Dame las llaves de la casa de campo, que nos quedamos allí unos días así empezó todo, cuando permitimos a nuestros amigos quedarse en nuestro refugio sin pensar en las consecuencias.
Recuerdo que la madre de Iván enfermó justo antes de las fiestas de Año Nuevo, así que él y su mujer, Clara, decidieron quedarse en casa. Celebramos el Año Nuevo de manera discreta, en familia, como siempre se hacía en aquellos tiempos en Madrid. Nuestros amigos, Natalia y Miguel, estaban algo decepcionados porque no cumplimos con el plan inicial: les habíamos prometido una escapada juntos a la finca, pero nadie esperaba que doña María se pusiera tan mala en plenas fiestas.
Sin embargo, no puedo evitar recordar cómo Clara se sintió culpable al final. El dos de enero, Natalia la llamó, apenada, contándole lo incómodo que fue recibir el año en su pequeño piso de Vallecas, hacinados y sin espacio para respirar. Clara sentía un nuevo pinchazo de remordimiento.
No sabes lo pesadísima que está mi suegra. Se plantó aquí el día 31 porque se le rompió la calefacción en su piso y piensa quedarse hasta que le arreglen los radiadores. No aguanto más, ¡te juro que me divorcio de Miguel por culpa de su madre! solía desahogarse Natalia.
Lo siento mucho. Con doña María, la madre de Iván, yo me llevo bien, pero la enfermedad la tiene fatal. Si pudiera ayudarte de alguna manera, lo haría de corazón respondía Clara, sincera.
¿Sabes cómo puedes ayudarme, Clara? Pues dándonos las llaves de la casa de campo. Así Miguel y yo escapamos de mi suegra y la dejamos allí sola, que se apañe ella.
Clara dudó. Por un lado, le sabía mal por Natalia; por el otro, no sabía cómo reaccionaría Iván ante la propuesta. Aunque ambos compartían la finca, sobre el papel pertenecía a él.
No sé, Natalia, tendré que consultarlo con Iván.
Claro, lo entiendo. Prometo que usaremos todo con muchísimo cuidado.
Bueno, pero igual ni se puede llegar. Con la nevada, seguro que el camino está impracticable. No hemos llamado al tractor.
No pasa nada, tenemos un todoterreno. Llegaremos.
Y el caldero no lo hemos revisado en mucho tiempo. Debería ir alguien antes de que entren los huéspedes
Mírame a la cara, Clara. Somos gente responsable. Miguel ha trabajado años con calderas, no te preocupes, y si hay algún problema, lo arreglamos.
Natalia lo decía de tal modo que Clara terminó accediendo y le prometió llamar tras consultarlo con Iván.
¿Estás segura de que es buena idea? decía Iván, cauteloso.
No estoy segura, pero son amigos desde hace tiempo. Al fin y al cabo, íbamos a ir con ellos si no fuera por tu madre
Si pasa algo, no podremos ir en persona. No podemos dejar a mamá sola.
Lo sé, por eso pregunto. Natalia está al borde porque no soporta a la madre de Miguel. Según ella, la mujer es insufrible y su matrimonio peligra.
Reflexionaron juntos y, pensando en el bien de sus amigos, decidieron prestarles las llaves.
Que se apañen solos, ¿eh? Nosotros fuera de todo fue la condición de Iván.
Natalia lo entendió al instante, consciente de la confianza que depositaban en ella.
Mil gracias, cariño. Te iré informando y no te molestaremos prometía antes de partir.
El viaje a la finca duró más de tres horas. La casa estaba en la sierra, lejos del bullicio madrileño. Como sospechábamos, la nevada de Año Nuevo había cubierto el camino y ni el todoterreno daba de sí. Natalia y Miguel acabaron llamándonos con desesperación.
¿Qué hacemos ahora?
Volved, no hay nadie que os limpie el camino el tres de enero. Es festivo.
¡Ni hablar! Hemos venido hasta aquí. Al lado hay pueblo grande. ¿No decías que Iván conoce a un tractorista por allí?
Sí, él suele limpiar el camino.
Llámale y pídele que venga.
Te paso su número.
Pero al rato, Natalia volvió a la carga.
No lo coge. Haz que Iván le llame, seguro que no responde a desconocidos.
Está bien, esperad.
Iván, a regañadientes, logró contactar y el tractorista prometió llegar en una hora. Durante esa espera, Natalia no paraba de llamar para saber cuánto faltaba, poniendo a Clara más nerviosa todavía.
Por suerte, el tractorista cumplió su palabra y les abrió camino. Pero la puerta de entrada requería pala y esfuerzo; Miguel despejó un sendero y consiguieron entrar.
Las radiadores no calentaban suficiente: había que arreglar el caldero, y Miguel tampoco dio con la forma. Llamó a Iván una y otra vez, quien se pasó dos horas explicando por teléfono cómo funcionaba aquel viejo aparato.
Nunca he visto uno igual, esto será de hace siglos.
Lo importante es que funcione respondía Iván, cada vez más molesto, porque intuía que los problemas no habían terminado.
Y así fue: cada mínimo detalle era motivo de llamadita de Natalia, desde buscar la sartén hasta lamentarse por el frío persistente de la casa.
Al final de la noche, Clara e Iván apagaron los móviles para desconectar y descansar por primera vez en días.
Al día siguiente, descubrieron decenas de llamadas perdidas.
¿Qué habrá pasado?
No sé Clara, inquieta, llamó de inmediato. Natalia contestó con la voz acelerada.
¡Por fin! ¿Dónde os habéis metido?
Estábamos durmiendo
Ha habido un desastre. Casi nos quemamos vivos en la sauna, olía a humo por todas partes.
