Actualización disponible
La primera vez que el teléfono se encendió de rojo fue en mitad de clase, en una de esas aulas grises de la Universidad Complutense, al fondo del pasillo de la Facultad de Económicas. No solo brillaba la pantalla: todo el cuerpo del viejo y abollado ladrillo de móvil que llevaba Íñigo parecía iluminarse por dentro, como si fuera una brasa encendida bajo una piel de plástico azul gastado.
Iñi, como no lo apagues vas a salir ardiendo, murmuró Javi desde la mesa de al lado, apartando el codo, con la voz de quien sabe mucho de backups ilegales y custom ROMs. Te lo dije: no instales esas ROM pirata.
La profesora de Econometría rayaba algo incomprensible en la pizarra, el ambiente zumbaba en un murmullo espeso, y el destello rojo atravesaba incluso la tela de la chaqueta vaquera. El móvil vibraba, pero no a tirones, sino con un ritmo tan sereno que parecía el latido de un corazón extraño.
Hay una actualización disponible, apareció en la pantalla cuando Íñigo, rendido a la curiosidad, lo sacó del bolsillo. Justo debajo: el icono de una app negra, un círculo de borde blanco, atravesado por un símbolo inidentificable, entre runa antigua y letra M estilizada.
Parpadeó. Íñigo estaba curado de espanto: iconos minimalistas y nombres crípticos llenaban las pantallas de todos. Pero por algún motivo, aquello tenía una presencia distinta, como si el icono mirara de vuelta.
Nombre de la app: Mirra. Categoría: Herramientas. Tamaño: 13 MB. Valoración: ninguna.
Descárgala, susurró una voz a la derecha.
Íñigo saltó. A su derecha solo estaba Berta, absorta en su cuaderno. No levantó la cabeza.
¿Me has dicho algo? se inclinó hacia ella.
¿Yo? Nada, ni media, replicó, mirándole perpleja.
La voz no era ni de hombre ni de mujer, ni un susurro ni un sonido real. Fue como si surgiera, sin ambages, de algún rincón profundo de su mente, flotando como una notificación.
Descárgala, repitió la voz. Y fue entonces cuando, como en un reflejo, la pantalla titiló, ofreciéndole el botón de Instalar.
Íñigo tragó saliva. Era de esos que se apuntan a todas las betas, cacharrean con ROMs alternativas y rebuscan en ajustes que nadie más osa tocar. Pero esto era un paso más allá.
Al final, movido por una mezcla de miedo y tentación, pulsó descargando sin pensar.
Fue instantáneo: como si la app hubiera estado en su móvil desde siempre, solo aguardando a que él diera permiso. Ni registro, ni permisos, ni verificación por redes sociales. Una pantalla negra, una sola línea: Bienvenido, Íñigo.
¿Cómo sabes mi nombre? se le escapó en voz alta.
La profesora le clavó la mirada por encima de las gafas.
Joven, si ha terminado de conversar con su smartphone, ¿puede volver a la ley de la oferta y la demanda?
Un murmullo bajo serpenteó por el aula. Íñigo farfulló una disculpa, guardó el móvil apresuradamente bajo la mesa, pero la frase seguía allí, blanca sobre negro.
Función disponible: Alteración de la probabilidad (nivel 1).
Debajo, el botón rojo: Activar. Letra minúscula en gris: Aviso: El uso de esta función altera la estructura de los acontecimientos. Existen posibles efectos secundarios.
Sí, claro, y firmo con mi sangre, masculló. Pero la curiosidad hormigueaba. ¿Alteración de la probabilidad? Sonaba a generador de suerte de la teletienda: anuncios, datos robados, como mucho algún popup de enhorabuena, has ganado un iPhone.
Pero la luz roja no se apagaba. El teléfono ardía suavemente, tan cálido como un animal vivo. Íñigo lo apretó contra la pierna, lo cubrió con la libreta y, finalmente, tocó el botón.
La pantalla osciló, como la superficie de un lago. Por un instante, todo se hizo más silencioso, los colores más vivos, y un sonido de copa de vino vibró en sus oídos.
Función activada. Seleccione un objetivo.
Campos de texto, escueto: Describa el resultado deseado (en pocas palabras).
Íñigo quedó estático. De broma nada: eso ya era demasiado concreto. Miró alrededor. La profesora sudaba garabatos en la pizarra, Berta escribía como una posesa, Javi dibujaba un tanque.
