¡No he invitado a nadie a mi casa! la voz de mi cuñada se quebró. ¡No os he llamado!
Marcos estaba en la cocina, concentrado mientras batía una salsa para la pasta. Sostenía el batidor en una mano y, en la otra, el libro de recetas abierto. Su rostro reflejaba una mezcla de tensión y entrega.
El olor a ajo, tomate y albahaca inundaba el piso, mezclándose con la fragancia sutil de las velas encendidas por Lucía, esparcidas por todo el salón.
Parece que esto va bien comentó Marcos a su mujer, que cortaba queso para la ensalada. Al menos, no se me ha cortado la salsa.
Lucía le sonrió con ternura. Su melena oscura estaba recogida de manera casual, y sus grandes ojos castaños brillaban bajo la luz cálida de la lámpara de la cocina.
Siempre supe que eras el más apañado le rodeó la cintura con los brazos. Huele de maravilla. Me recuerda aquel restaurante en Roma.
Eso buscamos. Imagínate: silencio, música suave, cena a la luz de las velas… Nada de llamadas, ni visitas inesperadas. Solo tú y yo.
Decidieron celebrar el cumpleaños de Lucía en la intimidad del hogar, huyendo del ruido constante y las eternas visitas familiares. Ambos ansiaban una noche para dedicarse solo el uno al otro.
Lucía había comprado su vino favorito con antelación y Marcos salió antes del trabajo para preparar la cena personalmente.
Cuando terminaron de poner las tapas en el salón, Lucía dejó sonar de fondo una melodía tranquila.
Feliz cumpleaños, mi amor Marcos alzó su copa. Que este año solo te traiga felicidad y paz.
Gracias, cariño Lucía chocó su copa con la de él.
El vino tenía un sabor seco y profundo. Lucía cerró los ojos, disfrutando ese instante. Llevaba semanas esperando esa velada en calma.
Justo en ese momento, el silencio se rompió con el timbre ruidoso del portero automático. Marcos frunció el ceño.
¿Quién podrá ser? No esperábamos a nadie
Lucía se encogió de hombros, pero una inquietud le recorrió el cuerpo. Marcos fue a la entrada.
¿Sí? habló por el telefonillo.
La respuesta fue una voz reconocible, sonora y chispeante.
¡Marquitos, que somos nosotros! ¡Abre, que traemos cositas! ¡Venimos a felicitar a la cumpleañera!
El rostro de Marcos se descompuso. Miró a Lucía, perdido.
¿Mamá? susurró. ¿Qué haces aquí?
¡Cómo qué! ¡Vengo a felicitar a mi nuera favorita! ¡Que hace un frío ahí fuera, abre ya!
Marcos apretó el botón y la puerta del portal se abrió. Se hizo un silencio denso en casa.
¿Tu madre? ¿Ahora? Lucía susurró, la voz temblorosa.
Lo siento, no sabía… Me dijo que solo llamaría…
No tuvieron tiempo de reaccionar cuando sonó la puerta, fuerte y decidida, más de quien se siente en casa que de visita.
Marcos suspiró y abrió. Allí estaba Dolores, su madre: baja, redonda, con el pelo corto y los labios rojos perfectamente pintados.
Llevaba un mantón de lana colorido y un enorme táper cubierto de vaho.
¡Por fin! ¡Casi nos quedamos tiesos ahí fuera, como unos pardillos! entró rápidamente al hall, quitándose el abrigo sin decir hola.
Sólo entonces Lucía y Marcos vieron que venía bien acompañada: el tío Paco, el hermano de Dolores, un hombre grande vestido con chándal y una caja de zumos en brazos; su esposa, tía Teresa, delgada y nerviosa, con una caja que contenía una enorme tarta casera; su hija veinteañera, Miriam, que enseguida se enganchó al móvil, y dos niños pequeños que corrieron chillando hacia el fondo del piso.
Mamá, ¿pero esto qué es? atinó a preguntar Marcos.
¿Y qué pasa? Dolores ya colgaba su abrigo ocupando tres perchas. ¡Si somos familia! ¡Queríamos darle una sorpresa a Lucía! ¡Todo esto es para ti, hija! le tendió el tapper. Toma, cocido madrileño, que sé que a Marcos le encanta.
Lucía cogió el recipiente, muy pesado.
Gracias, Dolores balbuceó, pero no esperábamos visita…
¡Pero si aquí no hay invitados! ¡Aquí somos de la casa! rió Dolores, encaminándose al salón. ¡Mira qué románticos, velas y todo!
Tía Teresa ya colocaba la tarta en la mesa, apartando para ello los floreros y las copas de vino.
Felicidades, Lucía. La he hecho yo, tarta Sacher, con la receta de mi abuela. ¡Está de rechupete!
Los niños iban a toda carrera por el salón, jugando al escondite. Uno casi tiró un jarrón, y Lucía saltó para salvarlo.
El corazón le latía con fuerza. Marcos intentó retomar el control.
Bueno, ya que estáis poneos cómodos. Lucía, ¿ponemos la mesa en la cocina?
Pero Dolores ya había decidido por todos.
¿En la cocina por qué? ¡Aquí estaremos de lujo! Paco, acerca la mesa. Teresa, los platos. Miriam, deja el móvil ya y ven a ayudar.
Miriam soltó un suspiro, pero fue al fin a la cocina. La atmósfera íntima y cálida del principio desapareció.
En diez minutos, la mesa rebosaba de cocido, ensaladilla rusa, banderillas, fiambre, setas en escabeche y la tarta Sacher.
