¡Fuera de mi piso! dijo mi madre.
Fuera, repitió la madre con una serenidad extraña, como brisa de madrugada.
Clara sonrió torcidamente, apoyando la espalda contra la silla, creyendo que la bronca iba dirigida, como siempre, a una de las amigas que rondaban por la casa.
¡Fuera de mi piso! Marta se giró hacia su hija.
¿Ana, viste la publicación? Su amiga entró en la cocina como una ráfaga, con el abrigo aún puesto. ¡Clari ya es madre! Tres kilos cuatrocientos, cincuenta y dos centímetros.
Idéntica a su padre, igual de respingona. Ya recorrí media Calle Preciados buscando trajecitos para la niña. ¿Por qué tienes esa cara mustia?
Felicidades, Marta. Me alegro mucho por vosotras Ana se levantó, sirviendo té a la amiga. Venga, siéntate y quítate ese abrigo.
Ay, no puedo quedarme mucho, Marta se apoyó apenas en el borde de la silla, como si tuviese miedo de hundirse. ¡Tengo mil cosas que hacer! Clara es un sol, lo hace todo ella sola.
Su marido vale oro, se han comprado el piso con hipoteca, están acabando la reforma. Qué orgullosa estoy de mi niña. Yo sí que la he criado bien, ¿eh?
Ana dejó la taza frente a su amiga, en silencio. Sí, sí, bien criada… Lástima que Marta no supiera…
***
Exactamente dos años antes, Clara, la hija de Marta, había llegado a casa de Ana sin avisar, con los ojos hinchados y las manos temblorosas, como si saliera de un vendaval.
Tía Ana, por favor, no le digas nada a mamá. ¡Te lo suplico! Si se entera, le da algo, sollozaba Clara, retorciendo un pañuelo empapado.
Tranquilízate. Cuéntamelo bien, ¿qué ha pasado? Ana se temió lo peor.
Yo en el trabajo… Clara sollozó otra vez. A una compañera le han desaparecido quinientos euros de su bolso. Las cámaras me grabaron entrando sola en la oficina.
¡Yo no fui, tía Ana, lo juro!
Pero me dijeron: o devuelvo quinientos euros antes de comer mañana, o lo denuncian.
Dicen que hay un testigo que dice haberme visto guardar la cartera. Todo es un teatro, tía Ana. Pero, ¿quién va a creerme?
¿Quinientos euros? Ana frunció el ceño. ¿Por qué no fuiste a tu padre?
Fui. El llanto volvió a apoderarse de Clara. Me gritó que todo era culpa mía, que no me daba ni un céntimo, que me buscase la vida con la policía.
Ni me dejó entrar al piso, me gritó por la puerta.
Tía Ana, no tengo a quién recurrir. Tengo doscientos euros que ahorré, pero me faltan trescientos.
¿Y Marta? ¿Por qué no a ella?
¡No! ¡Mamá me mata! Siempre dice que le doy vergüenza, imagina si se entera de que me acusan de robar… Es profesora, la conoce todo el barrio.
¡Por favor, préstame esos trescientos euros! Juro devolvértelos, dos o tres cada semana. He encontrado otro trabajo, de verdad…
Por favor, tía Ana.
A Ana le dolía el alma por la chica. Veinte años, la vida apenas despegando, y ya una mancha tan fea.
El padre la rechazó, la madre igual le arrancaría el alma…
¿Quién no comete errores? pensó Ana.
Clara no paraba de sollozar.
Vale, cedió Ana. Tengo el dinero. Ahorraba para ponerme una funda en la muela, pero puede esperar.
Prométeme que será la última vez. Y a tu madre nada, si tanto miedo tienes.
¡Gracias, gracias, tía Ana! ¡Me has salvado la vida! Clara se le lanzó al cuello.
La primera semana Clara devolvió doscientos euros. Llegó radiante, dijo que todo estaba arreglado, que la policía no tenía nada, que en el nuevo trabajo todo iba fenomenal.
Y después dejó de responder los mensajes. Un mes. Dos. Tres. Ana solo la veía en los cumpleaños de Marta, y Clara le dirigía sólo un buenos días helado, como a una extraña.
Ana no quiso insistir. Pensó:
Es joven, le da vergüenza.
Decidió olvidar los trescientos euros y no romper años de amistad con Marta.
***
¿Tú me escuchas? Marta agitó la mano delante de los ojos de Ana. ¿En qué piensas?
En mis cosas, dijo Ana, sacudiéndose la niebla de la cabeza.
Oye, susurró Marta. Ayer me crucé con Lucia, ¿te acuerdas, la vecina del tercero? En el mercado vino a hablarme, rarísima.
Me preguntó por Clara, si había devuelto lo que debía. No entendí de qué hablaba.
Le dije que Clara es independiente, que trabaja y se apaña sola. Lucia me miró medio torcida y se marchó.
¿Tú sabes si Clara le pidió dinero alguna vez?
Ana sintió una piedra en el pecho.
No sé, Marta. Si le pidió algo sería poca cosa.
Bueno, me voy. Tengo que pasar por la farmacia. Marta besó a Ana en la mejilla y salió volando.
Aquella tarde Ana no aguantó más. Buscó el número de Lucia y llamó.
Luci, soy Ana. ¿Hablaste con Marta? ¿Por qué lo de las deudas?
Un suspiro denso desde el otro lado.
Ay, Anita Yo creía que ya lo sabías. Tú siempre fuiste la más cercana.
Hace dos años, Clara vino llorando, hecha polvo. Me contó que la acusaban de robar en el trabajo, que si no pagaba trescientos euros iría a la cárcel. Me suplicó que no se enterara Marta. Lloró y lloró…
Y yo, que soy imbécil, se los presté. Prometió devolver en un mes. Y nunca más apareció
Ana apretaba el teléfono como si fuese un salvavidas.
