— ¿Cómo que no piensas ocuparte del hijo de mi hijo? — no pudo evitar soltar mi suegra — Para empezar, no le hago ascos a Igor. Y quiero recordarte que en esta casa, después de mi jornada laboral, como buena esposa y madre, echo otra jornada cocinando, lavando y limpiando. Puedo ayudar y dar consejos, pero no tengo intención de asumir por completo las obligaciones de madre. — ¿Y eso qué significa? ¿Que no piensas hacerte cargo? ¿Así que eres una hipócrita? — ¡Anda que tú, Rita! A ver quién quiere trabajar gratis… — Como era de esperar, en la reunión de antiguos alumnos, Svetlana no dejó pasar la oportunidad de criticar y juzgar a todo el mundo. Pero hacía tiempo que Rita ya no se quedaba sin respuesta. Ahora no se cortaba ni un pelo y no desaprovechó la ocasión para poner en su sitio a la mordaz Svetlana. — Que tú estés preocupada por cómo llegar a fin de mes no quiere decir que todos tengan tus problemas — respondió con naturalidad encogiéndose de hombros —. Yo, por ejemplo, heredé dos pisos en Madrid de mi padre. Uno es donde vivíamos antes del divorcio de mis padres, y el otro pasó a mí después de mis abuelos. Y ya sabes que los alquileres en Madrid no son como aquí: me da para vivir bien y darme algún capricho, así que puedo permitirme elegir trabajo sin mirar solo el sueldo. ¿No será por eso que tú cambiaste de médico a dependienta? Eso era un secreto. Rita había prometido no decir nada. Pero si Svetlana de verdad hubiera querido mantenerlo en secreto, tal vez no debía ir llamando “idiota” a Rita en público. ¿En serio pensaba que se lo iban a perdonar? Si alguien era tonta ahí, desde luego no era Rita. — ¿Dependienta, en serio? — ¡Me lo prometiste! — chilló Svetlana, dolida. Y, cogiendo su bolso, salió corriendo del restaurante tratando de contener las lágrimas. — ¡Que le den! — comentó Andreu tras un breve silencio. — Desde luego. ¿Quién la invitó? — preguntó Tania. — Fui yo… — se disculpó Anna, la que organizaba la quedada y antigua delegada de clase —. Sí, sé que Svetlana en el cole no era simpática, pero la gente cambia. A veces. — Aunque no siempre — se encogió de hombros Rita. Todos rieron. Y luego empezaron a preguntar a Rita sobre su trabajo. Era simple curiosidad (de la buena, sin desprecios ni segundas), porque pocos conocían ese sector y, la verdad, no se lo recomendarías ni a tu peor enemigo. Rita, entre charla y charla con sus ex compañeros, fue desmontando mitos y prejuicios sobre su profesión. — ¿Pero para qué tratar a esos críos si no sirve de nada? — preguntó uno. — ¿Quién ha dicho eso? — respondió Rita —. Mira, tengo a un niño de cinco años, durante el parto las cosas salieron mal, hubo hipoxia, y el resultado es un retraso en el desarrollo. El pronóstico, sin embargo, es bueno: empezó a hablar algo más tarde y sus padres van de logopedas y neurólogos, pero el crío podrá ir al colegio normal y probablemente llevar una vida como los demás. Si no le hubieran atendido, la cosa sería bien distinta. — En resumen: tú trabajas en algo útil para la sociedad, pero no tienes que preocuparte tanto por el dinero — resumió Valerio. Y así, la conversación derivó hacia las familias y vidas de los demás. De repente, Rita tuvo la sensación de que alguien la observaba. Pensó que eran paranoias, pero volvió a notarlo más tarde. Miró con disimulo y vio que nadie le prestaba atención. Tranquila, volvió a la conversación y enseguida olvidó aquella vaga inquietud. Pasó una semana desde el reencuentro. Una mañana, al salir para el trabajo, vio que otro coche bloqueaba el suyo en la plaza de