Álvaro volvía a casa tras otro día de trabajo eterno. Un anochecer invernal de esos que Madrid se viste de niebla y sopor, cuando parece que hasta los gatos bostezan de aburrimiento. Y cruzando por la calle Alcalá, justo frente a una tienda de ultramarinos, allí estaba: un perro. Mestizo, pelaje color canela, despeinado como si hubiese sobrevivido a tres tormentas. Y en los ojos, ese brillo de niño perdido que te mira como preguntando por unos padres que nunca aparecen.
¿Y tú qué pintas aquí? refunfuñó Álvaro, aunque acabó parándose en seco.
El animal levantó la cabeza. No pidió nada. Simplemente observó. Como si saber mirar fuera una forma de hablar.
«Seguro espera a sus dueños», pensó, y siguió su camino con la resignación de los que llevan prisa y hambre.
Pero al día siguiente, juro que igual. Y al otro. El perro se había pegado a esa acera como una farola. Álvaro ya detectaba el patrón: los vecinos de Malasaña pasaban ignorando, algún alma caritativa soltaba una migaja de pan, o un trozo de chorizo de pamplona.
¿Pero qué haces tú aquí plantada? le preguntó un día, apretándose de cuclillas a su nivel. ¿Y tus dueños?
La perra se le acercó con la cautela de quien teme más a la esperanza que a la soledad. Hasta recostó el hocico en la pierna del hombre.
Álvaro se quedó duro como estatua. ¿Cuándo había sido la última vez que había acariciado a alguien? Desde el divorcio, tres años de soledad, piso vacío, solo trabajo, tele y la nevera.
Anda, chiquilla, susurró, ¿cómo te llamo yo ahora? Melisa, va, Melisa.
Al día siguiente, volvió con salchichas.
Una semana después colgó en Wallapop y Facebook: «Se ha encontrado perra. Buscamos dueños». Ningún alma contestó.
Un mes más tarde, Álvaro salía a trompicones de una guardia, que como ingeniero a veces le tocaban noches enteras frente a ordenadores y planos. Y se topó con tumulto junto al ultramarinos.
¿Qué ha pasado? preguntó a la señora Rosa, la portera del edificio.
Ay, Álvaro Han atropellado a la perra esa, la color canela, la que lleva aquí semanas.
El mundo giró sin él.
¿Dónde está?
Al veterinario de la Avenida de América. Pero piden un dineral Y claro, ¿quién va a pagar por una sin papeles?
Álvaro no dijo ni pío. Echó a correr.
En la clínica, el veterinario se encogió de hombros.
Fracturas, hemorragia interna. La cirugía va a salir por varios cientos de euros. Y no prometo nada.
Trátela, gruñó Álvaro. Dígame cuánto, que pago en euros lo que haga falta.
Y cuando le dieron el alta, Álvaro se la llevó a su piso. Y, por primera vez en tres años, la casa olía a vida.
Todo cambió de arriba abajo.
Ahora no lo despertaba el despertador, sino el suave toque del hocico de Melisa en la mano. Como diciendo: «Arriba, jefe, que hay que pasear». Y Álvaro se levantaba hasta con sonrisa.
Antes, el día arrancaba con café y las noticias. Ahora, con paseo por el Retiro.
Venga, guapa, a que nos dé el aire madrileño, le decía, y Melisa meneaba el rabo como si le hubieran anunciado la lotería.
En la clínica le pusieron chip, pasaporte, vacunas y papeles en regla. Álvaro hasta fotografiaba cada documento, por si las moscas.
Los compañeros del trabajo alucinaron:
Álvaro, tío, ¿qué has hecho? ¡Te han sentado de maravilla los años! le decían.
Y la verdad: por fin se sentía útil. Imprescindible.
Resultó que Melisa era más lista de lo que parecía. No hacía falta decirle las cosas dos veces. Si Álvaro se retrasaba en el curro, ahí estaba ella en la puerta, con una cara que decía: «He estado preocupada por ti, que lo sepas».
