Sergio ha comprado el ramo de flores más bonito y sale hacia su cita. De buen humor, espera junto a la fuente principal de la Plaza Mayor, con el ramo en la mano. No ve a Lucía por ninguna parte. Mira a su alrededor y marca su número. Nadie contesta. Tal vez llega tarde, piensa, y vuelve a llamar. Esta vez, Lucía responde.
Ya estoy aquí, ¿dónde estás? pregunta Sergio rápidamente.
¡Entre nosotros todo ha terminado! responde, de repente, Lucía.
¿Cómo? ¿Por qué? se queda paralizado Sergio.
¡Por culpa de tu ramo! dice ella, inesperadamente.
¿Y qué tiene de malo? se sorprende él, sin entender nada.
Sergio ha estado paseando un buen rato por la floristería. Rosas rojas, tulipanes amarillos, lirios blancos, flores en macetas, en jarrones, ramos lujosos, todos elegantemente decorados para todos los gustos. Pero Sergio duda.
Recuerda que habló con Lucía sobre flores, pero el contenido de aquella conversación se le escapa.
Seguro que le dijo que algunas no le gustaban nada y, en cambio, otras las adoraba y podría mirarlas toda la vida.
Pero en aquella primera cita ella habló tanto, y Sergio tenía la cabeza llena de emociones por el flechazo y por la copa de cava que habían tomado en la cafetería, además de la propia Lucía.
Él siempre había sido muy hablador, pero ese día apenas asentía y se quedaba fascinado con lo hermosa que era Lucía: su melena lisa, el elegante cuello, y las graciosas fosetas en sus mejillas delicadas. ¿Sería esto amor?
Y realmente, ¿qué más da lo que dijo? ¡La tarde promete!
Ahora, por más que lo intenta, no logra recordar qué flores prefiere ella.
Mire qué gerberas tenemos le dice la dependienta, no las encuentra estos días, fuera de temporada. Son una variedad especial.
Sergio se apresura: tiene que decidir ya.
Como siempre, justo en el peor momento, cuando va a elegir, suena el móvil. Es su madre. Últimamente llama demasiado.
Sergio, ¿no lo has decidido? Al fin es viernes, ¿por qué no vienes este fin de semana?
No, mamá, tengo cosas que hacer
Tu abuela te espera impaciente, mira la puerta todo el rato y pregunta por ti.
Mamá, perdona, de verdad, tengo mucho que hacer
Sergio termina la llamada deprisa.
Su madre le pide que vuelva al pueblo natal, donde ella vive con la abuela.
Ya no es la primera vez que llama; Sergio empieza a sentir irritación.
¿Qué pasa con la abuela? Lleva tiempo delicada… es mayor… No puede dejarlo todo para quedarse allí siempre. ¡Él también tiene su vida!
Y menuda vida, realmente: las cosas le van bien.
Justo estaba pensando en su nueva ilusión. Si la cita de hoy va bien, mañana mismo podría invitar a Lucía fuera de la ciudad.
Ya sabe adónde. Un rincón tranquilo cerca, en una casa rural.
Al fin y al cabo, su madre quiere que siente la cabeza y Sergio está dispuesto a intentarlo.
Si tan solo lograra recordar qué flores le gustan a Lucía. ¡Menuda memoria!
Aunque, ser sincero, no le apetecía grabarse esos detalles de cosas de chicas. ¿Es realmente tan importante?
La florista, ya cansada de ofrecer opciones, observa en silencio la indecisión de Sergio.
Creo que Lucía dijo algo de las espinas de las rosas… Mejor no coger rosas, piensa.
Así que opta por un ramo grande de gerberas blancas y rosas. Al fin y al cabo, sólo es un detalle, un gesto. Tiene que volver corriendo al trabajo: se acaba la pausa de mediodía.
Habían quedado junto al nuevo gran surtidor de la ciudad. Sergio se retrasa, le ha retenido el jefe sin esperarlo. Reunión inesperada. Parece que le van a ascender.
Llama para avisar a Lucía y apaga el sonido del móvil. Durante la reunión, su madre vuelve a llamar. Sergio no lo coge: no puede.
Después, va a toda prisa a la cita. Aparca en la plaza y casi corriendo llega junto a la fuente, con las gerberas.
Lucía no está. Echa un vistazo, camina un poco y la llama. Sigue sin contestar.
Sergio se sienta en un banco. Tal vez ella también llega tarde.