aparcamiento. Llamando al número escrito en el parabrisas, un joven se disculpó un montón y prometió bajar en seguida a apartar el coche. — Perdona, de verdad — sonrió el chico —. No había sitio, venía de recados. Por cierto, me llamo Máximo. — Yo soy Rita — contestó. Había algo en Máximo, en su forma de vestir, hablar e incluso en el perfume, que inspiraba simpatía. Tanta, que aceptó salir con él. Y luego otra cita. Y a los tres meses ya no imaginaba su vida sin Max. Además, su madre y el hijo de su primer matrimonio la aceptaron como a una más. El niño tenía necesidades especiales, pero Rita, por sus conocimientos, conectó enseguida con Igor y ayudó a Máximo con nuevas estrategias para mejorar la relación padre-hijo y su integración. Al cabo de un año se mudaron juntos. Rita alquiló su piso de soltera a través de la agencia que llevaba sus pisos de Madrid, y se trasladó con Max y su hijo. Ahí comenzaron los primeros avisos. Al principio, detalles: “Ayuda a Igor a prepararse”, o “¿puedes quedarte con él media hora mientras voy a la compra?”. Al principio, bien: se llevaba bien con Igor y podía ayudar si no había otros planes. Pero las peticiones fueron aumentando. Rita tuvo que hablar con Máximo: su hijo era, ante todo, su responsabilidad. Ella podía ayudar, pero no pensaba asumir ni la quinta parte de los cuidados, porque ya pasaba bastante tiempo con niños con necesidades en el trabajo. Max pareció entender. Pero, antes de casarse, él y su madre empezaron a hablar con Rita sobre el programa de rehabilitación… como si dieran por hecho que sería ella la encargada. — A ver, un momento — los paró Rita al instante —. Máximo, tú y yo acordamos que el cuidado de tu hijo corre por tu cuenta. Yo tampoco te pido que ayudes a mi madre con sus cosas. — No compares — protestó la suegra. — Una madre es un adulto independiente, aquí hablamos de un niño. ¿O piensas después de casarte seguir desentendiéndote de Igor y esperar que lo veamos normal? — Perdona, pero no me desentiendo de Igor. Recuerdo que aquí, quien lleva la segunda jornada de casa después del trabajo, soy yo. Pero ocuparme de la rehabilitación no me corresponde: es tu hijo, así que te toca a ti a la cabeza. Ayudo y aconsejo, pero no voy a asumir todo de madre. — ¿Y eso qué es? ¿Qué no piensas hacerlo? ¿Qué eres una hipócrita? Das lecciones en las reuniones, pero cuando toca cuidar al niño, no quieres saber nada. — ¿De qué habláis? — preguntó Rita, dudosa. Lo comprendió en seguida. Madre de Máximo trabaja de limpiadora en el restaurante de la reunión de ex compañeros. Ya estaba todo claro… — O sea, ¿todo esto era para endosarme la carga de vuestro hijo? — ¿Y tú qué te creías? ¿Que estoy contigo por gusto? Si no fuera por Igor y tu trabajo, ni te miraba — saltó Máximo. — Ah, ¿de verdad? Pues no mires más — se quitó el anillo y se lo tiró a su ya exnovio. — Ya te arrepentirás — amenazó Max con su madre —. Un hombre de verdad no quiere una mujer gris, sin futuro y sin dinero. — Tengo dos pisos en Madrid, así que dinero me sobra — soltó Rita. Y, disfrutando al ver sus caras, se fue a hacer la maleta. Intentaron reconciliarse: promesas de ayudar, de no repetirlo, mil “perdona”, pero Rita no era idiota. Le deseó suerte y bromeó con que el que perdió el tren fue Máximo, y que a ella poco le importaba. De la historia se rieron luego con los antiguos compañeros. Rita sigue buscando a alguien que la quiera por quien es, no por dinero o conveniencia. Mientras, le basta su trabajo y amigos. Y hasta puede comprarse un gato: se le da mejor educarlos que a algunos hombres.

