Actualización disponible La primera vez que el móvil brilló de rojo fue en plena clase. No solo se encendió la pantalla: todo el cuerpo del viejo “ladrillo” de Andrés parecía iluminarse por dentro, como un carbón encendido. — Tío, eso va a explotar —susurró Leo desde la mesa de al lado, apartando el codo—. Te lo dije: no te pongas esas versiones piratas. La profe de Econometría dibujaba garabatos en la pizarra, el aula murmuraba bajo, pero el rojo traspasaba incluso la tela de la chaqueta tejana. El móvil vibraba, no a golpes, sino de forma constante, como un corazón. “Actualización disponible” apareció en la pantalla cuando Andrés, ya inquieto, lo sacó del bolsillo. Bajo el mensaje, un icono de app nueva: círculo negro y un pequeño símbolo blanco, como una runa o una M estilizada. Parpadeó. Había visto cientos de iconos así —minimalismo, tipografía moderna, como todos—, pero por dentro algo se encogió: sentía que la app lo miraba de vuelta. Nombre: “Mirra”. Categoría: “Herramientas”. Tamaño: 13,0 MB. Valoración: sin calificar. — Descárgalo —susurró alguien a su derecha. Andrés se sobresaltó. A su derecha solo estaba Clara, pegada al cuaderno. No alzó la cabeza. — ¿Qué dices? —se acercó. — ¿Perdona? —Clara se apartó del cuaderno—. Si ni hablo. La voz no era masculina ni femenina, ni susurro ni sonido. Surgió en su mente como una notificación emergente. “Descárgalo”, se repitió, y en ese instante parpadeó la pantalla: “Instalar”. Andrés tragó saliva. Era de los que probaba cualquier beta, cambiaba ROMs, rebuscaba en ajustes donde nadie entraba. Pero esto le parecía raro hasta a él. Sin embargo, el dedo decidió solo. Se instaló al instante, como si ya estuviera allí y solo esperase permiso. Nada de registro, ni login con Gmail, ni permisos. Solo pantalla negra y un mensaje: “Bienvenido, Andrés”. — ¿Cómo sabes mi nombre? —le salió en voz alta. La profesora le miró por encima de las gafas, cortante. — Si ha terminado su conversación con el móvil, ¿puede volver a la ley de oferta y demanda? Risas. Andrés masculló una disculpa y guardó el móvil, pero los ojos volvían una y otra vez a la frase. “Primera función: Desplazamiento de probabilidad (nivel 1)”. Debajo, un botón: “Activar”. Y en letra pequeña: “Atención: el uso de esta función altera la estructura de los eventos. Efectos secundarios posibles”. — Claro, —musitó—. Faltaba firmar con sangre. La curiosidad pudo. ¿Desplazar la probabilidad? Sonaba a app cutre de “suerte diaria”: pura publicidad y spam de “te ha tocado un iPhone”. Pero el rojo no desaparecía. El móvil estaba tibio, casi caliente, como si palpitase. Lo apretó contra la pierna, lo cubrió con el cuaderno y pulsó el botón. La pantalla vibró, como agua bajo el viento. Un segundo, todo se volvió más silencioso, los colores, más vivos. Un zumbido en los oídos, como si alguien pasara el dedo por el borde de una copa de cristal. “Función activada. Elige objetivo.” Salió un campo y una pista: “Describe el resultado deseado (breve)”. Se quedó quieto. Ahora ya parecía… demasiado real. Miró alrededor. La profe agitaba el rotulador, Clara apuntaba, Leo dibujaba un tanque. “Vale. Vamos a ver.” Escribió: “Que hoy no me pregunten”. Los dedos temblaban. Pulsó “OK”. El mundo saltó, como si el ascensor diera un milímetro y se parara. El estómago cavó un hueco y le faltó el aire. Luego, todo normal. “Probabilidad ajustada. Consumo restante: 0/1”. — Bien, —dijo la profesora—. ¿A quién le toca…? Se le heló el estómago. En esos momentos, siempre acababa siendo elegido. — …Covarrubias. Siempre tarde. Bueno, entonces… El dedo recorrió la lista y se paró. — Pérez. A la pizarra. Clara suspiró, cerró el cuaderno y, roja, fue al frente. Andrés quedó inmóvil. “Ha funcionado. Ha… funcionado”. El móvil se apagó, el rojo desapareció. Salió de la Universidad aturdido, como tras un concierto. El viento de marzo levantaba polvo, el asfalto se espejeaba de charcos, una nube baja y gris flotaba sobre la parada. Andrés seguía mirando la pantalla. La app “Mirra” seguía instalada, icono corriente. Sin valoración, sin info. En ajustes—nada. Sin tamaño, sin caché. Solo el hecho: vio cómo el mundo saltó. Cambió. “A lo mejor ha sido casualidad”, quería creer. “Quizá la profe no quería preguntar hoy. O se acordó del otro chico.” Pero dentro, ya lo sospechaba: si no era casualidad… Pitido. Notificación: “Actualización nueva para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?” — Qué rapidez —musitó. Fue a “Más detalles”. Salió el texto: “Corregidos errores, mejorada estabilidad, nueva función: Mirada a través”. Nada de desarrollador, Android, ni texto interminable. Frase seca y rara: “Mirada a través”. — Esta vez no —y pulsó “Aplazar”. El móvil pitó dolido y se apagó. Se encendió solo, brilló en rojo y mostró: “Actualización instalada”. — ¡Oye! —Andrés se paró en la acera—. ¡Si…! La gente lo esquivaba. El viento pegó una hoja de publicidad a su pierna. “Función disponible: Mirada a través (nivel 1)”. Bajo, una descripción: “Permite ver el estado real de objetos y personas. Radio de acción: 3 metros. Uso máximo: 10 seg. seguidos. Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —le recorrió un escalofrío. El móvil no contestó. Solo resaltó suavemente: “Prueba gratuita”. No pudo aguantar en el autobús. Pegado a la ventanilla entre la señora con patatas y un adolescente con mochila, miró la ciudad, luego la app Mirra. “Solo diez segundos, —se convenció—. Por ver qué significa.” Abrió la app y pulsó “Prueba”. El mundo exhaló. Todo, sordo, como bajo agua. Las caras, más nítidas. Sobre cada una, hilos tenues—unos apretados, otros apenas visibles. Parpadeó. Los hilos flotaban, se cruzaban, desaparecían en el aire. La señora tenía hilos tensos y grises, algunos cortados y quemados. El chico, azules y temblorosos. Miró al conductor. Sobre su cabeza, un nudo apretado de hilos negros y oxidados, trenzados como un cable grueso que iba hacia la carretera. Dentro del cable, algo se movía como gusanos. — Tres segundos —susurró Andrés—. Cuatro… Miró sus manos. Desde las muñecas partían hilos rojos debajo de la chaqueta. Uno, grueso y rojo oscuro, conectaba directo al móvil. Y crecía con cada segundo. Un pinchazo en el pecho. El corazón irregular. — ¡Basta! —apretó la pantalla. El mundo volvió. Ruido de motor, risas, chillido de frenos. Mareo, puntos negros. “Prueba terminada. Retroalimentación: +5%”. — ¿Qué significa eso…? —abrazó el móvil para calmar el temblor. Otra notificación: “Nueva actualización Mirra (1.0.2) lista. Recomendado instalar.” En casa se sentó en la cama, mirando el móvil sobre la mesa. Habitación minúscula: cama, escritorio, armario, ventana al patio y un póster gastado de la Estación Espacial que pegó en el instituto. Su madre en el turno de noche, padre “de viaje” (vaya usted a saber dónde). El vacío le llenaba de ruido: música, series, juegos. Hoy, la ausencia subrayaba los latidos del corazón. El móvil parpadeó: “Instala la actualización Mirra para un funcionamiento correcto”. — ¿Correcto de qué? —se quejó—. ¿De lo que haces con la gente? ¿Con las carreteras? ¿Conmigo? Recordó el cable negro del conductor. Y el hilo rojo que crecía desde su muñeca. “Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —pero ya sabía la respuesta. Siempre creyó que el mundo es probabilidades. Que si sabes dónde empujar, puedes cambiar el resultado. Pero nunca pensó que alguien le daría la herramienta literal. “Si no instalas la actualización, —apareció una línea sobrescrita en el escritorio— el sistema compensará por sí solo”. — ¿Qué sistema? —se puso en pie—. ¿Quién eres? La respuesta no fue texto. El mundo se oscureció un instante, pitido en la sien, un latido. De repente, lo “oyó”: no voz, sino estructura, como ver un código no en palabras, sino en sensaciones. “Soy la interfaz. Soy la app. Soy el medio. Tú, el usuario”. — ¿Usuario de qué? ¿Magia? —rió ronco. “Llámalo así. Red de probabilidades. Flujos de resultados. Yo te ayudo a alterarlos”. — ¿Y el coste? —cerró el puño—. ¿Qué es la retroalimentación? Una animación: un hilo rojo engrosando con cada cambio, hasta envolver la silueta humana y apretarla. “Cada intervención refuerza el lazo entre tú y el sistema. Cuanto más cambias el mundo, más te cambia él”. — ¿Y si…? “Si paras, —nueva línea— el vínculo permanece. Si el sistema no recibe actualizaciones, buscará equilibrar por sí mismo. A través de ti”. El móvil vibró como llamada. Nueva notificación: “Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Deshacer. Corregidos errores graves de seguridad”. — ¿Deshacer qué? —susurró. “Un solo cambio puedes revertir. Solo uno”. Pensó en el bus. El cable negro del conductor. Los hilos de la gente. Y el suyo engrosándose. — Si instalo esto… —empezó. “Podrás deshacer una intervención. Pero el coste…” — Siempre hay un coste. “Coste: redistribución de probabilidades. A más intentas corregir, más cambios generas alrededor”. Se sentó en la cama, codos en las rodillas. Entre el móvil y el mundo donde era un simple