Receta de la felicidad…
Todo el portal observaba con curiosidad cómo se mudaban los nuevos vecinos al segundo piso. Eran la familia de un encargado de sección de una fábrica importante en una pequeña ciudad castellana.
¿Pero qué les habrá motivado a elegir una vivienda vieja? le preguntaba la jubilada Doña Milagros a sus amigas. Con la posición que tiene él, seguro podrían haber conseguido un piso de obra nueva.
No juzgues por ti misma le replicó su hija, Lucía, soltera y rondando los treinta, siempre con su maquillaje llamativo. Aquí tenemos un piso de los de antes, con techos altos, habitaciones grandes y la galería que parece otra sala. Y encima les pusieron el teléfono en seguida. ¡Que no todos tenemos teléfono, en este edificio sólo hay tres para nueve vecinos!
Tú siempre hablando por teléfono la interrumpía su madre. Ya cansas a los vecinos, anda que no tienes conversación. Pero ni pienses en ir a casa de los nuevos, que son gente seria y ocupada
¡Tampoco son tan estirados! Son jóvenes, su hija Carmen sólo tiene nueve añitos respondió Lucía, algo dolida. Si acaso nos sacan cinco años.
Los vecinos resultaron ser gente educada y amable. Pilar trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba ya diez años en la fábrica. Todo eso lo comentaba Lucía cuando bajaba al patio, donde su madre solía sentarse al atardecer con las vecinas.
¿Y tú cómo lo sabes todo ya? le preguntaban con sorna, vaya, tienes alma de inspectora.
Porque entro a llamar por teléfono, y ellos, a diferencia de otros, dejan que lo use respondía Lucía, insinuando lo difícil que le era con algunos vecinos, que ni le abrían la puerta por miedo a que se eternizara charlando de tonterías con una amiga.
Lucía, así, se hizo habitual en casa de los nuevos, llamando a amigas y compañeros de trabajo sin reparos en usar el teléfono un buen rato. Un día se presentaba muy arreglada; otros, en bata de casa, claramente buscando amistad con la pareja.
Un día, sin embargo, vio cómo Iván cerraba la puerta del salón, donde veía la tele, apenas Lucía entraba para telefonear. Y la escena se repitió.
Lucía le sonreía a Pilar y le agradecía, asomando cabezota en la cocina tras colgar, pero Pilar sólo asentía y le pedía amablemente que cerrase tras ella.
No puedo ahora mismo, que tengo las manos en la masa le mostraba Pilar. Además, la cerradura se encaja sola, es francesa.
¡Y qué estás preparando? ¿Más bollos? Madre mía, siempre con dulces… Yo no sé hacer nada de eso decía Lucía.
Sí, para el desayuno, unas tortitas de requesón. Pero por la mañana no me da tiempo, así que me adelanto ahora le contestaba Pilar, sonriendo mientras volvía al bol de la masa.
Lucía fruncía el ceño y se marchaba, contrariada por el desinterés.
Pilar, sé que te cuesta decirle que no comentó Iván una noche, pero nuestro teléfono está siempre ocupado por su culpa y nadie puede llamarnos. No es normal que sea así.
Ya me he dado cuenta de que entra demasiado en confianza respondió Pilar. Se comporta como en su propia casa…
Aquella misma tarde Lucía, guapa y perfectamente maquillada, se plantó de nuevo en el banco de la entrada y comenzó a charlar con su amiga por teléfono.
¿Vais a tardar mucho? Esperamos una llamada le avisó Pilar pasados diez minutos.
Lucía asintió, colgó y, acto seguido, sacó una tableta de chocolate de su bolso con la propuesta:
¡Hoy traigo algo dulce! Al menos, celebremos que nos conocemos con un café.
Se dirigió a la cocina y la dejó sobre la mesa.
No, no, guárdalo, por favor. Carmen lo ve y se antoja, y ella no puede tomar dulce. Tiene alergia. Así que no puede ser, lo siento. Aquí el chocolate es tabú.
¿Tabú? Lucía enrojeció. Bueno, yo era por agradecértelo…
No hace falta que me des las gracias, pero mejor que no vengas tanto a llamar. Sólo si es cuestión de salud, como llamar al médico o a los bomberos, puedes molestar a la hora que sea. Pero, sin enfadarse, ¿vale? Mi marido también recibe llamadas del trabajo y Carmen necesita concentración, que ahora hace los deberes. Intentamos no hacer ruido.
Lucía recogió su chocolate y se fue, sin comprender por qué la trataban así. Decidió que Pilar estaba celosa de ella.
Claro, sabe que soy más joven y tengo mejor planta le confidó a su madre. Por eso está celosa. Si yo sólo quería ser amable, y ni un café me ofreció… Y eso que traía mi chocolate.
