En el divorcio, ella le dijo: «¡Llévate todo!» — y un año después él se lamentó por haberle creído

En el divorcio, Consuelo dijo: «¡Llévate todo!» y un año después, su marido lamentó haberla creído.

Consuelo miraba los papeles con calma. No sentía rabia, curiosamente, sólo una extraña paz.

Así que al final lo has decidido ¿eh? Ramón la observaba con un fastidio apenas disimulado. ¿Y ahora qué? ¿Cómo repartimos?

Consuelo alzó la vista. En sus ojos no había lágrimas, ni súplicas, sólo una determinación nacida tras una larga noche dándole vueltas a una vida desperdiciada.

Quédate con todo dijo ella en voz baja, pero con firmeza.

¿Cómo que todo? Ramón frunció los ojos con recelo.

El piso, la casa en la sierra, el coche, las cuentas. Todo hizo un gesto abarcando el aire de la sala. Yo no quiero nada.

Estás bromeando, ¿no? empezó a sonreír. ¿O es alguna treta típica vuestra?

No, Ramón. Ni bromas ni artimañas. Treinta años posponiendo mi vida. Treinta años lavando, cocinando, recogiendo, esperando. Treinta años escuchando que viajar era desperdicio de euros, que mis aficiones eran caprichos, que mis sueños eran tonterías. ¿Sabes cuántas veces quise ir a la playa? Veinte. ¿Sabes cuántas veces fuimos? Tres. Y las tres protestaste de lo caro y lo inútil que era.

Ramón resopló.

Otra vez, lo de siempre. Teníamos techo, teníamos comida

Sí, teníamos asintió Consuelo. Ahora tú tendrás además todo lo demás. Enhorabuena, campeón.

El abogado los miraba, boquiabierto. Estaba acostumbrado a lágrimas, gritos y recriminaciones. Pero esa mujer simplemente dejaba ir todo por lo que la mayoría lucha a cara de perro.

¿Es consciente de lo que hace? le preguntó el letrado, casi en susurro. Por ley le corresponde la mitad de los bienes.

Soy muy consciente sonrió Consuelo con una ligereza como si se hubiera quitado un peso eterno de encima. Pero también sé que la mitad de una vida vacía no deja de ser sólo eso: media vida vacía.

Ramón apenas podía disimular la euforia. No esperaba semejante giro. Quiso discutir, negociar, incluso manipular Pero el destino le servía la mejor mano.

¡Así me gusta! golpeó la mesa satisfecho. Por fin has entrado en razón.

No confundas sensatez con liberación susurró Consuelo firmando los papeles.

Fueron juntos en el coche a casa pero como si viajaran en planetas distintos.

Ramón tarareaba para sí, quizás una marcha militar o una copla antigua. El coche se mecía suavemente sobre los baches y su melodía se entrecortaba, flotando y desapareciendo en el aire.

Consuelo no prestaba atención. Ni siquiera sentía el mundo a su alrededor, porque su mirada estaba fija en el cristal empañado y en los pinos juguetones que se alejaban. El corazón, como un pájaro joven, latía ansioso delante del mundo nuevo.

Qué extraño: una tarde normal, una carretera más, y de pronto, una amplitud inesperada por dentro. Como si el peso de años se hubiera desvanecido de golpe. Consuelo sonrió, se tocó la mejilla fría y pensó: Esto, esto es libertad

A veces basta un instante, un vistazo al paisaje fugaz, para que la vida vuelva a encenderse con colores olvidados.

Tres semanas después, Consuelo se encontraba en una habitación alquilada en Alcalá de Henares.

La casa era humilde: cama, armario, mesa y un televisor pequeño. En el alféizar brillaban dos tiestos con violetas, su primera compra para el nuevo hogar.

Estás completamente loca la voz de su hijo Jacinto, nítida y molesta, sonaba por teléfono. ¿Lo dejas todo y te vas ahí, a ese pueblo?

No lo dejo, hijo, respondió ella tranquila. Lo dejo atrás. No es lo mismo.

Mamá, ¿cómo puedes? Papá dice que voluntariamente le has dado todo. Ahora quiere vender la casa de campo, dice que para qué tanto lío si está solo.

Consuelo sonrió, mirando su reflejo en el pequeño espejo de la pared. Llevaba una semana con un corte de pelo moderno que jamás se habría atrevido a llevar junto a Ramón: “poco serio”, “demasiado juvenil”, “¿qué dirán?”. Viejas frases que resonaban como ecos lejanos.

Que la venda dijo Consuelo sin pesar. Tu padre siempre supo muy bien cómo manejar el patrimonio.

¿Y tú? ¡Te has quedado sin nada!

Me queda lo esencial, Jacinto. Mi vida. Y lo sorprendente: que con cincuenta y nueve años puede empezar de nuevo.

