Sergio compró el mejor ramo de flores y se fue a una cita. De buen humor, esperaba junto a la fuente, ramo en mano. Pero Leire no aparecía. Miró a su alrededor y la llamó por teléfono. Nadie contestó. “Quizás llega tarde”, pensó mientras volvía a marcar. Esta vez, Leire contestó. “Ya estoy aquí, ¿dónde estás tú?”, preguntó Sergio enseguida. “¡Entre nosotros todo ha terminado!”, soltó de repente Leire. “¿Qué? ¿Por qué?”, se quedó helado Sergio. “¡Todo es por tu ramo de flores!”, exclamó la chica inesperadamente. “¿Y qué le pasa a mi ramo?”, preguntó sorprendido, sin entender nada. Sergio llevaba ya un buen rato dando vueltas por la floristería. Rosas burdeos, tulipanes amarillos, lirios blancos, flores en maceta y en jarrón, reunidas en ramos lujosos y elegantemente decorados para todos los gustos. Pero Sergio se mostraba indeciso. Recordaba que había hablado con Leire de flores, pero costaba hacer memoria del contenido de aquella charla. Ella claramente mencionó que había flores que no le gustaban y otras que adoraba y se quedaba mirándolas para siempre. Pero aquella vez, en su primer encuentro, Leire hablaba mucho, y Sergio estaba demasiado emocionado tanto por la nueva amistad, como por el vino espumoso del café, y por la propia Leire. Siempre había sido un gran conversador, pero esta vez solo asentía y contemplaba a la joven, su largo pelo liso, la elegante línea de su cuello y los hoyuelos en sus mejillas mate. ¿Será esto el amor? Y al fin y al cabo, ¿qué importaba lo que había dicho ella? ¡La noche era preciosa! Y ahora, por más que lo intentaba, no lograba recordar qué flores le gustaban. – Mire qué gerberas tenemos, ¡no las encontrará en ningún otro sitio! No es época, es una variedad especial – le ofrecía la florista. Él ya iba con prisa. Había que decidirse. Y como siempre, en el peor momento posible, justo cuando iba a pedir el ramo, sonó el móvil: era su madre. Últimamente llamaba demasiado. – Sergio, ¿te has decidido? Es viernes, ¿vendrás este fin de semana? – No, mamá, tengo cosas que hacer… – Tu abuela está impaciente, todo el rato mira la puerta, pregunta por ti. – Mamá, perdona, de verdad, tengo mucho que hacer… Sergio se despidió rápido. Su madre le pedía que fuera al pueblo, donde vivía con su abuela. No era la primera llamada: Sergio sentía ya cierta irritación. ¿Qué pasa con la abuela? Hace tiempo que está delicada… es mayor… Pero no puede dejarlo todo y quedarse con ella siempre. ¡También tiene su vida! Eso, exactamente, era lo que ocupaba sus pensamientos: su nueva relación. Sergio ya soñaba y hacía todo lo posible porque sus sueños se cumplieran. Si la cita de hoy salía bien, mañana podría invitar a Leire a las afueras de la ciudad. Sergio ya sabía a dónde: hay un merendero precioso por allí cerca. En el fondo, su madre hace tiempo quería que Sergio encauzara su vida sentimental, así que iba a encargarse de eso. ¡Si tan solo lograra recordar qué flores le gustaban a Leire! ¡Maldita memoria! En realidad, tampoco le apetecía mucho memorizar todas esas cosas de mujeres. ¿Era tan importante? La florista, ya cansada de sugerir, observaba en silencio a Sergio. “Creo que Leire mencionó algo sobre las espinas de las rosas… ¡Quizás mejor no llevar rosas!” Así que Sergio se inclinó por un ramo grande de gerberas rosas y blancas. Al fin y al cabo, era un detalle. Tenía que volver al trabajo: se acababa el descanso. Quedaron junto al nuevo fuente en la ciudad. Sergio iba tarde; su jefe lo había retenido de improviso a una reunión extra. Al parecer, le esperaba un ascenso. Llamó a Leire para avisar que llegaría con retraso y puso el móvil en silencio. Durante la reunión su madre llamó varias veces, pero Sergio no respondió: no podía. Luego fue corriendo a su cita. De buen humor aparcó cerca y casi corriendo llegó a la fuente, con su ramo