¡Qué burra eres! le recriminó Doña Milagros, suspirando. Creo que te he malcriado. En las familias ajenas no se mete una por cualquier excusa. Si no quieren tus llamadas, pues ya está. Cada casa, su mundo, y punto. Pon tu teléfono y que vengan a verte a ti tus vecinos, verás qué bien…
Lucía intentó un último acercamiento y, armada con un cuaderno, fue a pedirle a Pilar la receta del bollo de requesón.
¿Me dictas la receta? Quiero aprender, ya va siendo hora…
Pregúntale a tu madre, hombre. Las madres saben más de lo que creemos se sorprendió Pilar. Además, yo no tengo cantidades fijas, lo hago a ojo. Las manos ya saben cómo… Y ahora voy fatal de tiempo, que tengo que salir, así que mejor a tu madre, ¿eh?
Lucía se sonrojó más aún y volvió a casa. Por supuesto, sabía perfectamente que en el armario de la cocina, su madre guardaba un viejo cuaderno lleno de recetas, con páginas escritas con caligrafía diminuta y rizada, desde ensaladas hasta torrijas y tarta de queso.
Pero Lucía no tenía ganas; y su madre, que ya luchaba con el peso, llevaba tiempo sin hornear dulces.
Sin embargo, sacó el cuaderno y, hojeando con desgana, dio con la receta que quería. Su madre se sorprendió.
¿Te vas a poner a hacer un pastel? preguntó Doña Milagros, emocionada.
¿Y por qué te asombra? dijo Lucía, marcando la página adecuada antes de cerrar el cuaderno.
¿No será que te estás arreglando con Jorge otra vez? Yo pensé que ya os habíais dejado, igual que con esos otros pretendientes que no duran…
¿Y quién ha dicho que hemos roto? se enfadó Lucía. Si quiero que vuelva, ya vendrá.
Haz lo que quieras, pero ya va tocando pasar por el altar. ¿Quieres que te ayude con la receta? se interesó la madre.
No, aún no, me lo estoy pensando replicó su hija.
No obstante, unos días más tarde, cuando su madre volvió del paseo, la casa olía a panadería.
¿Será posible? ¡Qué aroma a bollos! exclamó la madre. Si hasta pareces enamorada, hija…
Baja la voz, mamá sonrió Lucía. Ven a probar. No son bollos, son tortitas de requesón. Las de toda la vida.
Había puesto la mesa, con el hervidor al fuego y la bandeja de doradas tortitas, redondas como soles.
Tienes mano, hija, tienes mano dijo la madre. Hace siglos que no hacíamos esto juntas, pensé que lo habrías olvidado… Pero te han salido perfectas.
No me adules, dime la verdad pidió Lucía.
¿Y tú no sabes si te han salido bien con probarlas? Anda, prueba…
Las palabras le recordaron a su padre: eso es comestible. La mejor nota posible.
Pues nada, invitaré a Jorge pronto a merendar estas tortitas. ¿Crees que le gustarán?
Por supuesto. Ya conquisté yo así a tu padre; estaba loco por estas tortas… rió su madre. Hazlas, invítale y yo me voy a casa de la vecina a ver una película. Por fin te das cuenta de que con pintalabios no se enamora a nadie.
Y así comenzó Jorge a visitar a Lucía cada vez más. Discutían menos, y a la madre le alegraba ver cómo su hija pasaba más tiempo en la cocina, risueña, con Jorge ayudando y riendo.
Cuando Lucía anunció que habían pedido cita en el Registro Civil, a su madre se le escaparon hasta unas lágrimas. Por fin…
Lucía cambió: perdió algunos kilos de cara a la boda, se veía más guapa. Jorge a menudo le preguntaba:
¿Has dejado de hacer tortitas? ¿Vas a preparar alguna empanada para la boda?
Antes de la ceremonia, que celebraron en casa, Lucía, su madre y la tía Herminia pasaron dos días enteros cocinando, aunque los invitados no pasaban de una veintena, sólo familia.
Lucía y Jorge se instalaron en una de las habitaciones grandes del piso familiar, hasta que un año más tarde pusieron teléfono a todos los vecinos. Lucía, encantada, llamaba a todo el mundo, aunque ahora las conversaciones eran cortas.
Rita, tengo que dejarte, el pan está subiendo y Jorge ya vuelve del trabajo.
Corría a la cocina, donde la masa subía en el bol como una almohada esponjosa. Ya embarazada, a punto de dar a luz, Lucía no paraba: cocinaba y horneaba para su marido, que adoraba esas tortitas de requesón y a su mujer por igual. ¡Qué delicia casera! Qué bien le supieron el cariño y el aroma a hogar.
Hoy, al echar la vista atrás, entendí que la felicidad también tenía su receta, y que no se encuentra en los teléfonos ni en la puerta de los demás, sino en el calor de tu propio hogar, en el trabajo compartido y en los pequeños gestos cotidianos. Eso, y unas buenas tortitas de requesón.