Recuerda que no devolvió la llamada a su madre, pero no marca su número por si Lucía le llamase. Pero la llamada no llega. Pasan diez minutos y decide volver a marcarle él.
Esta vez, Lucía descuelga.
Lucía, ¿dónde estás? Ya te estoy esperando.
Lo sé. Llevo rato viéndote, estoy en la cafetería de enfrente, en el segundo piso.
¿De verdad? Sergio busca con la mirada por las ventanas del moderno edificio pero no la ve. No te encuentro. ¿Bajas? ¿O?
Llegas tarde le corta Lucía.
Tienes razón, Lucía, discúlpame. Te llamé para avisar, pero me retuvo el jefe.
¡Y encima las flores!
¿Qué pasa con las flores? pregunta Sergio, confuso.
¡Ni siquiera recuerdas cuáles son mis favoritas!
Lucía, es que ¡no había!
¿Rosas? ¿No recuerdas que adoro las rosas? ¡Siempre las hay! Te lo he dicho mil veces Y tú
Lo arreglaré Ahora mismo subo, te busco.
Sergio entra a la cafetería. Encuentra a Lucía sentada al fondo, de espaldas a la cristalera.
Se acerca en silencio, y, sin atreverse a entregarle el ramo, lo deja en la mesa. Lucía ni lo mira.
Sergio, que nunca ha tenido problemas para hablar, vuelca ahora todo su encanto para intentar subsanar el fallo.
Parece que lo logra. Lucía ya sonríe.
Toman un café y salen juntos, pero Lucía sigue sin dirigir una sola mirada al ramo.
Se han olvidado el ramo les dice una amable camarera joven, alcanzándolos en la puerta.
¡Es para ti! responde Sergio, esbozando una sonrisa.
¡Oh, gracias! la chica se sorprende, pero su expresión lo dice todo: está encantada.
Entonces Lucía vuelve a fruncir el ceño.
Lucía, ahora mismo te compro un ramo enorme de rosas.
No hace falta responde, seca, hoy ya he tenido suficiente con las flores.
Bajan juntos las escaleras. Sergio sigue a su amiga, dolido. Y otra vez, suena el móvil: su madre.
Perdona, tal vez vuelvo a llamar en mal momento
Lucía no escucha.
No, mamá, justo al contrario, llamas en el mejor momento. Iré. Mañana iré.
Aquella tarde Sergio y Lucía se despiden con ligereza. Sergio ya ha comprendido que no volverán a verse.
Al día siguiente, recorre los campos familiares.
Allí, el paisaje es un tapiz inagotable de colores hasta el horizonte: tan lleno de vida, tan luminoso bajo el aire fresco, tan vibrante bajo el viento.
Sergio se detiene y baja colina abajo, sumergiéndose en aquel mar de flores. Como un cuidadoso florista, elige sólo las que de verdad le gustan.
Sabe bien que aquellas a quienes va a ver disfrutarán de su regalo; aquí, seguro, no se equivoca.
Al cruzar el umbral de casa, parte el ramo en dos.
Su madre, resplandeciente, le besa en ambas mejillas; y su abuela
Ayudan a la abuela a incorporarse. Con manos temblorosas toma el ramo, lo palpa suavemente para apreciarlo, apenas viendo ya.
¡Cuánto tiempo hacía que no le regalaban flores!
Acerca el rostro, y con el alma aún joven, inhala hasta lo más hondo esos aromas que recuerdan a toda una vida, a la juventud guardada en la memoria, y ahora emergen, evocadas por el perfume de los campos, removiendo el corazón.
No traen sólo recuerdos, sino la emoción de esperar algo nuevo, luminoso y tan presente.
¡Qué bien se está! La vida continúa, la vida sigue viva en su nieto.
Sergio se sienta junto a la abuela y apoya la cabeza en sus rodillas. Ella le acaricia el pelo con cuidado, casi temiendo estropear el ramo tan bien elegido
Él piensa que algún día encontrará a la chica que le corresponda, tan parecida a estas dos queridas mujeres suyas. Y se amarán como sabían amarse sus abuelos, sus padres. Lo más importante es saber reconocer ese amor a tiempo.
La abuela tarda en dejar el ramo a su hija.
Espera trae agua fresca del pozo y un jarrón ancho ponlo aquí quiero mirarlo
El nieto ha traído flores.
Flores que crecen por millones, pero éstas Éstas son las más especiales. Porque éstas se las ha regalado su nieto.







