Ahora tendrás a tu propio hijo, y ella debería volver al orfanato
¿Cuándo va a darme mi hijo un heredero? Carmen Fernández me miró con fastidio mientras yo intentaba seguir desayunando.
Sabes tan bien como yo que llevamos ya tres años intentando tener un hijo suspiró profundamente Lucía, mi esposa. Siempre empezaba igual cada vez que venía mi madre a casa. ¿Qué podía hacer ella? Los médicos decían que ni Lucía ni yo teníamos ningún problema.
Por eso mismo replicó mi madre, forzando una sonrisa desagradable. Estáis casados desde hace años y nada ¿No será que tuviste una juventud movidita?
Carmen, ¿qué insinúas? Lucía no pudo aguantarse más y cerró de golpe el portátil. Hoy ya no iba a poder teletrabajar. ¿Te he dado algún motivo para hablarme así? Te pido que cambies el tono.
¿Y si no lo hago, qué? ¿Se lo vas a chivar a Álvaro? ¿No te da miedo que me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre.
Lo único que respondió Lucía fue dando un portazo al salir del comedor. Yo sé que no pensaba contarme nada. No porque imaginara que yo tomaría partido por mi madre, sino porque prefiere evitarme disgustos.
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Desde el primer día, mi madre nunca aceptó a Lucía. No le gustaba ni su físico, ni cómo vestía, ni cómo cocinaba la lista era interminable. Siempre trató de convencerme de que podía aspirar a algo mejor. Pero por suerte, supe poner límites, y nos casamos pese a su oposición.
Parecía que las aguas se calmaban, sobre todo cuando nos mudamos a un piso a las afueras de Madrid, lejos de los padres. Pero a los pocos meses, mi madre encontró un nuevo motivo para meterse: la ausencia de nietos.
Al principio, Lucía bromeaba diciendo que aún éramos jóvenes y que quería disfrutar y progresar en su trabajo en la agencia de viajes. Pero mi madre insistía una y otra vez en que cuanto antes viniéramos con un niño, mejor. Y si podían ser dos, mejor aún.
Lucía terminó cediendo a las presiones. No fue fácil. Tres años de pruebas, análisis, tratamientos y nada.
Un ginecólogo sugirió que quizá el problema era más psicológico que físico. Mi madre se rió y le aconsejó cambiar de médico.
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Después de la enésima discusión con mi madre, Lucía entró en las redes sociales buscando distraerse. Las fotos de bebés no ayudaban: ella realmente deseaba ser madre, no por contentar a Carmen, ni mucho menos, sino porque le nacía de dentro.
Un post le llamó la atención: una mujer relataba su experiencia en un centro de menores. Lucía se preguntó si sería capaz de acoger a un niño ajeno como propio. Imaginó los ojos de un bebé sonriendo y, decidida, fue a por información.
Había que reunir papeles, pasar más reconocimientos Pero podía más su deseo de maternar que su miedo al papeleo.
Faltaba mi opinión. Yo no iba a poner pegas: solo propuse que, si adoptábamos, fuera un bebé pequeño, mejor de la casa cuna. Nos pusimos de acuerdo.
Pocos meses después, nuestra familia creció. A Lucía y a mí nos bastó una sola mirada para enamorarnos de la pequeña Martina. Solo Carmen se negaba en rotundo, pero su opinión ya no contaba ni para mí ni para Lucía. Llegué incluso a advertir que, de no aceptarla, nos íbamos a Valencia. Ella se tragó su enfado y fingió adorar a su nieta.
Siete años después, Martina terminó primero de Primaria y tenía muchos amigos. Era alegre, generosa y estudiosa. Lucía no podía estar más orgullosa de su hija.
Ese verano fuimos juntos de vacaciones a la Costa Blanca. Sol radiante, olas cálidas, arena fina ¿qué más podía pedir? Además, mi madre estaba lejos y por fin podíamos descansar en paz.
