¡Otra vez está lamiéndose! ¡Javier, llévatelo ya!
Isabel miraba con fastidio a Tico, el perro que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo habían acabado eligiendo a semejante trasto? Habían dedicado semanas a decidir, informándose sobre razas, consultando con adiestradores, plenamente conscientes de la responsabilidad que asumían. Finalmente, se decantaron por un pastor alemán amigo fiel, guardián y defensor en uno. Como esos champús que prometen todo en uno. Pero a este defensor había que salvarlo de los gatos…
Es un cachorro, Isabel. Ya verás cuando crezca dijo Javier con paciencia.
Sí, estoy deseando, a ver si este caballón crece de una vez. ¿Has visto lo que come? Pronto no podremos mantenerlo. ¡Y anda con más cuidado, que vas a despertar a la niña! protestaba Isabel mientras recogía los zapatos esparcidos por Tico.
Vivían en el barrio de Chamberí, en la planta baja de uno de esos majestuosos edificios castellanos, con ventanas bajas casi pegadas al asfalto. Era un buen sitio, si no fuera porque las ventanas daban a una esquina oscura y solitaria del patio interior, donde por la tarde se reunían hombres a charlar, a veces a discutir, y más de una vez hubo peleas.
Casi todo el día, Isabel estaba en casa sola con la pequeña Lucía. Javier salía temprano hacia su trabajo en el Museo del Prado y, en sus ratos libres, rebuscaba tesoros por el Rastro y entre puestos de libros. Su ojo de experto ojo de halcón, bromeaba Isabel encontraba piezas de arte, libros raros y objetos antiguos sin igual. Javier era un apasionado coleccionista. Había formado, casi sin darse cuenta, una buena colección de cuadros y, en el aparador, relucían platos de la porcelana de La Cartuja, figurillas del periodo franquista y cuberterías de plata del siglo XX. A Isabel no le hacía ninguna gracia estar sola con tantos objetos valiosos y una niña en brazos, sobre todo porque los robos eran habituales en la zona.
Isabel, ¿cuándo crees que debemos sacar a Tico? ¿Ahora o después de comer?
No sé. Y la verdad, ¡menudo marrón lo del perro!
En cuando escuchó paseo, Tico, como un rayo, se lanzó al recibidorpatinó en la esquina, agarró la correa y volvió a toda velocidad, brincando hasta rozar el techo. Más que un perro, parecía un potrillo. Todo el mundo le caía bien, se abalanzaba sobre cualquiera en busca de caricias, llevaba la pelota a todos, pero a la mínima visita, ladraba desde la puerta. Era de lo más simpático, un poco bruto; pero lo adoptaron para que protegiera. Y ni siquiera persigue a los gatos del patio. Se acerca a ellos con la pelota, tan feliz, creyendo que va a jugar, y suele salir trasquilado. Los gatos del barrio son duros, sería mejor fichar a uno de ellos como guardaespaldas… Mañana otra vez sola. Javier se va a Aranjuez al festival de Levitan y ella, en casa, entre la porcelana y paseando al orejón este. Como si hiciera falta más estrés…
Al amanecer, Javier se levantó de puntillas para no molestar a su mujer. Pero Isabel había oído el hervidor, el tintineo de la correa y a Javier susurrándole a Tico para que no gimoteara ni hiciera ruido. Con aquellos sonidos domésticos se quedó medio dormida, y cuando la hija la reclamó, Javier ya se había marchado. El día empezó como siempre: tranquilo, apacible. ¿No es eso ya la felicidad? Las amigas suspiraban: Ay, Isabel, te casaste tan joven, atada a la casa y la niña, todo el día en la cocina, la rutina te devora Pero ella encontraba encanto en el día a día. Cierto, no todo era como soñó; a veces pesaba la ausencia de Javier, el poco espacio, la economía ajustada y, sobre todo, esa pasión suya que se llevaba tantos euros. Ahora venía Tico a sumarle tareas, pero Isabel lo tenía claro: a los que queremos los amamos tal cual son, con virtudes y defectos. Nadie prometió la perfección Entendido esto, se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, no lamentar lo que faltaba.