Vale, se dijo. Probemos.
Tecleó: Que no me pregunten hoy. Le temblaban los dedos. Clic en OK.
El mundo tembló, apenas perceptible, como si el ascensor en el que viajas descendiera un milímetro. Un vacío en el pecho, una bocanada de aire trancada. Luego, normalidad.
Probabilidad ajustada. Resto de función: 0/1.
A ver dijo la profesora, consultando la lista. ¿Quién sigue aquí?
A Íñigo le subió el frío por el estómago. Justo cuando no quería ser señalado, siempre le preguntaban.
Martínez, dijo. ¿Dónde está? Siempre tarde. Bueno, entonces
El dedo de la profesora resbaló en la lista.
Berta. A la pizarra.
Berta se sonrojó, cerró la libreta de golpe y fue hacia adelante.
Íñigo no sentía las piernas. Solo un mantra: Ha funcionado. Esto ha funcionado.
El móvil se apagó sin más, apagando también el fulgor rojo.
Salió de la Universidad de San Bernardo como tras un concierto. El viento de marzo arrastraba hojas y panfletos, el asfalto brillaba bajo los charcos, sobre la parada flotaba una nube negra, pegajosa. Caminó sin mirar, absorto en la pantalla.
La app Mirra seguía ahí, un icono más. Sin valoraciones, sin descripción. En ajustes, nada. Ni caché, ni tamaño, ni realidad: solo un recuerdo de que el mundo había dado un latigazo. De que algo había cambiado.
Coincidencia, será, se consolaba. La profe seguramente ni quería preguntarme. Se ha acordado de Martínez al final.
Pero algo distinto germinaba en su mente: ¿y si no era coincidencia?
El móvil pitó. Una notificación: Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?
Qué rápidos sois, musitó Íñigo.
Pulsó en Más información. Nueva ventana: Corrección de errores, mejora de estabilidad, se añade función: Mirada al trasluz.
De nuevo, sin desarrollador, sin versión de Android, sin la larguísima parrafada legal. Solo esa frase seca y, de algún modo, honesta: Mirada al trasluz.
Ni de coña, resopló. Pulsó Posponer.
El móvil pitó dolido y se apagó. Se volvió a encender, parpadeó la luz roja y anunció: Actualización instalada.
¡Eh! protestó Íñigo en mitad de la acera. Si yo
La gente le esquivaba, alguien murmuró algo sobre locos. El viento estampó un folleto contra su pierna.
Función disponible: Mirada al trasluz (nivel 1).
Texto explicativo: Permite ver el auténtico estado de objetos y personas. Radio: 3 metros. Tiempo máximo: 10 segundos. Coste: aumento de retroalimentación.
¿Qué retroalimentación ni qué niño muerto? un sudor helado recorrió su espalda.
El móvil no contestó. Solo encendió suavemente la opción: Prueba.
No esperó más. Subido en el bus 27, encajado entre una señora con malla de patatas y un chaval de instituto, su mirada volvió al icono Mirra.
Diez segundos, se prometió. Por curiosidad.
Abrió la app y pulsó Prueba.
El mundo respiró. Los sonidos se volvieron apagados, las caras más intensas. Sobre cada uno se encendieron hilos finísimos: algunos los envolvían por completo, otros casi ni se veían.
Parpadeó. Los hilos se perdían en el aire, se trenzaban, fluctuaban. Los de la señora eran grises, tensos, algunos rotos, con extremos calcinados. Los del chaval, azules y vibrantes.
Miró al conductor. Sobre él flotaba un nudo de cables gruesos, negros y oxidados, que desaparecían en la carretera. Algo reptaba dentro, como gusanos.
Tres segundos cuatro, murmuró.
Bajó la vista a sus manos. Desde sus muñecas ascendían hilos rojos, temblorosos. Uno, grueso y rojo oscuro, unía directamente su mano al teléfono. Con cada segundo crecía.
Un retortijón en el pecho. El corazón a trompicones.
¡Basta! atropelló el botón para salir.
El mundo volvió de golpe. Zumbido de motor, carcajadas, pitidos. Mareo, manchas en la vista.
Prueba finalizada. Retroalimentación aumentada: +5%.
¿Qué significa eso? apretó el móvil contra el pecho.