de gerberas. Leire no estaba por ninguna parte. Miró alrededor, dio una vuelta y la llamó. Nadie contestó. Sergio se sentó en un banco. Igual era ella la que llegaba tarde. Se acordó de que no había devuelto la llamada a su madre, pero no quiso llamar justo entonces, por si Leire aparecía. Pero no hubo llamada. Diez minutos después, Sergio mismo volvió a marcar. Esta vez Leire contestó. – Leire, ¿dónde estás? Ya te espero. – Lo sé. Estoy en la cafetería de enfrente, llevas rato a la vista desde el segundo piso. – ¿En serio? – buscó con la mirada en los ventanales alargados, pero no la vio – No te veo. ¿Bajas? O… – Has llegado tarde – le cortó ella. – Ya, Leire, lo siento. Te llamé antes, fue culpa del jefe, me retuvo sin querer. – ¡Y LAS FLORES! – ¿Qué pasa con las flores? – Sergio no entendía nada. – ¡Ni siquiera recuerdas cuáles son mis favoritas! – Leire, ¡es que no había! – ¿Rosas? ¿No recuerdas que me gustan las rosas? ¡Las hay en todas partes! Te lo he dicho mil veces… que las rosas son mis favoritas… Y tú… – Voy a arreglarlo… Ahora mismo entro y te busco. Y Sergio entró en la cafetería. Leire estaba al fondo. Sentada, de espaldas a la ventana. Sergio se acercó despacio, y sin atreverse a dar el ramo en mano, lo dejó en la mesa. Leire ni lo miró. Sergio, buen conversador de siempre y sintiéndose culpable, lo dio todo intentando suavizar la situación. Le pareció que funcionaba. Leire sonreía. Tomaron un café y se dirigieron a la salida, Leire sin mirar el ramo: – ¡Os habéis dejado el ramo! – les llamó una camarera simpática. – ¡Es para ti! – respondió Sergio sonriendo. – Ay, gracias – contestó la chica, sorprendida pero encantada. Leire, en cambio, volvió a cambiar el gesto. – Leire, te compro ahora mismo un ramo enorme de rosas. – Gracias – dijo, cortante – No hace falta, ya hoy he tenido demasiadas flores. Bajaban las escaleras. Sergio iba detrás de su amiga, ofendida. De nuevo, el móvil: su madre. – Perdón, igual llamo en mal momento… Leire no oyó nada. – No, para nada, mamá. Es el momento justo. Voy. Mañana voy. Aquella noche, Sergio y Leire se despidieron sin promesas. Él ya entendía que no se verían más. Y al día siguiente, ya iba volando entre campos conocidos. Allá, hasta el horizonte, un mar de mil colores. Lleno de vida, vibrante en el aire, salvaje bajo el viento. Sergio se detuvo y bajó hasta aquel océano multicolor. Como el florista de la tienda, escogía con cuidado entre tantas flores las que más le gustaban. Sabía con certeza que quienes le esperaban estarían contentas, aquí no podía fallar. Al cruzar la puerta de casa, partió el ramo en dos. Su madre brillaba y le llenaba de besos, y su abuela… Ayudaron a la abuela a levantarse. Con manos temblorosas cogió su ramo, acariciándolo apenas – la vista ya le fallaba. ¡Hacía tanto que no le regalaban flores! Se acercó al ramo y aspiró con toda el alma aquel aroma inolvidable, guardado en su memoria desde la juventud, y que ahora surgía de nuevo al olor de los campos, estremeciendo su espíritu. No eran meros recuerdos, sino el sentimiento vivo de aquellos días, la esperanza de algo nuevo, radiante y presente. ¡Qué maravilla! La vida sigue, la vida continúa en su nieto. Sergio se sentó junto a la abuela y puso la cabeza sobre sus rodillas. Ella le acariciaba, temiendo estropear el ramo que tenía tan querido… Tendido ahí, Sergio pensó que algún día encontraría a su chica, alguien muy parecido a aquellas dos mujeres tan queridas. Y se amarían como se amaron su abuelo y abuela, sus padres. Lo fundamental es sentirlo a tiempo. La abuela no quería dar las flores a su hija. – Espera… primero pon agua… del pozo, en un jarrón ancho… despacio, déjalo aquí… para que pueda mirar… El nieto regaló flores. Flores que por fuera son millón, pero éstas… Éstas son las mejores. Éstas las trajo el nieto.

