald’s? — ¡No! — ¿Juguetería? — ¡Jo, mamá! ¡No te hagas la despistada! ¡Ya casi estamos listos y tú no te levantas! — ¿A dónde vamos, por lo menos informadme? — cedió ella. — Cielo, levántate — sonó una voz masculina. Entró en la habitación un hombre alto y moreno. En sus ojos color avellana brillaban chispas doradas. ¡Vaya guapo! — Ya estamos listos, ya he cargado el coche. Paramos en el súper y nos vamos. Marina intentó recordar quién era ese hombre y por qué esos niños la llamaban mamá. La cabeza, en blanco. Ni una pista. — Mamá, ¡no te olvides de nuestros bañadores! Y del tuyo — gritó alguien desde el cuarto rojo. “¿Piscina también? — pensó. — ¿Qué vida es esta y por qué no recuerdo nada…?” Marina abrió los ojos y observó la habitación. No reconocía nada. Ni una foto. Ni el mueble. Ni las cortinas con ese extraño dibujo. La habitación era ajena. Solo reconoció la flor de Pascua roja con pétalos aterciopelados. La maceta blanca, decorada con diminutas perlitas, también le resultaba familiar. Cerró los ojos e intentó hilvanar el hilo de la última noche. Con las amigas en un restaurante, celebrando el Año Nuevo y jugando al “Amigo Invisible”. Como en la universidad, pero ahora con bolsos de marca, peinados elaborados y prisas eternas. Todas guapas, risueñas, emocionadas por la libertad poco frecuente. Habían escapado, aunque fuera por una noche, del círculo: maridos, niños, deberes, guarderías, cazuelas… Irradiaban esa libertad como colegialas que se fugan de la última clase. Solo Marina estaba tranquila. Soltera, su propia jefa. Nadie a quien avisar, nadie a quien esperar, a nadie debía dar cuentas. — La última novia — bromeaban sus amigas, guiñándole el ojo y llenándole la copa de cava. Ella regaló un set de cosmética “con caviar negro y hilos de oro”. Todos rieron, que esa crema no desmerece ni para untar en una tostada y servir con champán en el desayuno. Bromas, fotos, la caja parecía un objeto de arte contemporáneo. Marina recibió a cambio una flor de Pascua, esa misma, y una botella de espumoso francés, de esas que sólo se abren en ocasiones muy especiales. Leyó el papelito, brindó… y… ¡nada! No recuerda más. Como en las películas: saliste — caíste — despertaste — ¡esguince! Marina se miró al espejo. Seguía siendo una chica joven; incluso aún llevaba el maquillaje de la Nochevieja. Pero ¿de dónde esos niños, marido? No recordaba ni parirlos, ni cuidarlos, ¡ni siquiera su boda con el guapo! Sabía el nombre de los niños, pero no el del “marido”. Algo raro. Salió al pasillo. Dos maletas grandes, negra y beige, con logos de lujo. Tres mochilas deportivas infantiles. ¿No iban de picnic? ¿Viaje, entonces? En ese momento entró el “marido”. Cargó las maletas con soltura y la animó a salir. — Llegamos tarde — dijo calmado. Marina se miró la mano — se quedó helada. ¡No llevaba anillo! Ni ella, ni él. Otra rareza. ¿O…? Los niños entraron en la gran furgoneta, mochilas colocadas, cinturones abrochados. Él arrancó. Le ofreció un café con leche templado, ¡que ella odia! Eso la sorprendió aún más. — Vámonos — sonrió él y guiñó a los niños. El coche partió. Cuanto más se alejaban, más inquieta se sentía Marina. Los niños detrás cuchicheando y riendo; él, atento y seguro al volante, la miraba sonriente, como si compartieran un secreto. Marina se sintió como un erizo en la niebla. Todo lógico: familia, coche, rumbo, pero nada tenía sentido. Salieron a la autopista, dejando Madrid atrás. Marina ya no se lo creía. ¡No era su familia, era un hombre