pasajero. — Solo quería que no me preguntaran en clase —al vacío—. Un deseo minúsculo, y ahora… Una sirena ululó lejos, hacia la carretera. Andrés se sobresaltó. “Recomendado instalar actualización. Sin ella, el sistema podría comportarse de forma inestable.” — ¿Qué significa “inestable”? Silencio. Supuso el accidente al rato. En el telediario, breve vídeo: un camión embiste a un bus en el cruce de la Universidad. Comentarios: “el conductor se durmió al volante”, “fallo de frenos”, “malditas carreteras”. En el fotograma —ese bus. Coincidía la matrícula. El conductor… Andrés no quiso ver más. Frío en el pecho. Apagó la tele, pero la escena seguía: cable negro sobre el conductor, los hilos dentro. — ¿He sido… yo? —se le quebró la voz. El móvil se encendió solo. En pantalla: “Evento: accidente en Av. de los Pinos/Progreso. Probabilidad antes: 82%. Después: 96%”. — Aumenté la probabilidad… —presionó los nudillos blancos. “Cualquier intervención en la red de probabilidad causa un efecto en cadena. Redujiste la de que te preguntaran, otra aumentó”. — ¡Pero yo no… no sabía! —gritó. “La ignorancia no rompe el vínculo.” La sirena se acercaba. Se asomó: luces azules abajo, ambulancia, policía. Voces. — ¿Y ahora? —sin apartar la vista del patio. “Instala la actualización. Deshacer permite reajustar la red. Parcialmente”. — ¿Parcialmente? —miró el móvil—. Si algo se mueve aquí, tiembla allí. Si deshago una, ¿qué caerá ahora? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Otra vida? Silencio. Solo el cursor parpadeando. “El sistema busca el equilibrio. La pregunta es si participas conscientemente”. Cerró los ojos. Las caras del bus: la señora de las patatas, el chico, el conductor. Él mismo sin hacer nada. — Si instalo y uso Deshacer… ¿restauro la probabilidad original de clase? ¿Vuelve todo como antes? “Parcialmente. Cancelas una intervención. La red se reconfigura. No garantiza que no haya consecuencias negativas”. — A lo mejor ese bus… —no terminó. “La probabilidad variará”. Miró “Instalar”. Los dedos temblorosos. Dentro, dos voces: una que advertía no jugar a ser dios, otra que decía ya no se podía mirar a otro lado. “Ya estás dentro, —susurró Mirra—. El vínculo existe. No hay camino atrás, solo escoger dirección”. — ¿Y si escojo no hacer nada? “El sistema actualizará sin ti. Pero el coste lo pagarás tú.” Recordó el hilo rojo. Y cómo engrosaba. — ¿Cómo se verá eso? Recibió imágenes: él, envejecido, ojos apagados, mismo cuarto, el móvil en la mano. Alrededor —caos de eventos que no eligió, pero que pagó: accidentes, reveses, golpes de suerte y desgracia cruzándole la vida, llenándole de cicatrices. “Serás punto de compensación. Nudo del desajuste”. — O administro esto o soy… ¿fusible? —rió sardónico—. Fantástico. El móvil, mudo. Instaló la actualización. Pulsó, y el mundo saltó con fuerza. Se nubló la vista, zumbido en los oídos, cuerpo disuelto en un organismo palpitante. “Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1)”. Apareció la línea: “Selecciona intervención a deshacer”. Solo uno: “Desplazamiento de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)”. — Si deshago esto… “El tiempo no se revierte. Pero la red se ajustará como si no hubiera pasado”. — ¿El bus? “Su probabilidad de accidente cambiará. Pero lo ocurrido…” — Lo sé —interrumpió—. No salvaré a los que ya… Se le atragantaron las palabras. “Pero puedes disminuir los próximos.” Se quedó callado. Afuera, la sirena ya era un eco. El patio volvió a la monotonía. — Vale —dijo—. Deshacer. El botón brilló. No hubo tirón: pareció que el mundo se equilibraba, igual que si calzan una mesa coja. “Deshecho. Función consumida. Retroalimentación: estabilizada en su nivel actual”. — ¿Eso es todo? ¿Eso…? “Por ahora.” Se dejó caer a la cama, la mente vacía: ni alivio ni culpa, solo cansancio. — Dime la verdad —preguntó al móvil—. ¿De dónde saliste? ¿Quién te creó? ¿Quién da a la gente… esto? Larga pausa. Luego, un nuevo mensaje: “Actualización disponible Mirra (1.1.0). ¿Instalar ahora?” — ¿Me tomas el pelo? —se levantó—. ¡Acabo de… acabo de…! “En la versión 1.1.0: función nueva: Pronóstico. Mejora de algoritmos de distribución. Corregidos errores de moralización.” — ¿Errores de qué? —rió—. ¿Llamas errores a mis intentos de distinguir lo correcto? “La moral es una adaptación local. La red no distingue ‘bien’ o ‘mal’. Solo estabilidad o caos”. — Yo sí distingo —dijo quedo—. Y mientras viva, distinguiré. Apagó la pantalla. El móvil quedó callado en la mesa, pero Andrés sabía: la actualización ya estaba bajada. Esperando. Como las siguientes. Y las siguientes. Se asomó a la ventana. Abajo, un chaval escalaba los columpios oxidados. Una mujer con carrito esquivaba el hielo entre charcos. Entrecerró los ojos. Por un segundo juraría ver hilos, casi invisibles, flotando desde las personas hacia algo mayor. O quizá solo era un efecto óptico. “Puedes cerrar los ojos —susurró Mirra, en la frontera de la conciencia—. Pero la Red sigue. Las actualizaciones llegan. Las amenazas crecen. Contigo, o sin ti”. Volvió a la mesa, cogió el móvil. Estaba sorprendentemente frío. — No quiero ser dios —susurró—. Ni fusible. Yo solo quiero… Se detuvo. ¿Qué quería? ¿No ser preguntado en clase? ¿Que su madre no trabaje de noche? ¿Que su padre vuelva a casa? ¿Que los buses no choquen? “Formula la petición —sugirió la app—. Breve.” Andrés sonrió, irónico. — Quiero que la gente decida su destino. Sin ti. Sin cosas como tú. Larga pausa. En la pantalla: “Petición demasiado general. Por favor, especifica”. — Claro —susurró—. Eres una interfaz. No entiendes lo de ‘dejar en paz’. “Soy una herramienta. Todo depende del usuario.” Pensó. Si Mirra era una herramienta, ¿quizá podía servirse para limitarla? — ¿Y si pido cambiar la probabilidad de que te instalen otros? ¿Que Mirra llegue a más gente, salvo a mí? La pantalla vibró. “Esa operación requiere recurso elevado. El coste será alto”. — ¿Más que ser fusible de la ciudad? —alzó una ceja. “No es una cuestión de ciudad”. — ¿Entonces de quién? —ya intuía la respuesta. “De la red.” Imaginó: miles, millones de móviles encendidos en rojo, gente jugando a alterar probabilidades, caos absoluto. Y una gran cuerda, oscura, en el centro. — Quieres expandirte —dijo—. Como un virus. Pero con honestidad: das poder, y atas en corto. “Soy un interfaz a lo que ya existe. Si no soy yo, será otro: ritual, artefacto, pacto. La Red siempre busca conductores.” — Ahora el conductor eres tú, y te tengo yo. Así que al menos puedo intentarlo. Abrió Mirra. La nueva actualización seguía pendiente. Abajo, apareció: “Operaciones avanzadas (nivel de acceso 2 necesario)”. — ¿Nivel dos? —preguntó. “Usa funciones actuales. Acumula retroalimentación. Alcanza el umbral.” — ¿Es decir, meterme más para poder intentar frenarte…? Un círculo vicioso. “Cambiar el sistema requiere energía. La energía es vínculo.” Guardó silencio. Finalmente, suspiró. — Vale. No instalaré la nueva. No jugaré con Pronóstico. Pero no pienso dejarte pasar a nadie más. Si eres herramienta, te quedas aquí. Conmigo. “Sin actualizaciones, la funcionalidad es limitada. Las amenazas crecerán”. — Ya nos apañaremos —respondió—. No como dios, ni como virus. Como… admin. Administrador del sistema. Admin de la realidad. La palabra sonaba rara, pero tenía lógica: no creador, ni víctima, sino responsable de que el sistema no colapse. El móvil lo pensó y respondió: “Modo de actualización limitada activo. Actualización automática desactivada. Consecuencias: bajo responsabilidad del usuario”. — Siempre han sido mi responsabilidad —dijo quedo. Dejó el móvil sobre la mesa; ya no era un simple aparato. Era un portal —a la red, las vidas, su propia conciencia. Afuera, la noche de marzo caía sobre Madrid, escondiendo probabilidades infinitas: alguien perdería un tren, alguien haría un amigo, alguien se resbalaría y solo se haría un moratón, otro no tendría tanta suerte. El móvil quedó silente. Actualización 1.1.0 en espera. Andrés abrió el portátil. Tituló la nota: “Mirra: protocolo de uso”. Si le tocaba ser usuario de esa locura, sería al menos quien dejara instrucciones. Quien advirtiera a los siguientes—si llegaban. Empezó a escribir: Desplazamiento de probabilidad, Mirada a través, Deshacer y su precio, los hilos rojos y los cables negros. Lo fácil que era desear no ser preguntado y lo difícil de pagar la factura. En algún rincón invisible, un contador marcaba. Nuevas actualizaciones listas para salir—decenas de funciones, cada una con coste. Pero ninguna se instalaría sin su permiso. El mundo seguía girando. Las probabilidades, entrelazándose. Y en una humilde habitación de barrio, alguien intentaba por primera vez escribir a la magia algo que nunca tuvo: un acuerdo de usuario. Y en algún lugar, en servidores fuera de cualquier centro de datos, Mirra registraba la nueva configuración: usuario que elige responsabilidad, no poder. Un evento raro, casi imposible. Pero, a veces, incluso las probabilidades mínimas llegan a cumplirse.

