El derecho a no vivir con prisas El mensaje de la doctora llegó a Nina mientras terminaba otro email en su mesa de la oficina. Se sobresaltó con la vibración del móvil, posado junto al teclado. «Los análisis están listos, pásate hoy antes de las seis», decía el texto, escueto. En la pantalla eran las tres y cuarenta y cinco. Desde la oficina, tres paradas en el autobús hasta el centro de salud, la cola, el despacho, vuelta… Una llamada de su hijo, que prometió «pasarse si le daba tiempo», y su jefa que por la mañana ya dejaba caer lo del informe extra. En el bolso, al lado, los papeles de su madre que Nina tenía previsto llevarle por la tarde. — ¿Otra vez te vas tarde? — le comentó su compañera al verla mirar el reloj. — Qué remedio, — contestó automáticamente, aunque sentía el cuello húmedo bajo el cuello de la blusa y un cansancio palpitante en el pecho. La jornada se arrastró como masa de pan. Emails, llamadas, el chat interminable del departamento. A media mañana, la jefa irrumpió. — Oye, Nina. El proveedor pide un resumen para el fin de semana y yo el sábado me voy fuera. ¿Puedes encargarte? No es nada especial, solo juntar unas tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer desde casa. Las palabras «no es nada especial» quedaron flotando como una orden. La compañera fingió leer la pantalla, como si quisiera volverse invisible. Nina iba a responder su habitual «claro», pero el móvil vibró levemente en el bolso. Un recordatorio de la app: «Esta tarde: paseo de 30 minutos». Ella misma se los había puesto, después de un susto con la tensión, y desde entonces los arrastraba con el dedo, sin leerlos. Esta vez no los quitó. Miró la línea de texto como si algo vivo la esperara. — ¿Nina? — repitió la jefa. Nina inspiró hondo. Le zumbaba la cabeza, pero dentro sentía, obstinado, que si decía que sí volvería a trasnochar, le dolería la espalda y el domingo sería lavar, cocinar, médico de su madre. — No puedo, — dijo, sorprendiéndose de lo tranquilo que sonó. Su jefa alzó las cejas. — ¿Cómo que no? Si… — Tengo que cuidar a mi madre, — usó la excusa habitual con la que justificaba sus ausencias pero nunca se permitía rechazar un trabajo. — Y… el médico me ha dicho que evite hacer horas extra. Lo siento. No aclaró que el médico lo dijo de pasada y hacía ya meses. Pero lo dijo. El silencio cayó como amenaza de reproche. Esperó el suspiro, el comentario sobre el «equipo» y la «confianza». — Está bien, — zanjó la jefa tras unos segundos. — Ya buscaré a otra. Trabaja, anda. Al irse, Nina notó la espalda empapada. Le temblaban los dedos que apretaban el ratón. Una vocecita, picajosa, le dijo que debería haber aceptado, ¿qué le costaba? Tres o cuatro horas, nada más. Pero junto a la culpa apareció otro sentimiento, raro y hasta inquietante: alivio. Como soltar una bolsa pesada y sentarse. Por la tarde, en lugar de ir corriendo al centro comercial y de paso recoger algo del informe, Nina salió del centro de salud y no corrió a la parada. Se quedó frente a la puerta, respirando hondo, y por primera vez notó que le dolían las piernas de tanto ir de un sitio a otro. — Mamá, mañana voy a verte, — avisó por teléfono tras esperar su turno y recoger los resultados. — ¿Hoy no vienes? — la voz de su madre, como siempre, un poco reprochona. — Mamá, estoy cansada. Es tarde, y tengo que ir a casa y cenar algo de verdad. Tus pastillas las compro, no te preocupes, mañana te las llevo. Se preparó para la tormenta, pero sólo oyó un suspiro. — Ya eres mayorcita, sabrás lo que haces. «Mayorcita», pensó Nina entre risas. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, la hipoteca casi pagada, y aún así sentía que tenía que demostrar que era buena. Hija, madre, empleada. En casa reinaba el silencio. Su hijo había escrito en el chat que no podía pasar, «locura en el trabajo». Puso la tetera, cortó unos tomates. Estuvo a punto de coger la aspiradora — hacía falta —, pero en vez de eso se sentó a la mesa, se sirvió un té y dejó que la taza se templara mientras hojeaba un libro que había empezado en vacaciones. La vocecita interior seguía dando órdenes: tender la ropa, fregar los cacharros, repasar el informe, buscar una clínica para su madre… Solo que ya no gritaba tanto. Entre los «tienes que» se abrió una grieta y se coló un «se puede hacer después». Leyó sin prisa, volviendo a los párrafos, distraída. En un momento se sorprendió mirando por la ventana, sin prisa. En la calle, las luces de los coches, transeúntes arrastrando bolsas, los perros paseando despacio con sus dueños. — Ya está, — se dijo en voz alta. — No pasa nada porque el suelo no brille. Y no la asaltó el remordimiento. * * * Al día siguiente todo volvió a convertirse en un torbellino. Su madre llamó a las nueve: — ¿Nina, seguro que vendrás antes de comer? A las once tiene que venir el médico para la tensión. — Sí, sí, — dijo, poniéndose los vaqueros con una mano y metiendo el tensiómetro en el bolso con la otra. Su hijo la llamó por el móvil. — Mamá, hola. Mira, tenemos que hablar de un tema del piso, ¿puedes llamarme esta tarde? — Sí, después de las siete, — respondió mientras se calzaba. — Voy a ver a la abuela. — ¿Otra vez? — murmuró el hijo. — Otra vez, — contestó ella con calma. En el autobús, alguien discutía con el conductor, una señora trituraba bolsas a su lado. Nina se quedó medio dormida abrazando el tensiómetro, se despertó ya en la puerta de su madre. La recibió en bata, con el ceño fruncido. — Llegas tarde. Si viene el médico y ve este desorden… — señaló una pila de ropa sobre una silla. Antes Nina saltaba rápido: «¿Yo corriendo toda la mañana y tú diciendo que hay desorden?». Y luego llegaban la culpa y el agotamiento. Esta vez se detuvo en el umbral, puso el bolso en el suelo y respiró hondo. Se imaginó el guion de siempre: palabras, reproches, silencios. Y cómo después de la discusión se limpiaba los ojos en el portal, buscando una excusa para el mal humor. — Mamá, — dijo bajito. — Entiendo que te preocupas. Pero primero pongamos la mesa y ya luego recojo lo demás. No me da la vida. Su madre frunció más el ceño, a punto de protestar, pero leyó algo en la cara de Nina. No enfado, ni súplica, sino una calma firme. — Vale, — farfulló. — Ve preparando el aparato. Cuando el médico se fue, su madre — jugando con el cinturón del batín — cambió el tono, menos severo que cuando regañaba a la televisión. — Yo no lo hago por fastidiar, ¿eh? Es que me da miedo estar sola. Nina, lavando tazas en el fregadero, sintió que algo se derretía dentro de ese comentario. — Lo sé, — respondió. — A mí también me da miedo a veces. Su madre bufó, como si exagerara, y cambió de canal. Pero en la habitación el silencio era más tranquilo, como una cuerda que no tensaba tanto. * * * Por la tarde, de vuelta a casa, Nina paró en