¿Cómo que no vas a ocuparte del hijo de mi hijo? no pudo evitar soltar la suegra, con el rostro crispado por la incredulidad.

Mira, ante todo, no le estoy haciendo el vacío a Ignacio respondió Rita, intentando contenerse. Y que no se olvide que en esta casa soy yo, después de mi jornada laboral, quien se encarga como buena esposa y madre de otra jornada completa: limpiar, cocinar, lavar, hacer la compra Yo puedo ayudar, aconsejar, pero no pienso asumir en exclusiva las responsabilidades parentales.

¿Cómo que no piensas asumirlas? ¿Así eres? ¿Una hipócrita? escupió la suegra.

Anda, deja de decir tonterías, Rita. ¿Quién valora un trabajo si no te pagan por él? se metió de sopetón Sole, fiel a su costumbre de despellejar todo y a todos, igual que en el reencuentro de antiguos alumnos en aquel restaurante del centro de Madrid.

Sin embargo, hacía tiempo que Rita había dejado de quedarse sin palabras. Ahora sabía responder. Esta vez no dejó pasar la ocasión de ponerle las cosas claras a la maliciosa de Soledad.

Que tú tengas que pensar todo el tiempo en cómo llegar a fin de mes, no significa que todo el mundo cargue con los mismos problemas dijo Rita con naturalidad, alzando apenas los hombros. A mí me han caído dos pisos en Madrid, de mi padre.

Uno donde vivíamos hasta que se divorció de mamá, y el otro, que primero fue de mis abuelos y luego pasó a mi padre, hasta llegarme a mí.

Y los alquileres en Madrid ya sabes que no son cosa de broma. Me alcanzan para vivir cómodamente y darme algún que otro capricho, así que puedo permitirme escoger trabajo, y no buscarme cualquier cosa sólo por la nómina.

Tú dejaste de ser médica porque necesitabas el dinero, ¿no?

Eso era un secreto. Rita le prometió a Soledad no decirlo nunca. Pero si Sole quería guardar sus secretos, lo ideal habría sido vigilar su lengua, en especial no llamarla idiota delante de media clase.

¿De verdad esperaba que se la perdonara? Pues entonces, la tonta no era precisamente Rita.

¿Cajera? ¿En serio?

¡Tú prometiste no decir nada! gritó Soledad con voz temblorosa, agarrando el bolso y echando a correr hacia la puerta del restaurante, conteniendo a duras penas las lágrimas.

Bien merecido se lo tiene sentenció Andrés después de unos segundos de silencio.

Pues sí, que ya cansa la tía respiró aliviada Tania. ¿Y quién la invitó, vamos a ver?

Fui yo reconoció Ana, la ex delegada de la clase, ahora organizadora oficial de cenas de antiguos alumnos. Ya sé que en el instituto no era precisamente un encanto, pero la gente cambia O eso creía.

Bueno, algunos no cambian nunca dijo Rita, con una leve sonrisa.

La mesa entera rompió a reír. Después empezaron a interrogar a Rita sobre su trabajo.

La curiosidad era lógica, y nadie cayó en descalificaciones por su elección profesional o sus capacidades. No todos conocen ese mundillo, y en verdad nadie desearía tener que pasarse por ahí, así que la profesión está rodeada de prejuicios.

Rita, con paciencia y buen humor, fue despejando uno a uno sus mitos.

¿Y para qué te molestas en ayudarles si total no tiene sentido? preguntó alguien.

¿Quién dice que no lo tiene? Mira, tengo un pequeño paciente de cinco añitos. Hubo problemas en el parto, una hipoxia, y claro ahora sufre retraso madurativo. Pero el pronóstico es bueno: empezó a hablar casi a los tres años, y ahora, gracias a mucho esfuerzo de los padres llevándolo a logopedas y neurólogos, seguramente irá a clase ordinaria y llevará una vida normal.

Si no hubieran insistido, todo sería distinto.

Entonces, al no tener que preocuparte por el dinero, elegiste dedicarte a algo con sentido social resumió Valerio.

La charla siguió desviándose hacia las vidas, parejas y familias de todos los presentes.

Rita, de pronto, sintió una extraña mirada clavada en la nuca. Lo achacó a su imaginación, pero la sensación volvió una y otra vez. Disimuladamente miró alrededor: nadie parecía prestarle atención, así que decidió seguir la velada normalmente y olvidó aquella impresión extraña.

Una semana después del reencuentro.

Esa madrugada, ya lista para ir a su trabajo, bajó al aparcamiento y encontró su coche bloqueado por otro vehículo.

Llamó al número que aparecía en el parabrisas y enseguida escuchó excusas y promesas: Ahora bajo de inmediato, lo siento de corazón.

