Recuerdo que todo el bloque de vecinos mirábamos con curiosidad cómo se instalaban los nuevos en el segundo piso. Era la familia de un jefe de taller de la fábrica más importante de nuestro pequeño pueblo provinciano en las afueras de Valladolid.
¿Y por qué se han comprado piso en este edificio viejo? preguntaba mi vecina, doña Pilar Gómez, ya jubilada, a sus amigas. Con los contactos que tiene esa familia, podrían haber pillado uno en alguna finca nueva.
No digas tonterías, mamá la corrigió su hija Silvia, de treinta años y soltera, siempre impecable con colorete y sombreado. Aquí tenemos techos altos, habitaciones grandes, y el recibidor parece una sala de baile. Además, la galería da hasta para poner otra habitación. ¡Y les pusieron el teléfono nada más llegar! Y en nuestro edificio, sólo tres familias tenemos línea, de nueve que somos
Tú y el dichoso teléfono bufaba Doña Pilar, ya tienes mareados a todos los vecinos. Y nada de irte con los nuevos, que son gente seria y muy ocupada.
Tan serios no serán, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de nueve años, Lucía respondía Silvia, mirándola con un deje de enfado. Son casi de mi edad, a lo sumo cinco años mayores.
Enseguida la familia nueva demostró ser educada y afable. Carmen trabajaba en la biblioteca del colegio y Joaquín llevaba ya diez años en la fábrica. Todo esto nos lo contaba Silvia cada tarde mientras charlaba con nosotras en los bancos del patio.
¿Y cómo sabes todo eso, hija mía? le preguntaban las mujeres, entre risas, parece que fueras la investigadora del barrio.
Porque paso a su casa a llamar por teléfono. Ellos sí que dejan, no como otras… soltaba Silvia, dejando caer indirectas por aquellas puertas que le cerraban para evitar horas de cháchara con sus amigas.
Así, Silvia trabó amistad con los nuevos vecinos y empezó, cada vez más, a usar su teléfono para las llamadas más largas, alternando entre modelitos nuevos y cómodos batines, buscando claramente conectar con la pareja.
Un día vio cómo Joaquín, de forma muy evidente, cerraba la puerta al salón para ver la televisión, cada vez que ella llegaba a telefonear. Se repitió alguna vez más. Tras cada llamada, Silvia sonreía a Carmen al pasar por la cocina, dándole las gracias, pero Carmen apenas respondía con una sonrisa escueta y pedía que cerrase la puerta.
Ayúdame, Silvia, tengo las manos en la masa y la puerta se cierra sola, es el pestillo francés se justificaba, enseñándole las manos llenas de harina.
¿Y qué estás haciendo? ¿Otra vez empanadas? Pero si siempre tienes dulces… Yo no sé cocinar así murmuraba Silvia.
Hoy hago bollos de requesón para el desayuno. No tengo tiempo por la mañana, así que los dejo hechos ahora decía Carmen, dándole la espalda para seguir amasando.
Silvia, contrariada por la frialdad, se iba molesta. No entendía ese rechazo.
Esa noche, Joaquín le dijo a Carmen:
Escúchame, Carmen, sé que te da apuro cortarle, pero Silvia está todo el rato ocupando nuestro teléfono por las tardes, y mis amigos no logran llamarme a casa. Así no puede ser.
Lo he notado. Y ya entra como si esto fuese su casa… No puede seguir así asintió Carmen, pensativa.
Al día siguiente, Silvia apareció elegantísima y se sentó de nuevo en el recibidor a telefonear a su amiga. Al rato, Carmen le preguntó:
¿Vas a acabar pronto, Silvia? Esperamos una llamada importante.
Silvia, asintió comprensiva y colgó. Seguidamente, sacó una tableta de chocolate del bolsillo:
¡Hoy traigo algo dulce! Os invito a merendar, por darnos la bienvenida.
Puso la tableta en la mesa de la cocina.
No puede ser. Guárdala, por favor. Si Lucía la ve, se antoja, pero no puede comer dulces. Es alérgica. En casa, el chocolate es tabú, lo siento, Silvia.
¿Tabú? Bueno, sólo quería tener un detalle… se sonrojó Silvia.
Mira, no hace falta que agradezcas nada, pero tampoco vengas tan seguido a llamar, a no ser que sea por alguna urgencia: médico, bomberos… Eso sí, puedes venir de madrugada si es necesario; eso lo entendemos. Pero mejor limita las llamadas dijo Carmen, con cortesía firme. Joaquín recibe llamadas de la fábrica y Lucía necesita hacer sus deberes.
Silvia recuperó el chocolate y se marchó en silencio, dolida, convencida de que Carmen le tenía celos por ser más joven y atractiva.