y unos niños ajenos! ¡La habían secuestrado! No, ¡la habían secuestrado a ella! ¿Pero entonces por qué sabía los nombres de los niños? Al final se rindió a la lógica: tenía delante a un desconocido. ¡Había que hacer algo! Marina se tensó en el asiento, apretó el vaso de café y fingió mirar la carretera mientras interiormente decidía sobrevivir. Media hora después, los niños protestaron al unísono. — Papá, ¡quiero ir al baño! — ¡Quiero agua! — ¡Tengo hambre! Entraron en una gasolinera y todos salieron juntos. ¡Esa era su oportunidad! El corazón le retumbaba. Se escabulló hasta el coche, corrió al volante… Pero no, no había llaves. — Aquí estás, te buscábamos — sonó la voz del hombre desde la ventanilla entreabierta. — Todos listos, seguimos — continuó él amable. — Cariño, conduzco yo. Siguieron su viaje. Pronto apareció el aeropuerto: cristal, asfalto, personas por doquier. Aparcaron y entraron juntos. Marina tensa. No se iba a dejar llevar. ¡Debía defenderse! Se fue retrasando y, de pronto, salió corriendo. — ¡Socorro, esto es un secuestro! — gritó, abordando a un guardia de seguridad. El guardia reaccionó rápido: al suelo, esposas, gente armada apareció. — ¡Esperen! ¡Ahora lo explico! — gritó el hombre al que tomó por secuestrador. — Es una broma de Año Nuevo, ¡no estamos armados, no es secuestro! La voz le llegaba lejana. Entonces, como en el cine, las vio. Detrás de un expositor estaban sus amigas, sonriendo, asustadas y felices a la vez. — ¡Mamá! — chillaron los niños, abrazando a una de las mujeres de su grupo. Las otras amigas corrían hacia los guardias, riendo y excusándose por la “secuestradora”. Le quitaron las esposas. El mundo dejó de girar. Comprendió: ¡no la habían robado! ¿La habían gastado una broma? Cuando por fin bajó la adrenalina, pudo escuchar. Una broma. Monumental. Cara. En equipo. De película policiaca. Las amigas se explicaban entre risas y gritos: querían presentarle a “un buen chico”, el que llevaba años suspirando por ella, pero sabía que Marina era de “Gracias pero no, mejor sola que mal acompañada”. Así que no intentaron convencerla. Mejor, sumergirla sin remedio en “la mañana familiar”: café, niños eficientes, un hombre atento, sonriente. — Queríamos que no pensaras — confesaron —, que solo sintieras en el corazón ese calorcito. Marina ya no podía enfadarse. Sí, polémico. Sí, casi le da un infarto. Pero el experimento fue honesto. A veces, para saber si quieres a un hombre, basta con una mañana, tres niños y un café preparado por tu “secuestrador”. Entonces vio a su “héroe de novela”, con sonrisa traviesa de gato y esos ojos de oro que miraban directo al alma. “Los niños” eran sus sobrinos, encantados con la broma. — ¡Ay, que volvéis a perder el vuelo! — avisaron las amigas. — ¡Corred al embarque! — ¿Secuestro otra vez? — pensó Marina. — ¿Y dónde iban a “llevarme”? ¿Al Mediterráneo, a bucear, a tomar mangos? Él le tendió la mano. — Encantado, soy Víctor. ¿Te dejas secuestrar? — le dijo sonriendo. Miró a sus amigas, pendientes. Luego a las maletas. Después, de nuevo, a los ojos de Víctor. Pensó: ¿por qué no aceptar? — ¡Vamos! — respondió Marina, sonriendo al darse cuenta de que ese “secuestro” era la mejor aventura posible. Y bajito añadió: — Pero que los niños se queden en casa… Todos rieron, él sonrió, y el aeropuerto se transformó en el principio de algo cálido, divertido e inesperadamente acogedor. A veces la vida no nos secuestra. Simplemente nos traslada de golpe allí donde siempre debimos estar.

