Lucía va a vivir con nosotros, eso ni se discute dijo Álvaro, dejando la cuchara a un lado. Ni siquiera había probado la cena, quizá necesitaba armarse de valor para la conversación que se avecinaba. La habitación ya está lista, justo terminamos de reformarla. Así que dentro de un par de semanas, mi hija se traslada aquí.
¿No se te olvida nada? preguntó Carmen, contando mentalmente hasta diez para no perder la calma. ¿Por ejemplo, que esa habitación la preparamos para nuestro futuro HIJO EN COMÚN? ¿O que Lucía sigue teniendo madre y debería vivir con ella?
Recuerdo que habíamos hablado de tener hijos asintió Álvaro, serio, esperando que su esposa aceptara su decisión y se acabara la discusión. Pero eso puede esperar unos años. Además, tú aún tienes que terminar la carrera, no es momento de pensar en niños. Y a Lucía no le apetece tener hermanos. En cuanto a su madre… Álvaro hizo una mueca irónica, voy a iniciar el proceso para retirarle la custodia. Es peligroso que la niña siga bajo el mismo techo que esa mujer.
¿La niña? preguntó Carmen, arqueando las cejas. ¿Acaso tu hija no tiene ya doce años? ¡Que ya es una adolescente! ¿Y dónde está el peligro? ¿Porque su madre le pone horarios? ¿Porque tiene que hacer los deberes si no quiere que le quiten el móvil o el WiFi? Pues tu ex es toda una santa si todavía no ha pensado en la zapatilla.
No tienes ni idea gruñó Álvaro entre dientes. Lucía me ha enseñado moratones, mensajes de insultos y amenazas. ¡No puedo permitir que destrocen la vida de mi hija!
Eso es justo lo que haces tú ahora, cediendo a todos sus caprichos.
Carmen se levantó con cuidado de la mesa, dejando el plato de sopa casi intacto. Se le había quitado el hambre, y la sola presencia de su marido, tan ofuscado, le provocaba dolor de cabeza. Se lo habían advertido tantas veces: no te precipites con el matrimonio, vive un par de años sin papeles, prueba de verdad vuestro compromiso… Pero claro, ella lo sabía todo. Y tampoco quería quedarse atrás respecto a sus amigas.
¿Por qué tanta gente desconfiaba de su boda rápida? Fácil: Álvaro ya había estado casado, le sacaba quince años y tenía una hija casi adolescente, a la que adoraba. Por separado no era gran cosa, pero todo junto… rozaba lo inviable.
Al principio, las dos primeras razones no le molestaron demasiado. Incluso le gustaba la seguridad que daba tener un marido con experiencia. Sabía de buena tinta que el divorcio con Ana, la ex, había sido amistoso y no había mal rollo entre ellos.
Pero lo de Lucía… Esa niña mimada y voluntariosa, que casi siempre había estado al cuidado de los abuelos porque sus padres trabajaban mucho para darle lo mejor. A Lucía, el divorcio de sus padres casi le era indiferente, estaba segura de que su padre nunca la abandonaría, ni siquiera al volver a casarse. Sin embargo, el nuevo matrimonio de su madre… eso era harina de otro costal.
El padrastro se empeñó en educarla de verdad, y la madre, con su nuevo empleo que le dejaba más tiempo en casa, empezó a apoyar sus criterios.
Toques de queda, deberes, profesores particulares porque Lucía iba mal en casi todas las asignaturas… A una niña acostumbrada a pasarse horas pegada a la tele o al ordenador, aquello le sacaba de sus casillas. Hasta el punto de empezar a inventarse historias para poner a su padre de los nervios.
Lucía quería irse con su padre, sabiendo que el trabajo de él le iba a permitir hacer lo que quisiera la mayor parte del tiempo. Ni siquiera contemplaba la figura de Carmen, su nueva madrastra, sólo nueve años mayor que ella y a la que no pensaba obedecer.
Para tener esa vida libre, estaba dispuesta a cualquier cosa.
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Lucía llega hoy. Prepara su cuarto y, por favor, no la alteres, ya ha pasado por mucho dijo Álvaro, ajustándose la corbata ante el espejo, sin dejar lugar a discusión. Si hubiera sabido antes que Ana, por culpa de su marido, iba a tratar así a su hija… Pero bueno, ahora no sirve de nada lamentarse.
