¿Cómo que no piensas ocuparte del niño de mi hijo?, soltó la suegra, incapaz de aguantarse.
Mira, en primer lugar, yo no le hago ascos a Mario. Y aprovecho para recordar que aquí, en esta casa, la que después de trabajar carga con la segunda jornada cocinando, lavando ropa y limpiando soy yo, como buena esposa y madre.
Puedo echar una mano, dar algún consejo, sí, pero cargar con todas las responsabilidades de madre no entra en mis planes.
¿Cómo que no piensas hacerlo? ¿Entonces eres así de falsa?
Ay, anda ya, Teresa. ¿A quién le interesa trabajar gratis? Ni que decir tiene, en la cena de antiguos alumnos, Lucía no dejó pasar ocasión de criticar y soltar su veneno.
Pero hace mucho que ya no es como cuando a Carmen la dejaban sin palabras. Ahora Carmen ya no se calla ni debajo del agua, así que no desaprovechó la oportunidad de poner en su sitio a la bocazas de Lucía.
Si tienes que quebrarte la cabeza para llegar a fin de mes, no significa que los demás vivan igual de agobiados, dijo encogiéndose de hombros. De mi padre me quedaron dos pisos en Madrid.
Uno suyo, donde vivimos antes del divorcio con mamá, y el otro, que era de mis abuelos, pasó a mi padre y después a mí.
Y ya sabes cómo están los alquileres en Madrid; a mí me da para vivir bien y caprichos, así que puedo permitirme elegir trabajo tranquilamente, sin tener que aceptar lo primero que aparece «por necesidad».
Por cierto, ¿por eso cambiaste de médica a dependienta?
En teoría era un secreto; Carmen le había prometido a Lucía no contárselo a nadie.
Pero, claro, si Lucía quería mantenerlo en secreto, mejor no soltar según qué palabras en público, y menos llamar «idiota» a Carmen delante de todo el mundo.
¿Es que en serio esperaba que se lo perdonara? Si es así, tonta no era precisamente Carmen.
¿Dependienta, en serio?
¡Tú dijiste que no lo contarías! Lucía chilló ofendida, se agarró el bolso y salió corriendo del restaurante, aguantando las lágrimas como pudo.
Bien hecho, añadió Raúl tras unos segundos de silencio.
Ya era hora, sí, ya cansa tanto drama. ¿Y a quién se le ocurrió invitarla, a todo esto? preguntó Alba.
Fui yo, contestó Anna, la antigua delegada de clase. Ya, sabía que Lucía en el cole no era la alegría de la huerta, pero la gente se supone que madura, ¿no? Algunos, al menos.
Pero no siempre, se encogió de hombros Carmen.
Todos se rieron. Fue entonces cuando los compañeros empezaron a preguntarle a Carmen sobre su trabajo.
La curiosidad era genuina (de verdad, ni media pulla sobre su carrera ni su inteligencia), bastante normal considerando que su campo no es algo que la mayoría haya pisado alguna vez Ni ganas.
Así que Carmen se dedicó a desmentir mitos y contar verdades mientras charlaban entre cañas y tapas.
Pero a ver, si no tiene remedio, ¿para qué tratarles? preguntó uno de la mesa.
¿Y quién te ha dicho que no hay remedio? Mira, tengo un peque de cinco años. El parto fue complicado, hubo hipoxia y eso le dejó un retraso en el desarrollo.
Pero, dentro de lo que cabe, el pronóstico es muy bueno: empezó a hablar algo más tarde y va seguido por logopedas y neurólogos. Pero vamos, que todo apunta a que irá a un cole normal y hará su vida sin problemas más adelante.
Si nadie hubiera intervenido, estaríamos hablando de algo muy distinto.
O sea, en resumen, que tú no necesitas correr tras el euro, así que te dedicas a algo útil, sentenció David.
Después la conversación derivó hacia la vida y las familias de los demás.
Carmen, entretanto, empezó a sentir esa sensación rara de que alguien la estaba mirando. Al principio pensó que era paranoia, pero volvió a notarlo al rato.
Disimulando, miró alrededor: nadie la observaba. Nadie en el restaurante parecía fijarse especialmente en ella.
Así que olvidó el asunto y siguió disfrutando de la reunión y, con el paso de los días, ni se acordó más de aquella pequeña incomodidad.
Una semana después, Carmen se preparaba para ir al trabajo, y al bajar al garaje vio que su coche estaba bloqueado por otro. Llamó al móvil que figuraba en el parabrisas. Al teléfono, un mar de disculpas y la promesa de bajar en un momento.
De verdad, lo siento mucho le dijo un chico joven y simpático cuando llegó. Vine a hacer unas gestiones y no había dónde dejar el coche. Soy Javier, por cierto.
Carmen se presentó ella. Tenía Javier algo que caía bien.
Su forma de hablar, de vestir, incluso el perfume Carmen no pudo evitar sentir simpatía, así que cuando el chico le propuso tomar algo, aceptó.
Y luego otra vez. Y, al cabo de tres meses, ya no se imaginaba la vida sin Javi.
Especialmente porque tanto la madre de Javier como Mario, el hijo de su primer matrimonio, la aceptaron enseguida como una más.
El niño tenía necesidades especiales, pero Carmen, con su experiencia profesional, conectó fácil con Mario.