Apareció un joven, tan simpático como apuesto, que no paraba de disculparse. Perdona, vine por trabajo y no encontré otro hueco. Por cierto, soy Maximiliano, pero todos me llaman Max.

Yo soy Rita respondió con una sonrisa. Había algo en Max su ropa, su tono, incluso su colonia que le inspiró confianza. No le sorprendió aceptar una cita con él.

Ni una segunda. En tres meses, Rita no concebía la vida sin Max.

Y la madre de Max, igual que su hijo Ignacio, nacido de un primer matrimonio, acogieron a Rita en la familia como si siempre hubiese estado allí.

El niño tenía necesidades especiales, pero Rita, gracias a su experiencia profesional, enseguida conectó con él, y dio a Max nuevos métodos para mejorar la relación y socialización de Ignacio.

Al año de relación, decidieron vivir juntos. Rita se mudó al piso de Max e Ignacio, y alquiló su estudio a través de la misma agencia que gestionaba ya sus pisos familiares.

Fue entonces cuando los problemas empezaron a aflorar

Al principio sólo pequeños favores: Ayuda a Ignacio a vestirse, ¿te quedas con él un rato mientras bajo a comprar?. Nada grave, sobre todo porque entre Rita e Ignacio había una cierta complicidad, además, no solían coincidir con otros asuntos pendientes.

Pero las peticiones se multiplicaron. Y Rita, con mucha diplomacia, habló seriamente con Max: Ignacio era, primero, su responsabilidad.

No tenía problema en ayudar, pero Rita no iba a cargar con más de una quinta parte de las tareas con Ignacio, porque él no era su hijo y ya tenía suficiente con los casos que trataba a diario en el trabajo.

Max pareció entender hasta que, poco antes de la boda, Max y su madre empezaron a comentar, entre líneas, la rehabilitación del niño, siempre como si Rita fuese a encargarse de todo en su tiempo libre.

A ver, vamos a parar aquí Rita los interrumpió secamente. Max, teníamos un acuerdo: tu hijo es tu responsabilidad. Yo tampoco te pido que limpies el piso de mi madre, ni vayas a hacerle recados. Yo me encargo de mi familia, tú de la tuya.

No compares bufó la suegra. Tu madre es mayor y vive sola, Ignacio es un niño. ¿O es que después de la boda pretendes seguir desentendiéndote de él?

En absoluto me desentiendo. Recuérdese quién, después de su curro, cocina, limpia y lava aquí como una esposa y madre respetable Rita hablaba con firmeza y las manos en la cadera. Pero lo de la rehabilitación lo tiene que sacar adelante su padre, porque es su hijo.

Puedo dar pautas y ayudar, pero la responsabilidad exclusiva no es mía.

¿Y eso cómo es? ¿Eres así de falsa? ¡Hablas a tus amigos de tu trabajo como si fueras Teresa de Calcuta, pero para encargarte de un niño no hay quien te saque el sí! bramó la suegra.

¿Pero de qué estáis hablando? Rita, perpleja, parpadeó. De repente, lo entendió todo. Recordó que la madre de Max trabajaba limpiando en el restaurante donde fue el reencuentro y que había oído la conversación. Cerró el círculo.

Entonces, ¿todo esto ha sido una jugada para cargarme a vuestro hijo especial? escupió, mirando a ambos.

¿Y tú qué pensabas, que iba a estar encantado contigo? Si no fuera por Ignacio y tu trabajo, ni te habría mirado admitió Max finalmente.

Pues mira, si no me hubieras mirado, mejor para ti y para mí Rita, sin dudarlo, se quitó el anillo y lo estampó contra la mesa.

Te vas a arrepentir advirtió Max, con su madre asintiendo detrás. Ningún hombre hecho y derecho quiere una mujer gris, sin futuro y sin dinero.

Tengo dos pisos en Madrid. No me preocupa el dinero replicó Rita, dejando claro que ella, de falta de recursos, nada.

Y se fue a hacer la maleta, saboreando la cara de rabia y desconcierto de Max y la matriarca.

Por supuesto, vinieron las súplicas: Yo me encargo del niño, no volverá a pasar, es que estaba cansado, lo siento, te quiero, bla bla bla. Rita, ya sin ilusiones, se permitió una última risa: Parece que has perdido el tren, Max.