la farmacia. Delante, una vecina del portal, la de la sillita y las bolsas. Esta vez sin sillita y más perdida. — No sé ni qué vitaminas tomarle a mi marido, — musitó con un bloc en mano. — El médico ha escrito dos cosas y aquí hay tantas, me lío. Antes, Nina habría asentido y pasado de largo: ya tengo bastante. Pero entendió esa sensación de mareo en el mostrador. Su madre le pedía últimamente que le apuntase el horario de las pastillas para no confundirse. Y ella, el invierno pasado, también se quedó paralizada ante un estante, sin entender nada de medicamentos. — Déjame ver, — propuso. Llegaron a un rincón y Nina, con las gafas, leyó las notas, preguntó a la farmacéutica y señaló la caja correcta. — Ay, gracias, hija, — suspiró la mujer. — Menos mal. Sé que tu madre está mal, pero tú entiendes de estas cosas. Nina se rió. — Entender… solo que ya me ha tocado. Al salir, la vecina titubeó: — ¿Puedo preguntarte algún día? Mi marido es tan cabezota que no mira nada. Antes Nina habría dicho: «Sí, ven cuando quieras», y luego se sentiría mal si llamaba a deshora. Ahora, se lo pensó, sintiendo la inquietud: otro compromiso más. — Llama si necesitas, — dijo tras una breve pausa. — Pero mejor de día, ¿vale? Por la tarde suelo estar yo a mis cosas. Y por primera vez se sintió con derecho a proteger su propio tiempo. La vecina asintió, y eso le reconfortó aún más que las gracias. * * * Por la noche, preparó una cena sencilla. No llenó la mesa como si fuera para toda la familia — solo ella y, quizás, el hijo si aparecía. Puso pasta, un poco de pollo, pepino cortado. La cocina un poco revuelta, la camisa del hijo sobre la silla, cesta con ropa sin doblar. Hace unos años no habría cenado hasta dejarlo todo perfecto. Ahora solo empujó la cesta con el pie. El hijo la llamó, con voz tensa. — Mamá, está complicado. Nos ofrecen la hipoteca, pero la entrada es alta. Pensábamos… si podrías echarnos una mano. Sé que ya has ayudado… Nina cerró los ojos. Esa conversación siempre le pinchaba en el orgullo y la herida: «no les he educado bien», «no gané suficiente», «monté mal la vida». Y también el viejo remordimiento del dinero gastado en el negocio fallido del marido. — ¿Cuánto necesitáis? — preguntó, apoyada en la mesa. El hijo dijo una cifra. No era desorbitada, pero pesaba. Podía sacarla de sus ahorros, los que reservaba para «algún día»: ir al mar, coger un frigorífico nuevo, ponerle una dentadura a su madre. Sintió dentro el crujir de las viejas cuentas y de antiguas decepciones: no se fue a otra ciudad en su juventud, no defendió su tesis de lo que le gustaba, aguantó a su marido más de la cuenta y acabó separándose igual. — No te preocupes, mamá, te lo devolveremos, — añadió el hijo deprisa. — Ya sé que no, — contestó Nina. Y lo sabía: nunca volvían los préstamos. Siempre fue así. Calló unos segundos, que quizá su hijo notó como eternos. En esa pausa vio pasar todo: los botines de cuando era niño que compró a plazos, los cumpleaños tristes, los abrazos en la noche de miedo. Y sus propios sueños guardados como un jersey viejo. — Os ayudo, — dijo por fin. — Pero solo la mitad. La otra mitad la tendréis que buscar. — Mamá… — el hijo, decepcionado. — Sacha, — rara vez decía su nombre con ese tono. — No soy un cajero. Yo también tengo mi vida. Tengo que pensar en mí. Silencio. Esperó la culpa habitual. No llegó. Había inquietud, algo de vergüenza, pero más que nada, una serenidad inédita. — Vale, — acabó diciendo su hijo. — Tienes razón. Ya nos apañaremos. Con lo que das, es suficiente. Charlaron un rato sobre el trabajo, la hermana, series. Al colgar, solo oía el tic-tac del reloj. Se sentó en el taburete junto a la ropa sin doblar, mirándola, y de repente le vino una imagen: la Nina de treinta y cinco, despeinada, con la eterna culpa. La que creía que nunca hacía nada bien. — Bueno, — pensó para sí dirigiéndose a su yo más joven. — Sí, hemos perdido cosas, nos hemos equivocado, pero no necesitamos castigarnos veinte años más. No era una gran revelación. Más bien una tregua. Dobló una camiseta, luego otra, y paró, dejando el resto para mañana. Se concedió el derecho a no dejarlo todo perfecto. * * * El sábado, sin horas extra, Nina se despertó sin despertador. Por costumbre, su cuerpo quiso saltar: «hay que salir», «hay que cocinar», «hay que lavar». Se obligó a quedarse diez minutos más, oyendo pisadas en la acera. Luego, tras un té y un poco de orden, abrió el cajón y sacó una libreta que le había regalado su hija en Reyes: — Mamá, para que pienses en ti. Escribe lo que quieras hacer. Entonces Nina solo sonrió y guardó la libreta. Vacía. ¿Qué «cosas propias» podía hacer una mujer con madre, trabajo e hijos? Ahora abrió la primera hoja. No tenía planes grandiosos. Ni viajes exóticos, ni cambios de vida. Sentía, de hecho, que no quería inventarse otro «proyecto». En cambio, apuntó: «Quiero salir de paseo por la tarde, a veces, sin motivo». Y debajo: «Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca del barrio». No inglés, ni cerámica, ni nada para redes sociales. Solo aprender a manejar mejor el ordenador, dejar de depender de su hijo para pedir cita al médico online. Guardó la libreta en el bolso. Salió y, en vez de ir directamente al súper, se metió en el parque donde no pisaba en años. Allí, sombras de árboles y bancos ocupados por mujeres de su edad, charlando de lo de siempre: precios, salud, hijos. Siguió caminando, a su ritmo. Dentro le cabía una extraña ligereza, como un armario tras vaciar lo innecesario. Todavía no sabía vivir distinto. Volvería a salirse de quicio, a decir que sí, a discutir. Pero ahora había espacio para pararse un segundo y preguntarse: «¿Esto lo quiero yo?». Al volver se acercó a la biblioteca. Dentro, olor a papel y una mujer tras el mostrador de chaleco de lana. — ¿Puedo ayudarla? — Busco información sobre cursos, — de repente se sintió una escolar. — Para… adultos. Para aprender más de informática. La bibliotecaria sonrió. — Sí, tenemos. Por las tardes, dos veces a la semana. Estamos haciendo grupo. ¿Quieres apuntarte? — Sí, apúnteme. Al rellenar la ficha, trazó su edad despacio. El 55 ya no era una losa. Más bien una señal: había llegado a un sitio donde tiene derecho a no vivir con prisas. Cuando llegó a casa, seguía sin fregar la sartén, la camisa del hijo en la silla, los análisis de su madre y un email sin contestar de su jefa sobre «Nuevas tareas». Dejó el bolso, se quitó el abrigo, fue a la ventana y se quedó quieta unos minutos. Respiraba tranquila. Sabía que luego lavaría los platos, llamaría a su madre, contestaría al email. Pero sabía también que, de alguna manera, encontraría entre medias una rendija para sí misma: una taza de té, una página de libro, un paseo breve. Y ese saber era, de repente, lo más importante de todo.

