He conseguido que mi hijo se divorcie… y ahora me arrepiento de ello.
Querido diario:
Ayer, otra vez, mi nuera me trajo a mi nieta para pasar el fin de semana en casa. No puedo conseguir que la niña coma como es debido. Mamá dice que las princesas no comen mucho, me espeta con aire de suficiencia. Apenas prueba dos cucharadas y luego, nada. La pobre está tan delgada que parece casi translúcida, como si fuera una luciérnaga de lo poco que come.
Nunca me cayó bien la mujer de mi hijo Ignacio, la famosa Jimena. Desde el primer momento, sentí un rechazo irracional por ella, quizá porque es siete años mayor que él. Ignacio aún era poco más que un chaval recién salido del instituto cuando empezaron a salir juntos.
¡Si ni siquiera conocía a otras mujeres! me lamentaba constantemente con las amigas del barrio. Normal que le impresionara alguien como ella, con experiencia y esas cosas Le encandiló, y él, pobrecillo, cayó.
Las cosas como son, Jimena era una mujer guapa y con mucha personalidad. Siempre preocupada por cuidar su figura, con ropa elegante, segura y con una carrera prometedora. A mí no me parecía extraño que mi hijo se enamorara tan locamente: muchos hombres son visuales, y ella sin duda llamaba la atención.
Jimena seguía una dieta estricta y promovía hábitos de vida saludable, que intentaba transmitir también a la niña: comer moderadamente, evitar excesos, cuidar el bienestar y el aspecto físico.
Apenas llevaban unos meses saliendo cuando Jimena se quedó embarazada. No sé si fue por fastidiar, llevándome la contraria después de mis intentos de separarles, o quizá porque de verdad le hacía ilusión casarse. O tal vez fue un accidente; al final, el motivo era lo de menos porque Ignacio, con apenas dieciocho años recién cumplidos, decidió que quería casarse con ella. Ella ya tenía veinticinco.
Ignacio empezó sus estudios de formación profesional y, a la vez, buscó un trabajo para poder independizarse. Vivían de alquiler hasta que pudieron comprar una habitación en una residencia de estudiantes. Eran felices, pero yo no dejaba de buscar alguna excusa para criticar a Jimena: la comida era insípida, las camisas de Ignacio no iban bien planchadas, la niña demasiado destapada o demasiado abrigada Para mí, no tenía virtud alguna, sólo defectos. Se lo comentaba a Ignacio, que acababa siempre agobiado.
Jimena, con el tiempo, fue poniendo distancia entre nosotras. Se ocupaba de llevar y recoger a la niña del colegio, la apuntó a gimnasia, a clases de ajedrez Corrían siempre de un lado para otro: colegio, extraescolares, trabajo, gimnasia, el gimnasio propio, la peluquería, las uñas Apenas paraba por casa y mucho menos tenía tiempo para Ignacio.
Mi hijo llegaba a casa cada vez más solo: la niña estaba en mil actividades y Jimena, si no estaba con ella, estaba con sus cosas y su agenda frenética.
Fue durante una de esas tardes cuando la vecina de la residencia, Carmen una viuda de treinta y ocho años con dos hijos adolescentes, llamó a la puerta de Ignacio para pedirle ayuda con una avería en la cocina común. El grifo se había roto y estaba a punto de inundar medio edificio.
Ignacio, que siempre ha sido apañado, arregló el problema enseguida. Mientras él trasteaba, Carmen preparaba macarones y albóndigas. En agradecimiento, le sirvió un plato, y mi hijo, que echaba mucho de menos la comida casera (porque Jimena prácticamente no tenía tiempo para cocinar), comió encantado.
Desde aquel día, Carmen empezó a invitarle más a menudo a cenar. Cuando la casa estaba vacía y Jimena y la niña llegaban tarde, él se quedaba en la cocina común, con Carmen y sus hijos adolescentes, entre charlas y comidas caseras. Poco a poco, surgió algo más: una complicidad, un cariño Sin apenas darse cuenta, aquellas cenas se convirtieron en el mejor momento del día. La relación entre ellos fue tomando una forma distinta, hasta hacerse imprescindible el uno para el otro.
Naturalmente, en una residencia donde todo el mundo se entera de lo que pasa, no tardó en llegarme el rumor: alguien avisó a Jimena de que su marido pasaba demasiado tiempo en la cocina con la vecina, y que, desde luego, no era leyendo novelas.
El escándalo fue mayúsculo: todos en el edificio nos enteramos. Jimena, que siempre fue muy orgullosa, echó a Ignacio de casa en un arrebato. Metió sus cosas en bolsas y las arrojó al pasillo.
Mi hijo no tenía dónde ir. Volver a nuestra casa tan tarde era impensable. Carmen, en cambio, le abrió la puerta sin dudarlo.
En aquel entonces, la niña tenía seis años. Ignacio, veinticinco. Jimena, treinta y dos y Carmen, treinta y nueve.
Cuando supe que Ignacio se había ido de casa, experimenté una extraña alegría; sentí que ya no estaría atado a una mujer mayor que él. Pero cuando descubrí que la nueva mujer en su vida era aún mayor, catorce años de diferencia y además con hijos, me quedé sin palabras.
Quizás fue un golpe de realidad, darme cuenta de lo incisiva y cruel que había sido con Jimena simplemente por la edad, y ahora Silencio. Ni una queja, ni un reproche, nada. Como si lo aceptara de golpe.
Ahora ha pasado mucho tiempo desde aquel divorcio; casi quince años. Ignacio sigue con Carmen, viven juntos en paz, como si hubieran encontrado su sitio. No han tenido hijos en común, pero se quieren, se entienden. Ignacio tiene ahora cuarenta años; Carmen, cincuenta y cuatro. Yo los recibo sin poner pegas, el ambiente es tranquilo y cordial. Veo a mi hijo de verdad feliz.
Me pregunto, ¿qué importa la edad cuando se encuentra la paz? ¿Acaso no es la felicidad lo que verdaderamente cuenta?







