—¡Pues eso es! —exclamó Alejandro—. ¡Así es como debe ser! La última palabra siempre la tiene que tener el hombre A primera hora, el nieto mayor de los Efímenes, Alejandro, llegó desde la ciudad; justo en cuya boda habían estado recientemente. Vino a por patatas, porque siempre ayudaba a sus queridos abuelos a sembrarlas y recogerlas. —Anda, dime, Alejandro, ¿cómo te va con tu Luz? —preguntó la abuela mientras trajinaba en la cocina. —Pues, abuela, depende del día… —le respondió el nieto sin muchas ganas—. De todo un poco… —A ver, a ver —intervino el abuelo Juan—. ¿Cómo que depende? ¿Ya discutís o qué? —No, por ahora no discutimos. Pero estamos intentando decidir quién manda en casa —admitió Alejandro. —Vaya… —suspiró la abuela sonriendo mientras removía la olla—. Habréis encontrado buen tema. Debería estar claro ya, ¿no? —Claro —rió también el abuelo—. Está claro que quien manda en la familia es y será siempre la mujer. —¡Venga, venga…! —se oyó de nuevo desde la cocina. —¿Abuelo, de verdad? —Alejandro miró sorprendido a su abuelo—. ¿Eso lo dices de broma? —Ni una pizca de broma —contestó Juan—. Y si no me crees, pregúntale a tu abuela. Vamos, Catalina, di: ¿De quién es siempre la última palabra aquí en casa? —Anda ya, no digas tonterías —respondió la abuela de buen humor. —No, dilo tú, —insistió Juan—. ¿Quién toma siempre la decisión final, tú o yo? —Pues… yo… —¿Cómo? —no se lo creía el nieto—. Pues yo nunca lo he notado. Además, creo que quien debe mandar en casa es el hombre, eso está claro. —Anda, Alejandro, —rió el abuelo—. En una familia de verdad, las cosas no son como piensas. Ahora te contaré unas historias y ya lo verás. Historia —Ya empezamos… —murmuró la abuela con resignación—. Ahora seguro que cuenta lo de la moto… —¿Qué moto? —preguntó el nieto extrañado. —La que lleva oxidándose en el cobertizo cien años —confirmó el abuelo contento—. Pero, ¿sabes cómo logró tu abuela que la comprara? —¿Ella? ¿Te convenció para comprarla? —Eso es. Me dio el dinero de sus propios ahorros. Pero primero hay otra historia. Un día conseguí ahorrar justo lo necesario para una moto con sidecar. Le digo a tu abuela —a Catalina— que quiero comprar una, para poder llevar las patatas del campo a casa. Antes nos daban terrenos en el campo para plantar. Tu abuela se puso firme. Me dice que mejor compremos un televisor en color, que entonces costaban mucho. Que las patatas las lleve, como siempre, en la bici. Un saco en el cuadro y arreando. Bueno, pues si tu palabra es la última, acepto. Así que compramos el televisor. —¿Y la moto? —preguntó el nieto. —La moto la compramos después…, —suspiró la abuela—. Pero fue cuando el abuelo se fastidió la espalda y a mí me tocó llevar todas las patatas, que casi las tuve que transportar yo sola. Cuando en noviembre vendimos los cerdos, le di todo el dinero y saqué los billetes para que fuera al pueblo a por la moto con sidecar. —Y al año siguiente, en otoño, otra vez teníamos algo de dinero —prosiguió el abuelo—. Le dije que debíamos invertir en hacer un baño nuevo, que el viejo estaba en ruinas. Pero tu abuela, otra vez, que mejor muebles, como todo el mundo. Bueno, si tu palabra es la última, vamos a por los muebles. —Y al poco, en primavera, se vino abajo el baño —terminó la abuela—. Había tanta nieve ese año que el tejado no aguantó… Desde entonces decidí dejar hacer a Juan. —¡Pues eso! —exclamó Alejandro—. ¡Así está bien! ¡La última palabra siempre la tiene el hombre! —No, Alejandro, no lo has entendido —rió el abuelo—. Antes de hacer nada, siempre vengo y digo: «quiero reconstruir la chimenea, ¿te parece bien?» Y lo que ella diga eso es lo que se hace. —Desde entonces siempre le digo: «Haz lo que tú creas mejor». —Así que, Alejandro, la última palabra en casa debe tenerla siempre la esposa —concluyó el abuelo—. ¿Lo pillas? Alejandro se quedó pensativo, luego rompió a reír. Después, pensó otro poco, y su cara se iluminó. —Ahora sí lo entiendo, abuelo. Cuando llegue a casa le diré a Luz: «Vale, vámonos de vacaciones a Tenerife, como tú quieres. Y el coche, ya veremos luego lo del taller. Si se estropea, pues nada, todo el invierno nos moveremos en bus. Tocará madrugar una hora más, no pasa nada…» ¿Eso es lo correcto, abuelo? —Has dado en el clavo —asintió el abuelo alegremente—. Ya verás como dentro de nada, en tu familia encontraréis el equilibrio. Y así será, porque la que manda en casa ha de ser siempre la mujer. Te lo digo yo por experiencia…