Sentada en la habitación, alimentaba a Lucía, que se dormía mientras mamaba, y tenía que esperar a que despertara para seguir. Llamaron a la puerta, pero Isabel la ignoró. Nadie iba a visitarla sin avisar, y menos cruzar Madrid así como así. Aquellas horas matutinas tan suyas, ¡cómo las disfrutaba! La casa en silencio; el tic-tac del reloj antiguo en la entrada, el murmullo reconocible de la ciudad: trolebuses, coches bufando, el roce de una escoba por el asfalto, voces infantiles. ¿Y el orejón? Hacía rato que no venía, lo cual era raro. Claro que Tico no era tal orejón; tenía las orejas bien tiesas, pero de carácter sí era un desastre. Ahora era parte de la familia; a convivir, alimentar y pasear, aunque según Isabel servía para poco. Mejor habría sido elegir un bichón maltés.
Se quedó mirando a su hija, que tras llenarse, se soltó del pecho como una lapa satisfecha. ¡Qué niña tan preciosa! Mi tesoro, susurraba Isabel mientras la arropaba. Con crecer sana, ¿qué más se puede pedir?
En ese momento, un ruido extraño llegó del salón. ¿Un crujido? ¿Un chillido? Isabel aguzó el oído. El crujido se repitió. Conteniendo la respiración, se quitó las zapatillas y se deslizó hacia el salón. Lo primero que la alertó fue ver la espalda de Tico. Parecía esconderse tras la cortina que separaba el recibidor del salón. Agazapado sobre las cuatro patas, el perro estaba en una postura tensa y, con la lengua fuera, miraba fijamente la habitación. Isabel siguió su mirada y se le heló la sangre: una silueta asomaba por la ventana, mejor dicho, por el ventanuco. Media persona se colaba por allí. Cabello rapado, brazos y hombros ya dentro, el hombre se empujaba para deslizar su cuerpo delgado al interior bufando y resoplando. Isabel no podía creerlo. ¿Eso le estaba pasando de verdad? ¿Qué hacer? ¿Gritar? El hombre ya casi había entrado. Un instante más y
El grito la sobresaltó. Una sombra negra voló hasta la ventana y, en un primer momento, Isabel no comprendió que era Tico. De un salto se plantó frente al ladrón y le agarró el cuello con los dientes. ¡Aaaah! bramó el hombre con voz grave y los ojos desencajados, como si fueran a salírsele de las órbitas. Isabel salió corriendo al rellano y pidió ayuda a los vecinos; después, ya no tuvo tanto miedo. Se llenó el pasillo; llamaron a la policía. Todos intentaban ayudar, aunque no sabían cómo, pero su sola presencia fue un consuelo. ¿Sola, qué habría hecho? Al superar el pánico, Isabel se acercó al intruso: que no le destrozase Tico la garganta; ¡eso sería el colmo! Pero Tico, inteligentísimo, lo sujetaba de la chaqueta, fuerte pero sin hacer sangre. Cada vez que el intruso intentaba soltarse, Tico apretaba un poco más las mandíbulas. Cuando el hombre se rendía, el perro aflojaba. ¿De dónde habría aprendido eso? Aquel torpe con la pelota se comportó como un profesional. Se escondió tras la cortina en vez de ladrar, esperó a que el ladrón se quedara bien encajado y sólo entonces atacó, sujetándole bien pero sin herirlo. Lo detuvo sin escándalos, dejando el resto al que le correspondía.
Hasta los policías más veteranos dijeron que nunca habían visto a un ladrón tan contento de ser arrestado. Aquel infeliz, entre los dientes de Tico, sólo quería entregarse; mientras el perro, crecidísimo por su hazaña, no quería soltarlo sin hacerse rogar. Cuando llegó el guía canino, fue él quien tuvo que darle la orden de soltar. Al oírla, Tico abrió la boca y se apartó obediente. Se fue a sentar, erguido, mirando al agente como diciendo: ¿Qué más hay que hacer?. Le faltó ponerse firme.
Vaya joya de perro tienen comentó el policía, acariciando el lomo de Tico con admiración. Nos vendría de maravilla en la unidad
Javier volvió ya de noche. Abrió la puerta con sigilo y se quedó helado en el umbral. ¡Vaya cuadro! Primero: Tico tumbado en el sofá, completamente prohibido y jamás consentido. Segundo: despatarrado con las patas al aire, en postura de rey, mientras Isabel le rascaba la barriga y lo llenaba de mimos, repitiendo: Mi alegría, mi potrillo, qué orgullo. ¡Crece fuerte, para que papá y mamá estén felices! Y cómo he sido tan injusta contigo, perdona, ¿sí?
Esta historia me la contó el propio Javier durante una de las fiestas de Levitan en Aranjuez. Estoy seguro de que Tico la contaría con más detalles: cómo acechó, cómo capturó y cómo entregó al ladrón a los agentes. Hace años de aquello. Pero la historia sigue viva en la memoria; sentía a Tico rascando la puerta de mi recuerdo, pidiéndome aparecer en estas líneas. Por eso, la comparto con vosotros.
