Antonio llega a los setenta años, con tres hijos ya adultos. Su esposa, Marta, falleció hace treinta años y él no vuelve a casarse. Nunca encuentra a alguien que le convenza, el destino parece jugarle una mala pasada, pero esas razones no importan ahora.
Los dos hijos varones, Luis y Carlos, son revoltosos y peleadores. Antonio los cambia de colegio una y otra vez hasta que un profesor de física, Juan, reconoce en ellos un talento evidente. De pronto desaparecen los riña y los problemas.
La hija, Almudena, tiene dificultades para relacionarse con sus compañeros. El psicólogo de la escuela le sugiere llevarla a un psiquiatra, pero llega un nuevo docente de literatura que crea un taller de escritores principiantes. Almudena se sumerge en la escritura, de madrugada hasta el alba, y sus relatos aparecen primero en el periódico escolar y después en los clubes literarios de la provincia.
Los chicos obtienen becas para la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Complutense, y Almudena se matricula en la carrera de Letras. Antonio se queda solo y, al percatarse del silencio que lo rodea, decide dedicarse a la pesca, al huerto y a la cría de cerdos. Su casa, en las afueras de Valladolid, cuenta con una amplia parcela junto al río Duero, y empieza a ganar bien en euros. Descubre que un ingeniero de fábrica gana menos que él y decide ayudar a sus hijos a comprarles coches modestos, darles algo para sus gastos y ropa decente.
El tiempo se le escapa entre la granja y el comercio, pero le gusta. Diez años después se acerca su setenta cumpleaños. Planea celebrarlo solo. Los hijos trabajan en un proyecto ultra secreto del Ministerio de Defensa y no pueden salir los fines de semana. Almudena viaja de simposio en simposio. Antonio decide no molestarlos con una invitación.
«Tal vez algún día,» piensa, «no hay nada que celebrar aquí. Solo yo, una botella de whisky y el recuerdo de Marta, a quien contaré cómo han crecido mis hijos». Se levanta temprano para vigilar a los cerdos, como siempre, y sale al campo iluminado todavía por las estrellas. En medio del prado descubre un objeto alargado envuelto en una lona.
¿Qué será eso? se pregunta, y de repente se encienden varios focos. Los haces iluminan la lona y a la gente que aparece detrás de la casa: Luis y su esposa, Carlos y su esposa, varios nietos, y Almudena acompañada de un alto hombre con gafas gruesas. Todos llevan globos, silbatos y pistolas de aire, gritando al unísono:
¡Feliz cumpleaños, papá!
Antonio se olvida del objeto; los jóvenes le impiden volver a la casa. Almudena le dice:
Déjame atarte los ojos.
Él cede. Ella le cubre la cabeza con una tela y lo hace girar. «¿Qué más habéis preparado?», pregunta.
Un regalo responde Luis. ¿Esperas que sea caro?
No quiero nada contesta Antonio, nervioso.
Tranquilo, papá interviene Carlos. Es una cosita barata, solo un detalle de agradecimiento.
Lo llevan ante el misterioso paquete y le quitan la lona. Ante la luz de los focos se revela un brillante SEAT 124 clásico. Antonio casi pierde el sentido de la sorpresa y se apoya en una silla, murmurando:
¡Dios mío, Dios mío!
Almudena le rocía agua en la cara y le recuerda:
Siempre quisiste este coche.
Él protesta:
Debe ser una barbaridad de caro…
No cuesta más que los euros que tenemos dice Luis. Vamos, siéntate, queremos fotos.
Antonio abre la puerta, pero dentro solo hay una caja de cartón. La levanta y, al abrirla, dos ojos lo miran desde el fondo. Saca un pequeño gatito tailandés, de pelaje suave, y lo aprieta contra sí:
¡Nuestro viejo Bomi! exclama. Lo recordáis, cuando éramos niños, lo adorábamos
Lo recordamos, papá responden los niños.
No se sube al coche. Subiendo al segundo piso, lleva el gatito a su habitación y lo muestra a la foto de Marta. Las lágrimas corren por sus mejillas:
¿Lo ves, Marta? le pregunta a la imagen. Lo he conseguido. No os habéis olvidado…
Los niños lo mantienen ocupado; la mesa está puesta y empiezan los brindis. Almudena, susurrándole al oído, le revela que está en su cuarto de embarazo, cuarto mes, y que él y su prometido vienen a vivir con él. El prometido viajará a Inglaterra para visitar a sus padres y, dentro de unas semanas, se casarán en la iglesia del pueblo.
¿No te parece un sueño, papá? le dice Almudena.
Él la besa en la frente y responde que parece un sueño mágico. El día transcurre entre charlas, picoteos, copas y recuerdos. Por la noche visita la tumba de Marta, se sienta largo tiempo y le habla como si ella aún escuchara.
La vida vuelve a tener sentido, sobre todo con aquel coche que ahora podría llevarlo a la gran ciudad de Salamanca. En la cama reposa el pequeño gatito, al que llama Tomás. Antonio lo acaricia y repite:
Tomás Tomás
El gato ronronea, se estira y el hombre, abrazando su cálido cuerpo, se queda dormido. A la mañana siguiente debe levantarse temprano para alimentar a los cerdos, trabajar el huerto y salir a pescar, como siempre. En la habitación de abajo duermen Almudena y su prometido.
Los hijos se marchan con sus familias y la casa queda en silencio. Tomás sigue los pasos de su dueño, cae en la comedera de los cerdos, se enreda en la red de la barca y trata de comer el alimento de los peces. Antonio ríe y le habla al travieso:
Parece que la juventud ha vuelto.
Le acaricia la espalda; Tomás maúlla y, con sus diminutas garras, se aferra a su mano.
¡Aprovecha, bandido! exclama, entre risas.
Este relato no tiene gran objetivo más que recordarnos a los que aún pueden visitar a sus padres: no esperéis al mañana. ¡Id ahora mismo!







