Diario de Ignacio
Oye, Carmen ¿y si probamos las relaciones abiertas? solté casi en susurro, intentando que la voz no me temblara.
¿Perdón? preguntó, tardando unos segundos en reaccionar. ¿Lo dices en serio?
Que no pasa nada, Carmen, de verdad respondí, fingiendo tranquilidad. En Europa la gente lo hace mucho, lo he leído, y dicen que así mantienen la chispa en el matrimonio. Tú misma has dicho que un poco de dulce en la dieta ayuda a no recaer. Pues esto es igual, el cuerpo te pide algo distinto de vez en cuando.
Carmen se quedó callada, pestañeando lentamente como si intentara procesar lo que había oído. Comparar una amante con un trozo de tarta parecía ridículo, o quizá descarado.
Ignacio empezó con voz baja. Si de verdad quieres irte, vete, pero hazlo bien. Te doy tu libertad, pero no me arrastres contigo a esto.
Jo, Carmen, no saques las uñas así. Sabes que te quiero. Es solo que ya no hay chispa. Dormimos espalda contra espalda y solo hablamos de la compra y de la factura de la luz. Esto se ha vuelto monótono Un poco de emoción no nos vendría mal a ninguno. No te estoy imponiendo nada, podría hasta venirte bien hablar con otra gente, despejarte.
Carmen entrecerró los ojos. En ese momento vi claro que no se creía una palabra. Esos ojos, el tamborileo nervioso de sus dedos en la mesa Sí, yo quería libertad. Pero claro, no ahora, sino desde hace ya tiempo.
Ignacio, dime la verdad. ¿Ya tienes a alguien, y ahora me propones esto para tranquilizar tu conciencia?
¡Ya estamos! agité la mano, frustrado. Si tuviera a alguien, ¿piensas que te lo iba a decir? Me arrepiento de habértelo propuesto, sinceramente. Es que eres de otra época, Carmen. Bah, olvídalo
Me levanté entonces, fingiendo dignidad herida, y me fui al despacho. Ella se quedó sola, callada.
Veinticinco años juntos. Carmen me había entregado sus mejores años, aguantado mis altos y bajos, épocas de apuros, tardes largas en el trabajo y yo, ahora, bien instalado, le proponía ser cómplice de algo que mataba nuestra familia. Despejarte”, decía Qué cómodo es para quien no arriesga nada.
Dormimos en habitaciones separadas. O eso fingimos, porque yo tampoco pegué ojo. Pensaba en cómo habíamos llegado hasta ahí. Antes, le regalaba ramos de lilas, ahorraba para regalarle una boda bonita y celebré llorando el nacimiento de nuestra hija. Ahora ni tenía fuerza para terminar la reflexión.
¿En qué momento traspasamos la línea de no retorno? ¿El día que Carmen dejó de arreglarse en casa por no verme? ¿Mi primera vez olvidando nuestro aniversario, excusándome en una reunión? Una vez más, ¿qué más da ya?
A veces me tentaba la idea de pedir el divorcio y cortar por lo sano, otras no podía asumir tirar por la borda media vida.
No teníamos pasión, pero sí costumbres y bienes compartidos. Y, aunque Carmen parecía frágil, a su manera era mi roca. Nuestra hija, Lucía, ya vivía fuera. Nos quedaba la vejez y mil recuerdos de habernos cuidado el uno al otro. Una vez la ayudé con un préstamo para su madre, y no todo el mundo haría eso.
Por dentro sentía vergüenza, miedo, rabia. ¿Pensará que no vale nada, que está condenada a esperarme mientras le cocino pucheros y hago punto para un nieto que no llega?
No, Carmen no es así.
A la mañana, fui yo quien se llevó la sorpresa.
De acuerdo, me dijo con la voz serena . Hagámoslo a tu manera.
¿Cómo? se me atragantó el café.
Que sí, acepto lo de las relaciones abiertas.
Yo esperaba una bronca, no aquel “vale” tan simple.
Bueno me alegro. Igual hasta te gusta respondí, forzando normalidad. Por cierto, hoy llegaré tarde.
Una punzada en el pecho. ¿Tan rápido?
La tarde transcurrió pesada. Carmen parecía ausente. Daba la sensación de sentirse desechada, como un electrodoméstico viejo en Wallapop.
Se miró al espejo: ojos cansados, arrugas en las comisuras, la piel ya no tan firme como antes, pero seguía estando bien. Cabello abundante. Puede que siga siendo atractiva Quizá el problema era mío.
Otros hombres la miraban. Ahí estaba Fernando, jefe de otro departamento, recién trasladado a la oficina. Tenía canas elegantes y una voz grave, mirada pícara y palabra fácil. Siempre le decía algún halago, le sostenía la puerta, le traía café. Hasta la había invitado un par de veces a comer, y la semana pasada le propuso cenar en un restaurante.
Fernando, estoy en dieta. Se llama casada le contestó ella entre risas.
Carmen, el matrimonio es un sello, no una condena respondió él con media sonrisa. Pero no insisto.
Ahora, Ignacio quería relaciones abiertas, que ella se “despejara”. ¿Por qué no?
Buenas noches, Fernando. ¿Sigue en pie esa cena? Creo que se me ha abierto el apetito y dan ganas de saltarme la dieta le escribió por WhatsApp.
Ni siquiera era venganza. Carmen solo quería volver a sentirse viva. Rescatar esa parte de sí misma que yo había dejado de mirar.