¡Otra vez está lamiendo! ¡Maxi, llévatelo! Nuria miraba con fastidio a Rufo, que saltaba descontrolado a sus pies. ¿Cómo habían acabado con semejante trasto? Tanto tiempo pensando, eligiendo la raza, preguntando a veterinarios. Sabían bien la responsabilidad que suponía. Al final escogieron un pastor alemán, para tener un amigo fiel, guardián y defensor. Como ese anuncio de champú: tres en uno. Solo que aquí, al defensor había que salvarlo de los gatos… — Pero si todavía es un cachorro. Espera a que crezca, ya verás. — Sí, claro. Estoy deseando que este caballo crezca. ¿Te has fijado que come más que nosotros dos juntos? ¿Cómo vamos a alimentarlo? ¡Y no des esos pisotones, bruto, que vas a despertar a la niña! —rezongaba Nuria, recogiendo los zapatos que Rufo había esparcido. Vivían en la Castellana, en el bajo de un gran edificio antiguo, con ventanas bajas pegadas al asfalto. Un sitio estupendo, de no ser por un pero: las ventanas daban a un rincón sin salida del patio, donde por la noche vagaban sombras, se juntaban hombres a charlar e incluso a veces había peleas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa con la recién nacida, Lucía. Maxi trabajaba en el Prado y en su tiempo libre rebuscaba por el Rastro y las librerías de lance. Su ojo de experto, “ojo de lince”, como la propia Nuria bromeaba, era capaz de encontrar entre el montón obras de arte, libros raros y objetos de época. Maxi era un coleccionista apasionado. Poco a poco, en casa se formó una colección nada desdeñable de cuadros, platos de porcelana de Sargadelos, figuritas del realismo español y cubertería de plata antigua… A Nuria le inquietaba quedarse sola con todos aquellos tesoros y al cuidado de la niña, porque no eran extraños los robos en el edificio. — Nuria, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Rufo? ¿Ahora o después de comer? — Ni idea. Y, además, ese no es mi perro problema. Al oír la palabra mágica “pasear”, Rufo se lanzó disparado al recibidor, se resbaló en la esquina, atrapó la correa y volvió dando brincos. Un caballo, no un perro. Quiere a todo el mundo, se abraza con todos, a todos les lleva la pelota, pero los invitados, ni ver. Un alma abierta, puro corazón, pero lo adoptaron ¡por protección! Y luego ni a los gatos del patio persigue, sino que corre hacia ellos con la pelota, como si pensara: “Ahora juego con el minino”. Y claro, ya se ha llevado un par de zarpazos. Los gatos de su patio sí que son dignos guardianes… Mañana, otra vez todo el día sola. El marido se va a Aranjuez a una feria de pintura y ¿ella qué? ¿A vigilar la porcelana y pasear al orejudo? Lo que le faltaba… De madrugada Maxi se levantó sigilosamente para no despertar a Nuria. En vano. Ella oyó el hervidor en la cocina, el tintinear de la correa, el siseo de Maxi a Rufo para que no llorara ni pisoteara. Se quedó medio dormida con estos sonidos, y cuando la despertó la niña, Maxi ya no estaba. El día empezó normal, como siempre. ¿Qué más se puede pedir? Las amigas siempre se lamentaban: “¡Ay, Nuria! ¿Tan joven te casaste, y ahora entre marido y niña te vuelves loca, metida en la casa, la rutina te ahoga…?” Pero en las cosas cotidianas también hay belleza. No todo salió como soñaba: le pesaba la ausencia del marido, tener poco espacio y no llegar a fin de mes. Y sobre todo, aquella pasión suya que devoraba tanto dinero… Ahora tenía además al amigo orejudo, y a quien le tocaba el lío era a Nuria. Pero ella sabía: a quienes amas hay que quererlos con todo, virtudes y defectos. ¿Acaso alguien te prometió la perfección? Comprendiéndolo, se calmó y se propuso disfrutar de lo que tenía, en vez de sufrir por lo que no había. Estaba en la habitación alimentando a Lucía, que se dormía al pecho y había que esperar a que despertara para comer otra vez. Sonó el timbre, pero Nuria no abrió. No esperaba a nadie y, en Madrid, nadie se planta en casa sin avisar. Disfrutaba a solas de las horas tranquilas de la mañana. En la casa solo se oía el tictac del viejo reloj del vestíbulo y, por la ventana, el bullicio de la ciudad, el paso de los