El reencuentro con los compañeros después fue aún más divertido cuando les contó el final. Y aunque aún sueña con encontrar a quien la quiera por lo que es y no por lo que tiene, de momento le sobran su trabajo, sus amigos y, quién sabe, quizá pronto un buen gato que, al menos, sí se deje educar. Un gato castizo, de Lavapiés. No como ciertos hombres…

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MagistrUm
— ¿Cómo que no piensas ocuparte del hijo de mi hijo? — no pudo evitar soltar mi suegra — Para empezar, no le hago ascos a Igor. Y quiero recordarte que en esta casa, después de mi jornada laboral, como buena esposa y madre, echo otra jornada cocinando, lavando y limpiando. Puedo ayudar y dar consejos, pero no tengo intención de asumir por completo las obligaciones de madre. — ¿Y eso qué significa? ¿Que no piensas hacerte cargo? ¿Así que eres una hipócrita? — ¡Anda que tú, Rita! A ver quién quiere trabajar gratis… — Como era de esperar, en la reunión de antiguos alumnos, Svetlana no dejó pasar la oportunidad de criticar y juzgar a todo el mundo. Pero hacía tiempo que Rita ya no se quedaba sin respuesta. Ahora no se cortaba ni un pelo y no desaprovechó la ocasión para poner en su sitio a la mordaz Svetlana. — Que tú estés preocupada por cómo llegar a fin de mes no quiere decir que todos tengan tus problemas — respondió con naturalidad encogiéndose de hombros —. Yo, por ejemplo, heredé dos pisos en Madrid de mi padre. Uno es donde vivíamos antes del divorcio de mis padres, y el otro pasó a mí después de mis abuelos. Y ya sabes que los alquileres en Madrid no son como aquí: me da para vivir bien y darme algún capricho, así que puedo permitirme elegir trabajo sin mirar solo el sueldo. ¿No será por eso que tú cambiaste de médico a dependienta? Eso era un secreto. Rita había prometido no decir nada. Pero si Svetlana de verdad hubiera querido mantenerlo en secreto, tal vez no debía ir llamando “idiota” a Rita en público. ¿En serio pensaba que se lo iban a perdonar? Si alguien era tonta ahí, desde luego no era Rita. — ¿Dependienta, en serio? — ¡Me lo prometiste! — chilló Svetlana, dolida. Y, cogiendo su bolso, salió corriendo del restaurante tratando de contener las lágrimas. — ¡Que le den! — comentó Andreu tras un breve silencio. — Desde luego. ¿Quién la invitó? — preguntó Tania. — Fui yo… — se disculpó Anna, la que organizaba la quedada y antigua delegada de clase —. Sí, sé que Svetlana en el cole no era simpática, pero la gente cambia. A veces. — Aunque no siempre — se encogió de hombros Rita. Todos rieron. Y luego empezaron a preguntar a Rita sobre su trabajo. Era simple curiosidad (de la buena, sin desprecios ni segundas), porque pocos conocían ese sector y, la verdad, no se lo recomendarías ni a tu peor enemigo. Rita, entre charla y charla con sus ex compañeros, fue desmontando mitos y prejuicios sobre su profesión. — ¿Pero para qué tratar a esos críos si no sirve de nada? — preguntó uno. — ¿Quién ha dicho eso? — respondió Rita —. Mira, tengo a un niño de cinco años, durante el parto las cosas salieron mal, hubo hipoxia, y el resultado es un retraso en el desarrollo. El pronóstico, sin embargo, es bueno: empezó a hablar algo más tarde y sus padres van de logopedas y neurólogos, pero el crío podrá ir al colegio normal y probablemente llevar una vida como los demás. Si no le hubieran atendido, la cosa sería bien distinta. — En resumen: tú trabajas en algo útil para la sociedad, pero no tienes que preocuparte tanto por el dinero — resumió Valerio. Y así, la conversación derivó hacia las familias y vidas de los demás. De repente, Rita tuvo la sensación de que alguien la observaba. Pensó que eran paranoias, pero volvió a notarlo más tarde. Miró con disimulo y vio que nadie le prestaba atención. Tranquila, volvió