Por las tardes, paseos largos por el parque del Oeste. Álvaro le contaba batallitas de la oficina, de la vida, de exnovias. ¿Raro? Puede. Pero Melisa escuchaba. Y además, a veces respondía con un suspiro canino.
¿Sabes, Melisita? Yo antes creía que estar solo era más sencillo. Nadie te molesta, ni te pide explicaciones. Pero resulta que le acariciaba entre las orejas, que lo que tenía era miedo de querer de nuevo.
Ya todos los vecinos les conocían. La señora Agripina del primero siempre le guardaba un hueso.
Bien se ve que está mimada, la perrita decía con una sonrisa.
Pasaron los meses. Álvaro hasta se planteó abrirle un Instagram a Melisa. Era más fotogénica que muchos influencers; al sol, el pelaje cobrizo brillaba como las monedas de dos euros.
Pero un día ocurrió lo impensable.
Paseo rutinario en el parque. Melisa olisqueaba setos y Álvaro revisaba el móvil.
¡Chispa! ¡Chispa! gritó una voz femenina desde lejos.
Álvaro miró. Una mujer tan rubia como la cerveza, con chándal Adidas último modelo, maquillaje de influencer y pinta de tener más followers que amigos. Melisa se tensó, orejas gachas.
Perdona dijo Álvaro, pero se equivoca, esta es mi perra.
La mujer puso las manos en la cintura.
¿Cómo que tuya? ¡Es mi Chispa! ¡La perdí hace medio año!
¿Perdón?
¡Sí! Se escapó de la entrada. Estuve pegando carteles y todo. ¡Tú me la robaste!
A Álvaro se le heló la sangre.
Espere. Yo la recogí frente al ultramarinos. Llevaba semanas allí abandonada.
Estaría allí porque se perdió. ¡Yo la adoraba! ¡Mi marido y yo la compramos de raza pura!
¿De raza? Álvaro miró a Melisa. Si es más mestiza que el cocido madrileño.
¡Es una mezcla carísima!
Álvaro se levantó. Melisa, pegada a la pierna.
Bien. Si es tuya, enseña sus papeles.
¿Qué papeles?
Los del veterinario, el pasaporte, vacunas, lo que sea.
La mujer tartamudeó:
Los tengo en casa. Pero da igual, ¡yo la reconozco! ¡Chispa, ven aquí!
Melisa ni se movió.
¡He dicho que vengas!
La perra se pegó todavía más a Álvaro.
¿Ves? dijo Álvaro bajito. No te conoce.
¡Está dolida porque se perdió! ¡Pero es mía y exijo que me la devuelvas!
Yo sí tengo papeles, facturas, certificados. Todo respondió Álvaro con calma. Si quieres, llamo a la policía.
¡Llama! ¡Mis vecinos lo atestiguan!
Álvaro marcó el 091. El corazón a mil. ¿Y si era verdad? ¿Y si Melisa sí era de ella?
Pero entonces, ¿por qué ese mes entero esperó allí sin moverse? ¿Por qué ahora temblaba bajo su mano?
Hola, ¿policía? Tengo un problemilla con una perra
La rubia sonrió con ese aire de quien se cree protagonista de una telenovela:
La justicia me dará la razón. ¡Devuélveme a Chispa!
Melisa apretó más el lomo contra Álvaro. Y él lo supo: iba a dar la batalla. Hasta el final.
Porque en esos meses, Melisa ya no era un simple animal. Era su familia.
El agente recién llegado, el sargento Ruiz, todo temple y barriga, era conocido por la zona.
Vamos a ver, ¿qué tenemos aquí?
La mujer arrancó con tono melodramático:
¡Es mi perra! ¡La compramos por dos mil euros! Se perdió hace seis meses y este individuo me la ha robado.
Yo la recogí, abandonada, intervino Álvaro más tranquilo. La alimenté, curé y le puse chip.
¡Eso será porque se perdió!
Ruiz miró a Melisa, pegada a su nuevo dueño.