Sergio ha comprado el ramo de flores más bonito y sale hacia su cita. De buen humor, espera junto a la fuente principal de la Plaza Mayor, con el ramo en la mano. No ve a Lucía por ninguna parte. Mira a su alrededor y marca su número. Nadie contesta. Tal vez llega tarde, piensa, y vuelve a llamar. Esta vez, Lucía responde.

Ya estoy aquí, ¿dónde estás? pregunta Sergio rápidamente.

¡Entre nosotros todo ha terminado! responde, de repente, Lucía.

¿Cómo? ¿Por qué? se queda paralizado Sergio.

¡Por culpa de tu ramo! dice ella, inesperadamente.

¿Y qué tiene de malo? se sorprende él, sin entender nada.

Sergio ha estado paseando un buen rato por la floristería. Rosas rojas, tulipanes amarillos, lirios blancos, flores en macetas, en jarrones, ramos lujosos, todos elegantemente decorados para todos los gustos. Pero Sergio duda.

Recuerda que habló con Lucía sobre flores, pero el contenido de aquella conversación se le escapa.

Seguro que le dijo que algunas no le gustaban nada y, en cambio, otras las adoraba y podría mirarlas toda la vida.

Pero en aquella primera cita ella habló tanto, y Sergio tenía la cabeza llena de emociones por el flechazo y por la copa de cava que habían tomado en la cafetería, además de la propia Lucía.

Él siempre había sido muy hablador, pero ese día apenas asentía y se quedaba fascinado con lo hermosa que era Lucía: su melena lisa, el elegante cuello, y las graciosas fosetas en sus mejillas delicadas. ¿Sería esto amor?

Y realmente, ¿qué más da lo que dijo? ¡La tarde promete!

Ahora, por más que lo intenta, no logra recordar qué flores prefiere ella.

Mire qué gerberas tenemos le dice la dependienta, no las encuentra estos días, fuera de temporada. Son una variedad especial.

Sergio se apresura: tiene que decidir ya.

Como siempre, justo en el peor momento, cuando va a elegir, suena el móvil. Es su madre. Últimamente llama demasiado.

Sergio, ¿no lo has decidido? Al fin es viernes, ¿por qué no vienes este fin de semana?

No, mamá, tengo cosas que hacer

Tu abuela te espera impaciente, mira la puerta todo el rato y pregunta por ti.

Mamá, perdona, de verdad, tengo mucho que hacer

Sergio termina la llamada deprisa.

Su madre le pide que vuelva al pueblo natal, donde ella vive con la abuela.

Ya no es la primera vez que llama; Sergio empieza a sentir irritación.

¿Qué pasa con la abuela? Lleva tiempo delicada… es mayor… No puede dejarlo todo para quedarse allí siempre. ¡Él también tiene su vida!

Y menuda vida, realmente: las cosas le van bien.

Justo estaba pensando en su nueva ilusión. Si la cita de hoy va bien, mañana mismo podría invitar a Lucía fuera de la ciudad.

Ya sabe adónde. Un rincón tranquilo cerca, en una casa rural.

Al fin y al cabo, su madre quiere que siente la cabeza y Sergio está dispuesto a intentarlo.

Si tan solo lograra recordar qué flores le gustan a Lucía. ¡Menuda memoria!

Aunque, ser sincero, no le apetecía grabarse esos detalles de cosas de chicas. ¿Es realmente tan importante?

La florista, ya cansada de ofrecer opciones, observa en silencio la indecisión de Sergio.

Creo que Lucía dijo algo de las espinas de las rosas… Mejor no coger rosas, piensa.

Así que opta por un ramo grande de gerberas blancas y rosas. Al fin y al cabo, sólo es un detalle, un gesto. Tiene que volver corriendo al trabajo: se acaba la pausa de mediodía.

Habían quedado junto al nuevo gran surtidor de la ciudad. Sergio se retrasa, le ha retenido el jefe sin esperarlo. Reunión inesperada. Parece que le van a ascender.

Llama para avisar a Lucía y apaga el sonido del móvil. Durante la reunión, su madre vuelve a llamar. Sergio no lo coge: no puede.

Después, va a toda prisa a la cita. Aparca en la plaza y casi corriendo llega junto a la fuente, con las gerberas.

Lucía no está. Echa un vistazo, camina un poco y la llama. Sigue sin contestar.

Sergio se sienta en un banco. Tal vez ella también llega tarde.