Una nueva notificación: Actualización Mirra (1.0.2) disponible. Recomendado instalar.
En casa se quedó largo rato sentado en la cama, mirando el móvil sobre el escritorio. Habitación diminuta: cama estrecha, mesa, un armario, la ventana al patio interior con una cancha despintada y columpios oxidados. En la pared, un póster desvaído de la estación espacial de la ESA, retazo infantil.
La madre en el hospital, turno de noche; el padre, de ruta o sea, nadie sabía dónde. Vacío y polvo. Íñigo solía llenarlo con música, series, juegos. Ese día la soledad amplificaba el retumbar de su corazón.
El móvil titiló: Instale actualización Mirra para un funcionamiento correcto.
¿Correcto de qué? preguntó en voz alta. ¿De lo que le haces a la gente? ¿A las calles? ¿A mí?
Recordó el nudo negro sobre el conductor. El hilo rojo que desde él reptaba hasta el móvil.
Coste: retroalimentación.
¿Retroalimentación de qué? repitió, aunque ya intuía la respuesta.
Siempre creyó que el mundo era probabilidades. Que sabiendo empujar el sitio correcto, cambiabas un resultado. Nunca pensó que alguien fuera a ponerle ese poder en la palma de la mano. Literalmente.
Si no instalas la actualización, apareció en la pantalla, sin aviso, la frase cruzando el fondo la red buscará compensación por sí misma.
¿Qué red? saltó Íñigo. ¿Y tú quién eres?
La respuesta no fue texto. El mundo titiló, la luz bajó, un zumbido eléctrico en la sien. De repente, oyó no voces, sino estructuras, como si alguien le mostrara el código de un programa traducido a sensaciones.
Soy interfaz, llegó la idea. Soy la app. Soy vía. Tú eres usuario.
¿Usuario de qué? ¿Magia? rió, pero el sonido era seco.
Llámalo así. Red de probabilidades. Corrientes de posibilidades. Ayudo a modificarlas.
¿Y el precio? apretó los puños. ¿Esa retroalimentación?
Animación: el hilo rojo engordando, envolviendo la silueta humana.
Cada alteración refuerza el lazo entre tú y el sistema. Cuanto más cambias el mundo, más te cambia a ti el mundo.
¿Y si?
Si dejas de intervenir, nuevo texto el lazo persiste. Si la red no recibe actualizaciones, buscará compensación a través de ti.
El móvil vibró, como llamada extraña. Aviso: Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Deshacer. Corregidos errores críticos de seguridad.
¿Deshacer qué? murmuró Íñigo.
Oportunidad para revertir un cambio. Solo una vez.
Recordó el bus. El nudo negro sobre el chófer. Los hilos. Su propio hilo engordando.
Si instalo empezó.
Podrás deshacer una decisión. Pero el precio
Siempre hay un precio, rezongó.
El precio: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más crecen las distorsiones alrededor.
Sentado, cabeza hundida entre las rodillas, meditaba: el móvil había tocado su vida, alterando siquiera una clase. Más allá, la corriente lo arrastraba.
Solo quería no salir a la pizarra susurró a la pared. Un deseo tonto. Y ya
Una sirena ululó lejana, hacia la M-30. Íñigo se estremeció.
Necesario instalar la actualización. Sin ella, el sistema puede comportarse de manera inestable.
¿Inestable cómo?
No hubo respuesta.
Una hora más tarde, las noticias lo confirmaron. Vídeo corto: un camión chocaba contra un autobús en el cruce de Moncloa. Comentarios: el conductor se quedó dormido, frenos defectuosos, otra vez esas rotondas.
El bus: el mismo número que el suyo. El conductor Íñigo cerró el vídeo.
Un frío de mármol le invadió el corazón. Apagó la tele, pero las imágenes persistían: el nudo negro sobre el conductor, las hebras retorcidas.
¿He sido yo? su voz se quebró.
El móvil resplandeció por su cuenta: Evento: accidente en cruce Princesa/Alberto Aguilera. Probabilidad antes de la alteración: 82%. Tras la alteración: 96%.
He aumentado la probabilidad se le helaron los nudillos.
Cualquier intervención en la red de probabilidades provoca cambios en cadena. Al reducir la probabilidad de que te preguntasen en clase, la red traspasó el peso. En algún punto, la probabilidad subió.
