¡Pero qué pesada eres, de verdad! Que si como mal, que si visto peor, y que si todo lo hago como el culo el grito de Pablo rebotó por todo el piso.
¡Si es que no vales para nada! No hay quien te saque unas perras buenas ¡Y de ayudar en casa, ni hablamos! rompió a llorar Carmen, Y encima, sin niños, añadió casi en susurros.
Pelusa, la gata blanca y naranja de unos diez años, encaramada sobre el armario, observaba la enésima tragedia familiar con ese aire de superioridad tan suyo. Sabía, sentía de verdad, que su papá y su mamá se querían, y mucho. Pero lo que no entendía era por qué se decían esas cosas tan feas, de esas que duelen por dentro y te dejan el ánimo más revuelto que una tortilla.
Mamá, entre lágrimas, se encerró en el dormitorio, y papá se puso a fumar un cigarro tras otro, como queriendo disolver sus penas con nicotina.
Pelusa, viendo que aquello iba camino del desastre, pensó: «Aquí hace falta felicidad, y la felicidad, en esta casa, son los niños. Hay que conseguir niños como sea».
Ella no podía tener mininos la habían operado hacía años y mamá Los médicos decían que sí, pero no, que igual sí, igual no, y al final, nada de nada.
A la mañana siguiente, mientras los humanos se iban a trabajar, Pelusa, armándose de valor, salió por la ventana y fue a casa de la vecina Bigotes, a pedir consejo.
¿Pero para qué queréis niños? refunfuñó Bigotes . Fíjate en los míos, ni me dejan respirar Me pintarrajean el hocico, me achuchan tanto que acabo sin aire
Pelusa suspiró: Necesitamos niños decentes si supiésemos dónde hay
Pues mira, la Trini, la gata callejera, ha parido una camada en la calle Cinco tienen ya. Puedes elegir.
Con más miedo que vergüenza, Pelusa fue saltando de balcón en balcón hasta llegar al patio. Temblando, se coló por los barrotes de una ventana del sótano y llamó bajito:
Trini, sal un momento, anda
Desde el fondo del sótano se oía un piar desgarrador.
Pelusa, avanzando con cautela y mirando a todos lados, casi rompe a llorar al ver, bajo el radiador, cinco mininos de todos los colores, ciegos aún, buscándose la madre y pidiendo comida a gritos. Olisqueó: Trini llevaba sin aparecer al menos tres días y los críos se morían de hambre
Con ternura y paciencia de santa, Pelusa fue llevándose uno a uno hasta el portal.
Acomodándose junto a su particular batallón de hambrientos, se tumbó a su lado e iba vigilando, mientras rezaba para que volvieran papá y mamá.
Pablo, que esa tarde recogió a Carmen del trabajo en silencio, se quedó de piedra al llegar a casa. En las escaleras estaba Pelusa que nunca había pisado la calle sola y cinco gatitos chillando mientras intentaban mamar.
¿Pero esto qué es? tartamudeó Pablo.
Es un milagro murmuró Carmen, y cogieron a Pelusa y los pequeñajos y subieron corriendo.
Mientras Carmen acariciaba a la manada felina instalada en una caja, Pablo preguntó:
¿Y esto ahora cómo se cría?
Les doy leche con jeringuilla y cuando crezcan, los colocamos llamaré a mis amigas, susurró Carmen.
Y así, tres meses después, Carmen, tan abrumada que no podía ni creérselo, acariciando a la tropa felina, repetía una y otra vez: No puede ser No puede ser
Después ella y Pablo lloraron de felicidad, él la cogió en brazos y daban vueltas por el salón mientras se hablaban encima.
¡No he construido el piso en balde!
¡Y al niño le irá de maravilla jugar al aire libre!
¡Y los gatitos que corran por ahí!
¡Aquí cabemos todos!
¡Te quiero!
¡Yo aún más!
Pelusa, con sabiduría y una lágrima en los ojos, pensó: Va siendo hora de reconocerlo la vida se está arreglando.Pelusa bostezó y, al recostarse en su rincón favorito, sintió el ronroneo tranquilo de sus pequeños a su alrededor. Por primera vez en mucho tiempo, la casa latía entera, suave y cálida, como si un lazo invisible hubiera cosido de nuevo los corazones de todos.
Las discusiones se convirtieron en risas sorprendidas cuando algún minino saltaba torpe desde una silla, o cuando peleaban para ver quién conseguiría primero la bolita de papel. Carmen y Pablo, en las noches tranquilas, se miraban con complicidad mientras compartían un trozo de chocolate y Pelusa, satisfecha, daba vueltas sobre el regazo de ambos.
A veces la felicidad llega disfrazada de tragedia, pensaba Pelusa. Otras veces, tiene bigotes y patas diminutas: el abrigo perfecto para los días grises. Y cuando los humanos, por costumbre, empezaban a discutir, un ronquido felino, un minino trepando por la pierna, o una pequeña lengua áspera sobre la mano los traía de regresoaquí, aquí mismo, donde la vida siempre vuelve a empezar.
Bajo la luz dorada de la tarde, Pelusa cerró los ojos, acunada por los susurros y el bullicio alegre. Quizá ella no podía darle cachorros a la casa. Pero sí les había enseñado, sin palabras, cómo se reúnen los pedazos cuando todo parece roto. Eso, se dijo mientras se dormía, es el trabajo de una madre. Y, por fin, ronroneó: misión cumplida.