¡Bueno, ya está! exclamó Alejandro. ¡Eso es! ¡La última palabra siempre la debe tener el hombre!

Por la mañana, el nieto mayor de los Jiménez, Alejandro, llegó desde la ciudad. Justamente habían estado hace poco en su boda. Alejandro había venido a por patatas, porque desde pequeño siempre ayudaba a sus abuelos, tanto a plantarlas como a sacarlas.

Pero cuéntame, Alejandro: ¿qué tal te va con tu Lucía? le preguntó la abuela, liada con la cocina.

Pues, abuela, a veces bien, a veces regular… contestó él, algo cortado. Ya sabes… hay días…

Espera, espera interrumpió el abuelo Francisco, levantando la ceja. ¿Cómo que regular? ¿Ya os estáis peleando o qué?

No, de momento no discutimos. Lo que pasa es que estamos viendo quién lleva la batuta en casa admitió el nieto.

¡Madre mía! suspiró la abuela con una sonrisilla mientras removía el puchero Menuda tontería andar debatiendo eso. Si ya se sabe de sobra.

Eso es soltó el abuelo con una carcajada. Está claro que la jefa de la familia ha sido y será siempre la mujer.

Venga ya volvió a soltar la abuela desde la cocina.

Abuelo, pero ¿de verdad lo dices en serio? preguntó Alejandro, perplejo.

Te lo digo completamente en serio respondió el abuelo Francisco. Si no me crees, pregúntale a tu abuela. A ver, Carmen, di tú: ¿quién tiene la última palabra en esta casa?

Anda ya, no digas tonterías replicó la abuela amable.

No, en serio, dímelo insistió Francisco. ¿Quién toma las decisiones al final, tú o yo?

Pues normalmente yo.

¿Cómo? se sorprendió Alejandro. Pues no lo parece, la verdad. Yo pensaba que el jefe de la casa tenía que ser siempre el hombre.

Pero bueno, Alejandro rió de nuevo el abuelo , en una familia de verdad la cosa va de otra manera. Déjame contarte un par de historias y verás como lo entiendes.

Historia

Ya empezamos… murmuró la abuela, resignada. Ahora seguro que va y cuenta lo de la moto.

¿Qué moto? preguntó Alejandro, intrigado.

La moto vieja esa que se está oxidando en el cobertizo confirmó el abuelo con gusto. Esa ya debe tener más años que la Giralda. ¿Y sabes cómo me hizo tu abuela comprarla?

¿Mi abuela? ¿Ella te obligó?

Sí, señor. Me dio el dinero de sus ahorros. Pero antes de eso pasó otra cosa.

Un día que había hecho yo unos eurillos, me alcanzaba justo para la moto con sidecar. Le digo a tu abuela Carmen: quiero comprarme la moto, que así llevo las patatas del campo a casa más fácil. Que antes, los terrenos donde sacábamos las patatas estaban bastante retirados.

Tu abuela Carmen se puso terca: que si mejor compramos una tele en color, que antes valía una pasta. Que las patatas siempre las había traído yo en la bici, y que podía seguir igual. La bolsa al manillar, y tira millas. Bueno: haz lo que quieras, tú tienes la última palabra. Así que nos trajimos la tele nueva.

¿Y la moto? preguntó Alejandro, un poco desconcertado.

La moto también la compramos suspiró la abuela. Pero más tarde. Resulta que el abuelo se hizo daño en la espalda y me tocó a mí cargar con las patatas casi toda la cosecha.

