El derecho a no ir con prisas El mensaje de WhatsApp de la médica de familia llegó cuando Nina estaba en su mesa de la oficina, terminando de redactar otro correo. Se sobresaltó al notar la vibración del móvil, apoyado junto al teclado. “Los análisis están listos, acuda hoy antes de las seis”, decía brevemente el texto. En la pantalla del ordenador marcaban las tres cuarenta y cinco. De la oficina a la consulta había tres paradas de autobús, luego la cola, la consulta, y después vuelta… También una llamada del hijo, que prometía “pasarse si le daba tiempo”, y la jefa, que esa mañana le había insinuado que hiciera otro informe extra. En el bolso, junto a sus pies, reposaban los papeles de su madre que Nina pensaba llevarle por la noche. — ¿Otra vez vas a salir por la tarde? — preguntó la compañera de escritorio, viendo a Nina mirar el reloj. — Qué remedio, — respondió ella casi sin pensar, aunque el sudor le humedecía el cuello de la blusa y un cansancio punzante le latía en el pecho. El día laboral se estiraba pesado, como el pan de masa madre antes de cocer. Correos, llamadas, el chat interminable del departamento. A media mañana la jefa se asomó por la puerta de cristal. — Nines, oye. Mira, el proveedor necesita un resumen para el fin de semana, y yo el sábado estoy fuera. ¿Lo puedes hacer tú? Nada especial, es juntar un par de tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer en casa. La frase “nada especial” flotó entre los escritorios como una orden silenciosa. La compañera de al lado se sumergió atropelladamente en la pantalla, como si quisiera desaparecer. Nina abrió la boca para soltar su típico “vale, sin problema”, pero entonces el móvil vibró suave en el bolsillo. Era el recordatorio de la app: “Por la tarde: paseo 30 minutos”. Ella misma se los había puesto meses atrás, tras otro susto con la tensión —y luego siempre los deslizaba sin mirar. Hoy no lo deslizó. Se quedó mirando la línea como si esperara respuesta. — ¿Nina? — repitió la jefa. Nina aspiró hondo por la nariz. Le zumbaba la cabeza, pero muy adentro notaba algo firme, quizás incluso tozudo: si aceptaba, volvería a pasarse la noche trabajando, le dolería la espalda, y el domingo —colada, comida, consulta de su madre. — No puedo, — dijo, casi sorprendida de lo tranquila que sonaba su voz. La jefa arqueó las cejas. — ¿Cómo que no? Si tú eres… — Mi madre, — Nina decidió usar la misma excusa de siempre para los retrasos, aunque nunca la usaba para rechazar un encargo. — Y además… la médica me dijo que no haga tantas horas extra. De verdad. Lo siento. No especificó que la médica lo había dicho de pasada y hace mucho tiempo. Pero lo había dicho. Silencio. Por dentro todo se encogió: ahora vendrán los suspiros, las indirectas sobre “equipo” y “confianza”. — Bueno, — la jefa iba a seguir, luego hizo un gesto con la mano. — Buscaré a otra persona. Sigue. Cuando se cerró la puerta, Nina notó la espalda empapada. Los dedos con los que apretaba el ratón le temblaban. Una vocecita de culpa, ágil como un ratón, zumbó: tenías que haber dicho que sí, qué te costaba, tres o cuatro horas el sábado. Pero junto a la culpa apareció otro sentimiento, más raro, hasta inquietante. Alivio. Como si al fin hubiera soltado una bolsa demasiado pesada y se sentara algo más ligera. Por la tarde, en vez de ir de cabeza al centro comercial y, “de paso”, recoger material para el informe, Nina salió de la consulta y no corrió a la parada del bus. Se quedó frente a la puerta, reguló la respiración y notó de pronto el dolor sordo en las piernas de la carrera diaria. — Mamá, mañana paso por tu casa, — le dijo por teléfono, ya con los resultados en la mano, tras la cola. — ¿Hoy no vienes? — la voz de su madre, como siempre, ligeramente reprochona. — Mamá, estoy agotada. Es muy tarde y quiero cenar tranquila, por una vez. No te preocupes, te compro las pastillas y por la mañana te las llevo. Esperaba la tormenta, pero en la línea solo se oyó un suspiro. — Bueno, tú verás. Ya eres mayor. “Ya eres mayor”, pensó Nina. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, hipoteca casi liquidada, y dentro aún siente a veces que tiene que demostrar que es buena: hija, madre, empleada. En casa hacía silencio. El hijo escribió en el chat que al final no se pasaría, “lío en el curro”. Nina puso agua a hervir y cortó unos tomates. Por un instante, la mano se le fue sola hacia el aspirador —el suelo lo “pedido” a gritos. Pero se obligó a sentarse, se sirvió el té y dejó que se enfriara un poco, hojeando el libro de vacaciones. Muy hondo persistía el runrún: hay que tender la ropa, fregar las ollas, repasar el informe, buscarle a mamá una clínica mejor… Pero el murmullo se hizo más flojo. Entre esas voces “tienes que” se coló una rendija y se filtró un “ya lo harás”. Leyó despacio, volviendo atrás si se perdía. Se sorprendió mirando por la ventana, sin prisas. Afuera, las luces de los coches se arrastraban, y los pocos paseantes arrastraban sus bolsas con calma, los perros caminaban al paso. — Así está bien, — murmuró en alto, como si cerrara un balance. — No pasa nada si el suelo no brilla hoy. Y la idea no le pareció un crimen. * * * Al día siguiente todo volvió a girar, como si el “ayer” no hubiera existido. La madre llamó a las nueve, inquieta: — Nina, ¿seguro que vienes antes de comer? Es que a las once me toma la tensión la doctora y vendrá a casa. — Sí, mamá, — contestó Nina, ya metiéndose los vaqueros con una mano y el tensiómetro en el bolso con la otra. El hijo le hizo un toque por WhatsApp. — Mamá, hola. Oye, tenemos un tema del piso, ¿puedes hablar esta tarde? — voz de trajín, casi de negociación. — Claro, después de las siete mejor, — Nina se calzó sin soltar el móvil. — Ahora me voy con la abuela. — ¿Otra vez? — Otra vez, — contestó tranquila. En el bus, alguien se peleaba con el conductor, al fondo crujían las bolsas de la compra. Nina se quedó medio dormida, con el tensiómetro en brazos, y despertó cerca ya del portal de su madre. La recibió en bata, cara de disgusto conocida. — Llegas tarde. Si viene la doctora y esto está manga por hombro… — Señaló el montón de ropa sobre la silla. Antes, en estos momentos Nina explotaba al instante: “¡Voy como una loca y tú quejándote!”. Luego vinieron la culpa y el cansancio. Hoy se detuvo en el umbral, dejó el bolso a un lado, respiró. Vio todo el viejo teatro: los reproches, los enfados, los suspiros. Y cómo después, bajando las escaleras, se secaba los ojos, buscando excusas para sus hijos por su mal humor. — Mamá, — dijo bajito. — Sé que te preocupas. Pero vamos a preparar la mesa y luego recojo la ropa. No tengo energía sin fin. Su madre frunció el ceño, a punto de protestar, pero algo debió leerle en la cara. No enfado, ni súplica, solo firmeza tranquila. — Bueno, — rezongó. — Pon el cacharro ese. Cuando la doctora se fue, la madre, retorciéndose el cinturón del albornoz, habló extrañamente suave. — No te creas, que no te lo digo por molestar. Es que tengo miedo a estar sola. Nina estaba en el fregadero, enjuagando tazas. El agua templada, el lavavajillas le pinchaba la piel. Con la confesión de su madre, algo dentro se le ablandó y dolió a la vez. — Lo sé, — contestó. — Yo también tengo miedo a veces. La madre refunfuñó, quitándole hierro, y volvió al telediario. Pero en la estancia había caído un silencio raro, como si la cuerda invisible