Consuelo empezó a trabajar como recepcionista en una pequeña residencia privada de ancianos. No era fácil, pero sí estimulante. Y lo más importante: por primera vez tenía nuevas amistades y el tiempo era sólo suyo.

Ramón, por su parte, saboreaba su soledad victoriosa.

Las dos primeras semanas paseó por el piso como un nuevo conde, contemplando todo con aire triunfal. Nadie le reprocharía nada, nadie le recordaría los calcetines ni los platos dentro del fregadero.

Qué suerte tienes, Ramón le repetía su amigo Julián, apurando un Rioja en la cocina. A otros hombres les pelan hasta la mitad, y tú, toma: todo para ti, piso, casa, coche.

Ya ves sonreía con suficiencia Ramón. Por fin Consuelo ha entrao en razón Seguramente ha comprendido que sin mí se hundiría.

Al mes, la euforia mutó en incomodidad.

Las camisas limpias dejaron de aparecer por arte de magia en el armario. El frigorífico se veía vacío, y preparar un plato decente era mucho más difícil de lo imaginado. En el trabajo algunos le notaban algo desaliñado.

Te veo desmejorado, Ramón le soltó el jefe. ¿Va todo bien en casa?

Mejor que nunca replicó él, forzando entusiasmo. Solo ajustando las rutinas.

Esa noche abrió la nevera y solo encontró una botella de kétchup, una tarrina de queso y media botella de vino. El estómago rugía: por la mañana sólo había desayunado unas galletas.

Joder gruñó Ramón, golpeando la puerta del frigorífico. Así no se puede hay que hacer algo.

Pidió comida a domicilio; ¿qué otra cosa, si la despensa era un secarral? Al revisar las facturas, los números le soltaron un jarro de agua fría: luz, agua, comunidad, tarjetas

Antes, todo eso le parecía ruido de fondo. Como si la rutina se resolviera sola mientras hubiera alguien cerca. No pensaba en gastos ni en complicacionessolo vivía.

Sonó el timbre de forma casi molesta. El repartidor le extendió la bolsa y el datáfono.

Quince euros con cuarenta, por favor dijo el joven con monotonía.

¿¡Cuánto!? casi le caen las llaves. ¿Solo por un estofado y agua?

Es lo normal ahora encogió los hombros el repartidor.

Pagó en silencio, y ya en la cocina, todo estaba callado. Hasta el frigorífico parecía suspirar de soledad. El piso, grande, con lámparas modernas y espejos, con todos aquellos objetos soñados Ahora parecía una sala de espera fría y vacía, tan grande que podría ulular el viento como en el alma de Ramón.

Consuelo respiraba hondo en la orilla del Cantábrico, con la cara frente al sol y al viento salado.

A su alrededor charlaba un grupo de jubilados activos: el club organizó un viaje a Asturias de una semana. Por primera vez viajaba sin remordimientos por el dinero, sin la murmuración ni el eterno cálculo de lo que podía ahorrarse si se quedaba en casa.

¡Consu, vente a la foto! le gritó su nueva amiga Inés, una viuda de sesenta con la que coincidió en clases de pintura.

Consuelo fue alegre, vestida con un vestido floreado, el pelo suelto, riendo como una chiquilla. ¿Quién iba a decirle que a su edad podría ponerse colores alegres y reír así?

¡Selfie de grupo! mandó Inés, sacando el palo. ¡Que lo subimos al grupo!

Por la tarde, ya en la pensión, Consuelo repasaba las fotos. En ellas, una mujer con ojos radiantes y sonrisa feliza sí misma, pero renovada. ¿Cuándo se fue el ceño fruncido de entre sus cejas? ¿Cuándo se enderezaron los hombros y entró esa ligereza en sus andares?

Debería compartirlas se animó, y tras dudar, colgó algunas en el perfil olvidado de sus redes sociales.

Mientras en Madrid, Ramón lidiaba con una tubería rota en la cocina. El agua encharcó el suelo, estropeó el mueble, y el fontanero le informó sin compasión de que habría que cambiar todo el bajante.

¡Por todos los santos! gruñó Ramón, recogiendo el agua con toallas viejas. ¿Dónde narices tenía Consuelo los números de los obreros?

De pronto reparó en que su mujer tenía en la cabeza todos los teléfonos del fontanero, de la peluquera, del carnicero del mercado, del zapatero fiable. El esqueleto invisible del hogar colapsó, y ahora todo era un improvisado caos.

¡Maldita tubería! arrojó el trapo. Y esto, y cocinar, y fregar, y la puñetera oficina

Aquella tarde, tras recoger el desastre, se conectó a las redes sociales, algo que llevaba semanas sin hacer por aburrimiento. Al ojear, se detuvo en seco: en pantalla aparecía Consuelo, sonriente junto al mar. Llevaba un vestido alegre y el nuevo corte de pelo y se la veía ¿feliz?