El Secuestro del Siglo

¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no pueden alcanzarme! leyó en voz alta Carmen el deseo que tenía apuntado en una papelito, lo prendió con el mechero y dejó caer las cenizas en la copa, apurando lo que quedaba de cava entre las carcajadas de sus amigas.

El árbol de Navidad parpadeó con sus luces como si se lo estuviera pensando, y de repente brilló con más fuerza. La música subió de volumen, las copas tintinearon, las caras se entremezclaron en una explosión de fiesta. Desde las ramas cayó una especie de polvo dorado o al menos así es como lo recuerda…

¡Mamáaa… Ma-má, despierta!

Carmen consigue abrir a duras penas un ojo. Por encima de ella se levantaban lo que parecía un equipo entero de fútbol.
Pero… ¿quiénes sois? ¿Os conozco, chicos?

Los niños, haciendo teatro, se presentan, inclinando la cabeza:

Piensa, mamá, Rodrigo 9 años, Luis 7, Pablo 5, Álvaro 3.

La plantilla al completo, sin cambios, todos con caras traviesas y llenos de energía. No eran estos precisamente los varones que había pedido en Nochevieja que corrieran tras ella

¿Y dónde está vuestro entrenador? Bah, quiero decir ¿Dónde está vuestro padre? masculla con la voz reseca. Traedle agua a mamá…

Carmen cierra los ojos sólo un instante y enseguida:

¡Ma-má!

De inmediato le ponen en las manos dos vasos de agua, una mandarina y una taza con caldo de pepinillos. Ya… El mayor ya sabe reanimar a su madre después de una noche de fiesta. Sí que crecen rápido.

Mamá, levanta, dijiste que… insisten los más pequeños.

Carmen intenta recordar cómo ha llegado hasta aquí y qué demonios prometió.

¿Película?

Nooo.

¿Al Burger King?

¡No!

¿A una tienda de juguetes?

¡Mamáaa, no te hagas la tonta! Nos estamos preparando y tú no te despiertas…

¿Pero adónde vais? Decídmelo, al menos cede al fin.

Cariño, arriba suena de repente una voz masculina. Entra en la habitación un hombre alto, moreno, ojos color avellana en los que bailan motitas doradas. ¡Madre mía, qué guapazo!

Ya está todo listo. El coche está cargado. Pasamos por el supermercado y nos vamos.

Carmen de verdad intenta hacer memoria y averiguar quién es ese hombre y por qué esos niños la llaman mamá. Su mente es una página en blanco. Ni una pista.

Mamá, ¡no te olvides de nuestros bañadores! ¡Y coge el tuyo! grita alguien desde el cuarto de los niños.

“¿Qué… acaso hay piscina? piensa. Qué vida más rarita tengo yo, y por qué no me acuerdo de nada…”

Carmen abre bien los ojos y mira a su alrededor. Con cada segundo, se siente más desubicada: no reconoce el sitio. Ni los muebles, ni las fotos, ni las cortinas con aquel estampado extraño.

La habitación le resulta totalmente ajena. Lo único familiar es una flor en maceta. Una poinsettia roja navideña con pétalos de terciopelo. La maceta blanca decorada con pequeñas perlas también le resulta conocida, extrañamente.

Cierra los ojos y trata de reconstruir el hilo de la noche anterior. Se fueron con sus amigas a cenar para celebrar la Nochevieja y jugar al Amigo Invisible. Como en los tiempos universitarios, pero ahora con bolsos caros, peinados complejos y esa falta de tiempo eterna.

Las amigas iban elegantes, risueñas, algo alborotadas por el poco frecuente soplo de libertad. Por fin lograron escapar, aunque solo fuera unas horas, de la rutina: marido, hijos, deberes, guarderías, guisos. Relucían como crías a la fuga de la última clase del día, chispeando de felicidad.

Sólo Carmen estaba tranquila, serena, tan dueña de sí misma como siempre. Ella no está casada, vive a su aire. No tiene que avisar a nadie, ni esperar, ni rendir cuentas.

“La última soltera”, bromeaban sus amigas, guiñándole un ojo y rellenando su copa de cava.

Ella regaló a una amiga un set de cremas con caviar negro e hilos de oro. Se rieron diciendo que con esa crema igual te puedes hacer una tosta que untarla sobre pan para ofrecerla con el desayuno y champán. Se hacían fotos con la caja desde todos los ángulos, como si fuera una obra de arte.

A cambio, Carmen recibió la flor de Pascua: esa poinsettia en una maceta blanca de perlitas. Y una botella de cava rarísimo que su amiga había traído de un castillo antiguo del sur de Francia. De esos que se descorchan solo en grandes ocasiones.

Leyó una nota que ya no sabe si era un deseo o un brindis y ¡fin! No recuerda nada más. Lo típico de salí, caí, desperté… y escayola.