se tensara con más cuidado. * * * Por la tarde, Nina entró en la farmacia de su calle. En la cola estaba la vecina del bloque, la que siempre anda con el carrito y bolsas pesadas. Hoy no llevaba el carrito; parecía perdida. — No me aclaro, qué vitaminas le pido al marido, — murmuraba aferrada a una libretita. — El médico escribió dos nombres, y aquí con las ofertas, me lío. Antes, Nina solo asentía y se metía en el móvil: ya tenía ella bastante. Pero hoy le resultó familiar esa torpe orfandad del mostrador. Hace poco, su madre pidió que le anotara el horario de pastillas porque siempre se confundía. Ella misma, el invierno pasado, se plantó en la farmacia con un papel y sin entender la diferencia entre dos jarabes. — A ver, te lo miro, — ofreció. Se apartaron a un lado, Nina se puso las gafas y leyó las notas. Preguntó a la farmacéutica, encontró la caja correcta. — Gracias, hija. Me salvas la tarde. Anda que no se nota que tú cuidas de tu madre, se te ve suelta… Nina sonrió. — A veces solo sobrevivo, no creas. Pero ya estoy bregada. Al salir, la vecina dudó: — Si eso, ¿puedo preguntarte alguna vez? Mi marido ni lee, es más terco… Antes, Nina habría respondido: “Cuando quieras, llama”, y luego resoplaría si la pillaba a las diez de la noche. Hoy se demoró un segundo, tanteando la inquietud: no quería ponerse otro “pendiente” más. — Llámame, — dijo tras una pausa. — Pero mejor durante el día. Por las tardes tengo mis cosas. En ese “mis cosas” se sorprendió a sí misma. Como si confesara en voz alta que su tarde era igual de válida que cualquier pastilla ajena. La vecina asintió, sin verlo raro. Aquello le alegró más que las gracias. * * * Por la noche, Nina preparó una cena sencilla. No sacó todas las cazuelas, como si tuviera que alimentar a media familia: sólo estaba ella, y tal vez el hijo pasaría un momento. Coció pasta, salteó un poco de pollo, picó unos pepinos. La cocina estaba algo desordenada, la camisa del hijo colgaba de la silla, la ropa sin doblar en la cesta. Hace diez años no habría cenado tranquila sin dejarlo todo impoluto. Hoy apartó la cesta con el pie. El hijo llamó, sonaba tenso. — Mamá, las cosas se complican. Nos ofrecen hipoteca, pero la entrada es alta. Pensamos si podrías echarnos otra mano. Ya sé que antes nos ayudaste, pero… Nina cerró los ojos. Estas cosas siempre le pinchaban en la misma llaga. De ahí salían todos los viejos rencores: “te crié mal”, “no gané suficiente”, “te equivoqué la vida”. Y encima, la espina de gastar tanto dinero en el negocio fallido de su exmarido, y el remordimiento posterior. — ¿Cuánto necesitáis? — preguntó, con el codo en la mesa. La cifra no era desorbitada, pero dolía. Podría sacarla de los ahorros pequeñitos para sus “algún día”: un viaje a la costa, otra nevera, dentadura buena para mamá. Dentro, un susurro, como papeles viejos en el cajón. Ahí no solo había números, también heridas no cerradas: no irse al extranjero de joven, no defender su tesis de lo que quería, aguantar aquel matrimonio más de la cuenta. — Mamá, si eso, luego te lo devolvemos… — Ya lo sé, — respondió. Y era verdad: nunca volvían. Siempre pasaba igual. Guardó silencio. En esos segundos pasó de todo por la cabeza: los botines del hijo sacados a plazos, las fiestas sin padre, abrazarse de noche los dos, el miedo. Y las ilusiones suyas, sepultadas como jersey viejo. — Os ayudo, — dijo al fin. — Pero la mitad solo. La otra mitad buscadla vosotros. — Mamá… — desilusión clara en la voz. — Santi, — usó su nombre con ese tono serio de muy pocas veces. — No soy un cajero automático. También tengo mi vida. Y tengo que pensar en mí. Silencio. Sentía el latido en las sienes, esperando el látigo del remordimiento. Pero no venía. Sí, había inquietud. Algo de vergüenza. Pero por dentro, una calma nueva. — Vale, — concedió él. — Ya buscaremos. Gracias por lo que puedas. Hablaron de trabajo, de la hermana, de series. Al colgar, solo se oían los tictacs del reloj. Sentada en el taburete, miró la cesta de ropa y tuvo la sensación extraña de que junto a ella se sentaba su versión de hace veinte años —despeinada, acobardada, siempre creyendo que hacía todo mal. — Mira, — le habló mentalmente a su yo del pasado. — Nos hemos equivocado mucho. Pero no vamos a castigarnos otros veinte años. No era una gran lección; era solo una paz discreta. Cogió una camiseta, la dobló. Luego otra. Luego paró, dejando el resto para mañana. Y se dio permiso para no dejarlo todo perfecto. * * * El sábado, sin trabajo extra, despertó sin alarma. Durante unos segundos, el cuerpo intentó saltar de la cama: “hay que ir”, “hay que cocinar”, “hay que lavar”. Pero se obligó a quedarse diez minutos más, escuchando los pasos por la calle. Tras el té y un repaso rápido en el salón, sacó un cuaderno pequeño, regalo de su hija en Reyes: — Mamá, que por fin hagas algo para ti. Apunta aquí lo que quieras hacer. Aquél día solo sonrió y lo guardó vacío. ¿Qué iba a poner allí una mujer con madre, trabajo y dos hijos? Ahora abrió la página en blanco. Dudó. Ningún plan grandioso surgía. Nada de viajes al extranjero ni cambios de vida radicales. Sintió que no quería crearse otro “proyecto” exigente. Escribió: “Quiero pasear tranquilamente por las tardes, a veces sin rumbo”. Y debajo: “Apuntarme al curso de informática en la biblioteca del barrio”. Ni inglés, ni cerámica, ni nada para presumir. Solo ganar confianza con algo que ya usaba, sin sentir que siempre llegaba tarde. Está harta de pedirle al hijo que le gestione las citas online. Metió el cuaderno en el bolso. Salió, y en vez de ir directa al súper, se desvió al antiguo parque donde hacía años no pasaba. Silencio, sombra de árboles sobre bancos. En uno, dos mujeres de su edad hablando —de precios, de salud, de hijos. Nina siguió su paso. Ni deprisa ni despacio, a su ritmo. Por dentro, espacio raro y fresco, como el armario después de quitar muchos trastos guardados “por si acaso”. No sabía aún vivir de otra manera. Volvería a ceder, a pelear, a sentir culpa. Pero entre las obligaciones y ella misma ahora había un pequeño margen: poder pararse y preguntarse, aunque solo fuera un segundo: “¿Esto quiero yo?” Al volver, entró en la biblioteca por primera vez en diez años. Olía a papel y polvo. La bibliotecaria, con chaleco de lana, alzó la vista: — ¿Puedo ayudarla? — Sí, quería informarme sobre los cursos, — se vio pequeña, como una niña. — Para… adultos. Para aprender mejor con el ordenador. La bibliotecaria le sonrió. — Tenemos. Por las tardes, dos días a la semana. Justo abrimos grupo. ¿La apunto? — Apúnteme, — dijo Nina. Al rellenar el formulario, escribió despacio su edad. El “55” ya no le sonó a sentencia, sino al número de un andén al que ha llegado: el lugar donde por fin tiene derecho a no ir siempre con prisas. Al llegar a casa, seguía el plato sin lavar, la camisa en la silla, los análisis de mamá y un email de la jefa con el asunto “Nuevas tareas para el mes”. Dejó el bolso, se quitó la chaqueta, caminó hasta la ventana y se quedó un par de minutos allí. Por dentro, respiraba tranquila. Sabía que luego fregaría, luego llamaría a su madre, luego contestaría el email. Pero sabía también otra cosa: entre esos gestos, encontraría para sí misma una pequeña rendija —una taza de té, una página de libro, un paseo alrededor de la manzana. Y descubrir esa rendija era, de pronto, lo más valioso de todo.

