Quédate quieta, no digas nada, estás en peligro. Las palabras cortaron la noche como una navaja. Julián Cruz, director ejecutivo de CruzTech Industrias, se había quedado helado. Apenas unos segundos antes había descendido del coche en una callejón oscuro tras el Hotel Palace de Madrid, intentando esquivar a los paparazzis que lo aguardaban en la entrada. Ahora una muchacha desaliñada, con el pelo enredado y las mejillas manchadas de polvo, le arrastraba entre las sombras.
Antes de que pudiera preguntar, ella le besó los labios.
Durante un instante todo se detuvo. El olor a lluvia, las manos temblorosas de Julián aferradas al cuello de su camisa, el lejano zumbido del tráfico se fundieron en un silencio sepulcral. Entonces una berlina negra pasó a toda velocidad por el callejón; sus cristales ahumados y luces apagadas dejaban entrever a un hombre que miraba la calle con la cabeza inclinada. El pulso de Julián latía con fuerza. Lo que fuera, lo estaban buscando
La joven, apenas había cumplido los veinte años y llevaba una sudadera rota, se apartó de él.
Ya estás a salvo susurró. Te habrían reconocido si alzabas la vista.
Julián parpadeó, atónito. ¿Quién eres?
No importa respondió ella dando un paso atrás. No deberías andar solo esta noche.
Podría haberse marchado, pero algo en su vozserena, firme, a pesar del fríolo obligó a quedarse. ¿Sabías que me siguen?
Observo cosas contestó ella, simple. Cuando vives en la calle aprendes a mirar antes de mover un pie.
Más tarde él supo que se llamaba Begoña García. Había estado sin techo durante dos años, durmiendo junto a la estación de tren. Y aquella noche había salvado la vida de uno de los hombres más ricos de Madrid.
Julián no era de los que dejan preguntas sin respuesta ni deudas sin saldar.
Esa noche no fue el final de su historia, sino el comienzo.
Tres días después la volvió a encontrar. Puso a su equipo de seguridad a rastrear sus movimientos, lo cual no resultó fácil: Begoña se mantenía fuera de los radares, durmiendo en lugares diferentes cada noche. Cuando la vio por fin frente a una cafetería social, parecía más pequeña de lo que recordaba. Pero sus ojos alertas, grises, firmes se cruzaron al instante con los suyos.
Te dije que no me siguieras dijo ella con tono cortante.
Me has salvado la vida replicó Julián. Al menos déjame agradecerte.
Ella no quería su dinero. Gente como tú da para sentirse mejor consigo mismos. Yo no quiero limosnas.
Entonces trabaja para mí le propuso. Tienes instintos que la mayoría no posee.
Rió, una risa aguda, sin humor. ¿Quieres contratar a una chica sin techo que duerme bajo los puentes?
Sí contestó Julián, sin titubear.
Pasaron semanas antes de que aceptara, a regañadientes, un puesto temporal en el equipo de seguridad. Al principio, el personal la rechazaba. Una mujer sin antecedentes, sin títulos universitarios y sin domicilio fijo no tenía sitio en su mundo. Pero Begoña tenía algo que ellos no: intuición. Sentía cuando algo no estaba bien: un extraño que se quedaba demasiado tiempo, un coche aparcado demasiado cerca.
Pronto Julián comprendió que no solo ella le protegía, sino que le mostraba cuán ciego había estado. Vives tras un cristal le dijo una vez. La gente te ve, pero tú no los ves.
Empezó a escucharla a ella, a sus colegas, incluso a la propia ciudad que había construido con sus imperios. Y a medida que pasaban las semanas, su admiración crecía. Bebían café hasta altas horas en su despacho, sus risas resonaban en las ventanas. Ella nunca coqueteaba, pero cuando sonreía, él olvidaba el poder que ostentaba y lo insignificante que resultaba.
Una noche volvió a suceder: la sombra de la misma berlina negra frente al edificio. Pero esa vez el objetivo era Begoña.
La bala estaba destinada a Julián. Begoña la tomó en su lugar.
Fue cuestión de segundos: un destello, un crujido como vidrio roto. El equipo de seguridad inmovilizó al tirador antes de que alcanzara la calle. Lo único que vio Julián fue a Begoña desplomarse sobre el mármol, la sangre brotando por su manga.
Quédate conmigo dijo, presionando su mano sobre la herida. Sus ojos vagaban, turbios pero serenos. Creo que no puedo alejarme del peligro susurró con voz débil.
Las luces del hospital parecían eternas. Pasaron horas hasta que el médico salió y anunció que viviría apenas. Julián permaneció fuera de su habitación toda la noche, repitiéndose en la cabeza las palabras que le había dicho: Vives tras un cristal. Tenía razón. Había construido muros de dinero y reputación para mantener al mundo a distancia. Ella los derribó con un beso impulsivo.
Cinco semanas después, cuando Begoña despertó, Julián estaba allí. Estás despedida le dijo con voz cansada, recuperando la compostura.
Ella sonrió. No puedes despedirte a ti mismo. Te nombré jefe de mi seguridad personal.
Le dio un parpadeo. Eres imposible.
Tal vez. Pero te debo la vida, dos veces.
Mientras ella se recuperaba, Julián le organizó en silencio un pequeño apartamento, una ayuda de 5.000 euros para la universidad y un nuevo comienzo. No era una limosna, sino la confianza que depositaba en quien veía el mundo con más claridad que él.
Una semana después paseaban juntos por el Parque del Retiro, las hojas caían como susurros. Begoña se volvió hacia él. Podrías haber quedado en tu torre. ¿Por qué no lo hiciste?
Él la miró y respondió: Porque a veces quien te salva no te saca del peligro, te saca de ti mismo.