Se mira en el espejo: la misma chica de siempre, incluso tiene el misma maquillaje que usó en Nochevieja. ¿Pero entonces de dónde han salido esos niños, ese marido? No recuerda haber dado a luz, ni haberles criado, ni su boda con ese guapazo. Aunque sabe el nombre de los niños, no recuerda el del marido. Aquí algo huele raro…

Sale de la habitación. En el pasillo hay maletas con ruedas: dos grandes una negra y una beige claro de marca carísima. Al lado, tres mochilitas deportivas de niño.

No van de picnic. ¿Pero adónde? ¡¿De viaje!?

En ese momento entra el marido. Coge las maletas con una soltura de quien lo ha hecho mil veces y la empuja suavemente hacia la puerta.

Vamos a llegar tarde dice calmado, sin pizca de enfado.

Carmen mira instintivamente su mano. No lleva alianza. ¡Él tampoco! Otra rareza. O ¿acaso…?

Uno a uno los niños suben al coche: un enorme, cómodo monovolumen. Las mochilas al sitio, los cinturones puestos con destreza. El marido al volante muy seguro. Carmen suspira hondo y se instala en el asiento delantero.

Le pasa enseguida una tacita de café, caliente, con leche, exactamente como a ella NO le gusta. Eso, por alguna razón, le duele más que todo lo anterior.

En marcha dice él, sonriendo, guiñando el ojo a los niños. El coche arranca. Cuanto más se alejan de la ciudad, más inquieta se siente Carmen.

Los niños en el asiento de atrás charlan, se ríen, discuten en voz baja sus historias. El marido conduce concentrado, seguro. De vez en cuando le lanza una mirada traviesa, como si compartieran una broma secreta, como si él supiera algo que ella no ha recordado aún.

Carmen mira la carretera y se siente como el erizo en la niebla. Todo parece lógico: una familia, un viaje. Pero en realidad, no entiende nada.

Salen por la autopista y se pierden rápidamente de la ciudad. Carmen ya no se cree nada. En el fondo sabe con total certeza: esa no es su familia, ese hombre y esos niños no son suyos.

¡Él la ha secuestrado!
¡No ellos la han secuestrado a ella!
¿Pero cómo explica entonces que recuerde los nombres de los niños? Al final se hace un lío, pero la conclusión es clara: ese hombre es un extraño, la ha raptado, tiene que hacer algo.

Carmen se irgue en el asiento, aprieta bien el café y finge mirar la carretera. Por dentro, poco a poco, empieza a funcionar otro modo: no el de mujer desorientada, sino el de superviviente.

A la media hora, todos los niños se rebelan al unísono.

¡Papá, quiero ir al baño!
¡Yo tengo sed!
¿Podemos comer algo?

El coche se desvía a una gasolinera. Todos salen corriendo hacia el local.

Ahora. ¡Momento de huir! El corazón de Carmen late tan fuerte que apenas oye el ruido del tráfico. Mientras todos se distraen, ella se escabulle de la cafetería, se agacha y corre hacía el coche. Un tirón, avanza rápida y está al volante.

No hay llaves puestas.

Aquí estás, te buscábamos suena por la ventanilla abierta. Carmen se tensa.

Bueno, ya estamos todos. Seguimos dice él suavemente. Cielo, conduzco yo, tú descansa. Y vuelven a la carretera.

Una hora después aparece el aeropuerto a lo lejos: cristal, hormigón, coches y gente fluyendo sin parar. Dejan el coche abarrotado en el parking y entran todos juntos al edificio.

Carmen está tensa. No piensa permitir que la trasladen a ningún sitio desconocido, ¡no se va a dejar secuestrar! Está lista para defenderse.

Sin que lo noten, empieza a separarse discretamente del clan perfectamente coreografiado. Da un paso, otro, y de pronto echa a correr.

¡Socorro, me están secuestrando! grita lanzándose hacia el guardia de seguridad.

El vigilante reacciona en segundos. Carmen termina en el suelo, boca abajo, esposada. Surgen policías, walkie-talkies, rostros serios.

¡Parada! ¡Un momento! ¡Lo puedo explicar! grita el hombre al que toma por su secuestrador.

¡Es una broma de Año Nuevo! ¡Una inocentada! ¡No hay armas, no es un secuestro!

La voz del hombre le llega a Carmen como si estuviera bajo el agua. Y entonces, de repente, lo ve. Detrás de un cartel de publicidad están sus amigas. Sonriendo, asustadas y felices al mismo tiempo.