Derecho a no tener prisa

El mensaje de la médica llegó como un pez reluciente deslizándose por la pantalla, justo cuando Encarnación estaba en su despacho, escribiendo el enésimo correo bajo la luz cansada de la tarde madrileña. El móvil, apoyado junto al teclado, vibró como si un insecto invisible buscara refugio.

«Análisis listos, pásese antes de las seis», anunciaba el SMS, breve y cortante como un tañido de campana.

En la esquina inferior del monitor, el reloj marcaba las 15:45. Desde la oficina eran tres paradas en el autobús L5 hasta el ambulatorio. Espera, consulta, vuelta atrás Y, como en una viñeta recurrente, una llamada de su hijo, que prometía «pasar si le daba tiempo», mientras la jefa había dejado caer por la mañana, con voz de presagio, algo de un informe extra. Dentro del bolso, a los pies, dormía una carpeta de papeles para su madre, que Encarnación pensaba dejarle esa tarde.

Vas a volver a salir corriendo, ¿no? preguntó Sonsoles, la compañera del cubículo de al lado, tras ver cómo Encarnación lanzaba una mirada furtiva al reloj.

Tengo que hacerlo respondió Encarnación con voz prestada, mientras sentía la tela húmeda en la nuca y un latido de cansancio vibrar en el pecho.

La jornada se estiraba como la masa pegajosa de un pan sin hornear. Emails, llamadas, grupos de WhatsApp del equipo molestos como mosquitos. A mitad del día, la jefa asomó la cabeza por la puerta, asomando los labios en una curva de urgencia.

Encarna, oye, que el proveedor quiere un resumen este fin de semana. Yo el sábado no puedo, ¿tú podrías encargarte? No es nada, sólo cuadrar unas tablas, tres o cuatro horitas Lo puedes hacer tranquilamente en casa.

Las palabras «no es nada» colgaron sobre la mesa, nublando el aire como si fueran reglamento. Sonsoles agachó la cabeza, hundiéndose aún más en el ordenador, como queriendo volverse invisible. Encarnación abrió la boca para soltar el consabido «claro», pero justo entonces su móvil vibró sutil en el bolsillo del abrigo: recordatorio de una app que ella misma había programado meses atrás tras otro susto: «Por la tarde: paseo de 30 minutos».

Normalmente deslizaba el recordatorio fuera de la pantalla, como quien espanta un pensamiento molesto. Hoy no. Hoy lo leyó, contemplándolo como si fuera un ser pequeño y humilde deseando su respuesta.

¿Encarna? repitió la voz de la jefa.