El derecho a no tener prisa

El mensaje de la médica de cabecera llegó cuando Clara estaba sentada en su escritorio, terminando otra de esas cartas interminables que le requería su trabajo. Se sobresaltó al sentir el zumbido del móvil, que descansaba junto al teclado.

Tus análisis están listos, acude hoy antes de las seis, decía el texto, escueto.

Era un cuarto para las cuatro en el reloj de la pantalla. Del despacho al centro de salud había tres paradas de autobús, luego la cola, la consulta, la vuelta Encima, la llamada de su hijo, prometiendo pasar si le daba tiempo, y desde por la mañana, su jefa sugiriendo que hacía falta otro informe. En el bolso, junto a sus pies, descansaban los papeles de su madre, que Clara debía llevarle esa tarde.

Otra vez sales tarde, ¿verdad? preguntó su compañera de mesa al percibir que Clara miraba el reloj.

No queda otra respondió casi sin pensar, notando cómo una fina humedad le empapaba el cuello de la blusa y el cansancio le pulsaba en el pecho.

La jornada se estiraba como masa pegajosa de pan. Correos, llamadas, el chat sin fin del departamento. A media tarde, la jefa se asomó por la puerta.

Clara, oye, que el proveedor va a querer el resumen el fin de semana y yo el sábado me voy. ¿Puedes encargarte tú? No es nada importante, solo juntar tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer en casa.

El no es nada importante sonó como una orden suspendida en el aire. La compañera de la derecha se reclinó más aún sobre su ordenador, buscando ser invisible. Clara abrió la boca para el acostumbrado por supuesto, pero en ese instante el móvil vibró discretamente en el bolsillo. Era un recordatorio de la aplicación: Por la tarde: paseo de 30 minutos. Alguna vez se los había programado ella misma, tras una subida de tensión en verano, pero solía ignorarlos sin mirar.

Esta vez no lo hizo. Observó la notificación como si fuese algo que aguardaba una respuesta.

Clara, ¿me oyes? insistió la jefa.

Inspiró hondo. Sentía la cabeza zumbando y, sin embargo, había una firmeza tranquila y casi terca en el fondo de sí misma: si aceptaba, otra vez acabaría trabajando hasta las tantas, le dolería después la espalda, y el domingo, colada, comida, la cita de su madre en el ambulatorio.

No puedo dijo, sorprendida por lo serenas que le salieron esas tres palabras.

La jefa la miró con las cejas arqueadas.

¿Cómo que no? Si tú

Es que tengo que atender a mi madre decidió pronunciar lo mismo que tantas veces servía de coartada para llegar tarde, pero nunca como razón suficiente para rechazar tareas. Y además El médico me ha recomendado evitar demasiadas horas extras. Perdón.