¡Mamá! gritan los niños y corren hacia una mujer que está junto a las amigas. El resto va hacia los vigilantes, riéndose, explicando lo de la broma mientras piden que suelten a la “secuestradora”.

La levantan y le quitan las esposas. El mundo deja de dar vueltas. Carmen está en mitad del aeropuerto, con el pelo revuelto, el corazón desbocado y de pronto entiende: no la han secuestrado.

¿La han… gastado una broma?

Cuando la adrenalina cesa y el zumbido de los oídos se apaga, Carmen comienza a entender las palabras.

Era una broma. Inmensa. Carísima. En equipo. Con tintes de película policíaca.

Las amigas cuentan a coro, entre risas y disculpas, cómo llevaban semanas pensando en presentarle a un buen chico. Ese que llevaba años suspirando por Carmen, al que siempre le faltó valor para lanzarse: porque conocía bien su carácter. Carmen sobre las citas siempre decía lo mismo:

Gracias, no hace falta. Estoy bien así.

Y ellas lo sabían. Por eso no lo intentaron a las claras. ¿Para qué perder tiempo cuando es mejor demostrarlo?

Así surgió la idea: no presentarle al hombre, sino sumergirla de lleno en la rutina familiar. Para que viera un desayuno juntos, los niños organizados, el hombre atento y sereno, haciendo lo que hace falta y encima sonriendo. Y con esos bellísimos ojos avellana.

No queríamos que pensaras, sólo que sintieras ese calor de hogar confiesan sinceras.

Carmen intenta enfadarse pero no puede. Las mujeres sabemos: no siempre funciona a la primera, pero cuando funciona, es rotundo.

Sí, el método es… peculiar. Sí, le faltó el infarto. Pero fue un experimento puro: a veces para saber si necesitas a alguien en tu vida basta una mañana, tres niños y una taza de café del propio secuestrador.

Entonces lo ve. Su héroe, con una sonrisa pícara, mirada de Gato con Botas y esas motas doradas en los ojos avellana. Los hijos son en realidad sus sobrinos, felices con el teatrillo de su tío favorito.

¡Vamos, que el avión no espera! se animan las amigas de repente. ¡Corred a facturar!

¿Qué, otro secuestro más? piensa Carmen. ¿Y a dónde pretendían llevarme? ¿A la playa? ¿Al Mediterráneo? ¿A bucear y comer mangos?

Él le tiende la mano.
Encantado, me llamo Hugo. ¿Me dejas que te secuestre, pero esta vez de verdad? sonríe.

Carmen mira a sus amigas: están todas en silencio, expectantes. Luego a las maletas, y regresa la mirada a esos ojos dorados que parecen mirarle el alma.

Piensa: ¿Qué me impide aceptar?

¡Venga, vamos! suspira Carmen, sonriendo, y de verdad sintiendo que ese secuestro es el principio de la mejor aventura.

Y, en voz baja, añade: Pero, eso sí, ¡los niños se quedan en casa!

Ríen las amigas, él sonríe aún más, y el ajetreo del aeropuerto se llena por fin de esa luz cálida y divertida que sólo anuncian los nuevos comienzos.

A veces la vida no nos rapta.
Simplemente nos empuja de golpe hacia donde siempre debimos estar.