Lo que pasa es que está celosa. Sabe que soy más joven y resultona. Yo sólo quería ser amable, y ni un café me ha ofrecido contaba a su madre, con pena. Y eso que llevé mi propio chocolate…
Qué tonta eres, hija, y testaruda. Te he enseñado mal, por lo visto. No se puede meter una en la vida de otra familia así porque sí. ¿No ves que no les hace falta tus llamadas? No es una casa de puertas abiertas. Y aún te quejas. Si te da por la envidia, búscate novio y así tendrás quien te llame, te instales el teléfono y ya dejas a los demás en paz decía doña Pilar con resignación.
Silvia hizo su último intento de acercamiento cuando fue con una libreta, pidiendo la receta de los bollos de requesón.
¿Me das tu receta? Así aprendo algo nuevo… Lo anoto rápido y voy a intentarlo.
Pídesela a tu madre, seguro que sabe cuál es. Nuestros padres atesoran muchas recetas. Además, no podría decirte las cantidades, yo todo lo hago a ojo… Las manos ya lo saben solas explicó Carmen sonriendo. Y ahora tengo mucha prisa, tengo que salir. ¡Pregunta a tu madre!
Silvia, sonrojada, regresó pensativa. Claro que conocía de sobra la gastada libreta de recetas que doña Pilar guardaba en el armario: decenas de páginas con fórmulas de ensaladas, croquetas, sopas, y hasta de pescado en escabeche. De la repostería era la parte más amplia.
Pero ella no quería cocinar, y su madre, además, hacía tiempo que no horneaba, por culpa de la dieta y la tensión alta.
No obstante, Silvia cogió un día la libreta y hojeando, dio con la receta que buscaba, para sorpresa de su madre.
¿Vas a atreverte con la repostería? preguntó doña Pilar, boquiabierta.
¿Te extraña? respondió Silvia, marcando la página con el dedo.
¿Que vuelves a verte con Pablo? insistió la madre. Pensaba que ya habíais terminado, como con los otros novios de antes.
¿Quién dice que hemos terminado? Si quiero, vuelve tras de mí contestó Silvia, seria.
Pues dale, hija. Ya deberías casarte. ¿Qué andabas buscando en la libreta? ¿Te ayudo? ofreció la madre.
Ahora no, estoy mentalizándome dijo Silvia.
Pero un par de días después, al regresar de su paseo, doña Pilar quedó sorprendida por el aroma que inundaba la casa.
¡Huele a horno, a rosquillas! ¡Eso sí que no me lo esperaba! Seguro que te has enamorado de verdad…
No chilles tanto, mamá contestó Silvia, sonriente. Ven, prueba. No son rosquillas, son bollos, de requesón, los clásicos.
El té hervía en el hervidor, y sobre la mesa relucían el plato de bollos dorados, las tazas y la tetera bien preparada.
Pues tienes maña, hija. Hace años que no cocinamos juntas. Creía que lo habías olvidado; pero te han salido bien, de verdad.
No me elogies tanto, ¿han quedado, o me animas por compromiso? preguntó Silvia.
Pruébalos tú, ¡si están buenísimos! insistió doña Pilar. Silvia recordó entonces a su padre fallecido y su frase: “Está bueno”. Aquello era su mayor elogio.
Bien. Entonces, a ver si invito a Pablo a merendar estos bollos. ¿Le gustarán, dices tú?
Por supuesto. Tu padre fue incapaz de resistirse a ellos y a mí rió la madre. Así que hornea, invítalo, que yo me iré a ver una peli con la vecina. Siempre lo digo, hija: los hombres no se conquistan solo con vestidos y rulos.
Y así, Pablo empezó a visitar a Silvia cada vez más; discutían menos, su madre se acostumbró a verla en la cocina, y los dos reían juntos preparando dulces.
Cuando Silvia finalmente le anunció que habían solicitado fecha en el Registro Civil, a doña Pilar se le aguaron los ojos: ¡por fin, mi niña!
Silvia cambió: adelgazó, se puso en forma para la boda… Y Pablo le decía:
Ya no horneas para mí. ¿Para la boda vas a poner pasteles?
La boda fue en casa, ayudaron Silvia, su madre y la tía Luisa, hermana de doña Pilar. Cocinaron dos días, aunque solo habría una veintena de invitados la mayoría familiares.
Después, los recién casados se instalaron en la gran habitación de la casa familiar. Al año siguiente, pusieron teléfonos a todo el edificio. Silvia estaba feliz; llamaba a todos, pero las conversaciones duraban poco.
Rita, tengo que colgar, el pan está subiendo y Pablo viene ya de trabajar, ¡adiós!
Silvia corría a la cocina, donde el bollo subía como un colchón en el cuenco. Ahora esperaba un hijo, en poco iría de baja maternal. Pero nunca paraba: cocinaba y horneaba para Pablo y para sí misma, adoraba los bollos con requesón casero. ¡Qué delicia! Y su marido la quería aún más por su cariño y sus dulces… Qué época aquella, tan llena de pequeñas felicidades caseras.