buses, el resoplar de los coches, el roce de la escoba en el asfalto, voces de los niños… ¿Dónde andaba el largo orejudo? Hacía rato que no aparecía; curioso. Rufo, de orejas tiesas y rectas, simplemente era un despistado de corazón. Ahora le tocaba vivir con él, darle de comer, pasearlo y, a cambio, casi ningún beneficio. Mejor hubieran adoptado un caniche. Nuria se quedó mirando a su hija, que, tras la toma de leche, quedó profundamente dormida. ¡Qué niña más dulce les había salido! “Tesoro mío”, susurraba al acunarla. Crece sana, ¿qué más necesitamos? En ese momento, del salón llegó un ruido extraño, como una especie de crujido o chirrido. Nuria aguzó el oído. El crujido se repitió. Descalza, se fue escurriendo hasta el salón. Lo primero que le alertó fue la postura de Rufo. Parecía ocultarse tras la cortina, en la puerta del salón. Medio agazapado, tenso, con la lengua fuera, vigilaba el fondo de la habitación. Nuria siguió su mirada y se quedó helada: en la ventana, mejor dicho, en la ventanilla, sobresalía medio hombre. Cabeza rapada estilo quinqui, brazos y hombros dentro del cuarto, y con esfuerzo intentaba colar su cuerpo enjuto por la apertura. Nuria no podía creerlo. ¡Aquello no podía estar pasando! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El hombre ya estaba casi entero dentro! Un segundo más y… Pegó un brinco por el grito. Una sombra negra voló hacia la ventana; hasta que no vio que era Rufo, no se dio cuenta. El perro saltó al alféizar y se abalanzó sobre el cuello del ladrón. “¡Aaah!” gritó el hombre, con aquel ronco vozarrón y los ojos a punto de saltársele. Nuria salió disparada al descansillo y llamó a los vecinos, y ya no fue tan aterrador. Se acercó la gente, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque con solo estar allí ya hacían bastante. ¿Qué habría hecho ella sola? Al vencer el miedo, se acercó al tipo: no fuera que Rufo le destrozara el cuello. ¡Eso sí que faltaba! Pero el perro, un sol, mordía solo por el lateral, al cuello de la chaqueta, y lo sujetaba firme pero sin hacerle daño. ¡Ni una gota de sangre! Solo se apretaba más si el ladrón intentaba escaparse. Si se quedaba quieto, aflojaba la mandíbula. ¿Cómo podía saber todo eso? Aquel zoquete pelotero actuaba como todo un profesional. En vez de ladrar al oír el jaleo, se camufló tras la cortina y montó una auténtica emboscada: dejó al ladrón colarse justo la mitad, para que quedara atascado, y luego atacó, con la mordida justa para atrapar pero sin hacer daño. Como dirían, nuestro deber es detener, lo de juzgar ya es cosa de los jueces. Ni los guardias más veteranos recordaban un ladrón tan contento de que lo pillaran. El tipo, tras pasar el susto con Rufo, estaba feliz de entregarse, y el listo del perro no quería soltarlo. Se había crecido tanto con su hazaña que hubo que convencerle hasta que llegó el policía especializado. Dio la orden y Rufo soltó los dientes. Escupido el ladrón, el perro se sentó junto a la ventana y lanzó una mirada de misión cumplida al agente, como si estuviera esperando la próxima orden. Solo le faltaba hacer el saludo militar. — Habéis tenido suerte con el perro, —el agente rascó a Rufo tras la oreja, admirado—. ¡Uno así nos vendría bien en la comisaría! Maxi llegó a casa muy tarde. Al abrir la puerta se quedó asombrado en el umbral. Y tenía motivos: primero, Rufo revolcándose en el sofá donde nunca jamás se le permitía subirse. Segundo, tirado de espaldas en una postura descaradísima y Nuria rascándole la barriga, acariciándole, mimándole y, por poco, hasta besándole el hocico, musitando: “¡Eres mi alegría, mi pollito, mi caballito pequeño! ¡Crece sano y haznos felices y qué injusta he sido contigo, no te enfades…!” Esta historia me la contó uno de los protagonistas en una fiesta de pintura en Aranjuez. Me refiero al experto en arte. Rufo la contaría aún mejor: cómo vigiló, cómo atrapó y cómo entregó el botín a la policía. Fue hace tiempo, pero la historia seguía viva, y sentía a Rufo arañando la puerta para salir a la luz. Por fin me decido a compartirla con vosotros…