No explicó que aquella advertencia médica era vaga y lejana en el tiempo. Pero la tenía.

El silencio cayó sobre la mesa. Clara sintió un nudo en el estómago: ya vendría el suspiro molesto, la mención al equipo y la confianza.

Bueno la jefa parecía a punto de añadir algo, pero se rindió con un gesto. Ya buscaré a alguien. Sigue con lo tuyo.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, Clara notó la espalda empapada de sudor. Los dedos que apretaban el ratón temblaban. La culpa, ágil como un ratón, se coló sigilosa: debería haber aceptado, total, ¿qué le costaba? Solo tres o cuatro horas el sábado

Pero junto a la culpa, emergía un sentimiento nuevo, tímido, casi inquietante: alivio. Como si, tras soltar por fin una bolsa pesada, hubiera podido sentarse.

Aquella tarde, en vez de entrar al centro comercial y de paso comprar material para el informe, Clara salió del centro de salud y no corrió hacia la parada. Se detuvo junto a la puerta, reguló la respiración y percibió, con claridad, cómo las piernas le dolían del trajín diario.

Mamá, mañana voy a verte le dijo por teléfono, cuando ya había recogido los análisis y dejado atrás la cola.

¿No vienes hoy? la voz de su madre, como siempre, un poco reprochona.

Estoy cansada, mamá. Es tarde, aún tengo que llegar a casa y cenar en condiciones. No te preocupes por tus pastillas, te las traigo mañana a primera hora.

Esperó una reprimenda, pero solo oyó un suspiro.

Bueno, tú verás. Ya eres mayor.

Ay, eso, ya eres mayor, pensó Clara con una media sonrisa. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, la hipoteca casi liquidada, y aún sentía a veces la necesidad de demostrar que era buena; buena hija, madre, trabajadora.

El piso estaba en silencio. Su hijo avisó por el chat de que no vendría, el trabajo, ya sabes. Clara puso el agua a hervir para un té, cortó un tomate. Por costumbre, la mano se dirigió al aspirador: hacía días que los suelos pedían limpieza. Sin embargo, se dejó caer en la silla, se sirvió el té y permitió que se enfriara un poco mientras hojeaba el libro empezado en vacaciones.

Por dentro, aún zumbaba una voz: queda colgar la ropa, fregar las cacerolas, repasar el informe, buscar una clínica mejor para mamá Solo que ahora sonaba menos invasiva. Entre los insistentes deberías se abría una rendija por donde se colaba un susurro: Quizá más tarde.

Leía despacio, volviendo atrás cuando perdía el hilo, hasta que reparó en que simplemente miraba por la ventana, sin prisa. Al otro lado, las luces de los coches surcaban la calle y algunos peatones arrastraban sus bolsas junto a los perros, que los seguían sin urgencia.

Está bien murmuró para sí, como si hiciera balance. No pasa nada porque el suelo no esté reluciente.

Y la idea no le pareció un crimen.

* * *

Al día siguiente, todo se aceleró de nuevo, como si el ayer no hubiera existido. La madre llamó a las nueve, inquieta:

¿Estás segura de que vendrás antes de comer? El médico pasa a las once a tomarme la tensión.

Sí, mamá contestó Clara, mientras se ponía los pantalones vaqueros con una mano y guardaba el tensiómetro en el bolso con la otra.

El hijo la llamó por el chat.

Mamá, tenemos un lío con el piso, ¿puedes hablar esta noche? su voz sonaba ocupada y un poco distante, como si trataran un asunto de negocios y no algo familiar.

Después de las siete, perfecto Clara se calzó mientras contestaba. Ahora me voy a casa de la abuela.

¿Otra vez?

Otra vez repuso ella, tranquila.

En el autobús, alguien discutía con el conductor y en la esquina sonaba el crujido de bolsas. Clara se adormeció abrazada al tensiómetro y se despertó al llegar al edificio de su madre.

La madre la esperaba en la puerta, en bata y con gesto de fastidio acostumbrado.

Has llegado tarde. Y la casa hecha un desastre, el médico va a venir y mira cómo está esto murmuró, señalando una silla llena de ropa.

Antes, en esos momentos, Clara estallaba como un resorte. Las palabras salían antes de poder pensarlas: ¡Encima de que vengo haciendo mil cosas, me echas en cara el desorden!. Luego venían la culpabilidad y el enfado.

Esta vez se detuvo en el umbral, dejó el bolso en el suelo, inspiró. Visualizó con claridad el guión de siempre: las palabras, los reproches, los suspiros; y, tras la discusión, ella saliendo del portal, secándose las lágrimas con un pañuelo, inventando excusas a los hijos sobre su humor.

Mamá dijo en voz baja. Entiendo que te preocupes. Pero vamos a preparar la mesa primero y luego recojo la ropa. No tengo fuerzas infinitas.

La madre hizo un gesto, iba a responder, pero algo en el semblante de Clara debió atisbar. No era protesta ni súplica. Era firmeza calma.

Vale gruñó. Saca el aparato ese.

Tras la visita del médico, la madre, jugueteando con el cinturón de la bata, empezó a hablar con otro tono.

No te creas que lo hago por fastidiar. Es solo que da mucho miedo estar aquí sola.

Clara fregaba unas tazas, el agua caliente le picoteaba las manos. Aquella confesión aflojó algo dentro y, a la vez, le dolía.

Lo sé, mamá. Yo también tengo miedo a veces.

La madre resopló, como si fuera un disparate, y se concentró en la televisión. Pero en la casa se hizo un silencio distinto; como si de repente, al tirar del hilo invisible que las unía, lo hubieran hecho con suavidad, sin desgarros.

* * *

De regreso, Clara hizo una parada en la farmacia de su calle. En la cola estaba su vecina de puerta, la que siempre va correteando con un carrito y bolsas. Hoy, sin el carrito, parecía perdida.