Encarnación respiró el aire reciclado de la oficina. Dentro, la cabeza zumbeaba, pero detrás, en el fondo, había un sedimento duro y testarudo: si decía que sí, volvería a quedarse hasta la noche, dolor de espalda, lista de tareas que nunca mengua. Domingo: colada, comida, cita médica de su madre.

No puedo dijo Encarnación, sorprendida por lo claro y sereno de su propia voz.

La jefa alzó una ceja, como si esa negativa reconfigurase el piso bajo sus pies.

¿Cómo que no? Pero si tú…

Es por mi madre sacó la vieja frase que siempre justificaba los retrasos, pero por algún motivo nunca las negativas. Y bueno, la doctora me ha dicho que reduzca las horas extra. Perdone.

No añadió que eso la médica lo había dicho de paso, casi como quien comenta el tiempo, y hacía ya, ¿cuánto?, más de un año.

Silencio adminículo titilante. Encarnación sintió cómo la espalda le sudaba. Los dedos flotaban al soltar el ratón. Una vocecilla acusadora se deslizó como una lagartija: podías haber dicho que sí, total, ¿qué te costaba? Tres horas en sábado no es el fin del mundo.

Pero junto a la culpa sentía un alivio nuevo, minúsculo, casi irreconocible. Como soltar una mochila que te destroza el hombro y sentarte por fin a tu propio lado.

Al caer la tarde, en vez de cruzar el pasillo de la galería comercial «Príncipe Pío» para «de paso» comprar cosas del trabajo, salió del centro de salud y no corrió a la parada. Se detuvo en el umbral, regulando su respiración. Por primera vez notó con precisión el desgaste de sus piernas tras el ajetreo diario.

Mamá, mañana voy a verte anunció al teléfono, ya con el sobre de resultados en el bolso, después de soportar la cola del mostrador.

¿Hoy no te pasas? el tono de su madre rezumaba ese deje entre reproche y costumbre, como el gotear de los grifos viejos.

Que va, estoy cansada, mamá. Ya es tarde y quiero, al menos una vez, cenar tranquila en casa. Tus pastillas las tengo aquí. Mañana te las llevo temprano.

Esperaba la tormenta y llegó, en cambio, una resignación blanda.

Haz lo que quieras, hija. Ya no eres una niña.

«No eres una niña». Encarnación forzó una sonrisa. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, hipoteca en las últimas, y sin embargo, esa confianza nunca calcifica del todo: la sensación de tener que demostrarles a todos algo. Como hija, como madre, como empleada.

En casa reinaba esa quietud irreal de los salones en los sueños. El hijo, a través del chat, anunció que no pasaba: «Liado en el curro». Encarnación puso agua a hervir y cortó tomates. A punto estuvo de alcanzar la escoba el suelo rugía de polvo bajo sus pies, pero se encogió de hombros y se sentó con una taza de té frente al libro que había traído de Almería las vacaciones pasadas.

En el fondo, una voz insistía: pon la lavadora, friega los cacharros, repasa el informe, busca una clínica mejor para la madre. Pero esa voz era menos fuerte que antes. Entre los debes surgió un resquicio, por donde se coló sutilmente un quizá lo hagas luego.

Leyó sin prisas, repitiendo párrafos cuando la mente se le iba. En un momento se sorprendió mirando el ventanal, sin rumbo, sin prisa. Abajo, las farolas arrastraban sus sombras por la calle, los transeúntes se llevaban el mundo a cuestas y los perros paseaban su cansancio junto a los dueños, dejando una estela de sueños lentos.

No pasa nada murmuró, para sí, como si diera parte en voz alta. No pasa nada porque el suelo no reluzca.

Y, asombrosamente, la idea no le pareció ningún delito.

* * *

Al día siguiente, la realidad volvió como un tren de cercanías, como si el «ayer» hubiera sido el espejismo de alguien más. Su madre llamó a las nueve, con nervios a flor de piel:

Encarna, ¿vas a llegar antes de la una? A las once viene la doctora a tomarme la tensión y esto está hecho un desastre.

Sí, mamá, sí Encarnación lograba ponerse los vaqueros con una mano mientras con la otra metía manguitos y pastillas en la mochila.

El hijo dejó un audio:

Mamá, escucha, tenemos que hablar del piso. ¿Te puedes conectar esta noche? la voz sonaba eficaz y lejana, como si discutiera una operación bursátil en vez de vaguear en el sofá familiar.

Vale, después de las siete. Voy a casa de la abuela ahora.

¿Otra vez?

Otra vez contestó Encarnación, sin alterar el ritmo.

En el autobús, entre el trajín de bolsas y niños, Encarnación dormitó abrazada al tensiómetro. Se despertó junto al portal de la madre.

Su madre la esperaba con bata y el ceño arrugado.

Llegas tarde, y la casa, un desastre señaló una pila de ropa en la silla, como si eso fuese el final del mundo.

Antes, en ese instante, Encarnación se encendía en ira reactiva: ¿Yo saltando entre metros para que tú te quejes del polvo?. Luego venían la culpa y el agotamiento.

Esta vez se detuvo en la puerta, dejó la bolsa en el suelo y respiró hondo. El guión de siempre pasaba por su cabeza: reproches, malos gestos, lágrimas en la escalera. Y la eterna vuelta a casa sintiéndose papel mojado.

Mamá dijo, con una suavidad inaudita. Sé que te angustias. Pero vamos primero a la consulta y luego, si me queda energía, recojo la ropa. No puedo con todo de golpe, mamá.

La madre hizo ademán de protestar, boca en forma de pero, pero en la mirada leyó otra cosa. No resignación, no súplica: firmeza tranquila.

Bueno cedió, encogiéndose la bata. Pon tu máquina esa.

Cuando la médica se fue, la madre, toqueteándose el cinturón, bajó la voz y, de pronto, salió de su boca una frase desigual a sus habituales diatribas televisivas:

No pienses que lo hago por fastidiar. Es que me da miedo estar sola aquí.

En la cocina, con el agua tibia resbalando por las manos, Encarnación sintió deshacerse algo por dentro, suave y dolorido a un tiempo.

Lo sé, mamá susurró. A mí también me da miedo a veces.

La madre resopló, como minimizando la confesión, y pronto volvió a rumiar noticias de fondo. En la sala, el aire vibraba con una frecuencia misteriosa, como si una cuerda tensada ahora descansara.