¿Tres…cientos euros? repitió. ¿Justo esa cantidad?
Sí. Me dijo que era lo que le faltaba. Al cabo de seis meses me devolvió cincuenta, y se esfumó.
Después supe, por Celia de la otra escalera, que ella también escuchó la misma historia de la cárcel.
¡Celia le dio cuatrocientos euros!
Y también la señorita Gema, su antigua profesora. Esa le prestó quinientos…
Espera, vaciló Ana, sentándose en el sofá. ¿Entonces fue a todas con la misma historia? ¿Siempre la misma cantidad?
Así parece, la voz de Lucia era piedra. La niña fue pidiendo treinta y tres mil, cuarenta mil, de todas las amigas de Marta.
Todo inventado, tirando de compasión. Nosotras, por cariño a Marta, callamos para no herirla.
Y Clara, se fue de viaje con ese dinero. Al mes subió fotos en Gran Canaria.
Yo también le presté trescientos, susurró Ana.
Pues ya está, resopló Lucia. Somos cinco o seis. Esto ya es negocio, Anita, no error de juventud.
Esto es estafa pura y dura. Marta tan orgullosa, sin saber nada. Su hija es una caradura.
Ana colgó. Zumbaba. No le importaba el dinero, hacía tiempo lo daba por perdido.
Le repugnaba la frialdad de la chica, cómo había manipulado la confianza de mujeres adultas.
***
Al día siguiente, Ana fue a ver a Marta, sin intención de armar un escándalo, solo para mirar a los ojos a Clara.
La encontró recién llegada del hospital, habitando la casa materna mientras seguía el jazmín de las reformas en el piso hipotecado.
¡Ay, tía Ana! Clara forzó una sonrisa, al ver a la amiga de su madre en la puerta. Pase. ¿Querrá un té?
Marta revoloteaba entre el fuego y las tazas.
Siéntate, Ana. ¿Por qué no me llamaste antes?
Ana se sentó enfrente de Clara.
Clara, dijo suave, ayer Lucia, Celia y Gema y yo pasamos un rato largo hablando, ya sabes. Hemos fundado, digamos, el club de ayuda a estafadas.
Clara palideció, petrificada, mirando con el rabillo del ojo a su madre, de espaldas.
¿De qué hablas? preguntó Marta, dándose media vuelta.
Clara sí lo sabe, Ana no apartó la vista de la chica. ¿Recuerdas, Clara, lo de hace dos años? Cuando me suplicaste trescientos euros. Y otros tantos a Lucia. Y cuatrocientos a Celia. Y quinientos a Gema.
Todas creíamos ser tus únicas salvadoras, manteniendo tu secreto.
La tetera tembló en la mano de Marta, y el agua hirviendo silbó sobre la vitrocerámica.
¿Qué quinientos euros? Marta dejó la tetera, lenta. Clara, ¿de qué habla? ¿Les has pedido dinero a mis amigas? ¿¡A Gema!?
Mamá… no es así… balbuceó Clara, yo lo devolví… casi…
No devolviste nada, Clara, zanjó Ana. Trajiste doscientos una vez y después desapareciste.
Recaudaste casi dos mil euros de nosotras. Callamos por pena a tu madre.
Pero ayer entendí que la que merece compasión aquí somos nosotras.
Clara, ¡mírame! ¿Has engañado a mis amigas con un cuento de robo? ¿Les has sacado el dinero igual que a mí?
¡Mamá, necesitaba el dinero para irme de casa! gritó Clara. ¡No me disteis nada! ¡Papá no me dio ni un euro! ¡Quería empezar mi vida!
¿Y qué? ¡Ellas tienen de sobra, no les quité el último céntimo!
Ana sintió asco. Así que eso era todo…
Ya está. Marta, perdona que te lo suelte así, pero ya no puedo callar.
No pienso encubrir más esto. ¡Nos ha tomado por tontas!
Marta se apoyó en la mesa, temblando.
Fuera, dijo con una calma helada.
Clara sonrió de lado y se recostó en la silla, creyendo que la bronca iba para Ana.
¡Fuera de mi piso! Marta se giró a su hija. ¡Haz las maletas, vete con tu marido! ¡Y que no te vuelva a ver aquí!
Clara se descompuso:
¡Mamá, tengo un hijo pequeño! ¡Me estresas!
No tienes madre, Clara. La madre era para esa niña honrada que yo creía que eras. Pero eres una delincuente.
Gema… ay, cada día me llamaba y no dijo nada… ¿¡Cómo voy a mirarla a la cara!?
Clara agarró el bolso, lanzó un trapo al suelo.
¡Quedaos con vuestro estúpido dinero! chilló. ¡Viejas carrozas! ¡Que os den!
Corrió a la habitación, agarró la cuna de viaje y salió hecha una sombra.
Marta se dejó caer en una silla, cara entre las manos. Ana se sintió incómoda.
Perdón, Marta…
No, Anita… Perdóname tú a mí. Por criar semejante… ¡Yo de verdad creí que se valía por sí misma! Qué bochorno
Ana le acarició el hombro y Marta se vio inundada de lágrimas.
***
A la semana, el marido de Clara, pálido y descompuesto, visitó a cada deudora, cabizbajo, prometiendo que devolverían el dinero.
Y sí, poco a poco, Gema recibió sus quinientos euros, Celia sus cuatrocientos, y Ana sus trescientos.
Ana no se sentía culpable de descubrirlo. La tramposa, después de todo, merece su castigo. ¿No?