Recuerda que no devolvió la llamada a su madre, pero no marca su número por si Lucía le llamase. Pero la llamada no llega. Pasan diez minutos y decide volver a marcarle él.

Esta vez, Lucía descuelga.

Lucía, ¿dónde estás? Ya te estoy esperando.

Lo sé. Llevo rato viéndote, estoy en la cafetería de enfrente, en el segundo piso.

¿De verdad? Sergio busca con la mirada por las ventanas del moderno edificio pero no la ve. No te encuentro. ¿Bajas? ¿O?

Llegas tarde le corta Lucía.

Tienes razón, Lucía, discúlpame. Te llamé para avisar, pero me retuvo el jefe.

¡Y encima las flores!

¿Qué pasa con las flores? pregunta Sergio, confuso.

¡Ni siquiera recuerdas cuáles son mis favoritas!

Lucía, es que ¡no había!

¿Rosas? ¿No recuerdas que adoro las rosas? ¡Siempre las hay! Te lo he dicho mil veces Y tú

Lo arreglaré Ahora mismo subo, te busco.

Sergio entra a la cafetería. Encuentra a Lucía sentada al fondo, de espaldas a la cristalera.

Se acerca en silencio, y, sin atreverse a entregarle el ramo, lo deja en la mesa. Lucía ni lo mira.

Sergio, que nunca ha tenido problemas para hablar, vuelca ahora todo su encanto para intentar subsanar el fallo.

Parece que lo logra. Lucía ya sonríe.

Toman un café y salen juntos, pero Lucía sigue sin dirigir una sola mirada al ramo.

Se han olvidado el ramo les dice una amable camarera joven, alcanzándolos en la puerta.

¡Es para ti! responde Sergio, esbozando una sonrisa.

¡Oh, gracias! la chica se sorprende, pero su expresión lo dice todo: está encantada.

Entonces Lucía vuelve a fruncir el ceño.

Lucía, ahora mismo te compro un ramo enorme de rosas.

No hace falta responde, seca, hoy ya he tenido suficiente con las flores.

Bajan juntos las escaleras. Sergio sigue a su amiga, dolido. Y otra vez, suena el móvil: su madre.

Perdona, tal vez vuelvo a llamar en mal momento

Lucía no escucha.

No, mamá, justo al contrario, llamas en el mejor momento. Iré. Mañana iré.

Aquella tarde Sergio y Lucía se despiden con ligereza. Sergio ya ha comprendido que no volverán a verse.

Al día siguiente, recorre los campos familiares.

Allí, el paisaje es un tapiz inagotable de colores hasta el horizonte: tan lleno de vida, tan luminoso bajo el aire fresco, tan vibrante bajo el viento.

Sergio se detiene y baja colina abajo, sumergiéndose en aquel mar de flores. Como un cuidadoso florista, elige sólo las que de verdad le gustan.

Sabe bien que aquellas a quienes va a ver disfrutarán de su regalo; aquí, seguro, no se equivoca.

Al cruzar el umbral de casa, parte el ramo en dos.

Su madre, resplandeciente, le besa en ambas mejillas; y su abuela

Ayudan a la abuela a incorporarse. Con manos temblorosas toma el ramo, lo palpa suavemente para apreciarlo, apenas viendo ya.

¡Cuánto tiempo hacía que no le regalaban flores!

Acerca el rostro, y con el alma aún joven, inhala hasta lo más hondo esos aromas que recuerdan a toda una vida, a la juventud guardada en la memoria, y ahora emergen, evocadas por el perfume de los campos, removiendo el corazón.

No traen sólo recuerdos, sino la emoción de esperar algo nuevo, luminoso y tan presente.

¡Qué bien se está! La vida continúa, la vida sigue viva en su nieto.

Sergio se sienta junto a la abuela y apoya la cabeza en sus rodillas. Ella le acaricia el pelo con cuidado, casi temiendo estropear el ramo tan bien elegido

Él piensa que algún día encontrará a la chica que le corresponda, tan parecida a estas dos queridas mujeres suyas. Y se amarán como sabían amarse sus abuelos, sus padres. Lo más importante es saber reconocer ese amor a tiempo.

La abuela tarda en dejar el ramo a su hija.

Espera trae agua fresca del pozo y un jarrón ancho ponlo aquí quiero mirarlo

El nieto ha traído flores.

Flores que crecen por millones, pero éstas Éstas son las más especiales. Porque éstas se las ha regalado su nieto.