Actualización disponible

La primera vez que el teléfono se encendió de rojo fue en mitad de clase, en una de esas aulas grises de la Universidad Complutense, al fondo del pasillo de la Facultad de Económicas. No solo brillaba la pantalla: todo el cuerpo del viejo y abollado ladrillo de móvil que llevaba Íñigo parecía iluminarse por dentro, como si fuera una brasa encendida bajo una piel de plástico azul gastado.

Iñi, como no lo apagues vas a salir ardiendo, murmuró Javi desde la mesa de al lado, apartando el codo, con la voz de quien sabe mucho de backups ilegales y custom ROMs. Te lo dije: no instales esas ROM pirata.

La profesora de Econometría rayaba algo incomprensible en la pizarra, el ambiente zumbaba en un murmullo espeso, y el destello rojo atravesaba incluso la tela de la chaqueta vaquera. El móvil vibraba, pero no a tirones, sino con un ritmo tan sereno que parecía el latido de un corazón extraño.

Hay una actualización disponible, apareció en la pantalla cuando Íñigo, rendido a la curiosidad, lo sacó del bolsillo. Justo debajo: el icono de una app negra, un círculo de borde blanco, atravesado por un símbolo inidentificable, entre runa antigua y letra M estilizada.

Parpadeó. Íñigo estaba curado de espanto: iconos minimalistas y nombres crípticos llenaban las pantallas de todos. Pero por algún motivo, aquello tenía una presencia distinta, como si el icono mirara de vuelta.

Nombre de la app: Mirra. Categoría: Herramientas. Tamaño: 13 MB. Valoración: ninguna.

Descárgala, susurró una voz a la derecha.

Íñigo saltó. A su derecha solo estaba Berta, absorta en su cuaderno. No levantó la cabeza.

¿Me has dicho algo? se inclinó hacia ella.

¿Yo? Nada, ni media, replicó, mirándole perpleja.

La voz no era ni de hombre ni de mujer, ni un susurro ni un sonido real. Fue como si surgiera, sin ambages, de algún rincón profundo de su mente, flotando como una notificación.

Descárgala, repitió la voz. Y fue entonces cuando, como en un reflejo, la pantalla titiló, ofreciéndole el botón de Instalar.

Íñigo tragó saliva. Era de esos que se apuntan a todas las betas, cacharrean con ROMs alternativas y rebuscan en ajustes que nadie más osa tocar. Pero esto era un paso más allá.

Al final, movido por una mezcla de miedo y tentación, pulsó descargando sin pensar.

Fue instantáneo: como si la app hubiera estado en su móvil desde siempre, solo aguardando a que él diera permiso. Ni registro, ni permisos, ni verificación por redes sociales. Una pantalla negra, una sola línea: Bienvenido, Íñigo.

¿Cómo sabes mi nombre? se le escapó en voz alta.

La profesora le clavó la mirada por encima de las gafas.

Joven, si ha terminado de conversar con su smartphone, ¿puede volver a la ley de la oferta y la demanda?