Luego, cuando en noviembre vendimos los cerdos, le di toda la plata al abuelo y le dije: Venga, ve y compra la moto de una vez.

Y al año siguiente, cuando ahorramos de nuevo siguió el abuelo , le dije a Carmen: Hay que usar esto para hacer un baño nuevo, que el viejo se caía a pedazos. Pero tu abuela nada, que mejor muebles nuevos, que así estaba la casa como Dios manda. Bueno, pues lo de siempre, tú tienes la última palabra. Compramos los muebles.

Y fue llegar la primavera y el baño antiguo se derrumbó remató la abuela , con tanta nieve que cayó el tejado no aguantó Desde entonces, decidí que a partir de ahí, todo lo que dijese Francisco, sería lo que haríamos.

¡Ves! exclamó Alejandro ¡Así tiene que ser! ¡La última palabra siempre la tiene el marido!

Nada de eso, Alejandro soltó el abuelo a carcajadas . Antes de hacer nada, yo siempre pregunto: Carmen, ¿qué te parece si cambio la estufa? Y según lo que diga ella, así se hace.

Y yo, desde aquella, siempre digo: Haz lo que te parezca mejor.

Así que, Alejandro, la última palabra en la familia siempre la debe tener la mujer sentenció el abuelo. ¿Lo has entendido?

Alejandro se quedó un momento pensativo, pero de pronto se echó a reír. Luego se quedó en silencio, y poco a poco le iluminó la cara.

Ahora sí que lo pillo, abuelo. Cuando llegue a casa, le diré a Lucía: Vale, cariño, nos vamos de vacaciones a Mallorca, como tú quieres. Y el coche, pues ya veremos cuándo lo arreglo, total el cambio automático está fatal, pero oye… Si se estropea, ¡da igual! Ya iremos todo el invierno al trabajo en autobús y así madrugamos más, tampoco pasa nada, ¿no? ¿Ves bien lo que digo, abuelo?

Lo veo perfecto asintió el abuelo alegremente. Alejandro, en cuanto pase un tiempo, verás que todo acaba cuadrando en familia.

Y que la mujer debe ser siempre la que lleve la voz cantante en casa. Es más tranquilo para todos, te lo digo yoEn ese instante, la abuela salió de la cocina. Levantó la cuchara de madera como si fuera una batuta de orquesta y, guiñándole el ojo al nieto, proclamó:

Pues ya está decidido, Alejandro. Hoy de postre, natillas, que es lo que le gusta a tu abuelo y a ti también, ¿o no?

El abuelo la miró de reojo, fingiendo disgusto:

¡Pero si yo quería arroz con leche, mujer!

La abuela se le quedó mirando, con esa sonrisa suya de siempre, y dijo:

Tú ten la última palabra, Francisco. Si quieres, puedes protestar pero las natillas ya están cuajando.

Alejandro no pudo contener la risa. Miró a sus abuelos, tan distintos y tan iguales, y comprendió en ese momento que las cosas pequeñas como elegir un postre o comprar una moto eran solo la excusa perfecta para aprender a caminar juntos el mismo camino.

Esa tarde volvió a la ciudad con el coche cargado de patatas y el corazón ligero. En el fondo de la bolsa, entre las patatas, la abuela le había puesto también un tupper de natillas. Y, por primera vez, Alejandro sintió que había entendido el verdadero secreto: en la familia, la última palabra no era de uno sino de los dos.

Y así, entre risas, batallas cotidianas y dulces decisiones, los Jiménez siguieron siendo una familia donde, al final, siempre ganaban juntos.

