¿Y si no es mi hija? Tengo que hacerme una prueba de ADN
Álvaro contemplaba, absorto, cómo Covadonga, su esposa, arrullaba a la recién nacida y no lograba apartar una espina punzante que tenía en la mente. Sentía de verdad que esa niña quizás no era suya.
El año pasado, Álvaro tuvo que irse de viaje de negocios, todo un mes fuera de Madrid. A las dos semanas justas tras su regreso, Covadonga le anunció, con ojos brillantes y una extraña alegría, que serían padres.
De entrada Álvaro estuvo entusiasmado. Pero luego, en una quedada familiar, la hermana de Covadonga, Lucía, soltó entre cafés una historia jugosa sobre cómo había hecho una prueba de ADN a su propio hijo. Lo contó como si fuese lo más natural, solo para que su pareja, con quien vivía en unión libre, no tuviera dudas sobre la paternidad.
¿Y si hacemos nosotros también la prueba, Cova? dijo Álvaro casi en susurro, buscando calma para sí mismo.
La respuesta de su esposa fue tan rápida como un relámpago sobre la sierra. Aquello desató una trifulca épica llena de gritos y cojines volando por el salón. Incluso los vecinos comenzaron a dar golpes desde abajo.
¿Pero tú escuchas lo que dices? insistía Álvaro, cada vez más convencido de sus temores por la reacción desmedida de ella. Es solo para estar tranquilo, eso es todo.
¿Cómo puedes pensar algo así de mí? gritaba Covadonga, lanzándole otro cojín. ¡¿Te he dado algún motivo alguna vez?!
Me pasé un mes fuera Alvaro sonrió torcidamente. ¿Cómo sé yo lo que hiciste aquí mientras tanto? Si hacemos el test y da bien, no vuelvo a sacar el tema, te lo prometo. ¿Preguntamos la dirección en la clínica a Lucía?
Cuando las ranas críen pelo escupió Covadonga, y desapareció en la habitación de la niña, haciendo temblar la casa al cerrar la puerta.
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No pido nada del otro mundo, mamá se lamentaba Álvaro ante un café con leche que le preparó su madre, Carmen. ¿Por qué se ha puesto así?
Su conciencia no está tranquila sentenció Carmen, sirviendo el café en una tacita de porcelana. Ya te lo digo yo: ha tenido la niña fuera de tu control y teme que salte la verdad. Además Carmen dudó, midiendo si contarlo. Cuando estabas en Barcelona, hubo un detalle…
¿Qué pasó? Álvaro levantó la ceja con interés.
No es que me quiera meter en vuestras cosas musitó la madre, mirando el suelo. Pero fui a casa un día que celebrábamos los setenta años de tu padre. Llamé y llamé y aunque estaba dentro, tardó mucho en abrir. Cuando salió, estaba despeinada, nerviosa Y en el recibidor había unos zapatos de hombre.
¿Y qué te dijo?
Que había venido el fontanero, que se le había roto la tubería resopló Carmen, rodando los ojos. Podría haber inventado algo un poco más creíble.
¿Y por qué no me avisaste?
No llegué a entrar en la casa y no tenía ninguna prueba. No quise malmeter entre vosotros se encogió de hombros Carmen.
¡Pues vaya! Álvaro tuvo que coger la taza para no volcarla de un golpe. ¡Ahora qué hago!
Insiste con la prueba dijo Carmen, guardando una pequeña sonrisa. O hazla tú por tu cuenta. Tienes derecho como padre.
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Ya puedes respirar en paz Álvaro dejó caer el sobre que le entregó un mensajero esa mañana. Jimena es mi hija. Como te prometí, no sacaré más este tema.
No entiendo, gruñó Covadonga, lanzándole una mirada dura al sobre ya abierto. ¿No habrás hecho el test sin mi permiso?
Bueno respondió Álvaro, como si comentara el tiempo. Aproveché y pasé por la clínica mientras sacaba a pasear a la pequeña. Es mi hija, así que no veo problema.
Sí hay problema dijo Covadonga, esta vez muy baja de voz. Y siento mucho que no lo quieras ver.
A la mañana siguiente, Álvaro fue al trabajo, como cualquier otro día. Pero, al volver, la casa olía a nada y todo estaba vacío. La ropa de Covadonga y la de Jimena habían desaparecido. Solo quedaba una nota sobre la mesita del salón.
“Con tu desconfianza has destruido lo nuestro. No puedo vivir con un traidor, pido el divorcio. No quiero nada de ti: ni tus euros, ni el piso, ni pensión. Solo deseo que te borres de nuestras vidas.”
Un fuego frío le corría por las venas. ¿Cómo tenía Covadonga la desfachatez de dejarle? ¡Y además llevarse a su hija! Álvaro agarró el móvil y empezó a marcar frenético.
Al otro lado, respondió una voz masculina. Escuchó en silencio todo el torrente de reproches y finalmente, pidió que no volviese a llamar nunca más.
¡Lo sabía! bufó Álvaro. ¡No le ha dado tiempo ni a irse y ya está con otro! ¡Pues que le aproveche!
Nunca imaginó que Covadonga pudiera haber vuelto simplemente con sus padres, y que fuese su hermano quien respondiera al teléfono, evitando molestar a su hermana mientras dormía la siesta con la niña. Pero Álvaro ya había cerrado el telón en su cabeza.
El divorcio fue rápido, de mutuo acuerdo. La pequeña Jimena se quedó con Covadonga y jamás volvió a ver a su padre biológico.