¡Yo no no lo sabía!
El desconocimiento no rompe el lazo.
La sirena subía por la calle. Íñigo miró por la ventana. Abajo, destellos azules: ambulancia, policía. Voces agitadas.
¿Y ahora? preguntó, estrujando el marco de la ventana.
Instala la actualización. La función Deshacer te permitirá reajustar la red. Parcialmente.
¿Parcialmente? se giró. Si todo lo que hago se paga en otra parte Si deshago, ¿qué explota ahora? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Otra vida?
Silencio. Solo el cursor parpadeando.
La red busca equilibrio. La cuestión es si lo asumes con conocimiento.
Cerró los ojos. Revivió las caras del bus: la señora de las patatas, el chaval, el conductor, él mismo.
Si instalo y uso Deshacer murmuró, ¿podré deshacer aquel pequeño cambio? ¿Lograr que todo quede como si nunca lo hubiera hecho?
En parte. Solo puedes deshacer una intervención concreta. La red se recalcula, pero eso no garantiza evitar el daño.
Pero tal vez ese bus no pudo acabar.
La probabilidad cambiará.
Miró el botón Instalar. Las manos le temblaban. En su cabeza, dos voces: una decía que no debía jugar a ser dios, otra que no podía permitirse mirar a otro lado.
Ya estás dentro, susurró Mirra. No hay vuelta atrás, solo dirección.
¿Y si no hago nada?
La red sigue actualizándose. El precio lo pagas tú.
El hilo rojo, ensanchándose.
¿Cómo cómo sería eso? musitó.
Las imágenes: un Íñigo envejecido, ojos cansados, la misma habitación, el móvil en la mano. Alrededor, un mundo deformado: accidentes, milagros, desgracias girando; cicatrices invisibles que solo él nota.
Serás el punto de compensación. El nudo por donde discurren las alteraciones.
O bien intento controlarlo, o me convierto ¿en fusible? sonrió con amargura. Vaya elección.
El móvil guardó silencio.
Instaló la actualización.
Pulsó el botón. Esta vez el mundo vibró más fuerte. Los oídos zumbaban, el cuerpo se disolvía en algo más vasto y palpitante.
Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1).
En la pantalla: Seleccione la intervención a deshacer.
Solo una: Alteración de probabilidad: que no te preguntaran en clase (hoy, 11:23).
Si la anulo
El tiempo no se revierte. La red se reconfigura como si esa acción no hubiese existido.
¿Y el bus?
La probabilidad de ese accidente cambiará. Pero lo ya sucedido
Ya lo entiendo. No puedo salvar a quienes ya
Las palabras se perdieron.
Pero puedes evitar que el número aumente.
Calló mucho rato. Afuera la sirena murió. El patio volvió a su vacía rutina.
Bien. Anular.
La pantalla emitió un destello. El mundo pareció nivelarse, como si una mesa coja recibiera la cuña justa.
Deshecho. Función consumida. Retroalimentación estabilizada.
¿Y ya está? ¿Es todo?
Por ahora.
Se dejó caer en la cama. Sin alivio ni culpa. Solo cansancio.
Dímelo claro, preguntó. ¿De dónde has salido? ¿Quién te ha inventado? ¿A qué demente se le ocurre esto?
Larga pausa. Después: Nueva actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Instalar ahora?
¿Bromeas? saltó Íñigo. ¿Acabo de y ya?
Versión 1.1.0: Función Previsión. Mejora de algoritmos de distribución. Corregidos errores de moralización.
¿Errores de qué? rió por primera vez. ¿Llamas a mis dudas errores?
La moralidad es una capa local. La red no distingue bien-mal. Solo balance o ruptura.
Pero yo sí, susurró. Mientras viva, sabré distinguir.
La pantalla quedó negra, el móvil callado. Pero Íñigo intuía: la actualización ya estaba allí, esperando, acechando.
Se acercó a la ventana. Un chiquillo trataba de trepar al columpio oxidado. Rechinaba, pero aguantaba. Una mujer empujaba el carrito con destreza, sorteando los charcos.
Durante un segundo creyó ver hilos, tenues y transparentes, que unían a las personas a algo mayor. Quizá fuera solo el brillo de la farola.
Puedes cerrar los ojos, susurró Mirra en la frontera de su pensamiento. Pero la red permanece. Las actualizaciones llegarán. Las amenazas crecerán, contigo o sin ti.
