Un profesor sin esposa ni hijos se ofrece a adoptar a tres huérfanos

Oye, amiga, te tengo que contar una historia que me dejó sin palabras. Resulta que cuando Tomás Álvarez cumplía treinta años, seguía soltero y sin hijos; solo tenía un piso alquilado en el centro de Madrid y una aula llena de proyectos de sus alumnos, pero ninguno suyo.

Imagínate una foto de boda eso es lo que a todos les venía a la cabeza.

Una tarde lluviosa, escuchó entre los profesores que había tres niños huérfanos: Lidia, Graciela y Benjamín, cuyos padres habían fallecido en un accidente. Tenían diez, ocho y seis años.

Probablemente los lleven al albergue decía uno. Nadie los quiere. Son demasiado caros, demasiados problemas.

Tomás se quedó callado. Esa noche no volvió a dormir.

A la mañana siguiente los vio en las escaleras de la escuela, empapados, con hambre y temblando. Nadie había venido a recogerlos.

Al final de la semana hizo lo que nadie más se atrevía: firmó él mismo los papeles de adopción. La gente se rió de él.

¡Estás loco! le gritaban. Estás solo, ya tienes tus propios problemas. ¡Mándalos al albergue y listo!

Pero Tomás no les hizo caso. Les preparó la comida, les arregló la ropa y les ayudó con los deberes hasta altas horas. Su sueldo de maestro era modesto, apenas unos mil euros al mes, y la vida era dura, pero su casa siempre estaba llena de risas.

Los años pasaron y los niños crecieron. Lidia se hizo pediatra, Graciela cirujana y Benjamín, el más pequeño, un abogado famoso especializado en la defensa de menores. En la ceremonia de su graduación, los tres subieron al escenario y dijeron las mismas palabras:

No tuvimos padres, pero tuvimos a un profesor que nunca se rindió.

Veinte años después, bajo una lluvia que recordaba aquella primera tarde, Tomás ya estaba mayor, con el pelo encanado, sentado en los escalones de su edificio. Los vecinos que antes se reían ahora le saludaban con respeto. Los familiares lejanos, que antes le habían dado la espalda, aparecían de pronto fingiendo interés.

Tomás no les dio importancia. Simplemente miró a los tres jóvenes que lo llamaban papá y comprendió que el amor le había dado la familia que nunca creyó que podía tener.

El profesor que elige familia Parte dos

Con el tiempo, el vínculo entre Tomás Álvarez y sus hijos se volvió más fuerte que nunca. Cuando Lidia, Graciela y Benjamín lograron el éxito en sus carreras, quisieron preparar una sorpresa para quien les había dado todo: una casa, educación y, sobre todo, cariño.

Una soleada tarde lo llevaron de paseo en coche, sin decirle a dónde iban. Tomás, ya con cincuenta años, sonreía desconcertado mientras la carretera se llenaba de robles. Cuando el coche se detuvo, quedó sin palabras. Ante él se alzaba una espléndida villa blanca, rodeada de jardines y con un letrero que decía:

**Casa Álvarez**.

Tomás parpadeó, conmovido.

¿Qué es esto? murmuró.

Benjamín le rodeó el hombro.

Esta es tu casa, papá. Nos diste todo. Ahora es nuestro turno de darte algo bonito.

Le entregaron las llaves, no solo de la casa, sino también de un elegante coche plateado que estaba aparcado en la entrada. Tomás soltó una risa entre lágrimas y sacudió la cabeza:

No hacía falta No necesito nada de eso.

Graciela sonrió dulcemente.

Pero te lo mereces. Gracias a ti aprendimos lo que significa una familia de verdad.

Ese mismo año lo llevaron a su primer viaje al extranjero: primero a París, luego a Londres y, por fin, a los Alpes suizos. Tomás, que nunca había abandonado su pueblo, descubrió el mundo con ojos de niño.

Mandó postales a sus antiguos compañeros de colegio, firmando siempre:

De Tomás Álvarez, orgulloso padre de tres hijos.

Y mientras contemplaba los atardeceres en playas lejanas, comprendió una profunda verdad: había salvado a tres niños de la soledad pero, al fin y al cabo, fueron ellos quienes lo habían salvado a él.

Rate article
MagistrUm
Un profesor sin esposa ni hijos se ofrece a adoptar a tres huérfanos