Igor no regresó de sus vacaciones: el marido de Ludmila desaparece durante un viaje al Mediterráneo, el silencio de la policía y la amarga verdad tras su inesperado regreso en la España de los años ochenta

¿Y tu marido, aún sin dar señales de vida?
Nada, Carmen, ni ha escrito ni ha llamado, ni al novenario ni al mes me ha dicho nada contestaba Julia, intentando hacer una broma mientras se ajustaba el delantal en su cintura generosa.
Se habrá liado por ahí… o a saber asentía la vecina con compasión. Tú aguanta. ¿Y la policía?
Todos callados, Carmen, tal cual peces en la mar salada.
Vaya cruz, hija.
A Julia aquella charla le pesaba. Cambió la escoba de mano y se puso a barrer las hojas caídas frente a su portal. Era ese otoño interminable de 1988. El camino que acababa de limpiar se volvía a cubrir enseguida de hojas secas y ella de nuevo, de arriba a abajo, quitaba montones bajo los plátanos.

Hacía tres años que Julia Gutiérrez había dejado su puesto de enfermera en el hospital y disfrutaba de la jubilación, pero el mes anterior no quedó más remedio que buscar algo, y entró a limpiar en el ayuntamiento porque con la pensión sola no llegaba y encontrar otro curro estaba complicado.

Y eso que ellos habían sido una familia normal, como las demás. Ni bien ni mal, lo justo. Trabajaban, criaban a su hijo. Su marido nunca bebía más de la cuenta, solo algún vino en las fiestas y era respetado en su curro se lo curraba, vaya. Ni de aventuras ni líos, y ella toda la vida de enfermera, con diplomas y todo.

Hasta que Manolo se fue de vacaciones a la costa… y no volvió. Julia al principio no sospechó nada raro. Si no llama será que está bien, que descansa. Pero cuando llegó el día y el tren de regreso pasó sin él, empezó a llamar a todos los sitios: hospitales, comisaría e incluso al tanatorio cogió el teléfono.

Le mandó a su hijo, que estaba en la mili, primero un telegrama: Papá desaparecido, luego consiguió hablar con él. Y entre los dos investigaron: salió del hotel pero no llegó a subir al tren. Desaparecido. Y vuelta a empezar: hospitales, tanatorios, igual.

En el trabajo de Manolo solo se encogían de hombros: su labor era darle el viaje al mejor trabajador, lo hicieron, pero no querían meterse en problemas familiares. Si no vuelve en plazo a su puesto, lo echarán por ausencia.

Julia quería irse al sur a buscarlo, pero su hijo la frenó:
¿Qué vas a hacer allí tú sola? Tengo una semana libre en breve, si me dejan salgo yo; de uniforme impongo más respeto por allí, será más fácil para mí.
A Julia le tranquilizó un poco, y se aferraba siempre a alguna tarea para no perder la cabeza. Vivía en la comisaría, pero ya sin tensión, de pura costumbre, aunque ni rastro de noticias. También por eso aceptó aquel trabajo: al menos, mientras estaba barriendo, entre gente, se mantenía entera. Las noches, ya en casa, eran el horror: solo lloraba y se preguntaba por qué la vida era tan cruel, poniéndole semejante prueba a su edad. La incertidumbre, eso era lo que más la destruía.

Y así, de repente, Manolo apareció, igual de inesperado que había desaparecido. Estaba allí, en el mismo traje azul marino con el que se fue a la playa. Sin bolsa ni maleta, ni nada. Solo de pie, con el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos, mirando a Julia que barría el patio con esmero.

Al principio ni se enteró de que él estaba ahí, ni de cuánto llevaba esperando, hasta que el hijo los llamó:
Manolo, Juan… Julia soltó la escoba y salió corriendo.
Abrió los brazos, como un ave que vuelve a su tierra, y se lanzó contra su marido. Él tardó en abrazarla, pero al final también la envolvió.