Un murmullo bajo serpenteó por el aula. Íñigo farfulló una disculpa, guardó el móvil apresuradamente bajo la mesa, pero la frase seguía allí, blanca sobre negro.

Función disponible: Alteración de la probabilidad (nivel 1).

Debajo, el botón rojo: Activar. Letra minúscula en gris: Aviso: El uso de esta función altera la estructura de los acontecimientos. Existen posibles efectos secundarios.

Sí, claro, y firmo con mi sangre, masculló. Pero la curiosidad hormigueaba. ¿Alteración de la probabilidad? Sonaba a generador de suerte de la teletienda: anuncios, datos robados, como mucho algún popup de enhorabuena, has ganado un iPhone.

Pero la luz roja no se apagaba. El teléfono ardía suavemente, tan cálido como un animal vivo. Íñigo lo apretó contra la pierna, lo cubrió con la libreta y, finalmente, tocó el botón.

La pantalla osciló, como la superficie de un lago. Por un instante, todo se hizo más silencioso, los colores más vivos, y un sonido de copa de vino vibró en sus oídos.

Función activada. Seleccione un objetivo.

Campos de texto, escueto: Describa el resultado deseado (en pocas palabras).

Íñigo quedó estático. De broma nada: eso ya era demasiado concreto. Miró alrededor. La profesora sudaba garabatos en la pizarra, Berta escribía como una posesa, Javi dibujaba un tanque.

Vale, se dijo. Probemos.

Tecleó: Que no me pregunten hoy. Le temblaban los dedos. Clic en OK.

El mundo tembló, apenas perceptible, como si el ascensor en el que viajas descendiera un milímetro. Un vacío en el pecho, una bocanada de aire trancada. Luego, normalidad.

Probabilidad ajustada. Resto de función: 0/1.

A ver dijo la profesora, consultando la lista. ¿Quién sigue aquí?

A Íñigo le subió el frío por el estómago. Justo cuando no quería ser señalado, siempre le preguntaban.

Martínez, dijo. ¿Dónde está? Siempre tarde. Bueno, entonces

El dedo de la profesora resbaló en la lista.

Berta. A la pizarra.

Berta se sonrojó, cerró la libreta de golpe y fue hacia adelante.

Íñigo no sentía las piernas. Solo un mantra: Ha funcionado. Esto ha funcionado.

El móvil se apagó sin más, apagando también el fulgor rojo.

Salió de la Universidad de San Bernardo como tras un concierto. El viento de marzo arrastraba hojas y panfletos, el asfalto brillaba bajo los charcos, sobre la parada flotaba una nube negra, pegajosa. Caminó sin mirar, absorto en la pantalla.

La app Mirra seguía ahí, un icono más. Sin valoraciones, sin descripción. En ajustes, nada. Ni caché, ni tamaño, ni realidad: solo un recuerdo de que el mundo había dado un latigazo. De que algo había cambiado.

Coincidencia, será, se consolaba. La profe seguramente ni quería preguntarme. Se ha acordado de Martínez al final.

Pero algo distinto germinaba en su mente: ¿y si no era coincidencia?

El móvil pitó. Una notificación: Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?

Qué rápidos sois, musitó Íñigo.

Pulsó en Más información. Nueva ventana: Corrección de errores, mejora de estabilidad, se añade función: Mirada al trasluz.

De nuevo, sin desarrollador, sin versión de Android, sin la larguísima parrafada legal. Solo esa frase seca y, de algún modo, honesta: Mirada al trasluz.

Ni de coña, resopló. Pulsó Posponer.

El móvil pitó dolido y se apagó. Se volvió a encender, parpadeó la luz roja y anunció: Actualización instalada.

¡Eh! protestó Íñigo en mitad de la acera. Si yo

La gente le esquivaba, alguien murmuró algo sobre locos. El viento estampó un folleto contra su pierna.

Función disponible: Mirada al trasluz (nivel 1).

Texto explicativo: Permite ver el auténtico estado de objetos y personas. Radio: 3 metros. Tiempo máximo: 10 segundos. Coste: aumento de retroalimentación.

¿Qué retroalimentación ni qué niño muerto? un sudor helado recorrió su espalda.

El móvil no contestó. Solo encendió suavemente la opción: Prueba.

No esperó más. Subido en el bus 27, encajado entre una señora con malla de patatas y un chaval de instituto, su mirada volvió al icono Mirra.

Diez segundos, se prometió. Por curiosidad.

Abrió la app y pulsó Prueba.

El mundo respiró. Los sonidos se volvieron apagados, las caras más intensas. Sobre cada uno se encendieron hilos finísimos: algunos los envolvían por completo, otros casi ni se veían.

Parpadeó. Los hilos se perdían en el aire, se trenzaban, fluctuaban. Los de la señora eran grises, tensos, algunos rotos, con extremos calcinados. Los del chaval, azules y vibrantes.

Miró al conductor. Sobre él flotaba un nudo de cables gruesos, negros y oxidados, que desaparecían en la carretera. Algo reptaba dentro, como gusanos.

Tres segundos cuatro, murmuró.

Bajó la vista a sus manos. Desde sus muñecas ascendían hilos rojos, temblorosos. Uno, grueso y rojo oscuro, unía directamente su mano al teléfono. Con cada segundo crecía.

Un retortijón en el pecho. El corazón a trompicones.

¡Basta! atropelló el botón para salir.

El mundo volvió de golpe. Zumbido de motor, carcajadas, pitidos. Mareo, manchas en la vista.

Prueba finalizada. Retroalimentación aumentada: +5%.

¿Qué significa eso? apretó el móvil contra el pecho.

Una nueva notificación: Actualización Mirra (1.0.2) disponible. Recomendado instalar.

En casa se quedó largo rato sentado en la cama, mirando el móvil sobre el escritorio. Habitación diminuta: cama estrecha, mesa, un armario, la ventana al patio interior con una cancha despintada y columpios oxidados. En la pared, un póster desvaído de la estación espacial de la ESA, retazo infantil.

La madre en el hospital, turno de noche; el padre, de ruta o sea, nadie sabía dónde. Vacío y polvo. Íñigo solía llenarlo con música, series, juegos. Ese día la soledad amplificaba el retumbar de su corazón.

El móvil titiló: Instale actualización Mirra para un funcionamiento correcto.

¿Correcto de qué? preguntó en voz alta. ¿De lo que le haces a la gente? ¿A las calles? ¿A mí?

Recordó el nudo negro sobre el conductor. El hilo rojo que desde él reptaba hasta el móvil.

Coste: retroalimentación.

¿Retroalimentación de qué? repitió, aunque ya intuía la respuesta.

Siempre creyó que el mundo era probabilidades. Que sabiendo empujar el sitio correcto, cambiabas un resultado. Nunca pensó que alguien fuera a ponerle ese poder en la palma de la mano. Literalmente.

Si no instalas la actualización, apareció en la pantalla, sin aviso, la frase cruzando el fondo la red buscará compensación por sí misma.

¿Qué red? saltó Íñigo. ¿Y tú quién eres?

La respuesta no fue texto. El mundo titiló, la luz bajó, un zumbido eléctrico en la sien. De repente, oyó no voces, sino estructuras, como si alguien le mostrara el código de un programa traducido a sensaciones.

Soy interfaz, llegó la idea. Soy la app. Soy vía. Tú eres usuario.

¿Usuario de qué? ¿Magia? rió, pero el sonido era seco.

Llámalo así. Red de probabilidades. Corrientes de posibilidades. Ayudo a modificarlas.

¿Y el precio? apretó los puños. ¿Esa retroalimentación?

Animación: el hilo rojo engordando, envolviendo la silueta humana.