Bueno, querida, cuéntame, ¿cómo va la vida? Dolores la miró fija. ¿Sigues trabajando en esa oficina? ¿No tienes problemas con el jefe?
Todo bien, gracias contestó Lucía, removiendo la ensaladilla.
Es que claro, nuestra Miriam no encuentra trabajo. Estudió su carrera y ahora parada. Si le sale un puesto en tu oficina, avísame, que es una chica lista.
Lucía asintió en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. Marcos estaba cabizbajo, llorando por dentro.
Intentó disimular, respondiendo las preguntas de Paco sobre el Real Madrid, aunque estaba claro que la situación le superaba.
De vez en cuando miraba a Lucía pidiéndole perdón con la mirada, sin saber cómo ayudarla. Los niños seguían con el alboroto.
El menor, Gabriel, se topó con la colección de figuritas de cristal que Lucía guardaba con tanto mimo.
¡Mamá, mira qué brilla esto! gritó.
Cuidado, Gabriel, eso se rompe Lucía corrió hacia él, pero llegó tarde.
Gabriel tiró del cisne de cristal. Sonó un ¡crack! y el cisne se volvió polvo.
El silencio fue absoluto. Ni la música seguía ya sonando; sólo el chisporroteo de las velas llenaba el aire.
¡Ay, madre mía! gritó Teresa. ¡Gabriel! ¡Te dije que no tocases!
Bah, tampoco es para tanto dijo Dolores, quitándole importancia. Un trocito de vidrio, se tira y ya está. El niño no lo ha hecho a mala idea.
Lucía la miró despacio.
Era un regalo de mi abuela dijo con voz suave pero muy firme. Ya no está con nosotros.
Bueno, hija, qué le vamos a hacer. Que Dios la tenga en su gloria, pero lo importante es disfrutar a los vivos insistió Dolores. Hay que guardar bien las cosas si se invita a gente a casa.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Lucía se levantó de golpe y la silla se arrastró haciendo un ruido seco.
¡Pero es que yo no he invitado a nadie! al fin el grito rompió el aire. ¡No os he llamado! ¡Queríamos pasar la noche solos! ¡Esta es mi celebración, no la merienda de la familia!
Todo quedó inmóvil. Ni los niños se atrevieron a decir nada.
Paco miraba al plato, Teresa tenía la boca abierta, Dolores se puso roja.
¿Ah sí? dijo en tono gélido. ¿Venimos a traerte regalos, a celebrar, ponemos la mesa, y resulta que sobramos? ¿Ya no puedo venir a casa de mi hijo?
Mamá, basta intervino Marcos, levantándose. Había agotado su paciencia. Lucía tiene razón. Queríamos estar solos. No tenías derecho a venir así y traer a medio barrio sin avisar.
¿Sin derecho? chilló Dolores. ¿Yo no puedo venir a casa de mi hijo? ¿Después de haberme partido la espalda por ti, Marcos? ¿Ahora que tienes mujer ya no puedo ni entrar?
No tiene nada que ver con Lucía. Se trata de nuestro espacio y de respetar nuestras decisiones.
Se enzarzaron en una discusión estéril y ruidosa. Dolores lanzaba reproches, Marcos intentaba hacerse entender, los demás sólo querían desaparecer.
Lucía no soportó más. Se levantó y salió de la estancia sin decir palabra.
Desde la otra habitación, los gritos se amortiguaban, pero seguían doliendo igual.
No supo cuánto tiempo pasó, quizá diez o veinte minutos. Los gritos cesaron y un incómodo silencio llenó la casa. Después oyó pasos, murmullos, la puerta al cerrarse.
Marcos abrió la puerta del dormitorio. Tenía el semblante derrotado.
Ya se han ido murmuró. Lucía, perdóname. Tenía que haber desconectado el telefonillo…
Pero no lo hiciste contestó ella, sin emoción. Tendrías que haberla parado.
Es mi madre… Quería hacer lo correcto.
¿Por quién? ¿Por ti, para que no se enfade, para que todos vean lo buena madre que es? Nos ha fastidiado la noche, Marcos.
¿Qué quería que hiciera? ¿Que la echara? Hubiera sido aún peor
¿Y ahora qué ha sido? ella paseó por la habitación. Lo de siempre. Tu madre decide por nosotros: qué comer, cómo celebrar, cómo vivir. Y tú siempre cedes
Lucía miró por la ventana. Desde arriba vio a Dolores y su clan montando en el coche.
Parecía que lo peor había pasado, pero Lucía sabía que no era así. Sólo era un descanso.
No sé cómo seguir, Marcos susurró. No quiero vivir temblando por si tu madre aparece a cualquier hora con sus guisos y sus consejos.
Hablaré con ella. Esta vez en serio. No puede seguir así…
Lo has dicho mil veces y nada cambia.
Aquel día tan especial acabó sin empezar siquiera.
Lo siento repitió Marcos. ¡Feliz cumpleaños, cariño!
Lucía cerró los ojos. Tenía treinta y tres años. Pero se sentía como si tuviera el doble.
¿Quieres que intentemos seguir la celebración? ofreció él, inseguro. Aún queda comida.
No tengo ganas respondió Lucía secamente. Estoy agotada. Quiero dormir.
Se fue al baño para tratar de lavar el día, deseando que mañana no llegara acompañado de intromisiones ni discusiones.
Dolores, herida tras la bronca, tardó en comprender por qué su visita hizo daño. Pero Lucía aprendió una lección: para proteger nuestro espacio y bienestar, a veces hay que decir que no, aunque duela. Querer mucho no da derecho a invadir la vida de los demás. La verdadera familia sabe cuándo quedarse y cuándo dejar estar.