Vámonos a casa, anda, el hijo cortó el momento, enfadado. Julia lo oyó tanto en la voz como en el paso marcado.
Dame un abrazo, Juanito, hijo, que desde Semana Santa no te veo.
Vale, venga, que hace un frío
¿Por qué no avisaste, Manolo? Tenía la casa hecha un asco, ni preparado nada.
Mamá, no vengo por la merienda. Lo prometido aquí estoy.
Julia miró a uno, miró a otro. Después de tantos meses de pena, sentía la cabeza como en una nube. Vivo, está sano. Ni ganas de preguntar; lo primero era darles de comer, sentarlos, que se repusieran. Manolo callaba, quieto en la silla.

Mamá, siéntate ya pero Julia daba vueltas por la cocina, cargando platos, vasos
Mamá, he encontrado a papá con otra mujer.

Julia se giró y miró a Manolo. El marido, clavado en la banqueta, las manos cruzadas y la cabeza hundida, parecía un crío culpable, flaco y triste, sin mirarla.

¿Con quién? ¿De qué va esto, Manolo?
Julia siempre había imaginado desgracias: que lo habrían atracado, sin dinero para el billete, apaleado y deambulando por ciudades, buscando comida…
No fue que no pudo volver, mamá. Se quedó en la casita de la playa de una tal Olga Sánchez. No quería regresar.

Julia se quedaba muda, sin entender.
¿Y eso cómo?
Que no quise, Julia. Me di cuenta de que toda la vida era curro-fábrica-curro, y los fines de semana huerta, pero ni un poco de libertad.
¡Vaya, qué libertad! Julia se puso roja de rabia.
¿Y qué, hijo? ¿Para eso lo trajiste? ¿Para humillarme aquí delante de todos? Mejor me hubieras dicho que estaba criando malvas en el cementerio. Yo llorando por él, y tan feliz en la casita de la otra
Mira, Julia a lo mejor quería empezar de cero.
No, Manolo, lo que querías era pegarte unas vacaciones de loco y se te fue de las manos. Un hombre de verdad vuelve, se divorcia y luego ya se va donde le dé la gana. Primero se es honesto con los de casa y luego consigo mismo. No quiero verte, fuera de aquí…
Manolo se levantó, y al pasar por el pasillo, se metió en la habitación.

Que te vayas así, como si nada, ¡fuera de mi vista! chillaba Julia, al borde del berrinche.
Papá, márchate Juan ya esperaba en el pasillo.
No volvió a ver a Manolo hasta pasadas dos semanas.

Julia, como siempre, barría el camino de entrada, apartando charcos de agua de lluvia. Lo vio al principio de la calle, con un abrigo viejo y una boina ridícula.
Julia la llamó, y repitió su nombre más alto.
Ella levantó la cabeza y lo miró sin expresión. Tenía el cuerpo hecho papilla, y aunque notaba que le perdonaría cualquier cosa, ya no podía abrazarle. Manolo, entonces, se acercó.
Me he quedado, he vuelto a la fábrica. De peón, de momento, no de encargado. ¿Me dejas pasar?
Julia, sin soltar la escoba, le miró de arriba abajo:
Mira, lo único que dejamos pasar aquí es la solicitud de divorcio, y eso con prisa.
¿No me perdonas? Lo entiendo.
Si lo entiendes, ¿para qué has vuelto?
Cuando me fui, Olga me dijo: Si te vas, ya no entras aquí. Así que, claro, volví, Julia.
Jajajaja. Ni allí ni aquí te quieren ya, Manolo. Porque hombres así no le sirven a nadie. Si te has decidido es porque el chaval te presionó. Sin él, ni habrías vuelto. Ahora vive tu vida, pero déjame en paz, que tengo trabajo. No estorbes más y le barrió con fuerza los zapatos un par de veces.

Se dio la vuelta, y con más rabia que nunca, siguió barriendo. A los cinco minutos miró atrás. Manolo ya se había ido. Suspiró, por fin, como si se quitase un peso enorme de encima. Lo que más temía era acabar cediendo Que siempre hay quien protege al que te acuchilla a la espalda.

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MagistrUm
Igor no regresó de sus vacaciones: el marido de Ludmila desaparece durante un viaje al Mediterráneo, el silencio de la policía y la amarga verdad tras su inesperado regreso en la España de los años ochenta