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MagistrUm
—¡Pues eso es! —exclamó Alejandro—. ¡Así es como debe ser! La última palabra siempre la tiene que tener el hombre A primera hora, el nieto mayor de los Efímenes, Alejandro, llegó desde la ciudad; justo en cuya boda habían estado recientemente. Vino a por patatas, porque siempre ayudaba a sus queridos abuelos a sembrarlas y recogerlas. —Anda, dime, Alejandro, ¿cómo te va con tu Luz? —preguntó la abuela mientras trajinaba en la cocina. —Pues, abuela, depende del día… —le respondió el nieto sin muchas ganas—. De todo un poco… —A ver, a ver —intervino el abuelo Juan—. ¿Cómo que depende? ¿Ya discutís o qué? —No, por ahora no discutimos. Pero estamos intentando decidir quién manda en casa —admitió Alejandro. —Vaya… —suspiró la abuela sonriendo mientras removía la olla—. Habréis encontrado buen tema. Debería estar claro ya, ¿no? —Claro —rió también el abuelo—. Está claro que quien manda en la familia es y será siempre la mujer. —¡Venga, venga…! —se oyó de nuevo desde la cocina. —¿Abuelo, de verdad? —Alejandro miró sorprendido a su abuelo—. ¿Eso lo dices de broma? —Ni una pizca de broma —contestó Juan—. Y si no me crees, pregúntale a tu abuela. Vamos, Catalina, di: ¿De quién es siempre la última palabra aquí en casa? —Anda ya, no digas tonterías —respondió la abuela de buen humor. —No, dilo tú, —insistió Juan—. ¿Quién toma siempre la decisión final, tú o yo? —Pues… yo… —¿Cómo? —no se lo creía el nieto—. Pues yo nunca lo he notado. Además, creo que quien debe mandar en casa es el hombre, eso está claro. —Anda, Alejandro, —rió el abuelo—. En una familia de verdad, las cosas no son como piensas. Ahora te contaré unas historias y ya lo verás. Historia —Ya empezamos… —murmuró la abuela con resignación—. Ahora seguro que cuenta lo de la moto… —¿Qué moto? —preguntó el nieto extrañado. —La que lleva oxidándose en el cobertizo cien años —confirmó el abuelo contento—. Pero, ¿sabes cómo logró tu abuela que la comprara? —¿Ella? ¿Te convenció para comprarla? —Eso es. Me dio el dinero de sus propios ahorros. Pero primero hay otra historia. Un día conseguí ahorrar justo lo necesario para una moto con sidecar. Le digo a tu abuela —a Catalina— que quiero comprar una, para poder llevar las patatas del campo a casa. Antes nos daban terrenos en el campo para plantar. Tu abuela se puso firme. Me dice que mejor compremos un televisor en color, que entonces costaban mucho. Que las patatas las lleve, como siempre, en la bici. Un saco en el cuadro y arreando. Bueno, pues si tu palabra es la última, acepto. Así que compramos el televisor. —¿Y la moto? —preguntó el nieto. —La moto la compramos después…, —suspiró la abuela—. Pero fue cuando el abuelo se fastidió la espalda y a mí me tocó llevar todas las patatas, que casi las tuve que transportar yo sola. Cuando en noviembre vendimos los cerdos, le di todo el dinero y saqué los billetes para que fuera al pueblo a por la moto con sidecar. —Y al año siguiente, en otoño, otra vez teníamos algo de dinero —prosiguió el abuelo—. Le dije que debíamos invertir en hacer un baño nuevo, que el viejo estaba en ruinas. Pero tu abuela, otra vez, que mejor muebles, como todo el mundo. Bueno, si tu palabra es la última, vamos a por los muebles. —Y al poco, en primavera, se vino abajo el baño —terminó la abuela—. Había tanta nieve ese año que el tejado no aguantó… Desde entonces decidí dejar hacer a Juan. —¡Pues eso! —exclamó Alejandro—. ¡Así está bien! ¡La última palabra siempre la tiene el hombre! —No, Alejandro, no lo has entendido —rió el abuelo—. Antes de hacer nada, siempre vengo y digo: «quiero reconstruir la chimenea, ¿te parece bien?» Y lo que ella diga eso es lo que se hace. —Desde entonces siempre le digo: «Haz lo que tú creas mejor». —Así que, Alejandro, la última palabra en casa debe tenerla siempre la esposa —concluyó el abuelo—. ¿Lo pillas? Alejandro se quedó pensativo, luego rompió a reír. Después, pensó otro poco, y su cara se iluminó. —Ahora sí lo entiendo, abuelo. Cuando llegue a casa le diré a Luz: «Vale, vámonos de vacaciones a Tenerife, como tú quieres. Y el coche, ya veremos luego lo del taller. Si se estropea, pues nada, todo el invierno nos moveremos en bus. Tocará madrugar una hora más, no pasa nada…» ¿Eso es lo correcto, abuelo? —Has dado en el clavo —asintió el abuelo alegremente—. Ya verás como dentro de nada, en tu familia encontraréis el equilibrio. Y así será, porque la que manda en casa ha de ser siempre la mujer. Te lo digo yo por experiencia…