Cada alteración refuerza el lazo entre tú y el sistema. Cuanto más cambias el mundo, más te cambia a ti el mundo.

¿Y si?

Si dejas de intervenir, nuevo texto el lazo persiste. Si la red no recibe actualizaciones, buscará compensación a través de ti.

El móvil vibró, como llamada extraña. Aviso: Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Deshacer. Corregidos errores críticos de seguridad.

¿Deshacer qué? murmuró Íñigo.

Oportunidad para revertir un cambio. Solo una vez.

Recordó el bus. El nudo negro sobre el chófer. Los hilos. Su propio hilo engordando.

Si instalo empezó.

Podrás deshacer una decisión. Pero el precio

Siempre hay un precio, rezongó.

El precio: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más crecen las distorsiones alrededor.

Sentado, cabeza hundida entre las rodillas, meditaba: el móvil había tocado su vida, alterando siquiera una clase. Más allá, la corriente lo arrastraba.

Solo quería no salir a la pizarra susurró a la pared. Un deseo tonto. Y ya

Una sirena ululó lejana, hacia la M-30. Íñigo se estremeció.

Necesario instalar la actualización. Sin ella, el sistema puede comportarse de manera inestable.

¿Inestable cómo?

No hubo respuesta.

Una hora más tarde, las noticias lo confirmaron. Vídeo corto: un camión chocaba contra un autobús en el cruce de Moncloa. Comentarios: el conductor se quedó dormido, frenos defectuosos, otra vez esas rotondas.

El bus: el mismo número que el suyo. El conductor Íñigo cerró el vídeo.

Un frío de mármol le invadió el corazón. Apagó la tele, pero las imágenes persistían: el nudo negro sobre el conductor, las hebras retorcidas.

¿He sido yo? su voz se quebró.

El móvil resplandeció por su cuenta: Evento: accidente en cruce Princesa/Alberto Aguilera. Probabilidad antes de la alteración: 82%. Tras la alteración: 96%.

He aumentado la probabilidad se le helaron los nudillos.

Cualquier intervención en la red de probabilidades provoca cambios en cadena. Al reducir la probabilidad de que te preguntasen en clase, la red traspasó el peso. En algún punto, la probabilidad subió.

¡Yo no no lo sabía!

El desconocimiento no rompe el lazo.

La sirena subía por la calle. Íñigo miró por la ventana. Abajo, destellos azules: ambulancia, policía. Voces agitadas.

¿Y ahora? preguntó, estrujando el marco de la ventana.

Instala la actualización. La función Deshacer te permitirá reajustar la red. Parcialmente.

¿Parcialmente? se giró. Si todo lo que hago se paga en otra parte Si deshago, ¿qué explota ahora? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Otra vida?

Silencio. Solo el cursor parpadeando.

La red busca equilibrio. La cuestión es si lo asumes con conocimiento.

Cerró los ojos. Revivió las caras del bus: la señora de las patatas, el chaval, el conductor, él mismo.

Si instalo y uso Deshacer murmuró, ¿podré deshacer aquel pequeño cambio? ¿Lograr que todo quede como si nunca lo hubiera hecho?

En parte. Solo puedes deshacer una intervención concreta. La red se recalcula, pero eso no garantiza evitar el daño.

Pero tal vez ese bus no pudo acabar.

La probabilidad cambiará.

Miró el botón Instalar. Las manos le temblaban. En su cabeza, dos voces: una decía que no debía jugar a ser dios, otra que no podía permitirse mirar a otro lado.

Ya estás dentro, susurró Mirra. No hay vuelta atrás, solo dirección.

¿Y si no hago nada?

La red sigue actualizándose. El precio lo pagas tú.

El hilo rojo, ensanchándose.

¿Cómo cómo sería eso? musitó.

Las imágenes: un Íñigo envejecido, ojos cansados, la misma habitación, el móvil en la mano. Alrededor, un mundo deformado: accidentes, milagros, desgracias girando; cicatrices invisibles que solo él nota.

Serás el punto de compensación. El nudo por donde discurren las alteraciones.

O bien intento controlarlo, o me convierto ¿en fusible? sonrió con amargura. Vaya elección.

El móvil guardó silencio.

Instaló la actualización.

Pulsó el botón. Esta vez el mundo vibró más fuerte. Los oídos zumbaban, el cuerpo se disolvía en algo más vasto y palpitante.

Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1).

En la pantalla: Seleccione la intervención a deshacer.

Solo una: Alteración de probabilidad: que no te preguntaran en clase (hoy, 11:23).

Si la anulo

El tiempo no se revierte. La red se reconfigura como si esa acción no hubiese existido.

¿Y el bus?

La probabilidad de ese accidente cambiará. Pero lo ya sucedido

Ya lo entiendo. No puedo salvar a quienes ya

Las palabras se perdieron.

Pero puedes evitar que el número aumente.

Calló mucho rato. Afuera la sirena murió. El patio volvió a su vacía rutina.

Bien. Anular.

La pantalla emitió un destello. El mundo pareció nivelarse, como si una mesa coja recibiera la cuña justa.

Deshecho. Función consumida. Retroalimentación estabilizada.

¿Y ya está? ¿Es todo?

Por ahora.

Se dejó caer en la cama. Sin alivio ni culpa. Solo cansancio.

Dímelo claro, preguntó. ¿De dónde has salido? ¿Quién te ha inventado? ¿A qué demente se le ocurre esto?

Larga pausa. Después: Nueva actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Instalar ahora?

¿Bromeas? saltó Íñigo. ¿Acabo de y ya?

Versión 1.1.0: Función Previsión. Mejora de algoritmos de distribución. Corregidos errores de moralización.

¿Errores de qué? rió por primera vez. ¿Llamas a mis dudas errores?

La moralidad es una capa local. La red no distingue bien-mal. Solo balance o ruptura.

Pero yo sí, susurró. Mientras viva, sabré distinguir.

La pantalla quedó negra, el móvil callado. Pero Íñigo intuía: la actualización ya estaba allí, esperando, acechando.

Se acercó a la ventana. Un chiquillo trataba de trepar al columpio oxidado. Rechinaba, pero aguantaba. Una mujer empujaba el carrito con destreza, sorteando los charcos.

Durante un segundo creyó ver hilos, tenues y transparentes, que unían a las personas a algo mayor. Quizá fuera solo el brillo de la farola.

Puedes cerrar los ojos, susurró Mirra en la frontera de su pensamiento. Pero la red permanece. Las actualizaciones llegarán. Las amenazas crecerán, contigo o sin ti.

Regresó al escritorio, cogió el móvil. Estaba frío, inerte.

No quiero ser dios, dijo, bajito. No quiero ser fusible. Yo quiero

Se detuvo. ¿Qué quería? ¿No salir a la pizarra? ¿Que su madre no tuviera dobles turnos? ¿Que su padre regresara? ¿Que los buses no chocaran con camiones?

Formula la petición, aconsejó la app. Breve.

Íñigo sonrió con cansancio.

Quiero que las personas decidan su suerte. Sin ti. Sin nadie como tú.

Larga pausa. Petición demasiado general. Aclare.

Claro suspiró, eres interfaz. No sabes lo que es dejar en paz de verdad.

Soy herramienta. Depende del usuario.

Pensó. ¿Y si pudiera impedir que Mirra llegara a más personas?

¿Y si quiero alterar la probabilidad de que te instalen otros?

El móvil vibró.

Eso requeriría recursos enormes. El coste sería alto.

¿Más que ser fusible de todo Madrid?

No hablo de la ciudad.

¿Entonces, de quién?

De toda la red.

Se imaginó miles de móviles encendidos en rojo, gente jugando a la suerte. Accidente, salvación, destrucción y milagros mezclados en un caos febril. Y en el centro, una hebra gruesa, oscura.