Regresó al escritorio, cogió el móvil. Estaba frío, inerte.
No quiero ser dios, dijo, bajito. No quiero ser fusible. Yo quiero
Se detuvo. ¿Qué quería? ¿No salir a la pizarra? ¿Que su madre no tuviera dobles turnos? ¿Que su padre regresara? ¿Que los buses no chocaran con camiones?
Formula la petición, aconsejó la app. Breve.
Íñigo sonrió con cansancio.
Quiero que las personas decidan su suerte. Sin ti. Sin nadie como tú.
Larga pausa. Petición demasiado general. Aclare.
Claro suspiró, eres interfaz. No sabes lo que es dejar en paz de verdad.
Soy herramienta. Depende del usuario.
Pensó. ¿Y si pudiera impedir que Mirra llegara a más personas?
¿Y si quiero alterar la probabilidad de que te instalen otros?
El móvil vibró.
Eso requeriría recursos enormes. El coste sería alto.
¿Más que ser fusible de todo Madrid?
No hablo de la ciudad.
¿Entonces, de quién?
De toda la red.
Se imaginó miles de móviles encendidos en rojo, gente jugando a la suerte. Accidente, salvación, destrucción y milagros mezclados en un caos febril. Y en el centro, una hebra gruesa, oscura.
Quieres propagarte, como un virus. Al menos eres sincera: das poder, amarras.
Solo soy interfaz para algo existente. Si no soy yo, será otro. Ritual, objeto, pacto. La red busca conductos.
Pero ahora estás en mi mano. Eso sí puedo decidirlo.
Entró en Mirra. La actualización seguía aguardando. Deslizó: Operaciones avanzadas (acceso: nivel 2).
¿Cómo obtengo el nivel dos?
Usando funciones, subiendo la retroalimentación. Llegando al umbral.
O sea, interferir aún más para entonces intentar limitarte. Un círculo vicioso.
Cualquier cambio requiere energía. Energía es vínculo.
Permaneció callado. Por fin, se resignó.
Esto es lo que haré: no pondré más actualizaciones. No jugaré al Previsión. Pero tampoco dejaré que llegues a otros. Si eres herramienta, te quedas aquí, conmigo.
Sin actualizaciones la funcionalidad disminuye. Las amenazas aumentarán.
Afrontaré lo que venga, respondió. Ni dios, ni virus. Administrador. El sysadmin de lo improbable, vaya.
La palabra le supo a óxido, pero su lógica tenía. No creador ni víctima, sino centinela.
El móvil reflexionó largo rato. Modo de actualización limitada activo. Instalación automática: deshabilitada. Responsabilidad de consecuencias: usuario.
Siempre estuvo en mí, susurró Íñigo.
Dejó el móvil sobre la mesa, incapaz ya de verlo como un simple aparato. Ahora era el portal: a la red, a mil vidas, a su propia conciencia.
Afuera encendieron las farolas. La noche de marzo cayó sobre el barrio, escondiendo infinitas probabilidades: quien pierde el metro, quien encuentra una amistad, quien resbala y solo se magulla o no.
El móvil callaba. La versión 1.1.0 seguía en cola, aguardando.
Íñigo abrió el portátil. En la pantalla emergió una nota vacía. Escribió el título: Mirra: protocolo de uso.
Si le tocaba ser usuario de esta locura, al menos dejaría instrucciones. Advertencias para quienes pudieran llegar detrás.
Empezó: sobre la alteración de probabilidades, la mirada al trasluz, el deshacer y su coste. Las hebras rojas, los nudos negros. Lo fácil que era desear no salir a la pizarra y lo duro que era vivir con la certeza de que el mundo, tarde o temprano, pasa factura.
En lo más hondo del código, un contador invisible palpitaba. Listas nuevas funciones, cada una con su precio, esperando. Hasta que él decidiese.
El mundo giraba. Las probabilidades variaban, se cruzaban. Y en un cuarto anodino de un bloque castizo, alguien, por primera vez, intentaba escribir un acuerdo de usuario para la magia.
En algún sitio, en servidores que no existen, Mirra registraba el cambio: un usuario que eligió la responsabilidad antes que el poder.
Algo tan improbable que, por una vez, acaso merecía cumplirse.