Es que no me aclaro con las vitaminas de mi marido susurró, apretando una libreta. El médico ha escrito dos nombres, y aquí hay ofertas y no sé cuál coger.

Antes, Clara habría asentido y vuelto rápidamente al móvil: ya tenía suficientes preocupaciones. Pero en ese momento sintió lo familiar de esa sensación de inseguridad ante el mostrador. Su madre le pedía a menudo que le apuntase los horarios de las medicinas porque se hacía un lío. Ella misma, el invierno pasado, se había encontrado con una receta sin saber distinguir entre los productos.

Déjame mirar propuso.

Se apartaron y, con las gafas puestas, Clara descifró las notas, preguntó a la farmacéutica y mostró a su vecina la caja correcta.

Muchísimas gracias suspiró la mujer. Es que estas cosas me desbordan. Sé que tu madre está malita, ya entiendes de esto.

Clara sonrió.

Entender, lo que se dice entender Solo es que me lo he encontrado ya muchas veces.

Al salir, la vecina dudó.

¿Te podría preguntar alguna vez? Es que mi marido no va a mirar nada.

En otra época, Clara habría contestado: Sí, claro, ven cuando quieras, y luego se habría arrepentido al oír la puerta a deshora. Ahora, esperó un segundo, escuchando el pequeño temor de cargar con otra obligación más.

Llámame respondió al cabo. Pero mejor de día. Por las noches tengo mis cosas.

Al decir mis cosas, casi se sorprendió. Como si reconociera, al fin, que sus propias tardes eran tan respetables como las medicinas de los demás.

La vecina asintió, sin verle rareza. Eso la alegró casi más que el agradecimiento.

* * *

Aquella noche, Clara preparó una cena sencilla. No sacó la batería de ollas ni cocinó como si esperase visita numerosa; solo un poco de pasta, pollo a la plancha y pepino. La cocina desordenada, la camisa de su hijo colgada de la silla, el cesto de ropa aún por doblar. Diez años antes no se habría sentado a la mesa sin tenerlo todo impoluto.

Esta vez empujó la cesta con el pie hacia la pared.

Cuando sonó el móvil, su hijo parecía tenso.

Mamá, es complicado. Nos han ofrecido una hipoteca, pero la entrada es alta. Pensábamos si podías ayudarnos otra vez. Sé que ya has intervenido pero

Clara cerró los ojos. Esos temas le dolían siempre igual. Le aparecían un montón de voces: lo educaste mal, ganaste poco, no supiste organizarlo mejor. Y, ahí mismo, la espina de aquella inversión inútil que hizo para su exmarido y de la que tanto se arrepintió.

¿Cuánto necesitáis? preguntó, apoyando los brazos sobre la mesa.

El hijo citó una cifra. Nada imposible, pero sí exigente. Podía sacarla de los ahorros, esos que iba reuniendo para algún día: viajar al mar, cambiar el frigorífico, ponerle una funda a la dentadura de su madre.

Por dentro, crujían recuerdos como papeles desordenados en el cajón. No solo números, también reproches por lo pendiente o lo no hecho: no aceptó el destino en Bilbao siendo joven, no defendió su tesis favorita, aguantó al marido más tiempo de lo debido sin cambiar el final.

Mamá, no es por agobiar, te lo devolveremos añadió su hijo, rápido.

No te preocupes, respondió Clara, sincera. Sabía que difícilmente ese dinero volvería. Siempre pasaba igual.

Guardó silencio unos segundos, que su hijo seguramente sintió como eternos. En ese tiempo cruzaron su mente las botas de cuando era niño, los cumpleaños sin padre, las noches con miedo cuando estaban solos. Y también sus propios sueños, aplazados una y otra vez como la ropa olvidada en lo alto del armario.

Os ayudo afirmó, por fin. Pero solo con la mitad. El resto tenéis que buscarlo vosotros.

Mam en el tono de su hijo asomaba la decepción.

Alejandro pocas veces usaba aquel tono para llamarlo por su nombre. Yo no soy un cajero. También tengo una vida. Tengo que pensar en mí.

El silencio se alargó. Clara sintió sus latidos y esperó la ola de autoflagelación, pero no llegó. Sí, inquietud, un poco de vergüenza. Pero también, por alguna razón, una paz inesperada.

Bueno contestó por fin él. Tienes razón. Lo que puedas ya nos salva mucho.

Charraron un rato de trabajo, de la hermana, de series. Cuando Clara colgó, el salón estaba en silencio salvo por el tictac del reloj.

Se sentó en el taburete junto al cesto de ropa y se sorprendió imaginando a su yo de treinta y cinco, despeinada, permanentemente culpable, pensando que hacía todo mal.

Mira, pensó, dirigiéndose a esa versión suya. Es cierto, hemos fallado, hemos perdido muchas cosas. Pero eso no es razón para machacarnos veinte años más.

No era una gran revelación, solo una tregua interna. Tomó una camiseta, la dobló. Tomó otra, la dejó. Y se dio permiso para no dejarlo todo acabado.

* * *

El sábado, sin trabajos extra, Clara despertó sin alarma. Por costumbre, el cuerpo quiso levantarse rápido: hay que ir corriendo, hay que fregar, hay que poner lavadoras. Pero ella se obligó a permanecer diez minutos más tumbada, escuchando los pasos que sonaban en la calle.

Después de desayunar y dar un repaso a la casa, buscó el cuaderno pequeño que su hija le había regalado por Reyes.

Mamá, es para que por fin apuntes lo que quieras hacer para ti le había dicho su hija, risueña.

Entonces, Clara sonrió y guardó el cuaderno. Vacío por dentro. ¿Qué cosas personales iba a tener una mujer con madre mayor, trabajo e hijos?

