REGALO
Bueno, hijo, cuéntame cómo ha ido el día, ¿qué tal en el cole?
Javier, recién llegado del trabajo, levanta y sienta a su lado en el sofá a su hijo de cinco años, Rodrigo, revuelve su suave pelo castaño. Mientras la madre, Carmen, prepara la cena en la cocina, el padre charla con su único y adorado hijo. El piso está cálido, acogedor, y en el salón, entre la televisión murmurando y la estantería, parpadea misteriosamente una pequeña pero vistosa arbolito de Navidad con luces de colores. Faltan exactamente veinticuatro horas para Nochevieja.
¡Todo bien!anuncia Rodrigo. Pero a mi amigo Mario le ha ido mal.
¿Y qué le ha pasado a tu amigo?pregunta Javier¿Ese Mario, el del portal de al lado?
Sí, élconfirma Rodrigo.
Hoy en la fiesta del cole no le han dado el regalo de Navidadcomenta Carmen, asomando entre los aromas de pollo al horno. Pobre niño… Venga, a lavarse las manos, chicos, que la cena está lista.
¿Y cómo que no le han dado regalo? se sorprende Javier, levantándose. ¿Se lo han dado a todos menos a Mario? Algo raro aquí…
Sí, todos recibieron, menos Marioasiente Rodrigo, bajando del sofá tras su padre. Los Reyes Magos y su paje repartieron los regalos, pero a Mario nada. Estuvo esperando…
¡Menudos Reyes Magos y paje son esos, que dejan a un niño sin regalo! dice Javier indignado. Se sienta a la mesa de un tirón.
Bueno, no es culpa suyase encoge de hombros Carmen. Lo más seguro es que la madre de Mario no pagó a tiempo el dinero para el regalo o no le llegó. Cosas que pasan. Rodrigo, ¿te has lavado las manos?
Sí, lo ha hecho conmigo en el bañoresponde Javier, troceando cuidadosamente el pollo y repartiéndolo en los platos. Vale, aceptamos no pagó. Pero ¿cómo es posible que la directora… cómo se llama… Mercedes Sánchez? ¿Cómo la señora Mercedes permitió semejante humillación delante de todos?
Mercedes Sánchez era el pajeinforma Rodrigo. Y el bedel fue uno de los Reyes.
¡Eso lo empeora!sigue Javier. ¿No podían haber buscado un regalo extra para el pobre Mario y después ajustar cuentas con los padres? ¡Eso es de no tener corazón!
No pudieron, parecesuspira Carmen. Pero yo habría buscado la forma de hacerle un regalo como fuera.
¿Y los padres de Mario? ¿Cómo permitieron que su hijo se quedara sin regalo?insiste Javier. No lo entiendo… Por cierto, hijo…
Javier mira a Rodrigo, que mordisquea una pata de pollo con deseo.
¿Te has repartido tu regalo con tu amigo?
Rodrigo lo mira con reproche.
Sí, papá, quería hacerlo. Y también Laura, Sergio, Iker, y otros. Pero Mario no quiso recibir nada de nadie.
¡Menudo orgullo!se sorprende Javier. Dime que tampoco lloró cuando se vio sin regalo.
No sé… No lo vidice sinceramente el niño.
¡Qué chaval!vuelve a admirar Javier. No se merece tal trato.
Sí, pobre Mario… Me imagino lo mal que se sintiócomenta compasiva Carmen.
¡Propongo que reparemos la injusticia!anuncia de repente Javier, con las mejillas coloradas y los ojos brillando de esa idea repentina.
¿Y cómo?pregunta Carmen, limpiándose los labios con la servilleta. Rodrigo también observa atento a su padre.
¡Así!responde Javier enigmáticamente. ¿Alguno sabéis en qué piso vive Mario? ¿Rodrigo, tú lo sabes?
No… nunca he estado en su casa. Solo amigos en el patio y en el cole.
Yo creo que puedo averiguarlodice Carmen tras pensar. Conozco a Lola, que es amiga mía y sabe de todos en el edificio. La llamo y pregunto. ¿Pero para qué?
Llámala. Y ahora mismoinsiste Javier.
Vale, pero entonces recogéis la mesa vosotros y fregáis todoaccede Carmen.
En el treinta y cinco viven, apellido Rodríguez. La madre es Pilar, y no tienen padre. Bueno, lo tenían, pero se fue. ¿Por problemas? Vete tú a saber. Viven madre e hijo solosanuncia Carmen poco después.
¿Y esas confidencias?bromea Javier.
Por algo Lola es mi amigase ríe Carmen. Está en la comunidad, le llega toda la información.
Ya está todo clarorefunfuña Javier. Rodrigo, ¿has acabado ya tu regalo?
No, me queda todavía. Mamá dice que comer mucho dulce no es bueno.
Tiene razónaprueba el padre. ¿Te queda la bolsa del regalo intacta?
Sí, la abrí con mucho cuidado.
Perfectole despeina de nuevo. ¿Puedes meter lo que te quede en otra bolsa y darme la del regalo?