Entonces no has cambiado de idea, ¿verdad? ¿De verdad quieres traer a la niña a casa? Por dentro, Carmen aún esperaba que todo se frustrara a última hora. ¿Y quién la cuidará? Como pronto llegas a casa a las ocho.
Puedes hacerlo tú respondió él encogiéndose de hombros. No tiene tres años, es bastante independiente.
Tengo la convocatoria de exámenes ya replicó Carmen con una sonrisita malintencionada. Así que la niña tendrá que comportarse y no molestarme mientras estudio. Espero que sepa fregar los platos y limpiar el suelo porque, al menos durante estas dos semanas, eso será responsabilidad suya.
No es una criada…
Ni yo tampoco zanjó Carmen antes de que él siguiera. Pero si va a vivir aquí, tendrá que aportar. Y deberías dejarle claras las normas de convivencia.
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Papá, ¿de verdad vas a dejar que esa me haga la vida imposible? Ni siquiera puedo salir tranquila con mis amigas y tu mujercita me endosa todas las tareas de la casa, mientras ella ve la tele tan contenta.
Carmen, que escuchó la conversación por casualidad, no pudo evitar reírse por lo bajo. Anda ya, como si consiguieras que la niña moviera un dedo. ¡Antes se vería el Manzanares seco!
Ya hablaré con Carmen, lo prometo. Pero tienes que esforzarte por llevarte bien con ella. Entiende que a veces no puedo estar pendiente de todo, Lucía. Intenta que os entendáis, que vea que eres una buena chica.
Vale, lo intentaré gruñó Lucía, sabiendo que no iba a sacar nada más de su padre ese día. Por cierto, ¿es verdad que le compraste un coche a ella?
Bueno, sí, ¿por?
Nada, por nada… ¡Pero a mí me dijiste que no tenías dinero para mandarme de vacaciones fuera! ¡Llevaba años soñando con eso!
A ver, por mucho que quisiera, no podrías ir sola. ¡Tienes sólo doce años! Este verano iremos todos juntos.
¡Pero yo no quiero ir con todos! ¡No me quieres nada, ¿verdad?! ¿Para qué me sacaste entonces de casa de mamá? A Carmen sólo le estorbo y tú nunca tienes tiempo…
Carmen dejó de escuchar. Supo entonces que Lucía siempre se iba a salir con la suya, no sólo con los viajes; esa niña espabilada quería deshacerse de cualquier rival a la atención (y el dinero) de papá. Y tenía pinta de que lo iba a lograr.
Carmen ya estaba harta de reproches. Lo tenía decidido: una discusión más y pediría el divorcio. De paso, le arruinaría un poco la victoria a Lucía diciendo que, aun separándose, Álvaro tendría que seguir pagando su parte, como pensión.
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Y así fue, la noche terminó llena de reproches. Carmen los escuchó y, tranquila, anunció que iba a pedir el divorcio.
Quiero tranquilidad, no aguantar insultos cada día. Y te lo advertí, Álvaro: darle la razón siempre a tu hija sólo iba a empeorar todo y al ver la sonrisa victoriosa de Lucía, Carmen se apresuró a devolverla a la realidad. No te hagas tantas ilusiones, niña. Quién sabe cómo te irá la vida. Por ejemplo, bien podría ponerle a tu padre un ultimátum: si quiere ver a nuestro hijo y se acarició la tripa fingiendo embarazo, tendrá que mandarte de vuelta con tu madre. O algo parecido.
Mientras Lucía tartamudeaba intentando encontrar palabras y Álvaro asimilaba la noticia, Carmen cogió la maleta que ya tenía preparada y se fue del piso. En realidad no estaba embarazada, sólo quería preocupar un poco a esa mocosa y darle una lección a un hombre que no entendía nada de psicología infantil.
A veces, dejar las cosas a tiempo es el mayor acto de madurez. Y en la vida en familia como en la vida misma las concesiones constantes sólo dan pie a mayores conflictos y a que nadie acabe aprendiendo a convivir.







