Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: la historia de una madre española, su nuera mayor y una nueva pareja aún más inesperada

Mi nuera me trajo ayer de nuevo a mi nieta para pasar el fin de semana se quejaba mi vecina, Rosalía, cuando nos cruzábamos en el rellano hace muchos años. ¡No logro que la niña coma bien! Mamá dice que las princesas no comen mucho, me suelta, se toma dos cucharadas y ya está. ¡Y parece una aceituna de lo flaca, que hasta brilla de tan pálida!

Rosalía no soportó a la esposa de su hijo, Teresa, desde el primer momento en que la vio. Solo por el hecho de que ella era nada menos que siete años mayor que su hijo, Álvaro, que apenas había terminado el bachillerato.

¡Que si ni siquiera había conocido a otras chicas antes de ella! rezongaba Rosalía. ¡No me extraña que se le metiera en la cabeza! Se le metió por los ojos y por el manejo, y a él lo tenía embaucado.

Teresa era de esas mujeres que deslumbran: esbelta, segura de sí misma, siempre bien vestida y hecha, con una carrera prometedora. Yo no encontraba tan misterioso el flechazo de Álvaro por ella; ya se sabe que los hombres se enamoran por la vista, y Teresa era todo un espectáculo.

Ella seguía una dieta equilibrada, cuidaba mucho lo que comía y educaba a su hija en la misma línea: nada de excesos, pensar en la salud y en la figura.

Poco después de comenzar su noviazgo, Teresa se quedó embarazada. Tal vez desafiando a su futura suegra, que trataba como podía de interferir en la relación, o tal vez simplemente porque deseaba casarse, o quizá fue un accidente. Al final daba igual: Álvaro había decidido casarse con ella, aunque apenas acababa de cumplir los dieciocho y ella contaba ya veinticinco.

Tras obtener su título de bachiller, Álvaro se matriculó en una escuela técnica. Entre clases y trabajo, comenzaron a vivir por su cuenta, rentando un piso primero y más tarde comprando una habitación en una corrala.

Eran felices, pero Rosalía no dejaba de buscarle defectos a Teresa: que si cocinaba mal, que si no planchaba bien las camisas, que si la niña iba desarreglada. A juicio de Rosalía, su nuera no tenía virtudes, sólo carencias. Así estaba todo el día pinchando, reprochando a su hijo…

Al final, Teresa redujo el contacto con su suegra. Ella misma llevaba a la niña al colegio, a gimnasia, al ajedrez. Iba y venía del trabajo corriendo para llegar a todas partes, y aún debía sacar un rato para irse al gimnasio, a la peluquería, o hacerse la manicura… Apenas pisaba la casa tanto como quisiera.

Álvaro regresaba a casa y todo estaba en silencio: su hija en actividades, Teresa ocupada o esperándola en algún sitio.

Una noche, llamó a su puerta Carmen, la vecina del piso de al lado, viuda de treinta y ocho años con dos hijos adolescentes. Tenían en la cocina común de la corrala un grifo que goteaba y amenazaba con dejar sin agua a los vecinos de abajo, así que pidió a Álvaro que le echara una mano.

Él, que se apañaba bien, cerró el paso de agua y solucionó el problema enseguida. Carmen, mientras tanto, preparaba macarrones con albóndigas, y por agradecimiento le sirvió un plato. Álvaro aceptó encantado, pues Teresa casi nunca le hacía albóndigas y la comida casera escaseaba últimamente, por falta de tiempo.

Desde entonces, Carmen empezó a invitar a Álvaro a cenar cuando ni Teresa ni la niña estaban en casa; pasaban las noches charlando en la cocina común, compartiendo empanadas, croquetas y conversaciones. Poco a poco, sin proponérselo, entre ellos surgió algo y ya no podían pasar sin esos ratos compartidos.

Por aquellos días, ya se sabe, la vida en las corralas no tenía secretos: demasiados ojos y oídos en cada rincón. Algún vecino fue con el cuento a Teresa de que su marido frecuentaba a Carmen y que no era precisamente para leer juntos.

El escándalo fue mayúsculo: todo el patio de la corrala se enteró. Teresa, mujer orgullosa donde las haya, puso a su marido en la puerta, recogió sus pertenencias y se las lanzó al rellano.

Ya era tarde para regresar a casa de su madre; no tenía dónde ir. Carmen no dudó en abrirle la puerta.

Por entonces, la hija de Teresa y Álvaro tenía seis años. Álvaro, veinticinco. Teresa, treinta y dos. Carmen, treinta y nueve.

Cuando Rosalía se enteró de que Álvaro se había separado y se había ido con una mujer con dos hijos, catorce años mayor que él, enmudeció.

Me sorprendió profundamente. Tantos años mortificando a Teresa sólo por tener unos años más que su hijo y ahora aceptaba resignada la situación. ¿Sería la conciencia de su fracaso?

El desenlace de esta historia sucedió hace ya unos quince años. Desde entonces, Álvaro ha vivido junto a su segunda esposa, Carmen. No han tenido hijos en común, pero se llevan de maravilla. A pesar de la diferencia de edad (hoy él tiene cuarenta y ella cincuenta y cuatro), disfrutan una convivencia serena, sin reproches, y Rosalía los acoge con cariño cuando van a su casa. Veo en los ojos de Álvaro una felicidad auténtica.

¿Crees que la diferencia de edad impide la felicidad, o quizás no importa cuando los corazones laten en sintonía?

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MagistrUm
Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: la historia de una madre española, su nuera mayor y una nueva pareja aún más inesperada