¿Para qué?desconfía Rodrigo, pero va a su cuarto y vuelve con la bolsa brillante de regalo, algo más ligera. Vacía el contenido sobre la mesa: caramelos, chocolatinas y galletitas de colores.
Carmen, que observa en silencio el trajín, por fin interviene:
¿Así que vais a regalarle algo vosotros a Mario? ¿Cuándo, y quién?
¡Lo mejor es hacerlo hoy!dice Javier. ¿Qué opinas, Rodrigo?
¡Claro que sí, hoy mismo!se entusiasma el niño. ¿Le pongo unos caramelos de los míos?
Si no te importa, por supuestole sonríe Javier.
¿Vamos juntos, papá?pregunta Rodrigo mientras rellena la bolsa.
Si ya le ofreciste dulces hoy y no los quiso… Es orgulloso. Mejor hacerlo de otra manera…
Javier se retira y al cabo de poco aparece… ¡los Reyes Magos en persona! Bueno, uno de ellos: con capa roja y ribete blanco, botas, una barba cuidada y un bastón en la mano. Lleva el saco de regalos, aunque está vacío.
Rodrigo lo mira confundido y luego pregunta:
Papá, ¿fuiste tú uno de los Reyes el año pasado? ¿Y el otro?
Pues síadmite Javier. Perdona que lo diga ahora. Un día en el trabajo me pidieron ser un Rey Mago en la fiesta de Navidad. Resultó tan bien que ya llevo tres años haciéndolo, y de paso os felicito también a ti y a mamá. ¿Te gustó el Rey del año pasado?
¡Muchísimo!aplaude Rodrigo. ¡Qué suerte tener un Rey Mago en la familia!
Se abraza a las piernas del padre.
Carmen añade algunos dulces más, anuda el paquete con una cinta de colores y Javier lo pone dentro del saco de los regalos. Se ajusta la barba y pregunta:
¿Qué, me dejáis ir a ver a Mario?
¡Sííí!responden a coro Carmen y Rodrigo.
¿Puedo ir contigo, papá?
¿De paje?sonríe Javier.
¡De conejito!grita Rodrigo, corriendo a prepararse. Aparece con un disfraz de conejo blanco, orejas erguidas y una máscara de cartón con bigotes, como llevaba en la fiesta del cole.
Vale, pero ponte la chaqueta, que hace frío aunque seas un conejo blancoaccede el padre. Caminemos.
Padre e hijo salen. Carmen apenas puede contener la risa viendo al Rey Mago con su bastón y al pequeño conejo arrastrando por el suelo el saco de los regalos.
Al cabo de diez minutos, Javier regresa solo, con cara avergonzada.
¿Y Rodrigo?Carmen se preocupa.
Tranquila, está bien, se ha quedado con Mario jugando. En media hora lo recojodice Javier, secándose el sudor.
Se deja caer en el sofá aún vestido de Rey Mago.
¡Vaya tela!suspira. Resulta que esta noche fuimos… ¡los sextos en dar regalo a Mario! Parece que no seremos los últimos. Al salir, acababa de irse la directora, Mercedes Sánchez, ya sin el disfraz de paje.
¿Y cómo se disculpaba con Mario y su madre! Se despedía avergonzadaexplica Javier, quitándose la capa y barba. Resulta que alguien grabó un vídeo de la fiesta y lo colgó en el portal web del barrio. En cuestión de horas tenía miles de visitas y docenas de comentarios…
¿Sí?se sorprende Carmen. Habrá que verlo.
Pero lo importante: la madre de Mario sí pagó el regalo, solo que un poco tarde…
En parte, culpa de la madre, pero también vive sola, sin ayuda, a veces el dinero no alcanza. En el cole podían haber buscado una solución para el niñoreflexiona Carmen.
Y la directora ni se molestó en averiguar nada, simplemente borró al niño de la lista de los regalosse indigna Javier. Al final, el inocente salió agraviado.
Si yo mandara en la escuela, esa Mercedes no estaría allí mucho más…lamenta Carmen. Gente así no debe trabajar con niños.
Quizá la despidan, o aprenda la lección… Pero no debería pasar nunca en educación.
Javier acaricia distraído la barbilla y añade:
Ah, y vino también el padre de Mario… Y con regalos, y arrepentido, casi llorando…
¿De verdad?Carmen se alegra.
Tocan el timbre. Carmen abre la puerta: es Rodrigo.
¿Por qué has venido solo?se alarma Javier. ¡Iba a recogerte!
Papá, ya estoy mayor para esose indigna el niño. Y además me aburrí.
¿Por qué?
Los papás de Mario discutían, luego lloraban. Mario y yo fuimos a la cocina y los encontramos abrazándose, luego Mario se unió y lloraban los tres. ¡Qué raros! Ni se enteraron de que me fui…
Javier y Carmen cruzan una mirada y se echan a reír aliviados.
Bueno, mis amores, vamos a tomar chocolate. Y luego, si alguno aguanta despierto, esperamos la Nochevieja. ¡Ojalá el año que viene sea feliz para todos!
¡Y que así sea!responde generoso Rodrigo.







