Extraños en mi piso: El inesperado regreso de Katya y Maxim a su hogar ocupado por parientes desconocidos tras las llaves que su madre dejó, el desconcierto, la presencia ajena, el enfrentamiento generacional y la lucha por la intimidad en su propia casa en Madrid

Claudia fue la primera en meter la llave y, al abrir la puerta, se quedó de piedra. Del piso salía el sonido de la televisión, voces en la cocina y ¿Ese olor? Desde luego no era el suyo. Detrás de ella, Sergio casi suelta la maleta del susto.

Espera, susurró Claudia, con el brazo extendido. Hay alguien dentro.

En su sofá preferido, ese sofá color crema que tanta guerra había dado para combinar, estaban despatarrados dos desconocidos. Un hombre en chándal zapeaba el mando a distancia; a su lado, una mujer rellena tejía sin inmutarse. Sobre la mesa tazas, platos con migas, medicamentos varios.

¿Perdón? ¿Ustedes quiénes son? La voz de Claudia hizo vibrar las paredes (y las copas del aparador).

Los desconocidos se giraron tranquilos, ni gota de rubor.

Ah, ya habéis vuelto, la mujer ni soltó el ovillo. Somos familia de Loli. Nos dio las llaves, nos dijo que no había nadie aquí.

Sergio palideció.

¿Qué Loli?

Vuestra madre, el hombre, por fin, se levantó. Venimos de Toledo, he traído al chavalito a hacerse unas pruebas. Loli dijo que no os ibais a enfadar.

Claudia avanzó temblando hasta la cocina. Allí un chaval de unos quince años freía salchichas. La nevera, a tope de comida ajena. Y una montaña de platos sucios en la mesa.

¿Y tú?

Santi, dijo el chico al volverse. ¿No puedo comer o qué? Abuela Loli dijo que se podía.

Claudia regresó al recibidor, donde Sergio ya buceaba en el móvil.

Mamá, ¿pero tú de qué vas? le salía la voz baja y de un tono furioso.

Contestó la suegra, animada como si llamara para preguntar si querían croquetas para cenar.

¿Sergito? ¡Ay, qué alegría! ¿Qué tal el viaje? Mira, le di las llaves a Puri, van con Paco a Madrid, que tienen cita con médicos para Santi. Total, como vosotros no estabais, para qué iba a dejar vacío el piso, ¿no? Sólo hasta el jueves.

Pero, mamá, ¿ni preguntar piensas?

¿Pa qué? ¡Que no estabais! Solo diles que recojan bien y ya.

Claudia le arrebató el móvil:

Doña Dolores, ¿dice en serio? ¿Cómo deja entrar a desconocidos en nuestra casa?

¡Desconocidos! Que es mi prima Puri, si de niñas dormíamos en la misma cama.

Y a mí, ¿qué me cuenta de con quién dormía? ¡Es nuestra casa!

Claudia, mira, no te calientes. Es familia, no arman jaleo. El niño está malito, había que ayudar, ¿o es que eres una roñosa?

Sergio rescató el móvil con resignación:

Mamá, tienes una hora para venir y llevarte a todos. Si no, llamo a la policía.

¿Pero cómo vas a hacer eso? ¡Hasta el jueves no se van, Santi tiene pruebas! ¡La pensión era carísima, les he hecho el favor!

Mamá, una hora.

Colgó. Claudia se sentó en el puf y se tapó la cara. Las maletas seguían sin abrir, de fondo la tele y el chisporroteo de las salchichas. Si dos horas antes soñaban con la llegada a casa tras el vuelo, ahora parecían okupas en su propio piso.

Recogemos, apareció Puri, la prima, con cara de pena. Loli dijo que os daba igual. Yo hubiera pedido permiso, pero no teníamos vuestro número. Al ofrecernos ella

Sergio miraba por la ventana, la espalda tensa como siempre que contenía la rabia con su madre.

¿Y el gato? cayó Claudia de golpe.

¿Qué gato?

Bigotes. El naranja. Dejamos la llave por él.

Ni idea, Puri se encogió de hombros. No ha aparecido.

Claudia se lanzó a buscar por la casa. Encontró a Bigotes atrincherado bajo la cama, ojos de huevo frito y pelo hecho un erizo. Al intentar sacarlo, el gato bufó y echó las orejas hacia atrás.

Bigotes, vida mía… Soy yo, tranquila.

El minino la escrutó con desconfianza. Todo olía raro en la habitación; en su mesilla, medicinas que no eran suyas. La cama, mal hecha. Zapatillas ajenas tiradas en el suelo.

Sergio se agachó a su lado:

Perdona.

¿Tú de qué? Si tú no sabías nada.

Por mi madre. Por… ser como es.

Ella siempre cree tener razón.

Siempre hace igual. ¿Te acuerdas cuando nos mudamos y se presentaba por sorpresa? Pensé que había aprendido. Pues no.

Se escuchó alboroto. Ya venía Loli del pueblo. Claudia respiró hondo, se arregló el pelo y salió.

Dolores entró indignada:

Sergio, ¿tú estás loco o qué?

Mamá, siéntate, anda.

¿Cómo que siéntate? ¡Puri, Paco, haced las maletas, que nos largan! ¡Nos vamos a mi casa, hala!

Mamá, siéntate, por favor.

