Aún nos quedan cosas pendientes en casa
La abuela Eulalia apenas pudo destrabar el portillo, avanzó con dificultad hasta la puerta de la casa, forcejeó largo rato con la cerradura vieja, ya carcomida por el óxido, entró en el hogar sin calentar y se sentó en una silla junto a la estufa fría.
En la casa olía a deshabitado.
Habían pasado apenas tres meses, pero las telarañas ya tapizaban los altos techos, la silla antigua suspiraba de dolor al soportar su peso, el viento ululaba por la chimenea. La casa la recibió de mal humor: ¿Dónde te has metido, dueña? ¿En manos de quién nos has dejado? ¿Y cómo vamos a pasar el invierno así?
Ahora, ahora, mi vida Dame un instante, respiro Enseguida encenderé la lumbre y entraremos en calor
Solo un año atrás la abuela Eulalia revoloteaba ágilmente por la casa: encalando, pintando, trayendo agua. Su figura, pequeña y ligera, a veces se inclinaba en devoción ante las imágenes santos, y otras mandaba en la cocina, o surcaba veloz el huerto, sembrando, escardando, regando aquí y allá.
Y la casa celebraba junto a ella, vibrando en los tablones bajo sus pasos ligeros, abriéndose puertas y ventanas de golpe bajo sus manos diestras y pequeñas, y el horno cocía con esmero las tortas gigantes. Qué felices estaban juntos: Eulalia y su vieja casa.
Pronto enviudó. Sacó adelante a tres hijos, todos con carrera y oficio. Uno acabó de capitán de la marina mercante, otro militar, coronel; ambos viven lejos, pasan poco.
Solo la más pequeña, Carmen, se quedó en el pueblo, de ingeniera agrónoma. Siempre en el tajo, desde el alba hasta el anochecer, visitando a la madre los domingos, compartiendo pasteles recién hechos, y luego otra semana sin verse.
El consuelo de Eulalia era su nieta, Lucía, que había crecido prácticamente con la abuela.
Y ¡vaya si creció!: guapísima, con unos ojos grises enormes, melena rubia y espesa hasta la cintura, luminosa como la avena dorada al sol. Si recogía el pelo en una coleta, los mechones caían sobre sus hombros causando fascinación instantánea entre los muchachos del pueblo, que se quedaban boquiabiertos ante tanto porte y belleza. Sorprendía que una joven tan sencilla destilara tan regio porte.
Eulalia en su juventud fue agraciada, pero si comparaba una foto antigua suya con una de Lucía, ambas parecían de dos mundos: una pastora y una reina
Inteligente además. Había cursado estudios de económicas en Salamanca y regresado a su pueblo como economista. Se casó con un veterinario y, gracias a la ayuda pública para jóvenes matrimonios, les concedieron una casa nueva.
¡Y qué casa! Sólida, de ladrillo, enorme para la época, más mansión que vivienda.
Solo que en la de la abuela siempre florecía algo, el jardín daba fruta y flores, todo era vida, mientras la nueva casa de Lucía apenas tenía tres macetas tristes. Además, criar plantas nunca fue lo suyo, aun siendo una chica de pueblo, siempre había sido delicada, protegida por su abuela de corrientes y trabajos pesados.
Y encima nació el pequeño Ignacio. Lucía no tenía ya tiempo para jardines y huertos.
Así empezó a insistir: Abuela, vente a vivir conmigo; mi casa es grande, moderna, no necesitarás encender la estufa.
Eulalia, que cumplía ochenta años y con las piernas ya cansadas, cedió a la petición.
Pasó unos meses con su nieta, pero entonces escuchó:
Abuela, ¡con lo que te quiero! Pero ¿por qué solo estás sentada? ¡Si siempre has trabajado tanto! Aquí te has acomodado y yo quiero sacar adelante la finca, contaba con tu ayuda
Ay, hija mía, ya no puedo, ¡las piernas no me responden! Me he hecho mayor
Hum En cuanto llegaste, te hiciste vieja
Pronto, no cumpliendo con las expectativas, la abuela tuvo que volver a su vieja casa.
Del disgusto, de no haber podido ayudar a su querida nieta, Eulalia cayó de verdad enferma.
Las piernas ya no querían avanzar: años y años andando, y ahora, exhaustas, se negaban a moverse. Cruzar la habitación costaba un mundo, y asistir a misa se volvió imposible.
El padre Benito, su párroco de siempre, su infatigable colaboradora en todo lo referente a la iglesia, fue a visitarla.
La encontró redactando una de sus usuales cartas mensuales a sus hijos, sentada en la mesa, abrigada con un jersey raído, pañuelo en la cabeza, pies enfundados en unas zapatillas deformadas, en la casa apenas templada.
El padre Benito suspiró: necesitaba alguien que la ayudase. ¿Quizá Ana? Vivía cerca, aún fuerte, veinte años menos que Eulalia.
Sacó pan, unos mantecados, media empanada de atún aún caliente (presente de doña Alejandra, su mujer).
Remangó la sotana, limpió las cenizas del horno, trajo leña para encender el fuego y puso una olla grande en el escaño.