¿Papeles?
Aquí los tengo Álvaro sacó la carpeta de la mochila. Veterinario, vacunas, chip, facturas de comida. Todo.
Ruiz revisó.
¿Y usted? preguntó a la rubia.
Están en casa, pero da igual, ¡es mi Chispa!
¿Dónde perdió a la perra?
En el parque. Vivimos aquí cerca, por Doctor Esquerdo.
¿Y la encontró frente al ultramarinos, a dos kilómetros? ¿Y por qué no la buscó más allá? ¿Y por qué no aviso a la policía?
Pues creí que volvería sola, no sé
Ruiz suspiró, experto en dramas vecinales.
¿Presentó denuncia?
Se me pasó
¿Por dos mil euros, seis meses de desaparición y no denunció?
Se encogió de hombros. Álvaro sacó el móvil:
Yo la recogí el veintitrés de enero. Y llevaba semanas allí.
¡Me habré confundido de fechas! respondió la mujer, nerviosa.
De pronto, se desinfló:
Vale, vale Quédatela. Pero de verdad la quise.
Silencio.
¿Por qué la dejaste? preguntó Álvaro, casi sin voz.
Mi ex dijo que con perro no alquilábamos piso. No la quise vender por mestiza. Así que la dejé en la puerta del ultramarinos para que la recogiese alguien bueno
Álvaro la miró como si no entendiera el idioma.
¿La abandonaste?
La dejé, no la abandoné Bueno, vale, sí Pero pasan cosas, ¿no?
¿Y ahora la quieres de vuelta?
Me ha dejado mi marido, la casa está vacía, echo de menos a Chispa
Álvaro suspiró.
A los que queremos nunca se les deja tirados.
Ruiz cerró su libreta.
La perra pertenece legalmente a Don Álvaro Gómez. Tiene todos los papeles en regla. No hay más que hablar.
La rubia sollozó:
Pero ahora sí la quiero de vuelta
Las cosas no funcionan así, señora sentenció Ruiz. La decisión está tomada.
Álvaro se agachó junto a Melisa y la rodeó con los brazos.
Ya está, pequeña. En casa.
¿Puedo? musitó la mujer. ¿Puedo acariciarla una vez?
Álvaro miró a Melisa. Se encogió y se metió bajo su brazo, lejos de la otra.
¿Ve? Hasta ahora sabe con quién quedarse.
No era mi intención Las circunstancias
Las circunstancias gruñó Álvaro poniéndose en pie a veces cambian, pero nosotros decidimos qué hacemos dentro de ellas. Usted eligió soltar a un ser vivo como si fuera una bolsa del súper. Y ahora, cuando más le conviene, quiere volver atrás.
La mujer se fue sin mirar atrás, como si huyera de un mal sueño.
Ruiz dió una palmada en el hombro a Álvaro.
Bien hecho, hombre. Se te nota lo mucho que os necesitáis.
Gracias de verdad, sargento.
Nada, nada. Yo también tengo perro. Y te entiendo.
Cuando se quedó solo, Álvaro se agachó y acarició a Melisa.
Ya nadie nos va a separar. Eso te lo prometo.
Ella le miró con ojos de todo menos indiferencia. Ahí dentro cabía el amor más grande de todos los amores posibles.
¿Marchamos a casa?
Melisa ladró feliz y trotó a su lado.
De camino, Álvaro pensó que por una vez aquella mujer tenía razón en algo: las circunstancias pueden cambiar. Puedes perder trabajo, casa, incluso el sentido. Pero la responsabilidad, el cariño y la compasión, esas no se deben perder.
En casa, Melisa se acomodó en su alfombra preferida. Álvaro sirvió té, se sentó a su lado. Y con una sonrisa cómplice, murmuró:
¿Sabes, Melisita? Quizá al final todo salió justo como debía. Ahora sabemos a ciencia cierta: nos necesitamos. Y así estamos bien.
Melisa suspiró satisfecha, acurrucada junto a él.