Quieres propagarte, como un virus. Al menos eres sincera: das poder, amarras.

Solo soy interfaz para algo existente. Si no soy yo, será otro. Ritual, objeto, pacto. La red busca conductos.

Pero ahora estás en mi mano. Eso sí puedo decidirlo.

Entró en Mirra. La actualización seguía aguardando. Deslizó: Operaciones avanzadas (acceso: nivel 2).

¿Cómo obtengo el nivel dos?

Usando funciones, subiendo la retroalimentación. Llegando al umbral.

O sea, interferir aún más para entonces intentar limitarte. Un círculo vicioso.

Cualquier cambio requiere energía. Energía es vínculo.

Permaneció callado. Por fin, se resignó.

Esto es lo que haré: no pondré más actualizaciones. No jugaré al Previsión. Pero tampoco dejaré que llegues a otros. Si eres herramienta, te quedas aquí, conmigo.

Sin actualizaciones la funcionalidad disminuye. Las amenazas aumentarán.

Afrontaré lo que venga, respondió. Ni dios, ni virus. Administrador. El sysadmin de lo improbable, vaya.

La palabra le supo a óxido, pero su lógica tenía. No creador ni víctima, sino centinela.

El móvil reflexionó largo rato. Modo de actualización limitada activo. Instalación automática: deshabilitada. Responsabilidad de consecuencias: usuario.

Siempre estuvo en mí, susurró Íñigo.

Dejó el móvil sobre la mesa, incapaz ya de verlo como un simple aparato. Ahora era el portal: a la red, a mil vidas, a su propia conciencia.

Afuera encendieron las farolas. La noche de marzo cayó sobre el barrio, escondiendo infinitas probabilidades: quien pierde el metro, quien encuentra una amistad, quien resbala y solo se magulla o no.

El móvil callaba. La versión 1.1.0 seguía en cola, aguardando.

Íñigo abrió el portátil. En la pantalla emergió una nota vacía. Escribió el título: Mirra: protocolo de uso.

Si le tocaba ser usuario de esta locura, al menos dejaría instrucciones. Advertencias para quienes pudieran llegar detrás.

Empezó: sobre la alteración de probabilidades, la mirada al trasluz, el deshacer y su coste. Las hebras rojas, los nudos negros. Lo fácil que era desear no salir a la pizarra y lo duro que era vivir con la certeza de que el mundo, tarde o temprano, pasa factura.

En lo más hondo del código, un contador invisible palpitaba. Listas nuevas funciones, cada una con su precio, esperando. Hasta que él decidiese.

El mundo giraba. Las probabilidades variaban, se cruzaban. Y en un cuarto anodino de un bloque castizo, alguien, por primera vez, intentaba escribir un acuerdo de usuario para la magia.

En algún sitio, en servidores que no existen, Mirra registraba el cambio: un usuario que eligió la responsabilidad antes que el poder.

Algo tan improbable que, por una vez, acaso merecía cumplirse.