a la conversación y enseguida olvidó aquella vaga inquietud. Pasó una semana desde el reencuentro. Una mañana, al salir para el trabajo, vio que otro coche bloqueaba el suyo en la plaza de aparcamiento. Llamando al número escrito en el parabrisas, un joven se disculpó un montón y prometió bajar en seguida a apartar el coche. — Perdona, de verdad — sonrió el chico —. No había sitio, venía de recados. Por cierto, me llamo Máximo. — Yo soy Rita — contestó. Había algo en Máximo, en su forma de vestir, hablar e incluso en el perfume, que inspiraba simpatía. Tanta, que aceptó salir con él. Y luego otra cita. Y a los tres meses ya no imaginaba su vida sin Max. Además, su madre y el hijo de su primer matrimonio la aceptaron como a una más. El niño tenía necesidades especiales, pero Rita, por sus conocimientos, conectó enseguida con Igor y ayudó a Máximo con nuevas estrategias para mejorar la relación padre-hijo y su integración. Al cabo de un año se mudaron juntos. Rita alquiló su piso de soltera a través de la agencia que llevaba sus pisos de Madrid, y se trasladó con Max y su hijo. Ahí comenzaron los primeros avisos. Al principio, detalles: “Ayuda a Igor a prepararse”, o “¿puedes quedarte con él media hora mientras voy a la compra?”. Al principio, bien: se llevaba bien con Igor y podía ayudar si no había otros planes. Pero las peticiones fueron aumentando. Rita tuvo que hablar con Máximo: su hijo era, ante todo, su responsabilidad. Ella podía ayudar, pero no pensaba asumir ni la quinta parte de los cuidados, porque ya pasaba bastante tiempo con niños con necesidades en el trabajo. Max pareció entender. Pero, antes de casarse, él y su madre empezaron a hablar con Rita sobre el programa de rehabilitación… como si dieran por hecho que sería ella la encargada. — A ver, un momento — los paró Rita al instante —. Máximo, tú y yo acordamos que el cuidado de tu hijo corre por tu cuenta. Yo tampoco te pido que ayudes a mi madre con sus cosas. — No compares — protestó la suegra. — Una madre es un adulto independiente, aquí hablamos de un niño. ¿O piensas después de casarte seguir desentendiéndote de Igor y esperar que lo veamos normal? — Perdona, pero no me desentiendo de Igor. Recuerdo que aquí, quien lleva la segunda jornada de casa después del trabajo, soy yo. Pero ocuparme de la rehabilitación no me corresponde: es tu hijo, así que te toca a ti a la cabeza. Ayudo y aconsejo, pero no voy a asumir todo de madre. — ¿Y eso qué es? ¿Qué no piensas hacerlo? ¿Qué eres una hipócrita? Das lecciones en las reuniones, pero cuando toca cuidar al niño, no quieres saber nada. — ¿De qué habláis? — preguntó Rita, dudosa. Lo comprendió en seguida. Madre de Máximo trabaja de limpiadora en el restaurante de la reunión de ex compañeros. Ya estaba todo claro… — O sea, ¿todo esto era para endosarme la carga de vuestro hijo? — ¿Y tú qué te creías? ¿Que estoy contigo por gusto? Si no fuera por Igor y tu trabajo, ni te miraba — saltó Máximo. — Ah, ¿de verdad? Pues no mires más — se quitó el anillo y se lo tiró a su ya exnovio. — Ya te arrepentirás — amenazó Max con su madre —. Un hombre de verdad no quiere una mujer gris, sin futuro y sin dinero. — Tengo dos pisos en Madrid, así que dinero me sobra — soltó Rita. Y, disfrutando al ver sus caras, se fue a hacer la maleta. Intentaron reconciliarse: promesas de ayudar, de no repetirlo, mil “perdona”, pero Rita no era idiota. Le deseó suerte y bromeó con que el que perdió el tren fue Máximo, y que a ella poco le importaba. De la historia se rieron luego con los antiguos compañeros. Rita sigue buscando a alguien que la quiera por quien es, no por dinero o conveniencia. Mientras, le basta su trabajo y amigos. Y hasta puede comprarse un gato: se le da mejor educarlos que a algunos hombres.