La velada con Fernando fue como un sueño. Entre copas de Rioja y platos de pulpo a la gallega, él la escuchaba fascinado. Movía la silla, rellenaba el vino, le sonreía como si fuese la única mujer del local. Carmen se sorprendió a sí misma sonriendo de verdad. Por primera vez en tiempo, alguien la hacía sentir especial.
¿Subimos a mi casa? propuso Fernando tras el postre . Paramos por un vino y vemos una peli tranquila
Carmen dudó, pero asintió. Una vocecita le pedía prudencia, pero el recuerdo de mi propuesta le cerraba la boca.
Ya en el piso de Fernando, su móvil comenzó a sonar, insistente. Era yo, claro. Carmen colgó una vez, otra, pero nada.
Sí respondió, esforzándose en no delatarse.
¿Se puede saber dónde estás? salté . Son las diez, no hay nada de cenar en la nevera y tú ni apareces. ¿Te parece normal?
Fernando, al oír el tono, se apartó educadamente. Toda la magia se evaporó.
Estoy en una cita, Ignacio.
¿Qué? ¿En serio? ¿Una cita?
¿Qué parte no entiendes? Fue tu idea, tú querías relaciones abiertas, decías que me despejara. Pues mira, estoy en ello. ¿Que no te gusta?
Un silencio largo, cortado por mi respiración.
¿Me lo dices en serio? ¿Has corrido a los brazos de alguien a la mínima? Solo me hacías teatro, esperando esto, ¿no? Quería ponerte a prueba, Carmen, ¡una prueba! No era en serio y mira cómo reaccionas
¿Y tú dónde estabas, Ignacio?
¡En el trabajo, ni más ni menos! No necesito tus líos. O te largas tú o me largo yo. Esto se acabó, habrá divorcio.
Colgué. Carmen se quedó de piedra, mirando la pared blanca. Humillada, herida.
¿Todo bien? preguntó Fernando, entrando al salón.
Sí, cosas mías musitó ella sin fuerzas para sonreír.
Carmen Fernando miró el reloj . Creo que lo mejor es que hoy te vayas a casa y arregles tus cosas.
El cuento se había terminado. Fernando no quería líos ajenos. Se había apuntado a una noche divertida, no a una tragedia familiar.
Quizá lo mejor habría sido pedir el divorcio desde el primer día. Pero las buenas ideas siempre llegan tarde.
Aquella noche Carmen no volvió a casa. Se fue a un hotel de la Gran Vía. Necesitaba tiempo para asumir que nada volvería a ser como antes.
Han pasado tres años
El tiempo fue quitando de en medio todo lo innecesario, aunque no sin dejar cicatrices.
Yo, Ignacio, encontré pronto a otra mujer, incluso antes de firmar el divorcio. Pero ella desapareció de mi vida tras vender el piso y, de paso, se llevó buena parte de mi dinero.
Fernando y Carmen siguieron viéndose en la oficina, pero todo era cordialidad superficial, nada más. Carmen entendió algo: los hombres que buscan aventuras, al hablar de compromiso o apoyo real, suelen desaparecer.
Carmen tampoco buscó a nadie. Al quedarse sola en su casa comprada con sus ahorros, descubrió que tenía tiempo y energía de sobra. Sin las tareas diarias conmigo, empezó a dedicarlo todo a sí misma.
Por las mañanas nadaba en la piscina cubierta del barrio, lo que le quitó el dolor de espalda, y se apuntó a inglés, lo que le mantenía la mente afilada. Se cortó el pelo y renovó su armario de arriba abajo.
Lo mejor de todo: se convirtió en abuela.
Lucía, nuestra hija, tuvo una niña hace medio año. Al inicio de la separación, Lucía se puso de mi parte, víctima de mi versión interesada, en la que Carmen era la traidora que rompía la familia y destrozaba el matrimonio.
Pero el tiempo todo lo pone en su sitio. Un día Lucía visitó a su madre, para echarle en cara todo y mirarle a los ojos. Pero no vio a la amante descreída que yo describía, sino a una mujer cansada y honesta.
Carmen le contó la verdad: fui yo quien propuso las relaciones abiertas, hacía tiempo que ella se sentía sola, y las ausencias no eran por amor ni por trabajo. Lucía, ya casada, la entendió. Cuando me aparecí de la noche a la mañana con otra pareja, se pasó definitivamente al lado de Carmen.
Ahora, Carmen está en la mesa de la cocina de Lucía, con su nieta en brazos. La pequeña Sofía intenta agarrar su dedo con entusiasmo.
Por cierto, dijo Lucía frunciendo la nariz , te ha vuelto a llamar papá. Dice que vendrá a ver a Sofía.
¿Y qué le dijiste? preguntó Carmen tranquila.
Que no estaríamos. Mamá, no quiero que venga. Solo busca enredar y despellejarte delante de la niña. Cada vez que aparece, me pone de los nervios. Que siga con su famosa libertad
Carmen no respondió. Abrazó con más fuerza a su nieta.
Al final, obtuve lo que quería: absoluta libertad. Nadie pide mi tiempo, nadie me molesta viendo el fútbol, nadie me interrumpe en casa. Pero esta libertad tiene el regusto amargo de la soledad. Para mí, ya es tarde.
He aprendido que, a veces, queriendo escapar del calor de una familia, acabas encontrando solo el frío de la ausencia.