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MagistrUm
Sergio compró el mejor ramo de flores y se fue a una cita. De buen humor, esperaba junto a la fuente, ramo en mano. Pero Leire no aparecía. Miró a su alrededor y la llamó por teléfono. Nadie contestó. “Quizás llega tarde”, pensó mientras volvía a marcar. Esta vez, Leire contestó. “Ya estoy aquí, ¿dónde estás tú?”, preguntó Sergio enseguida. “¡Entre nosotros todo ha terminado!”, soltó de repente Leire. “¿Qué? ¿Por qué?”, se quedó helado Sergio. “¡Todo es por tu ramo de flores!”, exclamó la chica inesperadamente. “¿Y qué le pasa a mi ramo?”, preguntó sorprendido, sin entender nada. Sergio llevaba ya un buen rato dando vueltas por la floristería. Rosas burdeos, tulipanes amarillos, lirios blancos, flores en maceta y en jarrón, reunidas en ramos lujosos y elegantemente decorados para todos los gustos. Pero Sergio se mostraba indeciso. Recordaba que había hablado con Leire de flores, pero costaba hacer memoria del contenido de aquella charla. Ella claramente mencionó que había flores que no le gustaban y otras que adoraba y se quedaba mirándolas para siempre. Pero aquella vez, en su primer encuentro, Leire hablaba mucho, y Sergio estaba demasiado emocionado tanto por la nueva amistad, como por el vino espumoso del café, y por la propia Leire. Siempre había sido un gran conversador, pero esta vez solo asentía y contemplaba a la joven, su largo pelo liso, la elegante línea de su cuello y los hoyuelos en sus mejillas mate. ¿Será esto el amor? Y al fin y al cabo, ¿qué importaba lo que había dicho ella? ¡La noche era preciosa! Y ahora, por más que lo intentaba, no lograba recordar qué flores le gustaban. – Mire qué gerberas tenemos, ¡no las encontrará en ningún otro sitio! No es época, es una variedad especial – le ofrecía la florista. Él ya iba con prisa. Había que decidirse. Y como siempre, en el peor momento posible, justo cuando iba a pedir el ramo, sonó el móvil: era su madre. Últimamente llamaba demasiado. – Sergio, ¿te has decidido? Es viernes, ¿vendrás este fin de semana? – No, mamá, tengo cosas que hacer… – Tu abuela está impaciente, todo el rato mira la puerta, pregunta por ti. – Mamá, perdona, de verdad, tengo mucho que hacer… Sergio se despidió rápido. Su madre le pedía que fuera al pueblo, donde vivía con su abuela. No era la primera llamada: Sergio sentía ya cierta irritación. ¿Qué pasa con la abuela? Hace tiempo que está delicada… es mayor… Pero no puede dejarlo todo y quedarse con ella siempre. ¡También tiene su vida! Eso, exactamente, era lo que ocupaba sus pensamientos: su nueva relación. Sergio ya soñaba y hacía todo lo posible porque sus sueños se cumplieran. Si la cita de hoy salía bien, mañana podría invitar a Leire a las afueras de la ciudad. Sergio ya sabía a dónde: hay un merendero precioso por allí cerca. En el fondo, su madre hace tiempo quería que Sergio encauzara su vida sentimental, así que iba a encargarse de eso. ¡Si tan solo lograra recordar qué flores le gustaban a Leire! ¡Maldita memoria! En realidad, tampoco le apetecía mucho memorizar todas esas cosas de mujeres. ¿Era tan importante? La florista, ya cansada de sugerir, observaba en silencio a Sergio. “Creo que Leire mencionó algo sobre las espinas de las rosas… ¡Quizás mejor no llevar rosas!” Así que Sergio se inclinó por un ramo grande de gerberas rosas y blancas. Al fin y al cabo, era un detalle. Tenía que volver al trabajo: se acababa el descanso. Quedaron junto al nuevo fuente en la ciudad. Sergio iba tarde; su jefe lo había retenido de improviso a una reunión extra. Al parecer, le esperaba un ascenso. Llamó a Leire para avisar que llegaría con retraso y puso el móvil en silencio. Durante la reunión su madre llamó varias veces, pero Sergio no respondió: no podía. Luego fue corriendo a su cita. De buen humor aparcó cerca y casi corriendo