Al final del viaje, Lucía empezó a encontrarse mal. No quiso decir nada para no preocuparnos, pero al volver decidió ir al médico.
Yo noté enseguida que algo le pasaba y sugerí regresar antes; le prometí que volveríamos en Reyes. Ella aceptó.
Cuando llegaron los resultados, la noticia nos tomó completamente por sorpresa y llenó la casa de alegría: Lucía estaba embarazada. Martina fue la que más celebró la novedad; en seguida empezó a hablar de cómo sería de hermana mayor.
Carmen, mi madre, se enteró meses después, cuando la barriga de Lucía ya era evidente. Aprovechó que estaba sola en casa y apareció sin avisar.
No te voy a preguntar por qué no lo dijiste antes soltó nada más entrar, mirándole fijamente la tripa . Tengo otra cuestión.
¿Cuál? Lucía percibía que venía algo malo.
¿Cuándo vais a devolver a Martina al centro? lo dijo totalmente en serio. Ahora que tendréis uno propio, esa niña debería volver al orfanato.
A Lucía le temblaron las manos. No podía creer lo que oía. ¿Devolver a Martina, la niña que es parte de nuestra familia?
¿Lo dices en serio?
Por supuesto bufó Carmen, exigiendo una respuesta. ¿Cuándo lo haréis?
Fuera de mi casa siseó Lucía, conteniéndose para no saltarle a la yugular. Y no vuelvas jamás.
Echó a Carmen de casa. Dudaba si llamarme, pero sabía que yo estaba reunido. Aun así, tendría que contármelo.
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Mi madre fue directa a mi oficina al día siguiente, ignorando las protestas de la secretaria y entrando sin llamar.
Tu mujercita me ha echado de casa como a una cualquiera, ¿te puedes creer? gritó.
Hola mamá contesté suspirando. ¿Qué le dijiste para que Lucía, siempre tan paciente, actuara así?
Solo pregunté cuándo pensabais devolver a esa cría al orfanato se sentó, cruzando los brazos. Ahora que vais a tener un hijo de verdad, toda la atención y el dinero debe ir para él.
¿Cómo puedes siquiera pensar algo tan monstruoso? apreté la pluma hasta partirla. Jamás vamos a deshacernos de Martina. Es mi hija, tanto como cualquier otra.
¿Cómo va a serlo, si no lleva tu sangre? Ya es mayorcita, lo entenderá si se lo explicas.
Ni se te ocurra abrir la boca delante de ella retiré la pluma rota y golpeé la mesa. ¿Te has enterado bien?
¿Y qué me vas a hacer? se burló, saliendo por la puerta. Esa niña no pinta nada en nuestra familia, y voy a hacer lo posible para que las cosas cambien.
Me quedé mirando la puerta cerrada largo rato. La secretaria asomó la cabeza, disculpándose, pero yo ni me inmuté. Sabía lo que tenía que hacer.
Cogí el teléfono.
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Unos meses después, paseaba por el Retiro viendo cómo Martina jugaba con su hermano pequeño. Se tomaba muy en serio lo de ser la mayor.
Oí a dos señoras en un banco criticando a sus nueras y, sin querer, mis pensamientos se fueron de nuevo hacia mi madre.
Desde aquella última visita, no volvimos a verla. En menos de una semana, mudé a mi mujer y mis hijos a Sevilla, para evitar que destruyeran la vida de Martina. Conociendo a mi madre, no habría dudado en contarlo todo y hacer daño.
Ahora vivimos tranquilos. Tenemos una hija risueña, un niño precioso y, en breve, nacerá nuestro tercer hijo.
A veces llamo a mi padre. Sé por él que mi madre sigue igual: ahora la toma con mi hermana, que se ha casado recientemente. Me da pena mi hermana, pero parece llevarlo mejor que nosotros.
Ellos tienen su vida, yo la mía. Ahora, viendo a mi familia, me siento el hombre más afortunado del mundo. Ojalá todos pudieran sentirse igual de felices.