Ahora abrió la primera página. La mano se quedó en el aire, sin encontrar planes grandiosos: ni viajes exóticos, ni cambiar de carrera, ni aficiones de moda. No le apetecía fabricarse un nuevo proyecto.

Solo escribió, con letra clara: Quiero dar paseos sin rumbo por las tardes. Y debajo: Apuntarme al curso de informática en la biblioteca municipal.

Nada de inglés, ni cerámica, ni actividades de revista. Solo aprender a manejar tranquila ese ordenador que usaba a diario, sin molestar siempre a su hijo para pedir ayuda con las gestiones médicas online.

Guardó el cuaderno en el bolso, salió y, en vez de ir al supermercado, cruzó el patio donde hacía mucho que no paseaba. Allí, unas pocas mujeres su edad charlaban en un banco, hablando probablemente, por los retazos que oía, de lo mismo que ella: precios, salud, hijos.

Clara siguió andando. Ni deprisa ni despacio, con su propio ritmo. Sentía dentro un hueco ligero, como el de un armario recién vaciado de trastos antiguos.

Todavía no sabía vivir de otra manera. Caería, volvería a decir sí, se enfadaría o se lamentaría. Pero entre ella y esos actos se había abierto un espacio, siquiera corto, donde preguntarse: ¿Y yo, quiero esto?.

De vuelta, entró en la biblioteca del barrio, a la que llevaba diez años pasando por la puerta sin atreverse a entrar. Olía a papel y polvo. Tras el mostrador, una mujer de chaleco de lana la recibió.

¿Te puedo ayudar en algo?

Quería informarme sobre los cursos para mayores. Para aprender mejor a manejar el ordenador.

La bibliotecaria sonrió.

Tenemos. Dos tardes a la semana, por la tarde. Estamos formando un nuevo grupo. ¿Te apunto?

Por favor respondió Clara.

Escribió con cuidado su edad en el formulario. El 55 ya no le parecía una losa, sino una señal de haber llegado a ese punto desde el que se puede exigir el derecho a no tener prisa.

Al volver a casa, seguía la sartén sin lavar, la camisa del hijo sobre la silla, los análisis médicos de su madre y el correo de la jefa con el asunto Nuevas tareas para el mes.

Clara dejó el bolso, se quitó la chaqueta y pasó unos minutos mirando por la ventana. Respiraba tranquila. Sabía que iría después a fregar, luego llamaría a su madre, luego contestaría el correo. Pero también sabía que, entre todo ello, encontraría su propio hueco: una taza de té, una página de libro, un paseo breve alrededor de la manzana.

Y ese saber, de pronto, le pareció más importante que todo lo demás.

