EN BUSCA DE UNA AMANTE
¿Luzía, qué haces? preguntó mi marido, sorprendido, mientras le entregaba unos pantalones cortos y una camiseta.
Nada, Álvaro. Mientras tú aquí duermes como un lirón, ¡las amantes ya están todas cogidas! dije, apartándole el edredón de un tirón, haciendo que los escalofríos invadieran su vulnerable cuerpo.
¿Pero de qué hablas?
Después de lo que dijiste ayer, que pronto te buscarías una amante, he decidido tomar cartas en el asunto. El momento ha llegado, Álvaro. Son las cinco y media: toca levantarse y presentarse en el frente del adulterio.
Pero… lo decía en broma. Si estábamos discutiendo, ¿te acuerdas? Perdona, no era mi intención.
No, no, lo dijiste todo muy claro. Yo soy la que ha fallado. Apagué la pasión que había entre nosotros. Todo el combustible lo gasté en mí. Ahora sólo quedan cenizas, y ni siquiera servirían para asar una patata. Corrijo mi error. Arriba.
¿Me estás echando de casa?
No, te estoy poniendo las pilas. Ahora, cada día, ejercicio. Hasta que te libres de esos kilos de más. Una amante no tolera a un “Michelín” junto a ella. ¡Arriba, vamos!
Viendo que no iba a rendirse, Álvaro se deslizó resignado fuera de la cama y, como penitencia, se puso a duras penas los shorts encima del pijama.
No te olvides que tenemos que comprarte un bañador decente. Con esos calzoncillos tan anchos, a ver si te vas a salir volando del lecho amoroso.
Tras diez minutos de trote alrededor de la casa, y bajo mi mirada de entrenadora, Álvaro llegó medio vivo, se dejó caer en el suelo y empezó a arrastrarse hacia la cama con los dientes.
¿A dónde vas? lo detuve en su avance de oruga.
Quiero morir dormido en la cama…
Morirse no se puede; estamos buscando amante, no forense. A la ducha. Ahora habrá que ducharse mínimo dos veces al día. A mí me has torturado bastante con tus aromas, ya con otra persona no te lo permito. Y los dientes, mañana y noche.
Lávate bien la cabeza, hoy vamos al estudio de fotografía.
¿Para qué?
Hay que hacerte una foto decente para la web de citas. No puedo sacártela yo, yo te veo como realmente eres: el rey cervecero, el especialista en macarrones fritos con mantequilla. Pero necesitamos que el objetivo capte todo tu potencial de “macho alfa”.
Luzía, ¿no crees que ya vale?
Mejor aprovecha para ensayar tus palabras dulces, guárdalas para oídos de jovencitas. Venga, elige candidata.
Álvaro entonces se animó un poco: le gustaba, por puro juego, curiosear en webs de citas, pero ahora podía hacerlo de manera oficial, sin cargos de conciencia. Empezó a señalar con el dedo:
¿Quizás esta?
¿Lo dices en serio?
¿Por qué no?
Álvaro, yo, al ver a tu amante, tengo que sentir vergüenza de mí misma, no de ti. Mírala bien: estaba más presentable nuestro Ibiza antes del desguace. A esa mujer se le puede colgar un cartel: Precaución, riesgo de desprendimiento de fachada.
Entonces esta otra.
¿Eso quieres decir? Por Dios, Álvaro, ¿cómo voy a mirar a la gente a la cara si mi marido me engaña con cualquiera?
Mira, esta está muy bien.
Ni hablar, esa no me va a hacer caso en la vida…
Ay, Álvaro, ¿en qué momento me enamoré de este Pinocho inseguro? ¿Qué viste en mí para aguantar quince años?
¿Mi sentido del humor? sugirió él.
Seamos sinceros: si la risa alargase la vida, con tus chistes ya me habrías dejado viuda en la luna de miel. No busquemos explicaciones. Mejor, compremos un buen traje y pescamos a la amante “a lo vivo”.
