¡Eh, chicas! ¿ habéis visto a la ancianita que está en la sala de partos? Ya está entrada en años
Sí, la pela totalmente canosa. Seguro que tiene nietos, pero aquí sigue, porque el bebé le ha venido a pedir compañía, aunque ya tenga la edad para los abuelos
Yo creo que mi madre parece más joven que ella. ¿Y cuántos años tendrá su marido?
Calladita, sombría, sin hablar con nadie.
Pues eso explicaría por qué no habla. Nos cargamos de sobrinas, y yo ni sé cómo llamarla. Le ponen Antonia, pero
Mejor usar su nombre y el de su padre en la sala de maternidad se desató un animado debate cuando una de las futuras mamás salió un momento.
La vida de Antonia no ha sido nada fácil. Cuando su hijo, Pablo, cumplió cuatro años, toda la familia se enfermó de tifus. Su madre, su padre, su hermanito de un año y el abuelo no sobrevivieron. Desde entonces, la niña fue criada por su abuela María, una mujer severa y autoritaria, que jamás le mostró cariño.
En el año 1941, Carmen y Luis tenían trece años cada uno. Vivían en aldeas distintas, pero llegaron al pueblo de Almagro para trabajar en la fábrica del Villar, donde escaseaban los obreros. Allí, en las casonas de la fábrica, también se conocieron. Desde jóvenes trabajaron sin descanso, a la par que los mayores.
A los quince, Luis se alistó para el frente. Carmen, morena y vivaz, quiso acompañarle, pero no la aceptaron. En la retaguardia, según decían, se necesita más mano de obra que soldados.
A los dieciocho, Carmen y Luis se casaron, aunque la boda fue sobria; la posguerra no invitaba a celebraciones pomposas. Por culpa de la testarudez de María, la abuela, Carmen se trasladó al hogar de su marido. Sus pueblos estaban a treinta kilómetros de distancia.
Un año después nació su hijo, llamado Basilio. Los jóvenes estaban radiantes, la familia vivía como en un cuento. Después de tantos tropiezos, merecían esa felicidad, aunque fuera efímera.
A los seis años de Basilio, Carmen y su esposo vivían como siempre, y en el pueblo todos los envidiaban. Víctor, el padre, trabajaba como fogonero; sus hornos eran famosos en toda la comarca.
Un día le pidieron que instalara una chimenea en la aldea vecina, al otro lado del río. Víctor llevó a Basilio consigo, pues Carmen estaba en la fábrica. El día estaba helado y cruzaron el río congelado.
Víctor cargaba una caja pesada de herramientas, porque él solo usaba las suyas, nunca las de otros. Basilio corría feliz y apenas escuchaba a su padre, que le pedía que lo siguiera de cerca. Cuando quedaban unos veinte metros de la orilla, el niño resbaló en un charco helado. Víctor se lanzó a rescatarlo, pero
Antonia, que ya estaba en sus veinticinco, había perdido a su marido y a su hijo. No aguantó vivir en una casa que le recordaba tanto aquello y volvió al pueblo de su abuela María.
Carmen se encerró en sí misma; la vida le perdió el sentido. Ni siquiera pensó en formar una nueva familia.
Recientemente Antonia cumplió cuarenta y tres años. Con una niña a su cargo y sin marido, Carmen decidió que ya era hora de intentarlo de nuevo.
Sabía bien los obstáculos que le esperaban, pero la soledad le asustaba más que cualquier dificultad futura.
El pueblo donde vivía Carmen era remoto, y llegar no era nada sencillo. Con un frío de muerte, temiendo que la ayuda llegara tarde, la mujer llegó al hospital con antelación. Se preocupaba mucho por la salud de la pequeñita, a su edad.
Desde la madrugada, Carmen deambulaba como un fantasma por los pasillos del hospital: hacía dieciocho años había perdido a su marido y a su hijo. El tiempo no sanó su dolor, y la pena seguía allí, fresca como el viento.
Carmen dio a luz a un niño sano, al que llamó Damián. Siempre recordaba cómo Basilio soñaba con tener un hermano.
¡Cómprame un hermanito! le rogaba. ¡Papá me ha hecho tantos juguetes! Quiero jugar con el hermano.
¿Y cómo se llamará? preguntó su padre.
¡Damián! exclamó.
Entonces será Damián respondió Víctor, mirándose con Carmen.
Carmen, en ese momento, albergaba una esperanza que Víctor conocía bien. Decidieron no mencionar a Basilio por un tiempo. Cuando se fueron el marido y el hijo, la madre quedó sin niños.
Ahora, por fin, había Damián, tal como Basilio lo había imaginado.
María recibió a Carmen y al bebé con desdén.
¿Qué haces llorando de nuevo, mi dicha? dijo Carmen mientras acunaba al crío.
¡Qué vergüenza, tu dicha! gruñó María con voz crujiente. Todo el pueblo debe de estar hablando de la deshonra que te ha tocado.
Ya llevo una semana sin salir a la calle, porque sé que empezarán los interrogatorios. ¿Qué les diré? ¿Que mi nieta está loca?
En el pueblo no faltó el chisme. Nada perturbaba más a los aldeanos que la soltera de cuarenta y tres años con su recién nacido.
María le criticaba sin piedad, pero al cabo de un año la anciana, a sus setenta, falleció de repente, dejando a Carmen sola, aunque agradecida de haber sido criada por ella.
Damián creció como un verdadero galán: alto, moreno y de ojos oscuros, nada se parecía a su madre, que lo adoraba con ternura.
A los setenta, Carmen ya era abuela. Al enterarse de que su hija había tenido una hija, Damián y su madre se dirigieron al hospital. Su esposa, Sofía, estaba en la planta baja.
¡Sofía, Sofía! gritó el feliz padre. ¡Muéstrame a la niña!
Sofía se acercó a la ventana, sosteniendo al recién nacido. Carmen sonreía, secándose las lágrimas.
¡Mira, mamá, es una pelirroja! ¡Se parece a ti! exclamó el hijo, feliz. Antonia, al ver a su nieto tan alegre, sintió una gran alegría; al fin, la vida le había sonreído de nuevo.