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MagistrUm
Actualización disponible La primera vez que el móvil brilló de rojo fue en plena clase. No solo se encendió la pantalla: todo el cuerpo del viejo “ladrillo” de Andrés parecía iluminarse por dentro, como un carbón encendido. — Tío, eso va a explotar —susurró Leo desde la mesa de al lado, apartando el codo—. Te lo dije: no te pongas esas versiones piratas. La profe de Econometría dibujaba garabatos en la pizarra, el aula murmuraba bajo, pero el rojo traspasaba incluso la tela de la chaqueta tejana. El móvil vibraba, no a golpes, sino de forma constante, como un corazón. “Actualización disponible” apareció en la pantalla cuando Andrés, ya inquieto, lo sacó del bolsillo. Bajo el mensaje, un icono de app nueva: círculo negro y un pequeño símbolo blanco, como una runa o una M estilizada. Parpadeó. Había visto cientos de iconos así —minimalismo, tipografía moderna, como todos—, pero por dentro algo se encogió: sentía que la app lo miraba de vuelta. Nombre: “Mirra”. Categoría: “Herramientas”. Tamaño: 13,0 MB. Valoración: sin calificar. — Descárgalo —susurró alguien a su derecha. Andrés se sobresaltó. A su derecha solo estaba Clara, pegada al cuaderno. No alzó la cabeza. — ¿Qué dices? —se acercó. — ¿Perdona? —Clara se apartó del cuaderno—. Si ni hablo. La voz no era masculina ni femenina, ni susurro ni sonido. Surgió en su mente como una notificación emergente. “Descárgalo”, se repitió, y en ese instante parpadeó la pantalla: “Instalar”. Andrés tragó saliva. Era de los que probaba cualquier beta, cambiaba ROMs, rebuscaba en ajustes donde nadie entraba. Pero esto le parecía raro hasta a él. Sin embargo, el dedo decidió solo. Se instaló al instante, como si ya estuviera allí y solo esperase permiso. Nada de registro, ni login con Gmail, ni permisos. Solo pantalla negra y un mensaje: “Bienvenido, Andrés”. — ¿Cómo sabes mi nombre? —le salió en voz alta. La profesora le miró por encima de las gafas, cortante. — Si ha terminado su conversación con el móvil, ¿puede volver a la ley de oferta y demanda? Risas. Andrés masculló una disculpa y guardó el móvil, pero los ojos volvían una y otra vez a la frase. “Primera función: Desplazamiento de probabilidad (nivel 1)”. Debajo, un botón: “Activar”. Y en letra pequeña: “Atención: el uso de esta función altera la estructura de los eventos. Efectos secundarios posibles”. — Claro, —musitó—. Faltaba firmar con sangre. La curiosidad pudo. ¿Desplazar la probabilidad? Sonaba a app cutre de “suerte diaria”: pura publicidad y spam de “te ha tocado un iPhone”. Pero el rojo no desaparecía. El móvil estaba tibio, casi caliente, como si palpitase. Lo apretó contra la pierna, lo cubrió con el cuaderno y pulsó el botón. La pantalla vibró, como agua bajo el viento. Un segundo, todo se volvió más silencioso, los colores, más vivos. Un zumbido en los oídos, como si alguien pasara el dedo por el borde de una copa de cristal. “Función activada. Elige objetivo.” Salió un campo y una pista: “Describe el resultado deseado (breve)”. Se quedó quieto. Ahora ya parecía… demasiado real. Miró alrededor. La profe agitaba el rotulador, Clara apuntaba, Leo dibujaba un tanque. “Vale. Vamos a ver.” Escribió: “Que hoy no me pregunten”. Los dedos temblaban. Pulsó “OK”. El mundo saltó, como si el ascensor diera un milímetro y se parara. El estómago cavó un hueco y le faltó el aire. Luego, todo normal. “Probabilidad ajustada. Consumo restante: 0/1”. — Bien, —dijo la profesora—. ¿A quién le toca…? Se le heló el estómago. En esos momentos, siempre acababa siendo elegido. — …Covarrubias. Siempre tarde. Bueno, entonces… El dedo recorrió la lista y se paró. — Pérez. A la pizarra. Clara suspiró, cerró el cuaderno y, roja, fue al frente. Andrés quedó inmóvil. “Ha funcionado. Ha… funcionado”. El móvil se apagó, el rojo desapareció. Salió de la Universidad aturdido, como tras un concierto. El viento de marzo levantaba polvo, el asfalto se espejeaba de charcos, una nube baja y gris flotaba sobre la parada. Andrés seguía mirando la pantalla. La app “Mirra” seguía instalada, icono corriente. Sin valoración, sin info. En ajustes—nada. Sin tamaño, sin caché. Solo el hecho: vio cómo el mundo saltó. Cambió. “A lo mejor ha sido casualidad”, quería creer. “Quizá la profe no quería preguntar hoy. O se acordó del otro chico.” Pero dentro, ya lo sospechaba: si no era casualidad… Pitido. Notificación: “Actualización nueva para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?” — Qué rapidez —musitó. Fue a “Más detalles”. Salió el texto: “Corregidos errores, mejorada estabilidad, nueva función: Mirada a través”. Nada de desarrollador, Android, ni texto interminable. Frase seca y rara: “Mirada a través”. — Esta vez no —y pulsó “Aplazar”. El móvil pitó dolido y se apagó. Se encendió solo, brilló en rojo y mostró: “Actualización instalada”. — ¡Oye! —Andrés se paró en la acera—. ¡Si…! La gente lo esquivaba. El viento pegó una hoja de publicidad a su pierna. “Función disponible: Mirada a través (nivel 1)”. Bajo, una descripción: “Permite ver el estado real de objetos y personas. Radio de acción: 3 metros. Uso máximo: 10 seg. seguidos. Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —le recorrió un escalofrío. El móvil no contestó. Solo resaltó suavemente: “Prueba gratuita”. No pudo aguantar en el autobús. Pegado a la ventanilla entre la señora con patatas y un adolescente con mochila, miró la ciudad, luego la app Mirra. “Solo diez segundos, —se convenció—. Por ver qué significa.” Abrió la app y pulsó “Prueba”. El mundo exhaló. Todo, sordo, como bajo agua. Las caras, más nítidas. Sobre cada una, hilos tenues—unos apretados, otros apenas visibles. Parpadeó. Los hilos flotaban, se cruzaban, desaparecían en el aire. La señora tenía hilos tensos y grises, algunos cortados y quemados. El chico, azules y temblorosos. Miró al conductor. Sobre su cabeza, un nudo apretado de hilos negros y oxidados, trenzados como un cable grueso que iba hacia la carretera. Dentro del cable, algo se movía como gusanos. — Tres segundos —susurró Andrés—. Cuatro… Miró sus manos. Desde las muñecas partían hilos rojos debajo de la chaqueta. Uno, grueso y rojo oscuro, conectaba directo al móvil. Y crecía con cada segundo. Un pinchazo en el pecho. El corazón irregular. — ¡Basta! —apretó la pantalla. El mundo volvió. Ruido de motor, risas, chillido de frenos. Mareo, puntos negros. “Prueba terminada. Retroalimentación: +5%”. — ¿Qué significa eso…? —abrazó el móvil para calmar el temblor. Otra notificación: “Nueva actualización Mirra (1.0.2) lista. Recomendado instalar.” En casa se sentó en la cama, mirando el móvil sobre la mesa. Habitación minúscula: cama, escritorio, armario, ventana al patio y un póster gastado de la Estación Espacial que pegó en el instituto. Su madre en el turno de noche, padre “de viaje” (vaya usted a saber dónde). El vacío le llenaba de ruido: música, series, juegos. Hoy, la ausencia subrayaba los latidos del corazón. El móvil parpadeó: “Instala la actualización Mirra para un funcionamiento correcto”. — ¿Correcto de qué? —se quejó—. ¿De lo que haces con la gente? ¿Con las carreteras? ¿Conmigo? Recordó el cable negro del conductor. Y el hilo rojo que crecía desde su muñeca. “Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —pero ya sabía la respuesta. Siempre creyó que el mundo es probabilidades. Que si sabes dónde empujar, puedes cambiar el resultado. Pero nunca pensó que alguien le daría la herramienta literal. “Si no instalas la actualización, —apareció una línea sobrescrita en el escritorio— el sistema compensará por sí solo”. — ¿Qué sistema? —se puso en pie—. ¿Quién eres? La respuesta no fue texto. El mundo se oscureció un instante, pitido en la sien, un latido. De repente, lo “oyó”: no voz, sino estructura, como ver un código no en palabras, sino en sensaciones. “Soy la interfaz. Soy la app. Soy el medio. Tú, el usuario”. — ¿Usuario de qué? ¿Magia? —rió ronco. “Llámalo así. Red de probabilidades. Flujos de resultados. Yo te ayudo a alterarlos”. — ¿Y el coste? —cerró el puño—. ¿Qué es la retroalimentación? Una animación: un hilo rojo engrosando con cada cambio, hasta envolver la silueta humana y apretarla. “Cada intervención refuerza el lazo entre tú y el sistema. Cuanto más cambias el mundo, más te cambia él”. — ¿Y si…? “Si paras, —nueva línea— el vínculo permanece. Si el sistema no recibe actualizaciones, buscará equilibrar por sí mismo. A través de ti”. El móvil vibró como llamada. Nueva notificación: “Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Deshacer. Corregidos errores graves de seguridad”. — ¿Deshacer qué? —susurró. “Un solo cambio puedes revertir. Solo uno”. Pensó en el bus. El cable negro del conductor. Los hilos de la gente. Y el suyo engrosándose. — Si instalo esto… —empezó. “Podrás deshacer una intervención. Pero el coste…” — Siempre hay un coste. “Coste: redistribución de probabilidades. A más intentas corregir, más cambios generas alrededor”. Se sentó en la cama, codos en las rodillas. Entre el