¿Pero qué ha pasado?
Tendríais que haber avisado de la tapa en la chimenea. Menos mal que Miguel es espabilado y se dio cuenta a tiempo.
Perdona, no pensé que usaríais la sauna el primer día. Y además
¿Cómo que además? Esto es estar de invitados, ¿no? Usamos todo lo disponible. ¡Pero la sauna no estaba ni accesible, con tanta nieve!
Podéis disfrutarla, sin problema respondía Clara, dudosa.
Tampoco encontramos la barbacoa.
Teníamos una vieja que se rompió.
¡Vaya, y no avisasteis! ¿Dónde hacemos nuestra carne ahora? Natalia estaba cada vez menos amable.
No lo sé, Natalia. La cabeza me da vueltas con todo lo que pasó estos días. Si queréis carne asada, apañaos vosotros. Por favor, solo no queméis la casa.
Al cortar la llamada, Clara sentía que la paciencia se le agotaba.
¿Todo bien, otro lío más? preguntó Iván.
Sí Clara le contó los detalles.
Miguel conoce la sauna, estuvo allí en verano y sabe lo de la tapa. Así que reclama por nada. Lo de la barbacoa, tampoco es nuestro problema. Si quisieran hacer paella, ¿tendríamos que dejarles el paellero también? Si quieren carne asada, hay un supermercado en el pueblo donde venden barbacoas de usar y tirar. Bastan para unos días.
Tal cual transmitió a Natalia en la siguiente llamada.
Vale, entendido. Bajaremos al pueblo; por lo menos la carretera ya está limpia gracias a nosotros.
Curiosamente, después de ese intercambio, Natalia dejó de molestar. Tal vez comprendió que Clara estaba al límite y no podía seguir cuidando de ellos.
Hace días que no llaman. Deberíamos averiguar cómo están se preguntaba Iván la jornada siguiente.
Natalia no contestó, pero mandó un mensaje: Todo en orden.
Ambos decidieron, entonces, confiar en sus amigos y disfrutar de unos días de tranquilidad.
Al llegar la última noche de las fiestas, doña María se había recuperado y Clara propuso a Iván ir a la finca a devolver las llaves y revisar cómo había quedado todo.
Me parece buena idea. Iré mañana temprano y vuelvo para cenar. Así veo cómo está la casa… y la sauna.
Iván partió, mientras Clara se quedó en Madrid con la madre de él. Avisó a los amigos que Iván iría pronto, esperando que todo fuera pacífico. Pero la reacción de su marido al volver fue de puro mal humor, rehusando hablar del asunto.
Natalia lo aclaró al día siguiente, invitando a Clara a su casa de la calle al lado.
¿Te ha dejado tranquila la suegra? preguntó Clara.
Por suerte sí, arreglaron todo y se fue antes de que volviéramos.
Perfecto, entonces paso en un rato prometió Clara, sin decirle nada a Iván ya que el tema parecía disgustarle mucho.
En casa de Natalia, la conversación fue directa:
Mira, aquí tienes dijo entregándole un papel.
¿Qué es esto?
La lista de los gastos que tuvimos en vuestra finca.
Clara recorrió la lista: servicio del tractorista, pala eléctrica, barbacoa, carbón, pastillas de encendido, rejilla de parrilla, tres bombillas, y aceites esenciales para la sauna.
Todo lo que tuvimos que comprar estando allí.
¿Y por qué me lo enseñas?
Hemos dejado todo para que lo uséis en adelante. Estáis invitados.
Gracias contestó Clara, sin comprender.
Miguel y yo pensamos que, si vais a disfrutar de esas cosas, lo justo sería compartir los gastos.
¿Lo dices en serio? preguntó Clara, creyendo que era una broma.
Claro. Si tuvierais barbacoa, no habría hecho falta comprar nada. Si hubierais tenido una pala decente, igual. Y si el tractorista nos hubiese limpiado antes, no habríamos gastado gasolina esperando allí. Ni qué decir del champú en la sauna: también tuve que comprarlo.
Natalia, creo que te has pasado. Primero: esto no es un hotel; no hay obligación de dejaros champú ni gorros de ducha. Segundo: la pala y la barbacoa las habéis comprado por vuestra cuenta; si no queréis, lleváoslas. Igualmente los aceites, el carbón y la rejilla. Lo de la carretera, tampoco lo pago; elegisteis ir bajo vuestra responsabilidad.
Pero vosotros también usaréis el camino
Para cuando vayamos otra vez, la nieve será distinta. Además, normalmente lo limpian gratis, solo que en fiestas había que pagar. Lo vuestro son gastos personales. Las bombillas sí las pago, era necesario cambiarlas. Mandé ciento veinte euros por Bizum a Natalia, y acto seguido me levanté y me volví a casa. Dejé de contestar llamadas y mensajes. Para acabar, Iván y yo fuimos a la finca y les mandamos por mensajero todas las cosas compradas por ellos.
Con doña María curada, empezamos a volver a la finca los fines de semana. Natalia y Miguel, en cambio, perdieron ese privilegio. La amistad se enfrió; nunca más volvimos a confiarles nuestra casa, y su reacción entre sorprendida y tronante, nos dejó pensativos.
Les cuidamos, intentamos ayudarles ¿y así nos lo pagan? ¡Desagradecidos! repetía Natalia, aún llamando a Clara para pedir el ticket de la pala eléctrica, que solo podía devolver con el recibo que se había quedado en la finca.
Así han quedado las cosas. Y, mirando atrás, uno piensa en cómo la buena voluntad no siempre es suficiente para mantener la amistad.