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MagistrUm
El derecho a no vivir con prisas El mensaje de la doctora llegó a Nina mientras terminaba otro email en su mesa de la oficina. Se sobresaltó con la vibración del móvil, posado junto al teclado. «Los análisis están listos, pásate hoy antes de las seis», decía el texto, escueto. En la pantalla eran las tres y cuarenta y cinco. Desde la oficina, tres paradas en el autobús hasta el centro de salud, la cola, el despacho, vuelta… Una llamada de su hijo, que prometió «pasarse si le daba tiempo», y su jefa que por la mañana ya dejaba caer lo del informe extra. En el bolso, al lado, los papeles de su madre que Nina tenía previsto llevarle por la tarde. — ¿Otra vez te vas tarde? — le comentó su compañera al verla mirar el reloj. — Qué remedio, — contestó automáticamente, aunque sentía el cuello húmedo bajo el cuello de la blusa y un cansancio palpitante en el pecho. La jornada se arrastró como masa de pan. Emails, llamadas, el chat interminable del departamento. A media mañana, la jefa irrumpió. — Oye, Nina. El proveedor pide un resumen para el fin de semana y yo el sábado me voy fuera. ¿Puedes encargarte? No es nada especial, solo juntar unas tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer desde casa. Las palabras «no es nada especial» quedaron flotando como una orden. La compañera fingió leer la pantalla, como si quisiera volverse invisible. Nina iba a responder su habitual «claro», pero el móvil vibró levemente en el bolso. Un recordatorio de la app: «Esta tarde: paseo de 30 minutos». Ella misma se los había puesto, después de un susto con la tensión, y desde entonces los arrastraba con el dedo, sin leerlos. Esta vez no los quitó. Miró la línea de texto como si algo vivo la esperara. — ¿Nina? — repitió la jefa. Nina inspiró hondo. Le zumbaba la cabeza, pero dentro sentía, obstinado, que si decía que sí volvería a trasnochar, le dolería la espalda y el domingo sería lavar, cocinar, médico de su madre. — No puedo, — dijo, sorprendiéndose de lo tranquilo que sonó. Su jefa alzó las cejas. — ¿Cómo que no? Si… — Tengo que cuidar a mi madre, — usó la excusa habitual con la que justificaba sus ausencias pero nunca se permitía rechazar un trabajo. — Y… el médico me ha dicho que evite hacer horas extra. Lo siento. No aclaró que el médico lo dijo de pasada y hacía ya meses. Pero lo dijo. El silencio cayó como amenaza de reproche. Esperó el suspiro, el comentario sobre el «equipo» y la «confianza». — Está bien, — zanjó la jefa tras unos segundos. — Ya buscaré a otra. Trabaja, anda. Al irse, Nina notó la espalda empapada. Le temblaban los dedos que apretaban el ratón. Una vocecita, picajosa, le dijo que debería haber aceptado, ¿qué le costaba? Tres o cuatro horas, nada más. Pero junto a la culpa apareció otro sentimiento, raro y hasta inquietante: alivio. Como soltar una bolsa pesada y sentarse. Por la tarde, en lugar de ir corriendo al centro comercial y de paso recoger algo del informe, Nina salió del centro de salud y no corrió a la parada. Se quedó frente a la puerta, respirando hondo, y por primera vez notó que le dolían las piernas de tanto ir de un sitio a otro. — Mamá, mañana voy a verte, — avisó por teléfono tras esperar su turno y recoger los resultados. — ¿Hoy no vienes? — la voz de su madre, como siempre, un poco reprochona. — Mamá, estoy cansada. Es tarde, y tengo que ir a casa y cenar algo de verdad. Tus pastillas las compro, no te preocupes, mañana te las llevo. Se preparó para la tormenta, pero sólo oyó un suspiro. — Ya eres mayorcita, sabrás lo que haces. «Mayorcita», pensó Nina entre risas. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, la hipoteca casi pagada, y aún así sentía que tenía que demostrar que era buena. Hija, madre, empleada. En casa reinaba el silencio. Su hijo había escrito en el chat que no podía pasar, «locura en el trabajo». Puso la tetera, cortó unos tomates. Estuvo a punto de coger la aspiradora — hacía falta —, pero en vez de eso se sentó a la mesa, se sirvió un té y dejó que la taza se templara mientras hojeaba un libro que había empezado en vacaciones. La vocecita interior seguía dando órdenes: tender la ropa, fregar los cacharros, repasar el informe, buscar una clínica para su madre… Solo que ya no gritaba tanto. Entre los «tienes que» se abrió una grieta y se coló un «se puede hacer después». Leyó sin prisa, volviendo a los párrafos, distraída. En un momento se sorprendió mirando por la ventana, sin prisa. En la calle, las luces de los coches, transeúntes arrastrando bolsas, los perros paseando despacio con sus dueños. — Ya está, — se dijo en voz alta. — No pasa nada porque el suelo no brille. Y no la asaltó el remordimiento. * * * Al día siguiente todo volvió a convertirse en un torbellino. Su madre llamó a las nueve: — ¿Nina, seguro que vendrás antes de comer? A las once tiene que venir el médico para la tensión. — Sí, sí, — dijo, poniéndose los vaqueros con una mano y metiendo el tensiómetro en el bolso con la otra. Su hijo la llamó por el móvil. — Mamá, hola. Mira, tenemos que hablar de un tema del piso, ¿puedes llamarme esta tarde? — Sí, después de las siete, — respondió mientras se calzaba. — Voy a ver a la abuela. — ¿Otra vez? — murmuró el hijo. — Otra vez, — contestó ella con calma. En el autobús, alguien discutía con el conductor, una señora trituraba bolsas a su lado. Nina se quedó medio dormida abrazando el tensiómetro, se despertó ya en la puerta de su madre. La recibió en bata, con el ceño fruncido. — Llegas tarde. Si viene el médico y ve este desorden… — señaló una pila de ropa sobre una silla. Antes Nina saltaba rápido: «¿Yo corriendo toda la mañana y tú diciendo que hay desorden?». Y luego llegaban la culpa y el agotamiento. Esta vez se detuvo en el umbral, puso el bolso en el suelo y respiró hondo. Se imaginó el guion de siempre: palabras, reproches, silencios. Y cómo después de la discusión se limpiaba los ojos en el portal, buscando una excusa para el mal humor. — Mamá, — dijo bajito. — Entiendo que te preocupas. Pero primero pongamos la mesa y ya luego recojo lo demás. No me da la vida. Su madre frunció más el ceño, a punto de protestar, pero leyó algo en la cara de Nina. No enfado, ni súplica, sino una calma firme. — Vale, — farfulló. — Ve preparando el aparato. Cuando el médico se fue, su madre — jugando con el cinturón del batín — cambió el tono, menos severo que cuando regañaba a la televisión. — Yo no lo hago por fastidiar, ¿eh? Es que me da miedo estar sola. Nina, lavando tazas en el fregadero, sintió que algo se derretía dentro de ese comentario. — Lo sé, — respondió. — A mí también me da miedo a veces. Su madre bufó, como si exagerara, y cambió de canal. Pero en la habitación el silencio era más tranquilo, como una cuerda que no tensaba tanto. * * * Por la