¡Bueno, ya está! exclamó Alejandro. ¡Eso es! ¡La última palabra siempre la debe tener el hombre!
Por la mañana, el nieto mayor de los Jiménez, Alejandro, llegó desde la ciudad. Justamente habían estado hace poco en su boda. Alejandro había venido a por patatas, porque desde pequeño siempre ayudaba a sus abuelos, tanto a plantarlas como a sacarlas.
Pero cuéntame, Alejandro: ¿qué tal te va con tu Lucía? le preguntó la abuela, liada con la cocina.
Pues, abuela, a veces bien, a veces regular… contestó él, algo cortado. Ya sabes… hay días…
Espera, espera interrumpió el abuelo Francisco, levantando la ceja. ¿Cómo que regular? ¿Ya os estáis peleando o qué?
No, de momento no discutimos. Lo que pasa es que estamos viendo quién lleva la batuta en casa admitió el nieto.
¡Madre mía! suspiró la abuela con una sonrisilla mientras removía el puchero Menuda tontería andar debatiendo eso. Si ya se sabe de sobra.
Eso es soltó el abuelo con una carcajada. Está claro que la jefa de la familia ha sido y será siempre la mujer.
Venga ya volvió a soltar la abuela desde la cocina.
Abuelo, pero ¿de verdad lo dices en serio? preguntó Alejandro, perplejo.
Te lo digo completamente en serio respondió el abuelo Francisco. Si no me crees, pregúntale a tu abuela. A ver, Carmen, di tú: ¿quién tiene la última palabra en esta casa?
Anda ya, no digas tonterías replicó la abuela amable.
No, en serio, dímelo insistió Francisco. ¿Quién toma las decisiones al final, tú o yo?
Pues normalmente yo.
¿Cómo? se sorprendió Alejandro. Pues no lo parece, la verdad. Yo pensaba que el jefe de la casa tenía que ser siempre el hombre.
Pero bueno, Alejandro rió de nuevo el abuelo , en una familia de verdad la cosa va de otra manera. Déjame contarte un par de historias y verás como lo entiendes.
Historia
Ya empezamos… murmuró la abuela, resignada. Ahora seguro que va y cuenta lo de la moto.
¿Qué moto? preguntó Alejandro, intrigado.
La moto vieja esa que se está oxidando en el cobertizo confirmó el abuelo con gusto. Esa ya debe tener más años que la Giralda. ¿Y sabes cómo me hizo tu abuela comprarla?
¿Mi abuela? ¿Ella te obligó?
Sí, señor. Me dio el dinero de sus ahorros. Pero antes de eso pasó otra cosa.
Un día que había hecho yo unos eurillos, me alcanzaba justo para la moto con sidecar. Le digo a tu abuela Carmen: quiero comprarme la moto, que así llevo las patatas del campo a casa más fácil. Que antes, los terrenos donde sacábamos las patatas estaban bastante retirados.
Tu abuela Carmen se puso terca: que si mejor compramos una tele en color, que antes valía una pasta. Que las patatas siempre las había traído yo en la bici, y que podía seguir igual. La bolsa al manillar, y tira millas. Bueno: haz lo que quieras, tú tienes la última palabra. Así que nos trajimos la tele nueva.
¿Y la moto? preguntó Alejandro, un poco desconcertado.
La moto también la compramos suspiró la abuela. Pero más tarde. Resulta que el abuelo se hizo daño en la espalda y me tocó a mí cargar con las patatas casi toda la cosecha.
Luego, cuando en noviembre vendimos los cerdos, le di toda la plata al abuelo y le dije: Venga, ve y compra la moto de una vez.
Y al año siguiente, cuando ahorramos de nuevo siguió el abuelo , le dije a Carmen: Hay que usar esto para hacer un baño nuevo, que el viejo se caía a pedazos. Pero tu abuela nada, que mejor muebles nuevos, que así estaba la casa como Dios manda. Bueno, pues lo de siempre, tú tienes la última palabra. Compramos los muebles.
Y fue llegar la primavera y el baño antiguo se derrumbó remató la abuela , con tanta nieve que cayó el tejado no aguantó Desde entonces, decidí que a partir de ahí, todo lo que dijese Francisco, sería lo que haríamos.
¡Ves! exclamó Alejandro ¡Así tiene que ser! ¡La última palabra siempre la tiene el marido!
Nada de eso, Alejandro soltó el abuelo a carcajadas . Antes de hacer nada, yo siempre pregunto: Carmen, ¿qué te parece si cambio la estufa? Y según lo que diga ella, así se hace.
Y yo, desde aquella, siempre digo: Haz lo que te parezca mejor.
Así que, Alejandro, la última palabra en la familia siempre la debe tener la mujer sentenció el abuelo. ¿Lo has entendido?
Alejandro se quedó un momento pensativo, pero de pronto se echó a reír. Luego se quedó en silencio, y poco a poco le iluminó la cara.
Ahora sí que lo pillo, abuelo. Cuando llegue a casa, le diré a Lucía: Vale, cariño, nos vamos de vacaciones a Mallorca, como tú quieres. Y el coche, pues ya veremos cuándo lo arreglo, total el cambio automático está fatal, pero oye… Si se estropea, ¡da igual! Ya iremos todo el invierno al trabajo en autobús y así madrugamos más, tampoco pasa nada, ¿no? ¿Ves bien lo que digo, abuelo?
Lo veo perfecto asintió el abuelo alegremente. Alejandro, en cuanto pase un tiempo, verás que todo acaba cuadrando en familia.
Y que la mujer debe ser siempre la que lleve la voz cantante en casa. Es más tranquilo para todos, te lo digo yoEn ese instante, la abuela salió de la cocina. Levantó la cuchara de madera como si fuera una batuta de orquesta y, guiñándole el ojo al nieto, proclamó:
Pues ya está decidido, Alejandro. Hoy de postre, natillas, que es lo que le gusta a tu abuelo y a ti también, ¿o no?
El abuelo la miró de reojo, fingiendo disgusto:
¡Pero si yo quería arroz con leche, mujer!
La abuela se le quedó mirando, con esa sonrisa suya de siempre, y dijo:
Tú ten la última palabra, Francisco. Si quieres, puedes protestar pero las natillas ya están cuajando.
Alejandro no pudo contener la risa. Miró a sus abuelos, tan distintos y tan iguales, y comprendió en ese momento que las cosas pequeñas como elegir un postre o comprar una moto eran solo la excusa perfecta para aprender a caminar juntos el mismo camino.
Esa tarde volvió a la ciudad con el coche cargado de patatas y el corazón ligero. En el fondo de la bolsa, entre las patatas, la abuela le había puesto también un tupper de natillas. Y, por primera vez, Alejandro sintió que había entendido el verdadero secreto: en la familia, la última palabra no era de uno sino de los dos.
Y así, entre risas, batallas cotidianas y dulces decisiones, los Jiménez siguieron siendo una familia donde, al final, siempre ganaban juntos.