Incluso le recomendó a Javier algunas técnicas nuevas para ayudarle en la comunicación con su hijo y facilitarle la integración.
Al cabo de un año, se fueron a vivir juntos. Carmen se mudó al piso de Javier y Mario, dejando su estudio en alquiler otro piso, también gestionado por la misma agencia que lleva los de Madrid y se instaló con los chicos y sus bártulos, pensando que empezaba otra etapa.
Ahí empezaron las señales de alarma.
Primero cosas pequeñas: ¿me ayudas a vestir a Mario?, o ¿te quedas un rato con el niño mientras bajo a por el pan?.
Al principio, le parecía bien: tenía buena relación con Mario y, si no tenía compromisos, podía ayudar.
Pero aquellos favores se volvieron cada vez más exigentes.
Hasta que Carmen tuvo que sentarse a hablarlo en serio con Javier: Mario era su hijo, su responsabilidad. Ella podía echar una mano de vez en cuando, por cariño, pero no pensaba asumir más de la quinta parte de los cuidados solo porque el niño no era suyo y ya tenía bastante con los críos especiales en el trabajo.
Javier parecía entenderlo, pero cuando llegó la víspera de la boda, él y su madre empezaron a detallarle un programa de rehabilitación para Mario, muy finamente dando por hecho que sería ella quien lo llevaría a cabo en su tiempo libre.
A ver, un momento, les cortó Carmen, Javi, tú y yo teníamos un acuerdo: de tu hijo te encargas tú.
Ni yo te pido que vayas a limpiar a casa de mi madre, ni que le pintes el piso, ni que le soluciones sus problemas, ¿verdad? Para eso ya me las apaño yo como puedo.
Pero vamos a ver, ironizó la suegra. No compares, tu madre es una mujer, una adulta que vive sola. Un niño, es otra cosa.
¿Vas a pasar de Mario también después de casarte y esperar que lo aceptemos así?
En primer lugar, no estoy pasando de Mario. Quiero recordar que aquí, además de mi trabajo, cumplo con lo que toca en la casa: limpiar, cocinar, ocuparte de tu hijo
Pero no pienso hacerme cargo también de su rehabilitación. Mario es tu hijo, Javi, y tú lo tienes que llevar, no yo.
Puedo aconsejar, ayudar si me lo pides pero el papel de madre es tuyo y de su madre.
¿Y eso qué es? ¿Vas de guay delante de tus amigos hablando de la profesión, y cuando hay que mojarse de verdad no das la talla? ¿Así de hipócrita eres?
¿Pero de qué habláis? preguntó Carmen, desconcertada.
De pronto, hizo memoria. Recordó que la madre de Javi trabaja de vez en cuando fregando platos en el restaurante donde habían hecho la cena de promoción. Ató cabos.
Ajá así que lo teníais todo planeado para endosarme el niño, ¿no?
¿Qué pensabas, que me dabas morbo? saltó Javi. Si no fuera por Mario y por tu trabajo, ni te miraba.
Pues mejor. Carmen se quitó el anillo y se lo tiró al exnovio. Así puedes dejar de mirar.
Ya verás cómo te arrepientes le amenazaron Javi y la suegra. Ningún hombre de bien quiere a una gris y con un trabajo de mierda, sin un duro en el banco.
Ah, ¿no? Pues tengo dos pisos en Madrid, así que dinero me sobra zanjó Carmen.
Y disfrutó viendo el cambio de cara de Javi y su madre, mientras se marchaba a hacer la maleta.
Por supuesto, intentaron arreglarlo. Lluvia de promesas: que si cuida él al niño, que nunca volvería a tratarla así, que estaba muy estresado, que la quería, que por favor, que no lo haría más.
Ni caso. Carmen, que de tonta no tiene un pelo, no se tragó nada. Se despidió con una broma sobre perder ratones, y desde luego la que no parecía arrepentida era ella.
Luego, en la próxima quedada, todos se rieron juntos. Carmen, tan pancha, sigue esperando algún día encontrar a alguien que la quiera de verdad, por cómo es, y no por su dinero o por lo que sabe hacer.
Mientras tanto, disfruta de su trabajo y sus amigos. Y está pensando en adoptar un gato, que seguro que es mucho más agradecido y educable que según qué hombresA veces le preguntan si no le pesa tanto cambio, tanto circo en su vida. Carmen sonríe y piensa que, al final, el truco siempre estuvo en no ponerse nunca el disfraz equivocado. Ahora pasea libre, sin disfraces, sin anillos que no le sientan, sin viejas cuentas pendientes.
En la última cita con los colegas, alguien bromeó: Tú debes tener superpoderes para aguantar todo eso con una sonrisa, ¿no? Carmen brindó con su caña y encogió los hombros, con esa tranquilidad suya de quien sabe lo que vale. No me interesan los superpoderes contestó. Prefiero que no me den la vuelta como a un calcetín.
Supo, entonces, que había elegido bien. La libertad pesa menos que cualquier alianza y vale mucho más. Y si algún día apareciera alguien capaz de entender eso, bien, que llame a su puerta con un café en la mano y ganas de compartir risas, no cargas.
Mientras tanto, allí estaba, llena de planes, risas y vida, lista para el próximo brindis. Porque, al final, la mejor etapa era siempre la que estaba por escribir.