* * *

Al volver, Encarnación se detuvo en la farmacia del barrio. En la cola, una vecina del portal, Lourdes, la del carrito y las bolsas llenas, hojeaba un cuaderno con expresión perdida.

No sé ni qué vitaminas comprarle a mi marido murmuraba, pasándose la mano por el pelo. El médico lo apuntó, pero aquí hay de todo, y con descuentos Es un lío.

Antes, Encarnación hubiera asentido, se habría enterrado en el WhatsApp, ahogada por sus propios deberes. Hoy, sin embargo, sintió esa extraña simpatía por el desconcierto ajeno: también su madre le pedía apuntar el horario de las pastillas, también ella se vio hace poco con una lista incomprensible de medicamentos.

Déjame ver propuso.

Apartadas junto a la estantería, Encarnación sacó las gafas, descifró los nombres, preguntó a la farmacéutica, y dio con la caja adecuada.

Gracias, hija. Últimamente pierdo la cabeza con tanto papel. Y tú, que estás siempre con tu madre, ya te las sabes de memoria.

Encarnación se encogió de hombros, medio sonriendo.

No es que entienda. Es que, al final, nos acaba pasando a todos.

Salieron juntas y Lourdes tanteó una pregunta.

¿Puedo llamarte si tengo dudas? Es que mi marido, ya sabes, ni mira el prospecto.

Antes, Encarnación hubiera respondido el «cuando quieras» automático, para luego apretar los dientes si sonaba el teléfono tarde. Pero ahora midió la respuesta, notando el miedo de añadir otra carga a la espalda.

Llámame, sí. Pero si puedes, mejor por la tarde. Por la noche necesito mi rato.

Diciendo eso, se sorprendió: mi rato sonaba tan real, tan legítimo como cualquier otra obligación.

Lourdes asintió con naturalidad, y eso la reconfortó.

* * *

La cena fue modesta: un plato de pasta, un poco de pollo y rodajas de pepino. Encarnación no se dejó engullir por la obligación de sacar toda la vajilla como si la casa aún estuviera llena de niños. La cocina estaba mitad puesta, mitad por hacer, la camisa del hijo seguía desparramada en la silla, el cesto de la colada, pleno y abandonado en el rincón. Diez años atrás no habría cenado hasta dejarlo todo en orden.

Ahora, sólo apartó el cesto con el pie.

Sonó el móvil de su hijo: voz tensa.

Mamá, mira, el piso nos lo dan con condiciones algo peores Piden más entrada. ¿Podrías echarnos otro cable? Sé que ya nos has dejado bastante pero

Encarnación cerró los ojos. Estos diálogos trabajaban en su conciencia como alfileres: no ahorraste suficiente, no les diste el futuro que querías, ¿por qué siempre llego tarde a todo?. Bajo las palabras emergían punzadas viejas: cuando invirtieron unos ahorros en el bar de su ex, o cuando no emigró a Sevilla por miedo.

¿Cuánto necesitáis? apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.

Él dijo una cifra. No era imposible, pero dolía: era una parte del fondo para sus «algún día»: cambiar la nevera, ir a la playa, ponerle dentadura nueva a la madre.

Por dentro, sintió removerse el fajo de papeles antiguos. En ese fajo vivían también los sueños que siempre pospuso: no se fue a Zaragoza por trabajo, no defendió aquel proyecto de música, aguantó el matrimonio mucho más de la cuenta para terminar separada igual.

No te preocupes, mamá. Te lo devolvemos se apresuró él al silencio de su madre.

No lo pienso dijo Encarnación. Y, por primera vez, era cierto; sabía que el dinero nunca volvía. Siempre era así.

Pasaron unos segundos, tan lentos que parecían doblar la tarde. En ellos cabían todas las botas infantiles que compró a plazos, los Reyes modestos, las noches compartidas madre e hijo protegiéndose del miedo. Y también sus propios deseos, los escondidos en la balda más alta del armario.

Podré ayudaros, pero sólo con la mitad. El resto tendréis que apañaros.

Vaya esta vez hubo decepción.

Alejandro dijo Encarnación, utilizando el nombre en su peso exacto. No soy un cajero. También tengo mi vida. Tengo que pensar en mí.

Y apareció ese silencio conocido. Encarnación escuchó el latido de su pecho, esperando la marea de auto-reproches. Pero no llegó. Sí, estaba algo nerviosa. Algo triste, sí. Pero, por primera vez, tranquila.

Vale, mamá. Tienes razón. Ya veremos. Lo que nos des, ayuda de sobra.

Hablaron un poco más de cosas pequeñas: trabajo, la hermana, qué serie ver. Cuando Encarnación colgó, el tictac del reloj llenó la cocina.

Se sentó en el taburete junto al cesto de ropa. Miró la montaña de camisetas y, de pronto, se sintió acompañada por su versión de hace veinte años: despeinada, exhausta, siempre culpable, empeñada en que todo lo hacía mal.

Bueno le susurró en un habla soñolienta a esa Encarnación joven. Hemos perdido cosas, hemos tropezado mil veces, pero no hace falta castigarme veinte años seguidos.

No era una gran revelación. Más bien, el sabor templado de un acuerdo. Tomó una camiseta. La dobló con cuidado. Luego otra. Y después, detuvo la mano, dejando el resto para otro día: no hacía falta la perfección.

* * *

El sábado, sin encargos extra, Encarnación despertó sin la cárcel del despertador. Por inercia, el cuerpo intentó saltar a poner lavadoras, comprar, ordenar, planear pero contuvo el impulso, dejándose arrullar por los pasos de los vecinos bajo la ventana.

Después de desayunar y poner algo de orden por encima, sacó del cajón un cuaderno pequeño. Su hija Basília se lo había regalado en Reyes, con ese brillo que sólo tienen las ideas nuevas.

Mamá, para que lo llenes con cosas que te apetezcan a ti. Lo que quieras hacer.

Encarnación entonces sólo había sonreído. El cuaderno llevó meses vacío; ¿qué «cosas propias» podría anotar una mujer con madre enferma, trabajo y familia a cuestas?

Ahora, se encontró abriendo una página limpia. La inspiración no era grandilocuente. Ni travesías al Machu Picchu ni aprender japonés. Sintió, nítidamente, que no quería inventarse otro proyecto. Sólo paz.