Basta ya, Luzía, mejor hacemos las paces.
¿Dónde ves la pelea? Tener amante es de hombres exitosos. Y su mujer también sube en el escalafón. Mejor no limitarnos a una sola amante.
En el centro comercial, guié a Álvaro a la tienda más cara, desnudando de ropa a los maniquíes en el proceso.
Luzía, estos pantalones y chaqueta cuestan lo que una rueda de invierno protestó, cuando le empujaba al probador.
No te preocupes, ruedas tienes las que quieras… en la farmacia también venden, ¡de todos los tipos y con doble protección! No quiero sorpresas en casa.
¡Luzía!
¡Nada, hombre! La seguridad lo primero. No estamos eligiendo un patinete, sino una hipotenusa en el triángulo obtuso de nuestra vida. ¿Has llamado ya a tu jefe?
¿De qué tema?
¡De suelto, por supuesto! Ahora necesitas subida de salario. ¿Cómo piensas mantener a dos mujeres? Yo sobrevivo a base de lentejas, pero a una amante tendrás que ofrecer la fórmula del hormigón armado: cena, tres copas de Rioja, hotel cinco estrellas Si fallas con algo, aquello se viene abajo.
Al fin se vistió y se ajustó la corbata.
Estás guapísimo, como el día de nuestra boda se me humedecieron los ojos.
Qué bien le sienta opinó una señora desde el probador de al lado.
¿Se lo lleva? Está buscando amante le comenté.
No, gracias, yo ya tengo amante tres, de hecho respondió descarada.
Álvaro, ni se te ocurra elegir a una así le advertí, necesitamos una fiel, fiable como una cuenta en un banco suizo: donde puedas transferir fondos tranquilamente. Vamos a perfumería, te perfumo y ¡ya puedes echar a volar!
Paseamos aún una hora más. Al final asentí, complacida.
Álvaro, ya estás listo. Ni foto hace falta. Ves y sé insistente, elegante y seguro de ti, como el día aquel que vendiste nuestro Ibiza.
Me fui a casa a preparar un cocido y él salió a buscar amante, como lo habíamos planeado durante esa larga y curiosa jornada.
Una hora después, sonó el portero automático.
Buenas tardes, preciosa. Disculpa, ¿está tu marido en casa? La voz era profunda, cálida, apasionada ni el chisporroteo del altavoz le restaba magnetismo.
Uy se me resbaló la cuchara de las manos del nerviosismo. No, se ha ido con la amante.
¿Puedo subir? Tengo algo muy interesante que proponerle.
Las insinuaciones me provocaron primero un calor y luego un escalofrío de pies a cabeza; casi me preparo un paracetamol, pero en vez de eso pulsé el portero tres veces. Álvaro apareció en la puerta pocos minutos después, con un ramo grande de claveles rojos. Me cogió por la cintura y aquello se llenó de calidez de repente.
¿Has llorado? preguntó sorprendido al ver mis ojos.
Un poco. Pensé que había destrozado todo, pero ahora veo que la leña era para encender nuestro fuego.
Bueno, supongo que no te importaría pasar la noche con un hombre agradable y divertido sus ojos brillaban de deseo… y, tal vez, de los dos cubatas de coñac que tomó por valor. Te invito a un restaurante; quiero contarte la asombrosa historia de tu belleza. Es crónica real, ¡te va a encantar!
Q-q-quiero respondí a duras penas, metiéndome en el juego solo apago el fuego y me pongo un poco de rímel.
Yo voy pidiendo un taxi dijo él.
¿Dónde vamos? y una sonrisa boba flotaba en mi cara.
¡A un restaurante cinco estrellas!
Aquí no tenemos uno así sólo una pizzería de cinco quesos.
Pues allí mismo. Para mi amante, lo mejor.
¿Y tu esposa no se pondrá celosa?
Pondremos todo nuestro empeño en provocar sus celos contestó él, guiñando un ojo.