¡Hijo mío! Ay… Quiero decir, padre, querido Ayúdame otra vez con los nombres de los sobres, que con mi garabato de gallina no llegarán a tiempo
El sacerdote sentó y escribió los destinatarios, echando un rápido vistazo a las frases torcidas. En letras enormes y temblorosas se leía: Y yo estoy muy bien, hijo mío, no me falta de nada, ¡gracias a Dios!
Pero esas cartas sobre la vida buena de Eulalia estaban llenas de borrones y de gotas saladas.
Ana se propuso cuidar de la abuela; el padre Benito procuraba llevarle los sacramentos. En fiestas, don Pedro, el marido marinero de Ana, la llevaba a misa en la moto. La vida, poco a poco, recobraba cierto orden.
La nieta no daba señales, y un par de años más tarde cayó gravemente enferma. Hacía tiempo arrastraba dolores de estómago, pero resultó ser cáncer de pulmón.
Lucía se consumió en seis meses.
El marido se fue a vivir a su tumba: compraba vino, bebía, dormía junto a ella, se despertaba y repetía. El niño Ignacio, de cuatro años, solo, sucio y hambriento, acabó siendo recogido por Carmen. Pero el trabajo de agrónoma y las ausencias obligaban a pensar en un internado.
El internado era bueno, decían: directora enérgica, comida decente, fines de semana en casa si se podía.
No era lo ideal, pero Carmen no tenía alternativa.
Entonces, en el sidecar de una vieja moto Montesa, Eulalia llegó a casa de su hija. Al volante iba don Pedro, tan rechoncho como siempre, remangado con sus tatuajes de anclas y sirenas, ambos con una determinación feroz.
Eulalia dijo simplemente:
A Ignacio me lo llevo conmigo.
¡Pero mamá, si tú apenas andas! ¿Quién va a cuidar del niño? ¡Necesita comida, ropa limpia!
Mientras yo viva, a Ignacio al internado no lo envío sentenció la abuela.
Carmen, sorprendida por la fuerza de la normalmente dulce Eulalia, calló y comenzó a preparar la bolsa del niño.
Don Pedro los llevó a ambos a casa, casi cargándolos entre risas y broncas. Los vecinos cuchicheaban:
Pobre Eulalia, tan buena pero ha perdido la cabeza en la vejez. Bastante tiene con cuidarse sola, ¿y se trae un crío? No es un perrito ¿Dónde mira Carmen?
El padre Benito, inquieto por lo que pudiera encontrar, fue a visitar una mañana a Eulalia, temiendo hallar al niño hecho un desastre y a la abuela exhausta.
Pero en la casa el ambiente era cálido, la estufa ardía. Ignacio, limpísimo y feliz, escuchaba cuentos de un viejo tocadiscos, y la supuesta abuela inválida revoloteaba ligera: untando manteca en las bandejas, amasando, batiendo huevos. Las piernas, milagrosamente, le respondían como antes de la enfermedad.
¡Padre, querido! Estoy aquí, preparando unas ensaimadas Espere un momento, que le tengo a su señora y al pequeño Leopoldo un regalo caliente
El sacerdote, aún medio aturdido, llegó a casa y contó a Alejandra, su mujer, el milagro presenciado.
Alejandra, pensativa, sacó de la biblioteca un cuaderno azul y halló la página buscada:
La vieja Gregoria vivió muchos inviernos. Todo se fue, los sueños, las esperanzas, las inquietudes todo duerme bajo el manto de nieve tranquila. Un febrero, mientras rezaba ante el santo, se acostó diciendo: Llamad al padre, que me voy de este mundo.
El rostro se le quedó blanco como la escarcha del campo. Llamaron al sacerdote, se confesó y, durante un día entero, yacía sin comer ni beber. Solo la respiración indicaba que el alma no se había volado.
De pronto, la puerta se abrió de golpe, entró aire frío, un llanto de bebé.
¡Silencio, que la abuela se muere!
No puedo callarla, acaba de nacer, no entiende que no puede llorar
Había vuelto la nieta de Gregoria del hospital, Inés, con su pequeñaja colorada. Aquella mañana todos se habían ido a trabajar, dejando sola a la moribunda con la recién parida. Inés aún no tenía leche, no sabía cómo coger a la niña, que lloraba desconsolada, molestando el tránsito de Gregoria al otro mundo.
La anciana abrió los ojos, el mirar perdido cobró lucidez. Se sentó trabajosamente, posó los pies desnudos en el suelo y buscó a tientas las zapatillas.
Cuando la familia regresó, esperando encontrarla muerta, hallaron a Gregoria animada: paseaba con brío por la estancia, meciendo feliz a la nieta, mientras la madre joven descansaba en el sofá.
Alejandra cerró el diario, miró a su marido y sonrió:
Mi bisabuela, Vitoria Gregoria, me adoraba y no podía permitirse morir. Decía, cantando: ¡Y aún quedan cosas que hacer en casa, no hay tiempo para morir!
Vivió otros diez años, ayudando a mi madre y a tu suegra Anastasia, a criarme, su biznieta favorita.
El padre Benito sonrió y abrazó con ternura a su mujer.