Escribió: «Quiero salir a pasear algunas tardes, sin rumbo». Y debajo: «Apuntarme al curso de informática en la biblioteca municipal».

Ni inglés, ni pintura, ni cursos de moda de Instagram. Sólo aprender a manejarse con el ordenador, como una adulta. Basta de llamar al hijo para pedirle cita médica online.

Guardó el cuaderno en el bolso y, al salir, optó por cambiar la ruta: no fue al mercado, sino al patio trasero del bloque, donde antaño jugaba su hija a la goma. Estaba semivacío, los plátanos proyectaban una red tenue de sombras sobre los bancos. Dos mujeres charlaban de espaldas, discutiendo notó Encarnación sobre lo mismo de siempre: precios, achaques, nietos.

Siguió caminando, ni rápida ni lenta, por su propio compás. Por dentro, algo flotaba, como la estantería cuando se deshace de los abrigos que ya no piensas volver a usar.

Aún no sabía vivir así, a su modo. Aún habría tropiezos; volvería a ceder, a pelear, a arrepentirse Pero entre el mundo y ella se había abierto un pequeño, diminuto hueco de tiempo donde era posible preguntarse: «¿Esto lo quiero yo?»

De regreso, pasó junto a la biblioteca, esa que había esquivado durante años. Dentro olía a papel y tierra húmeda; tras el mostrador, una mujer de chaleco de lana levantó la vista.

¿Le ayudo en algo?

Venía a preguntar por los cursos para adultos de informática, que no quiero quedarme atrás.

La bibliotecaria sonrió.

Tenemos, sí. Dos tardes a la semana, el grupo justo está abriéndose. ¿La apunto?

Sí, gracias.

En la ficha, copió la edad, con sus cinco y cinco, sin angustia. Era sólo una constatación: había llegado a un punto donde tenía derecho a no tener prisa.

Al volver, la sartén seguía en el fregadero, la camisa de Alejandro en la silla, el sobre de análisis de la madre sobre la mesa, junto al correo de la jefa que decía «Nuevos retos del mes».

Encarnación dejó el bolso, se quitó la chaqueta, cruzó la cocina y miró por la ventana. Aire detenido en el pecho. Sabía que, en breve, tocaría fregar, llamar a la madre, responder al correo. Pero, entre una cosa y otra, ahora siempre habría una rendija, una grieta luminosa: una taza de té, una página de libro, un paseo sin meta.

Y ese saber, insólito y propio, de repente pesaba más que todas sus tareas juntas.