tarde, de vuelta a casa, Nina paró en la farmacia. Delante, una vecina del portal, la de la sillita y las bolsas. Esta vez sin sillita y más perdida. — No sé ni qué vitaminas tomarle a mi marido, — musitó con un bloc en mano. — El médico ha escrito dos cosas y aquí hay tantas, me lío. Antes, Nina habría asentido y pasado de largo: ya tengo bastante. Pero entendió esa sensación de mareo en el mostrador. Su madre le pedía últimamente que le apuntase el horario de las pastillas para no confundirse. Y ella, el invierno pasado, también se quedó paralizada ante un estante, sin entender nada de medicamentos. — Déjame ver, — propuso. Llegaron a un rincón y Nina, con las gafas, leyó las notas, preguntó a la farmacéutica y señaló la caja correcta. — Ay, gracias, hija, — suspiró la mujer. — Menos mal. Sé que tu madre está mal, pero tú entiendes de estas cosas. Nina se rió. — Entender… solo que ya me ha tocado. Al salir, la vecina titubeó: — ¿Puedo preguntarte algún día? Mi marido es tan cabezota que no mira nada. Antes Nina habría dicho: «Sí, ven cuando quieras», y luego se sentiría mal si llamaba a deshora. Ahora, se lo pensó, sintiendo la inquietud: otro compromiso más. — Llama si necesitas, — dijo tras una breve pausa. — Pero mejor de día, ¿vale? Por la tarde suelo estar yo a mis cosas. Y por primera vez se sintió con derecho a proteger su propio tiempo. La vecina asintió, y eso le reconfortó aún más que las gracias. * * * Por la noche, preparó una cena sencilla. No llenó la mesa como si fuera para toda la familia — solo ella y, quizás, el hijo si aparecía. Puso pasta, un poco de pollo, pepino cortado. La cocina un poco revuelta, la camisa del hijo sobre la silla, cesta con ropa sin doblar. Hace unos años no habría cenado hasta dejarlo todo perfecto. Ahora solo empujó la cesta con el pie. El hijo la llamó, con voz tensa. — Mamá, está complicado. Nos ofrecen la hipoteca, pero la entrada es alta. Pensábamos… si podrías echarnos una mano. Sé que ya has ayudado… Nina cerró los ojos. Esa conversación siempre le pinchaba en el orgullo y la herida: «no les he educado bien», «no gané suficiente», «monté mal la vida». Y también el viejo remordimiento del dinero gastado en el negocio fallido del marido. — ¿Cuánto necesitáis? — preguntó, apoyada en la mesa. El hijo dijo una cifra. No era desorbitada, pero pesaba. Podía sacarla de sus ahorros, los que reservaba para «algún día»: ir al mar, coger un frigorífico nuevo, ponerle una dentadura a su madre. Sintió dentro el crujir de las viejas cuentas y de antiguas decepciones: no se fue a otra ciudad en su juventud, no defendió su tesis de lo que le gustaba, aguantó a su marido más de la cuenta y acabó separándose igual. — No te preocupes, mamá, te lo devolveremos, — añadió el hijo deprisa. — Ya sé que no, — contestó Nina. Y lo sabía: nunca volvían los préstamos. Siempre fue así. Calló unos segundos, que quizá su hijo notó como eternos. En esa pausa vio pasar todo: los botines de cuando era niño que compró a plazos, los cumpleaños tristes, los abrazos en la noche de miedo. Y sus propios sueños guardados como un jersey viejo. — Os ayudo, — dijo por fin. — Pero solo la mitad. La otra mitad la tendréis que buscar. — Mamá… — el hijo, decepcionado. — Sacha, — rara vez decía su nombre con ese tono. — No soy un cajero. Yo también tengo mi vida. Tengo que pensar en mí. Silencio. Esperó la culpa habitual. No llegó. Había inquietud, algo de vergüenza, pero más que nada, una serenidad inédita. — Vale, — acabó diciendo su hijo. — Tienes razón. Ya nos apañaremos. Con lo que das, es suficiente. Charlaron un rato sobre el trabajo, la hermana, series. Al colgar, solo oía el tic-tac del reloj. Se sentó en el taburete junto a la ropa sin doblar, mirándola, y de repente le vino una imagen: la Nina de treinta y cinco, despeinada, con la eterna culpa. La que creía que nunca hacía nada bien. — Bueno, — pensó para sí dirigiéndose a su yo más joven. — Sí, hemos perdido cosas, nos hemos equivocado, pero no necesitamos castigarnos veinte años más. No era una gran revelación. Más bien una tregua. Dobló una camiseta, luego otra, y paró, dejando el resto para mañana. Se concedió el derecho a no dejarlo todo perfecto. * * * El sábado, sin horas extra, Nina se despertó sin despertador. Por costumbre, su cuerpo quiso saltar: «hay que salir», «hay que cocinar», «hay que lavar». Se obligó a quedarse diez minutos más, oyendo pisadas en la acera. Luego, tras un té y un poco de orden, abrió el cajón y sacó una libreta que le había regalado su hija en Reyes: — Mamá, para que pienses en ti. Escribe lo que quieras hacer. Entonces Nina solo sonrió y guardó la libreta. Vacía. ¿Qué «cosas propias» podía hacer una mujer con madre, trabajo e hijos? Ahora abrió la primera hoja. No tenía planes grandiosos. Ni viajes exóticos, ni cambios de vida. Sentía, de hecho, que no quería inventarse otro «proyecto». En cambio, apuntó: «Quiero salir de paseo por la tarde, a veces, sin motivo». Y debajo: «Apuntarme a un curso de informática en la biblioteca del barrio». No inglés, ni cerámica, ni nada para redes sociales. Solo aprender a manejar mejor el ordenador, dejar de depender de su hijo para pedir cita al médico online. Guardó la libreta en el bolso. Salió y, en vez de ir directamente al súper, se metió en el parque donde no pisaba en años. Allí, sombras de árboles y bancos ocupados por mujeres de su edad, charlando de lo de siempre: precios, salud, hijos. Siguió caminando, a su ritmo. Dentro le cabía una extraña ligereza, como un armario tras vaciar lo innecesario. Todavía no sabía vivir distinto. Volvería a salirse de quicio, a decir que sí, a discutir. Pero ahora había espacio para pararse un segundo y preguntarse: «¿Esto lo quiero yo?». Al volver se acercó a la biblioteca. Dentro, olor a papel y una mujer tras el mostrador de chaleco de lana. — ¿Puedo ayudarla? — Busco información sobre cursos, — de repente se sintió una escolar. — Para… adultos. Para aprender más de informática. La bibliotecaria sonrió. — Sí, tenemos. Por las tardes, dos veces a la semana. Estamos haciendo grupo. ¿Quieres apuntarte? — Sí, apúnteme. Al rellenar la ficha, trazó su edad despacio. El 55 ya no era una losa. Más bien una señal: había llegado a un sitio donde tiene derecho a no vivir con prisas. Cuando llegó a casa, seguía sin fregar la sartén, la camisa del hijo en la silla, los análisis de su madre y un email sin contestar de su jefa sobre «Nuevas tareas». Dejó el bolso, se quitó el abrigo, fue a la ventana y se quedó quieta unos minutos. Respiraba tranquila. Sabía que luego lavaría los platos, llamaría a su madre, contestaría al email. Pero sabía también que, de alguna manera, encontraría entre medias una rendija para sí misma: una taza de té, una página de libro, un paseo breve. Y ese saber era, de repente, lo más importante de todo.