llegó a la fuente, con su ramo de gerberas. Leire no estaba por ninguna parte. Miró alrededor, dio una vuelta y la llamó. Nadie contestó. Sergio se sentó en un banco. Igual era ella la que llegaba tarde. Se acordó de que no había devuelto la llamada a su madre, pero no quiso llamar justo entonces, por si Leire aparecía. Pero no hubo llamada. Diez minutos después, Sergio mismo volvió a marcar. Esta vez Leire contestó. – Leire, ¿dónde estás? Ya te espero. – Lo sé. Estoy en la cafetería de enfrente, llevas rato a la vista desde el segundo piso. – ¿En serio? – buscó con la mirada en los ventanales alargados, pero no la vio – No te veo. ¿Bajas? O… – Has llegado tarde – le cortó ella. – Ya, Leire, lo siento. Te llamé antes, fue culpa del jefe, me retuvo sin querer. – ¡Y LAS FLORES! – ¿Qué pasa con las flores? – Sergio no entendía nada. – ¡Ni siquiera recuerdas cuáles son mis favoritas! – Leire, ¡es que no había! – ¿Rosas? ¿No recuerdas que me gustan las rosas? ¡Las hay en todas partes! Te lo he dicho mil veces… que las rosas son mis favoritas… Y tú… – Voy a arreglarlo… Ahora mismo entro y te busco. Y Sergio entró en la cafetería. Leire estaba al fondo. Sentada, de espaldas a la ventana. Sergio se acercó despacio, y sin atreverse a dar el ramo en mano, lo dejó en la mesa. Leire ni lo miró. Sergio, buen conversador de siempre y sintiéndose culpable, lo dio todo intentando suavizar la situación. Le pareció que funcionaba. Leire sonreía. Tomaron un café y se dirigieron a la salida, Leire sin mirar el ramo: – ¡Os habéis dejado el ramo! – les llamó una camarera simpática. – ¡Es para ti! – respondió Sergio sonriendo. – Ay, gracias – contestó la chica, sorprendida pero encantada. Leire, en cambio, volvió a cambiar el gesto. – Leire, te compro ahora mismo un ramo enorme de rosas. – Gracias – dijo, cortante – No hace falta, ya hoy he tenido demasiadas flores. Bajaban las escaleras. Sergio iba detrás de su amiga, ofendida. De nuevo, el móvil: su madre. – Perdón, igual llamo en mal momento… Leire no oyó nada. – No, para nada, mamá. Es el momento justo. Voy. Mañana voy. Aquella noche, Sergio y Leire se despidieron sin promesas. Él ya entendía que no se verían más. Y al día siguiente, ya iba volando entre campos conocidos. Allá, hasta el horizonte, un mar de mil colores. Lleno de vida, vibrante en el aire, salvaje bajo el viento. Sergio se detuvo y bajó hasta aquel océano multicolor. Como el florista de la tienda, escogía con cuidado entre tantas flores las que más le gustaban. Sabía con certeza que quienes le esperaban estarían contentas, aquí no podía fallar. Al cruzar la puerta de casa, partió el ramo en dos. Su madre brillaba y le llenaba de besos, y su abuela… Ayudaron a la abuela a levantarse. Con manos temblorosas cogió su ramo, acariciándolo apenas – la vista ya le fallaba. ¡Hacía tanto que no le regalaban flores! Se acercó al ramo y aspiró con toda el alma aquel aroma inolvidable, guardado en su memoria desde la juventud, y que ahora surgía de nuevo al olor de los campos, estremeciendo su espíritu. No eran meros recuerdos, sino el sentimiento vivo de aquellos días, la esperanza de algo nuevo, radiante y presente. ¡Qué maravilla! La vida sigue, la vida continúa en su nieto. Sergio se sentó junto a la abuela y puso la cabeza sobre sus rodillas. Ella le acariciaba, temiendo estropear el ramo que tenía tan querido… Tendido ahí, Sergio pensó que algún día encontraría a su chica, alguien muy parecido a aquellas dos mujeres tan queridas. Y se amarían como se amaron su abuelo y abuela, sus padres. Lo fundamental es sentirlo a tiempo. La abuela no quería dar las flores a su hija. – Espera… primero pon agua… del pozo, en un jarrón ancho… despacio, déjalo aquí… para que pueda mirar… El nieto regaló flores. Flores que por fuera son millón, pero éstas… Éstas son las mejores. Éstas las trajo el nieto.