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El derecho a no ir con prisas El mensaje de WhatsApp de la médica de familia llegó cuando Nina estaba en su mesa de la oficina, terminando de redactar otro correo. Se sobresaltó al notar la vibración del móvil, apoyado junto al teclado. “Los análisis están listos, acuda hoy antes de las seis”, decía brevemente el texto. En la pantalla del ordenador marcaban las tres cuarenta y cinco. De la oficina a la consulta había tres paradas de autobús, luego la cola, la consulta, y después vuelta… También una llamada del hijo, que prometía “pasarse si le daba tiempo”, y la jefa, que esa mañana le había insinuado que hiciera otro informe extra. En el bolso, junto a sus pies, reposaban los papeles de su madre que Nina pensaba llevarle por la noche. — ¿Otra vez vas a salir por la tarde? — preguntó la compañera de escritorio, viendo a Nina mirar el reloj. — Qué remedio, — respondió ella casi sin pensar, aunque el sudor le humedecía el cuello de la blusa y un cansancio punzante le latía en el pecho. El día laboral se estiraba pesado, como el pan de masa madre antes de cocer. Correos, llamadas, el chat interminable del departamento. A media mañana la jefa se asomó por la puerta de cristal. — Nines, oye. Mira, el proveedor necesita un resumen para el fin de semana, y yo el sábado estoy fuera. ¿Lo puedes hacer tú? Nada especial, es juntar un par de tablas. Tres o cuatro horas, lo puedes hacer en casa. La frase “nada especial” flotó entre los escritorios como una orden silenciosa. La compañera de al lado se sumergió atropelladamente en la pantalla, como si quisiera desaparecer. Nina abrió la boca para soltar su típico “vale, sin problema”, pero entonces el móvil vibró suave en el bolsillo. Era el recordatorio de la app: “Por la tarde: paseo 30 minutos”. Ella misma se los había puesto meses atrás, tras otro susto con la tensión —y luego siempre los deslizaba sin mirar. Hoy no lo deslizó. Se quedó mirando la línea como si esperara respuesta. — ¿Nina? — repitió la jefa. Nina aspiró hondo por la nariz. Le zumbaba la cabeza, pero muy adentro notaba algo firme, quizás incluso tozudo: si aceptaba, volvería a pasarse la noche trabajando, le dolería la espalda, y el domingo —colada, comida, consulta de su madre. — No puedo, — dijo, casi sorprendida de lo tranquila que sonaba su voz. La jefa arqueó las cejas. — ¿Cómo que no? Si tú eres… — Mi madre, — Nina decidió usar la misma excusa de siempre para los retrasos, aunque nunca la usaba para rechazar un encargo. — Y además… la médica me dijo que no haga tantas horas extra. De verdad. Lo siento. No especificó que la médica lo había dicho de pasada y hace mucho tiempo. Pero lo había dicho. Silencio. Por dentro todo se encogió: ahora vendrán los suspiros, las indirectas sobre “equipo” y “confianza”. — Bueno, — la jefa iba a seguir, luego hizo un gesto con la mano. — Buscaré a otra persona. Sigue. Cuando se cerró la puerta, Nina notó la espalda empapada. Los dedos con los que apretaba el ratón le temblaban. Una vocecita de culpa, ágil como un ratón, zumbó: tenías que haber dicho que sí, qué te costaba, tres o cuatro horas el sábado. Pero junto a la culpa apareció otro sentimiento, más raro, hasta inquietante. Alivio. Como si al fin hubiera soltado una bolsa demasiado pesada y se sentara algo más ligera. Por la tarde, en vez de ir de cabeza al centro comercial y, “de paso”, recoger material para el informe, Nina salió de la consulta y no corrió a la parada del bus. Se quedó frente a la puerta, reguló la respiración y notó de pronto el dolor sordo en las piernas de la carrera diaria. — Mamá, mañana paso por tu casa, — le dijo por teléfono, ya con los resultados en la mano, tras la cola. — ¿Hoy no vienes? — la voz de su madre, como siempre, ligeramente reprochona. — Mamá, estoy agotada. Es muy tarde y quiero cenar tranquila, por una vez. No te preocupes, te compro las pastillas y por la mañana te las llevo. Esperaba la tormenta, pero en la línea solo se oyó un suspiro. — Bueno, tú verás. Ya eres mayor. “Ya eres mayor”, pensó Nina. Cincuenta y cinco años, dos hijos adultos, hipoteca casi liquidada, y dentro aún siente a veces que tiene que demostrar que es buena: hija, madre, empleada. En casa hacía silencio. El hijo escribió en el chat que al final no se pasaría, “lío en el curro”. Nina puso agua a hervir y cortó unos tomates. Por un instante, la mano se le fue sola hacia el aspirador —el suelo lo “pedido” a gritos. Pero se obligó a sentarse, se sirvió el té y dejó que se enfriara un poco, hojeando el libro de vacaciones. Muy hondo persistía el runrún: hay que tender la ropa, fregar las ollas, repasar el informe, buscarle a mamá una clínica mejor… Pero el murmullo se hizo más flojo. Entre esas voces “tienes que” se coló una rendija y se filtró un “ya lo harás”. Leyó despacio, volviendo atrás si se perdía. Se sorprendió mirando por la ventana, sin prisas. Afuera, las luces de los coches se arrastraban, y los pocos paseantes arrastraban sus bolsas con calma, los perros caminaban al paso. — Así está bien, — murmuró en alto, como si cerrara un balance. — No pasa nada si el suelo no brilla hoy. Y la idea no le pareció un crimen. * * * Al día siguiente todo volvió a girar, como si el “ayer” no hubiera existido. La madre llamó a las nueve, inquieta: — Nina, ¿seguro que vienes antes de comer? Es que a las once me toma la tensión la doctora y vendrá a casa. — Sí, mamá, — contestó Nina, ya metiéndose los vaqueros con una mano y el tensiómetro en el bolso con la otra. El hijo le hizo un toque por WhatsApp. — Mamá, hola. Oye, tenemos un tema del piso, ¿puedes hablar esta tarde? — voz de trajín, casi de negociación. — Claro, después de las siete mejor, — Nina se calzó sin soltar el móvil. — Ahora me voy con la abuela. — ¿Otra vez? — Otra vez, — contestó tranquila. En el bus, alguien se peleaba con el conductor, al fondo crujían las bolsas de la compra. Nina se quedó medio dormida, con el tensiómetro en brazos, y despertó cerca ya del portal de su madre. La recibió en bata, cara de disgusto conocida. — Llegas tarde. Si viene la doctora y esto está manga por hombro… — Señaló el montón de ropa sobre la silla. Antes, en estos momentos Nina explotaba al instante: “¡Voy como una loca y tú quejándote!”. Luego vinieron la culpa y el cansancio. Hoy se detuvo en el umbral, dejó el bolso a un lado, respiró. Vio todo el viejo teatro: los reproches, los enfados, los suspiros. Y cómo después, bajando las escaleras, se secaba los ojos, buscando excusas para sus hijos por su mal humor. — Mamá, — dijo bajito. — Sé que te preocupas. Pero vamos a preparar la mesa y luego recojo la ropa. No tengo energía sin fin. Su madre frunció el ceño, a punto de protestar, pero algo debió leerle en la cara. No enfado, ni súplica, solo firmeza tranquila. — Bueno, — rezongó. — Pon el cacharro ese. Cuando la doctora se fue, la madre, retorciéndose el cinturón del albornoz, habló extrañamente suave. — No te creas, que no te lo digo por molestar. Es que tengo miedo a estar sola. Nina estaba en el fregadero, enjuagando tazas. El agua templada, el lavavajillas le pinchaba la piel. Con la confesión de su madre, algo dentro se le ablandó y dolió a la vez. — Lo sé, — contestó. — Yo también tengo miedo a veces. La madre refunfuñó, quitándole hierro, y volvió al telediario. Pero en la estancia había caído un silencio raro, como si la