Por fin reparó en la cara de su hijo y se calló. Se sentaron en la cocina junto a Santi y sus salchichas medio frías.

Explícame una cosa, mamá: ¿desde cuándo te parece bien meter a gente aquí sin preguntar?

¡Pero os hacía un favor! Puri me llamó llorando, el chaval muy malito y sin dónde quedarse en Madrid. Como no estabais

Mamá, este piso no es tuyo.

¿Cómo que no? ¡Si tengo llaves!

¡Para darle de comer al gato, no para alquilarlo como AirBnB!

Sergio, que es familia. Puri es mi prima de toda la vida, Paco es una bellísima persona, Santi está enfermo ¿Les vas a echar? ¿A la familia?

Claudia se sirvió agua. Le temblaba la mano.

Doña Dolores, podía habernos preguntado.

¿Para qué? ¡Si no estabais cerca!

Precisamente por eso, Sergio alzó la voz. Hay WhatsApp, hay móvil, hay humo de señales. Nos podías haber avisado. Habríamos decidido juntos.

¿Y qué ibais a decir, que no?

Quizá sí, quizá no. Pero lo sabríamos, ¡eso es respeto!

Dolores se levantó, herida en su orgullo.

Mira que sois desagradecidos. Yo ayudando y así me lo pagáis. ¡Puri, recoge, nos vamos de aquí!

Pero, mamá, en tu piso no cabemos cuatro…

Pues apretujados, antes que aguantar esto.

Claudia dejó el vaso en la mesa, exasperada.

Doña Dolores, usted sabe bien que esto no se hace. Por eso ni avisó.

La suegra enmudeció.

Sabía que nos enfadaría. Por eso nos has puesto ya el marrón. “Total, si ya están en casa…”, ¿no?

Quería ayudar…

No, quería hacer lo que le venía en gana. Y no es lo mismo.

Por primera vez, Dolores no supo qué responder.

Puri lloraba. Santi lo estaba pasando fatal. Y me dio mucha pena…

Eso lo entiendo, dijo Sergio. Pero no puedes disponer de lo que no es tuyo. Imagina que nosotros vamos a tu piso y dejamos a unos amigos tuyos ahí, sin preguntar. ¿Cómo te sentaría?

Pues me mosquearía, claro.

Pues eso.

Silencio. En el salón recogían las cosas. Puri lagrimeaba, Paco metía cosas en bolsas. Santi se plantó en el umbral, la mirada al suelo.

Perdón, murmuró el chico. Yo pensaba que se podía. Mi abuela dijo que sí…

Claudia le miró, cansada.

Tú no tienes la culpa, cielo. Ve y ayuda a tus padres.

Dolores se sonó la nariz, irritada:

De verdad pensé que hacía bien. Ni caí en preguntar. Sois mis hijos, siempre he pensado por vosotros

Pero ya no somos niños, mamá. Tenemos treinta tacos, vida propia.

Entiendo… suspiró la suegra. ¿Me quitáis las llaves?

Sí, Claudia asintió. Perdón, pero ya no hay confianza.

Lo entiendo.

La familia de Puri recogió rápido. Las disculpas fueron eternas y forzadas. Dolores se los llevó prometiendo que cabrían todos “apretaditos”. Sergio cerró detrás y se dejó caer contra la puerta.

Recorrieron el piso en silencio. Había que limpiar, cambiar las sábanas, tirar comida rara de la nevera. Restos de otros: cosas olvidadas, muebles desplazados, platos sucios. Bigotes seguía bajo la cama, en huelga de hambre y de caricias.

¿Crees que lo ha entendido? preguntó Claudia, abriendo la ventana.

Vete tú a saber. Ojalá.

¿Y si no?

Pues tendremos que ser firmes. Ya basta de pasarse.

Claudia le abrazó. Los dos, en medio del desorden, ya de su casa otra vez.

¿Sabes qué es lo peor? murmuró ella. El gato. Toda la movida por él y mira cómo anda, muerto de hambre y aterrado con el circo.

¿Tú crees que le dieron de comer?

Por el aspecto, cero. El cuenco vacío y agua asquerosa.

Sergio se arrodilló ante la cama:

Perdón, socio. Mamá no ve más las llaves ni de lejos.

Bigotes, desconfiado, salió poco a poco y se frotó con fuerza en la pierna de Sergio. Claudia le sirvió comida; el gato devoró como si no hubiera un mañana.

Comenzaron a limpiar: vaciaron la nevera, cambiaron la cama, fregaron los platos. Bigotes, feliz, se enrolló en la ventana y se puso a dormir. Poco a poco, la casa recuperó el alma.

Al anochecer llamó Dolores. Voz suave, con un deje de arrepentimiento:

Sergio, lo he pensado… Tenías razón. Perdón.

Gracias, mamá.

¿Claudia me guarda rencor?

Él la miró y ella asintió:

Sí. Pero se le pasará con el tiempo.

Después se quedaron mucho rato en silencio, con té y miradas perdidas. Fuera, la tarde caía sobre Madrid. Por fin, otra vez en paz. Y, bueno, vacaciones truncadas, pero al menos Bigotes seguía aquí.

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Extraños en mi piso: El inesperado regreso de Katya y Maxim a su hogar ocupado por parientes desconocidos tras las llaves que su madre dejó, el desconcierto, la presencia ajena, el enfrentamiento generacional y la lucha por la intimidad en su propia casa en Madrid