Ven, Inés…
Señora, pero… nosotros no tenemos dinero susurró la niña, mirando con timidez la bolsa llena de cosas.
Después de la Navidad, Madrid parecía un lugar aún más melancólico. Las luces seguían colgando en los balcones de la Gran Vía, pero ya no calentaban el ánimo de nadie. La gente apresurada apenas asomaba por los mercados vacíos; en las casas quedaba demasiada comida y un silencio que pesaba más que el aire.
En el gran piso de la familia García, las cenas habían sido abundantes, como cada año: roscones de Reyes, cordero asado, ensaladas, mandarinas, más de lo que cualquier apetito podría desear.
Doña Carmen García recogía los platos con lentitud. Observaba los restos y sentía un nudo en la garganta: sabía que parte acabaría en la basura, y ese simple pensamiento le pinchaba el pecho.
Casi sin saber por qué, se acercó a la ventana y apartó la cortina.
Allí estaba.
Inés.
Pequeña y callada, junto al portalón, la bufanda hasta el cuello y el abrigo finísimo. No miraba con insistencia hacia arriba. Parecía esperar… aunque sin valor para llamar.
A Carmen se le encogió el alma.
Apenas unos días antes, la había visto entre las calles del barrio de Chamberí, pegada a un escaparate de pastelería, contemplando los dulces y asados. No pedía nada. No molestaba. Solo miraba. Y aquella mirada, hecha de hambre y resignación, nunca la había abandonado.
Ahora lo entendía.
Dejó los platos y buscó una bolsa grande. Puso pan, roscón, unos trozos de cordero, frutas, turrones. Luego llenó otra. Y otra más. Todo lo que había sobrado de las fiestas.
Abrió la puerta suavemente.
Inés… ven, hija mía.
La niña se sobresaltó. Se acercó despacio, cortando el aire con pasos pequeñitos.
Toma esto y llévalo a casa le dijo Carmen, ternísima, tendiéndole las bolsas.
Inés se quedó petrificada.
Señora… no tenemos euros…
No hace falta dinero, cariño. Solo comed.
Las manos le temblaban cuando recogió las bolsas y las abrazó como si guardase dentro algo sagrado.
Gracias… susurró, con los ojos brillantes de lágrimas.
Carmen la siguió con la mirada mientras se alejaba, más despacio que como había llegado, como si deseara que el momento no terminase nunca.
Aquella noche, en una casita escondida entre callejuelas, una madre lloró de gratitud.
Una niña comió hasta saciarse.
Y entre paredes frías, una familia se sintió un poco menos sola.
En el piso grande, la mesa seguía vacía, pero los corazones estaban llenos.
Porque la verdadera riqueza no está en aquello que guardas solo para ti, sino en lo que te atreves a regalar cuando nadie te lo exige.
Quizá la Navidad no dure un solo día.
Quizá comienza justo cuando abres la puerta y dices: Ven.
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