cuerda invisible se tensara con más cuidado. * * * Por la tarde, Nina entró en la farmacia de su calle. En la cola estaba la vecina del bloque, la que siempre anda con el carrito y bolsas pesadas. Hoy no llevaba el carrito; parecía perdida. — No me aclaro, qué vitaminas le pido al marido, — murmuraba aferrada a una libretita. — El médico escribió dos nombres, y aquí con las ofertas, me lío. Antes, Nina solo asentía y se metía en el móvil: ya tenía ella bastante. Pero hoy le resultó familiar esa torpe orfandad del mostrador. Hace poco, su madre pidió que le anotara el horario de pastillas porque siempre se confundía. Ella misma, el invierno pasado, se plantó en la farmacia con un papel y sin entender la diferencia entre dos jarabes. — A ver, te lo miro, — ofreció. Se apartaron a un lado, Nina se puso las gafas y leyó las notas. Preguntó a la farmacéutica, encontró la caja correcta. — Gracias, hija. Me salvas la tarde. Anda que no se nota que tú cuidas de tu madre, se te ve suelta… Nina sonrió. — A veces solo sobrevivo, no creas. Pero ya estoy bregada. Al salir, la vecina dudó: — Si eso, ¿puedo preguntarte alguna vez? Mi marido ni lee, es más terco… Antes, Nina habría respondido: “Cuando quieras, llama”, y luego resoplaría si la pillaba a las diez de la noche. Hoy se demoró un segundo, tanteando la inquietud: no quería ponerse otro “pendiente” más. — Llámame, — dijo tras una pausa. — Pero mejor durante el día. Por las tardes tengo mis cosas. En ese “mis cosas” se sorprendió a sí misma. Como si confesara en voz alta que su tarde era igual de válida que cualquier pastilla ajena. La vecina asintió, sin verlo raro. Aquello le alegró más que las gracias. * * * Por la noche, Nina preparó una cena sencilla. No sacó todas las cazuelas, como si tuviera que alimentar a media familia: sólo estaba ella, y tal vez el hijo pasaría un momento. Coció pasta, salteó un poco de pollo, picó unos pepinos. La cocina estaba algo desordenada, la camisa del hijo colgaba de la silla, la ropa sin doblar en la cesta. Hace diez años no habría cenado tranquila sin dejarlo todo impoluto. Hoy apartó la cesta con el pie. El hijo llamó, sonaba tenso. — Mamá, las cosas se complican. Nos ofrecen hipoteca, pero la entrada es alta. Pensamos si podrías echarnos otra mano. Ya sé que antes nos ayudaste, pero… Nina cerró los ojos. Estas cosas siempre le pinchaban en la misma llaga. De ahí salían todos los viejos rencores: “te crié mal”, “no gané suficiente”, “te equivoqué la vida”. Y encima, la espina de gastar tanto dinero en el negocio fallido de su exmarido, y el remordimiento posterior. — ¿Cuánto necesitáis? — preguntó, con el codo en la mesa. La cifra no era desorbitada, pero dolía. Podría sacarla de los ahorros pequeñitos para sus “algún día”: un viaje a la costa, otra nevera, dentadura buena para mamá. Dentro, un susurro, como papeles viejos en el cajón. Ahí no solo había números, también heridas no cerradas: no irse al extranjero de joven, no defender su tesis de lo que quería, aguantar aquel matrimonio más de la cuenta. — Mamá, si eso, luego te lo devolvemos… — Ya lo sé, — respondió. Y era verdad: nunca volvían. Siempre pasaba igual. Guardó silencio. En esos segundos pasó de todo por la cabeza: los botines del hijo sacados a plazos, las fiestas sin padre, abrazarse de noche los dos, el miedo. Y las ilusiones suyas, sepultadas como jersey viejo. — Os ayudo, — dijo al fin. — Pero la mitad solo. La otra mitad buscadla vosotros. — Mamá… — desilusión clara en la voz. — Santi, — usó su nombre con ese tono serio de muy pocas veces. — No soy un cajero automático. También tengo mi vida. Y tengo que pensar en mí. Silencio. Sentía el latido en las sienes, esperando el látigo del remordimiento. Pero no venía. Sí, había inquietud. Algo de vergüenza. Pero por dentro, una calma nueva. — Vale, — concedió él. — Ya buscaremos. Gracias por lo que puedas. Hablaron de trabajo, de la hermana, de series. Al colgar, solo se oían los tictacs del reloj. Sentada en el taburete, miró la cesta de ropa y tuvo la sensación extraña de que junto a ella se sentaba su versión de hace veinte años —despeinada, acobardada, siempre creyendo que hacía todo mal. — Mira, — le habló mentalmente a su yo del pasado. — Nos hemos equivocado mucho. Pero no vamos a castigarnos otros veinte años. No era una gran lección; era solo una paz discreta. Cogió una camiseta, la dobló. Luego otra. Luego paró, dejando el resto para mañana. Y se dio permiso para no dejarlo todo perfecto. * * * El sábado, sin trabajo extra, despertó sin alarma. Durante unos segundos, el cuerpo intentó saltar de la cama: “hay que ir”, “hay que cocinar”, “hay que lavar”. Pero se obligó a quedarse diez minutos más, escuchando los pasos por la calle. Tras el té y un repaso rápido en el salón, sacó un cuaderno pequeño, regalo de su hija en Reyes: — Mamá, que por fin hagas algo para ti. Apunta aquí lo que quieras hacer. Aquél día solo sonrió y lo guardó vacío. ¿Qué iba a poner allí una mujer con madre, trabajo y dos hijos? Ahora abrió la página en blanco. Dudó. Ningún plan grandioso surgía. Nada de viajes al extranjero ni cambios de vida radicales. Sintió que no quería crearse otro “proyecto” exigente. Escribió: “Quiero pasear tranquilamente por las tardes, a veces sin rumbo”. Y debajo: “Apuntarme al curso de informática en la biblioteca del barrio”. Ni inglés, ni cerámica, ni nada para presumir. Solo ganar confianza con algo que ya usaba, sin sentir que siempre llegaba tarde. Está harta de pedirle al hijo que le gestione las citas online. Metió el cuaderno en el bolso. Salió, y en vez de ir directa al súper, se desvió al antiguo parque donde hacía años no pasaba. Silencio, sombra de árboles sobre bancos. En uno, dos mujeres de su edad hablando —de precios, de salud, de hijos. Nina siguió su paso. Ni deprisa ni despacio, a su ritmo. Por dentro, espacio raro y fresco, como el armario después de quitar muchos trastos guardados “por si acaso”. No sabía aún vivir de otra manera. Volvería a ceder, a pelear, a sentir culpa. Pero entre las obligaciones y ella misma ahora había un pequeño margen: poder pararse y preguntarse, aunque solo fuera un segundo: “¿Esto quiero yo?” Al volver, entró en la biblioteca por primera vez en diez años. Olía a papel y polvo. La bibliotecaria, con chaleco de lana, alzó la vista: — ¿Puedo ayudarla? — Sí, quería informarme sobre los cursos, — se vio pequeña, como una niña. — Para… adultos. Para aprender mejor con el ordenador. La bibliotecaria le sonrió. — Tenemos. Por las tardes, dos días a la semana. Justo abrimos grupo. ¿La apunto? — Apúnteme, — dijo Nina. Al rellenar el formulario, escribió despacio su edad. El “55” ya no le sonó a sentencia, sino al número de un andén al que ha llegado: el lugar donde por fin tiene derecho a no ir siempre con prisas. Al llegar a casa, seguía el plato sin lavar, la camisa en la silla, los análisis de mamá y un email de la jefa con el asunto “Nuevas tareas para el mes”. Dejó el bolso, se quitó la chaqueta, caminó hasta la ventana y se quedó un par de minutos allí. Por dentro, respiraba tranquila. Sabía que luego fregaría, luego llamaría a su madre, luego contestaría el email. Pero sabía también otra cosa: entre esos gestos, encontraría para sí misma una pequeña rendija —una taza de té, una página de libro, un paseo alrededor de la manzana. Y descubrir esa rendija era, de pronto, lo más valioso de todo.