Vaya chorrada rezongó, ampliando la imagen. ¡Si casi se fue sin nada!

Los comentarios lo desconcertaron más aún:

«¡Consuelito, pareces una veinteañera!»
«Estás fantástica, amiga!»
«¡El mar te sienta muy bien!»

Siguió mirando y vio fotos en bibliotecas, clases de pintura al aire libre, Consuelo sentada en un banco con flores silvestres.

Qué demonios dejó el móvil en la encimera. Miró su cocina, platos sucios y silencio. Ella ella debería

No lograba acabar la frase, porque de verdad había esperado verla hundida sin él, sin lo que él pensaba imprescindible. Pero en las fotos, la mujer renacía, liberada de años.

Días después la casa de la sierra tuvo goteras. Se avecinaba tormenta: urgía tapar el desván.

¡Julián, tío, hazme un favor! suplicó por teléfono. ¡Tráeme aunque sean cuatro clavos, solo no puedo!

Uf, Ramón, lo siento contestó Julián. Estoy en el hospital con la suegra. Oye, ¿y por qué no llamas a Consuelo, como siempre hacías?

Ella Ramón se mordió la lengua. Se fue.

¿Se fue? preguntó Julián. ¿A dónde?

Simplemente se fue zanjó Ramón. Nada, ya me las apaño.

Pero apañarse resultó más difícil de lo esperado. La lluvia golpeaba la cubierta y, jurando, intentaba cubrir la gotera con plástico. De repente, resbaló y cayó de mala manera. El tobillo le dolía muchísimo.

Esguince, ha tenido suerte diagnosticó el joven médico en urgencias. Podría haber sido peor. Una semana de reposo.

¿Y la obra? Tengo goteras en casa.

Eso es cosa suya encogió los hombros el médico. Que le cuide su mujer.

Ramón quiso replicar, pero calló.

Pasó tres días solo, moviéndose a duras penas con muletas. La comida se agotó, y el pedir a domicilio era caro. Intentar cocinar de pie le resultó casi imposible.

Al cuarto día, desbordado, llamó a Jacinto.

Hola, hijo ¿cómo vas?

Bien, papá respondió el muchacho, con tono precavido. ¿Te pasa algo?

Bueno estoy algo fastidiado, del pie. ¿Podrías acercarte un día de estos y ayudarme un poco?

Hubo un silencio.

Perdona, papá, que estoy en Bilbao con el trabajo. Vuelvo en tres días.

Ah bueno el desencanto le atascó la voz. No pasa nada, lo apaño.

Oye, ¿por qué no llamas a mamá? Ella seguro te

¡No! cortó Ramón bruscamente. No le hace falta, ¡puedo yo solo!

Colgó antes de añadir nada. La absurda dignidad no le permitía reconocer que echaba de menos a Consuelo, su cuidado, su compañía. Antes, jamás prestó atención a todo lo que ella hacía, precisamente porque sucedía sin ruido, sin exigencias.

Tras más de semana y media, superó las muletas y lo primero que hizo fue ir a la casa de la sierra. El panorama era desolador: techo con moho, el sofá inutilizable, olor a humedad.

Vaya faena murmuró sentado en el jardín.

Los manzanos, siempre cuidados por Consuelo, estaban abandonados. Apenas se veían los caminos de piedra entre la hierba alta. Todo parecía huérfano, carente de sus manos.

Regresando a Madrid, paró en un restaurante de carretera. Cansado e irritable, pidió un cocido y una caña. La primera cucharada le hizo un nudo: el sabor era anodino, nada que ver con el cocido de Consuelo.

¿Le pasa algo, caballero? le preguntó con amabilidad la camarera.

No, nada no supo qué añadir. ¿Cómo decir que ese plato le devolvía de golpe toda una vida perdida?

De vuelta en casa, Ramón se sentó largo rato en el silencio, mirando las fotos en la estantería. Ahí estaban jóvenes ante la Catedral de Burgos, la foto familiar con Jacinto de niño, la boda

Qué tonto he sido susurró, fijando sus ojos en la sonrisa de su mujer de hace tantos años.

Armándose de valor, mandó un mensaje a Consuelo. Pero lo que recibió no era lo que esperaba.

Consuelo vivía ya en un pequeño pueblo marinero. Reía con nuevas amigas, sonaba la música, y por fin su vida era enteramente suya.

A sus casi sesenta, por fin, comenzó a vivir.

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MagistrUm
En el divorcio, ella le dijo: «¡Llévate todo!» — y un año después él se lamentó por haberle creído