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MagistrUm
El secuestro del siglo — ¡Que corran tras de mí y lloren porque no pueden alcanzarme! — leyó Marina en voz alta su deseo del papelito y lo prendió fuego con el mechero. Sacudió las cenizas en su copa y la apuró de un trago entre las risas de sus amigas. El árbol de Navidad parpadeó con sus luces, como pensativo, y al momento brilló aún más. La música subió, los brindis tintinearon, los rostros se mezclaron en un estallido festivo. De las ramas cayó polvo dorado… o al menos así lo recordaba. — ¡Maamá… Mamá, despierta! Marina apenas abrió un ojo. Ante ella, se erguía casi un equipo de fútbol. — ¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños? Los pequeños, bromeando, se presentaron: — ¡Mamá, recuérdalo! Mateo — 9 años, Álex — 7, Santi — 5, David — 3 años. Todos al completo, todos con caritas traviesas y decididos. No era este tipo de hombres persiguiéndola lo que había pedido en Nochevieja… — ¿Y vuestro entrenador?… Bah, digo, ¿dónde está vuestro padre? — murmuró ella con voz ronca. — Traedle agua a vuestra madre… Y solo se permitió cerrar los ojos un instante… — ¡Mamá! Ya le acercaban dos vasos de agua, una mandarina y una taza de caldo de pepinillos. El mayor ya sabía perfectamente cómo revivir a su madre después de fiestas. Crecen. — Mamá, levanta, que prometiste… — suplicaban los pequeños. Marina intentó recordar cómo había llegado ahí y qué había prometido. — ¿Cine? — Nooo. — ¿McDonald’s? — ¡No! — ¿Juguetería? — ¡Jo, mamá! ¡No te hagas la despistada! ¡Ya casi estamos listos y tú no te levantas! — ¿A dónde vamos, por lo menos informadme? — cedió ella. — Cielo, levántate — sonó una voz masculina. Entró en la habitación un hombre alto y moreno. En sus ojos color avellana brillaban chispas doradas. ¡Vaya guapo! — Ya estamos listos, ya he cargado el coche. Paramos en el súper y nos vamos. Marina intentó recordar quién era ese hombre y por qué esos niños la llamaban mamá. La cabeza, en blanco. Ni una pista. — Mamá, ¡no te olvides de nuestros bañadores! Y del tuyo — gritó alguien desde el cuarto rojo. “¿Piscina también? — pensó. — ¿Qué vida es esta y por qué no recuerdo nada…?” Marina abrió los ojos y observó la habitación. No reconocía nada. Ni una foto. Ni el mueble. Ni las cortinas con ese extraño dibujo. La habitación era ajena. Solo reconoció la flor de Pascua roja con pétalos aterciopelados. La maceta blanca, decorada con diminutas perlitas, también le resultaba familiar. Cerró los ojos e intentó hilvanar el hilo de la última noche. Con las amigas en un restaurante, celebrando el Año Nuevo y jugando al “Amigo Invisible”. Como en la universidad, pero ahora con bolsos de marca, peinados elaborados y prisas eternas. Todas guapas, risueñas, emocionadas por la libertad poco frecuente. Habían escapado, aunque fuera por una noche, del círculo: maridos, niños, deberes, guarderías, cazuelas… Irradiaban esa libertad como colegialas que se fugan de la última clase. Solo Marina estaba tranquila. Soltera, su propia jefa. Nadie a quien avisar, nadie a quien esperar, a nadie debía dar cuentas. — La última novia — bromeaban sus amigas, guiñándole el ojo y llenándole la copa de cava. Ella regaló un set de cosmética “con caviar negro y hilos de oro”. Todos rieron, que esa crema no desmerece ni para untar en una tostada y servir con champán en el desayuno. Bromas, fotos, la caja parecía un objeto de arte contemporáneo. Marina recibió a cambio una flor de Pascua, esa misma, y una botella de espumoso francés, de esas que sólo se abren en ocasiones muy especiales. Leyó el papelito, brindó… y… ¡nada! No recuerda más. Como en las películas: saliste — caíste — despertaste — ¡esguince! Marina se miró al espejo. Seguía siendo una chica joven; incluso aún llevaba el maquillaje de la Nochevieja. Pero ¿de dónde esos niños, marido? No recordaba ni parirlos, ni cuidarlos, ¡ni siquiera su boda con el guapo! Sabía el nombre de los niños, pero no el del “marido”. Algo raro. Salió al pasillo. Dos maletas grandes, negra y beige, con logos de lujo. Tres mochilas deportivas infantiles. ¿No iban de picnic? ¿Viaje, entonces? En ese momento entró el “marido”. Cargó las maletas con soltura y la animó a salir. — Llegamos tarde — dijo calmado. Marina se miró la mano — se quedó helada. ¡No llevaba anillo! Ni ella, ni él. Otra rareza. ¿O…? Los niños entraron en la gran furgoneta, mochilas colocadas, cinturones abrochados. Él arrancó. Le ofreció un café con leche templado, ¡que ella odia! Eso la sorprendió aún más. — Vámonos — sonrió él y guiñó a los niños. El coche partió. Cuanto más se alejaban, más inquieta se sentía Marina. Los niños detrás cuchicheando y riendo; él, atento y seguro al volante, la miraba sonriente, como si compartieran un secreto. Marina se sintió como un erizo en la niebla. Todo lógico: familia, coche, rumbo, pero nada tenía sentido. Salieron a la autopista, dejando Madrid atrás. Marina ya no se lo creía. ¡No era su familia, era un hombre y unos niños ajenos! ¡La habían secuestrado! No, ¡la habían secuestrado a ella! ¿Pero entonces por qué sabía los nombres de los niños? Al final se rindió a la lógica: tenía delante a un desconocido. ¡Había que hacer algo! Marina se tensó en el asiento, apretó el vaso de café y fingió mirar la carretera mientras interiormente decidía sobrevivir. Media hora después, los niños protestaron al unísono. — Papá, ¡quiero ir al baño! — ¡Quiero agua! — ¡Tengo hambre! Entraron en una gasolinera y todos salieron juntos. ¡Esa era su oportunidad! El corazón le retumbaba. Se escabulló hasta el coche, corrió al volante… Pero no, no había llaves. — Aquí estás, te buscábamos — sonó la voz del hombre desde la ventanilla entreabierta. — Todos listos, seguimos — continuó él amable. — Cariño, conduzco yo. Siguieron su viaje. Pronto apareció el aeropuerto: cristal, asfalto, personas por doquier. Aparcaron y entraron juntos. Marina tensa. No se iba a dejar llevar. ¡Debía defenderse! Se fue retrasando y, de pronto, salió corriendo. — ¡Socorro, esto es un secuestro! — gritó, abordando a un guardia de seguridad. El guardia reaccionó rápido: al suelo, esposas, gente armada apareció. — ¡Esperen! ¡Ahora lo explico! — gritó el hombre al que tomó por secuestrador. — Es una broma de Año Nuevo, ¡no estamos armados, no es secuestro! La voz le llegaba lejana. Entonces, como en el cine, las vio. Detrás de un expositor estaban sus amigas, sonriendo, asustadas y felices a la vez. — ¡Mamá! — chillaron los niños, abrazando a una de las mujeres de su grupo. Las otras amigas corrían hacia los guardias, riendo y excusándose por la “secuestradora”. Le quitaron las esposas. El mundo dejó de girar. Comprendió: ¡no la habían robado! ¿La habían gastado una broma? Cuando por fin bajó la adrenalina, pudo escuchar. Una broma. Monumental. Cara. En equipo. De película policiaca. Las amigas se explicaban entre risas y gritos: querían presentarle a “un buen chico”, el que llevaba años suspirando por ella, pero sabía que Marina era de “Gracias pero no, mejor sola que mal acompañada”. Así que no intentaron convencerla. Mejor, sumergirla sin remedio en “la mañana familiar”: café, niños eficientes, un hombre atento, sonriente. — Queríamos que no pensaras — confesaron —, que solo sintieras en el corazón ese calorcito. Marina ya no podía enfadarse. Sí, polémico. Sí, casi le da un infarto. Pero el experimento fue honesto. A veces, para saber si quieres a un hombre, basta con una mañana, tres niños y un café preparado por tu “secuestrador”. Entonces vio a su “héroe de novela”, con sonrisa traviesa de gato y esos ojos de oro que miraban directo al alma. “Los niños” eran sus sobrinos, encantados con la broma. — ¡Ay, que volvéis a perder el vuelo! — avisaron las amigas. — ¡Corred al embarque! — ¿Secuestro otra vez? — pensó Marina. — ¿Y dónde iban a “llevarme”? ¿Al Mediterráneo, a bucear, a tomar mangos? Él le tendió la mano. — Encantado, soy Víctor. ¿Te dejas secuestrar? — le dijo sonriendo. Miró a sus amigas, pendientes. Luego a las maletas. Después, de nuevo, a los ojos de Víctor. Pensó: ¿por qué no aceptar? — ¡Vamos! — respondió Marina, sonriendo al darse cuenta de que ese “secuestro” era la mejor aventura posible. Y bajito añadió: — Pero que los niños se queden en casa… Todos rieron, él sonrió, y el aeropuerto se transformó en el principio de algo cálido, divertido e inesperadamente acogedor. A veces la vida no nos secuestra. Simplemente nos traslada de golpe allí donde siempre debimos estar.