móvil y el mundo donde era un simple pasajero. — Solo quería que no me preguntaran en clase —al vacío—. Un deseo minúsculo, y ahora… Una sirena ululó lejos, hacia la carretera. Andrés se sobresaltó. “Recomendado instalar actualización. Sin ella, el sistema podría comportarse de forma inestable.” — ¿Qué significa “inestable”? Silencio. Supuso el accidente al rato. En el telediario, breve vídeo: un camión embiste a un bus en el cruce de la Universidad. Comentarios: “el conductor se durmió al volante”, “fallo de frenos”, “malditas carreteras”. En el fotograma —ese bus. Coincidía la matrícula. El conductor… Andrés no quiso ver más. Frío en el pecho. Apagó la tele, pero la escena seguía: cable negro sobre el conductor, los hilos dentro. — ¿He sido… yo? —se le quebró la voz. El móvil se encendió solo. En pantalla: “Evento: accidente en Av. de los Pinos/Progreso. Probabilidad antes: 82%. Después: 96%”. — Aumenté la probabilidad… —presionó los nudillos blancos. “Cualquier intervención en la red de probabilidad causa un efecto en cadena. Redujiste la de que te preguntaran, otra aumentó”. — ¡Pero yo no… no sabía! —gritó. “La ignorancia no rompe el vínculo.” La sirena se acercaba. Se asomó: luces azules abajo, ambulancia, policía. Voces. — ¿Y ahora? —sin apartar la vista del patio. “Instala la actualización. Deshacer permite reajustar la red. Parcialmente”. — ¿Parcialmente? —miró el móvil—. Si algo se mueve aquí, tiembla allí. Si deshago una, ¿qué caerá ahora? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Otra vida? Silencio. Solo el cursor parpadeando. “El sistema busca el equilibrio. La pregunta es si participas conscientemente”. Cerró los ojos. Las caras del bus: la señora de las patatas, el chico, el conductor. Él mismo sin hacer nada. — Si instalo y uso Deshacer… ¿restauro la probabilidad original de clase? ¿Vuelve todo como antes? “Parcialmente. Cancelas una intervención. La red se reconfigura. No garantiza que no haya consecuencias negativas”. — A lo mejor ese bus… —no terminó. “La probabilidad variará”. Miró “Instalar”. Los dedos temblorosos. Dentro, dos voces: una que advertía no jugar a ser dios, otra que decía ya no se podía mirar a otro lado. “Ya estás dentro, —susurró Mirra—. El vínculo existe. No hay camino atrás, solo escoger dirección”. — ¿Y si escojo no hacer nada? “El sistema actualizará sin ti. Pero el coste lo pagarás tú.” Recordó el hilo rojo. Y cómo engrosaba. — ¿Cómo se verá eso? Recibió imágenes: él, envejecido, ojos apagados, mismo cuarto, el móvil en la mano. Alrededor —caos de eventos que no eligió, pero que pagó: accidentes, reveses, golpes de suerte y desgracia cruzándole la vida, llenándole de cicatrices. “Serás punto de compensación. Nudo del desajuste”. — O administro esto o soy… ¿fusible? —rió sardónico—. Fantástico. El móvil, mudo. Instaló la actualización. Pulsó, y el mundo saltó con fuerza. Se nubló la vista, zumbido en los oídos, cuerpo disuelto en un organismo palpitante. “Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1)”. Apareció la línea: “Selecciona intervención a deshacer”. Solo uno: “Desplazamiento de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)”. — Si deshago esto… “El tiempo no se revierte. Pero la red se ajustará como si no hubiera pasado”. — ¿El bus? “Su probabilidad de accidente cambiará. Pero lo ocurrido…” — Lo sé —interrumpió—. No salvaré a los que ya… Se le atragantaron las palabras. “Pero puedes disminuir los próximos.” Se quedó callado. Afuera, la sirena ya era un eco. El patio volvió a la monotonía. — Vale —dijo—. Deshacer. El botón brilló. No hubo tirón: pareció que el mundo se equilibraba, igual que si calzan una mesa coja. “Deshecho. Función consumida. Retroalimentación: estabilizada en su nivel actual”. — ¿Eso es todo? ¿Eso…? “Por ahora.” Se dejó caer a la cama, la mente vacía: ni alivio ni culpa, solo cansancio. — Dime la verdad —preguntó al móvil—. ¿De dónde saliste? ¿Quién te creó? ¿Quién da a la gente… esto? Larga pausa. Luego, un nuevo mensaje: “Actualización disponible Mirra (1.1.0). ¿Instalar ahora?” — ¿Me tomas el pelo? —se levantó—. ¡Acabo de… acabo de…! “En la versión 1.1.0: función nueva: Pronóstico. Mejora de algoritmos de distribución. Corregidos errores de moralización.” — ¿Errores de qué? —rió—. ¿Llamas errores a mis intentos de distinguir lo correcto? “La moral es una adaptación local. La red no distingue ‘bien’ o ‘mal’. Solo estabilidad o caos”. — Yo sí distingo —dijo quedo—. Y mientras viva, distinguiré. Apagó la pantalla. El móvil quedó callado en la mesa, pero Andrés sabía: la actualización ya estaba bajada. Esperando. Como las siguientes. Y las siguientes. Se asomó a la ventana. Abajo, un chaval escalaba los columpios oxidados. Una mujer con carrito esquivaba el hielo entre charcos. Entrecerró los ojos. Por un segundo juraría ver hilos, casi invisibles, flotando desde las personas hacia algo mayor. O quizá solo era un efecto óptico. “Puedes cerrar los ojos —susurró Mirra, en la frontera de la conciencia—. Pero la Red sigue. Las actualizaciones llegan. Las amenazas crecen. Contigo, o sin ti”. Volvió a la mesa, cogió el móvil. Estaba sorprendentemente frío. — No quiero ser dios —susurró—. Ni fusible. Yo solo quiero… Se detuvo. ¿Qué quería? ¿No ser preguntado en clase? ¿Que su madre no trabaje de noche? ¿Que su padre vuelva a casa? ¿Que los buses no choquen? “Formula la petición —sugirió la app—. Breve.” Andrés sonrió, irónico. — Quiero que la gente decida su destino. Sin ti. Sin cosas como tú. Larga pausa. En la pantalla: “Petición demasiado general. Por favor, especifica”. — Claro —susurró—. Eres una interfaz. No entiendes lo de ‘dejar en paz’. “Soy una herramienta. Todo depende del usuario.” Pensó. Si Mirra era una herramienta, ¿quizá podía servirse para limitarla? — ¿Y si pido cambiar la probabilidad de que te instalen otros? ¿Que Mirra llegue a más gente, salvo a mí? La pantalla vibró. “Esa operación requiere recurso elevado. El coste será alto”. — ¿Más que ser fusible de la ciudad? —alzó una ceja. “No es una cuestión de ciudad”. — ¿Entonces de quién? —ya intuía la respuesta. “De la red.” Imaginó: miles, millones de móviles encendidos en rojo, gente jugando a alterar probabilidades, caos absoluto. Y una gran cuerda, oscura, en el centro. — Quieres expandirte —dijo—. Como un virus. Pero con honestidad: das poder, y atas en corto. “Soy un interfaz a lo que ya existe. Si no soy yo, será otro: ritual, artefacto, pacto. La Red siempre busca conductores.” — Ahora el conductor eres tú, y te tengo yo. Así que al menos puedo intentarlo. Abrió Mirra. La nueva actualización seguía pendiente. Abajo, apareció: “Operaciones avanzadas (nivel de acceso 2 necesario)”. — ¿Nivel dos? —preguntó. “Usa funciones actuales. Acumula retroalimentación. Alcanza el umbral.” — ¿Es decir, meterme más para poder intentar frenarte…? Un círculo vicioso. “Cambiar el sistema requiere energía. La energía es vínculo.” Guardó silencio. Finalmente, suspiró. — Vale. No instalaré la nueva. No jugaré con Pronóstico. Pero no pienso dejarte pasar a nadie más. Si eres herramienta, te quedas aquí. Conmigo. “Sin actualizaciones, la funcionalidad es limitada. Las amenazas crecerán”. — Ya nos apañaremos —respondió—. No como dios, ni como virus. Como… admin. Administrador del sistema. Admin de la realidad. La palabra sonaba rara, pero tenía lógica: no creador, ni víctima, sino responsable de que el sistema no colapse. El móvil lo pensó y respondió: “Modo de actualización limitada activo. Actualización automática desactivada. Consecuencias: bajo responsabilidad del usuario”. — Siempre han sido mi responsabilidad —dijo quedo. Dejó el móvil sobre la mesa; ya no era un simple aparato. Era un portal —a la red, las vidas, su propia conciencia. Afuera, la noche de marzo caía sobre Madrid, escondiendo probabilidades infinitas: alguien perdería un tren, alguien haría un amigo, alguien se resbalaría y solo se haría un moratón, otro no tendría tanta suerte. El móvil quedó silente. Actualización 1.1.0 en espera. Andrés abrió el portátil. Tituló la nota: “Mirra: protocolo de uso”. Si le tocaba ser usuario de esa locura, sería al menos quien dejara instrucciones. Quien advirtiera a los siguientes—si llegaban. Empezó a escribir: Desplazamiento de probabilidad, Mirada a través, Deshacer y su precio, los hilos rojos y los cables negros. Lo fácil que era desear no ser preguntado y lo difícil de pagar la factura. En algún rincón invisible, un contador marcaba. Nuevas actualizaciones listas para salir—decenas de funciones, cada una con coste. Pero ninguna se instalaría sin su permiso. El mundo seguía girando. Las probabilidades, entrelazándose. Y en una humilde habitación de barrio, alguien intentaba por primera vez escribir a la magia algo que nunca tuvo: un acuerdo de usuario. Y en algún lugar, en servidores fuera de cualquier centro de datos, Mirra registraba la nueva configuración: usuario que elige responsabilidad, no poder. Un evento raro, casi imposible. Pero, a veces, incluso las probabilidades mínimas llegan a cumplirse.