La felicidad ajena Ana trabajaba en su huerto un soleado marzo, cuando una joven desconocida en abrigo gris se acercó a su portón, pidiendo ir al baño. Sin saber que ahí, en la entrada de su modesta finca, la esperaba un reencuentro capaz de dar un vuelco a su destino: “¿No me reconoces, mamá? Soy Olya, tu hija perdida…”. Entre jardines, mermeladas y sacrificios, Ana y Olya reconstruyen lo que nunca tuvieron, aprendiendo que a veces la mayor dicha llega prestada, disfrazada de arrepentimientos, lágrimas y ternura reconquistada, hasta que el pasado vuelve a llamar con una última verdad. La historia de tres generaciones y del anhelo de pertenencia, en una Castilla rural donde las segundas oportunidades se cosechan con las manos curtidas por la vida.

La felicidad ajena

Ana revolvía la tierra en su pequeña parcela. Esta primavera había llegado pronto a Castilla, y aunque era apenas finales de marzo, la nieve había desaparecido por completo. Estaba claro que el frío volvería, pero mientras tanto el sol calentaba tanto que Ana había salido al patio con ganas de hacer algo, apuntalar la valla caída, arreglar el cobertizo de la leña.

Pensaba que pronto habría que traer unas gallinas, un lechón, quizás adoptar un perro y un gato. Ya era suficiente, se dijo a sí misma con una sonrisa irónica, ya había paseado bastante por la vida, suficiente.

Sentía urgencia por arar el huerto, preparar los bancales y respirar el olor a tierra húmeda, igual que en su infancia en la sierra de Gredos. Recordaba cómo se quitaba los zapatos y corría descalza por el campo recién arado, hundiendo los tobillos en esa tierra cálida y mullida como un plumón.

Aún nos queda mucho por vivir dijo en voz alta Ana, como hablándole a alguien invisible.

¡Buenos días!

Ana se sobresaltó. En la puerta de la verja estaba una chiquilla, casi una niña, una adolescente. Iba envuelta en un abrigo gris de esos que dan en los institutos de formación profesional, unos zapatos baratos, medias de nylon color carne.

Para este tiempo aún es pronto para ir así, pensó Ana, se va a resfriar con esos zapatos tan malos, de suela de cartón, tremendo.

La chica se balanceaba de pie, insegura.

Buenos días respondió Ana secamente.

Perdone… ¿Puedo usar su baño?

Ah, bueno, pasa. Todo recto, después giras a la derecha.

Ana la miró con interés mientras la chiquilla desaparecía hacia el patio trasero.

Gracias, me ha salvado. Estoy buscando habitación, ¿no alquilará usted alguna por casualidad?

No lo tenía pensado… ¿y para qué la necesitas?

Querría alquilar una. No quiero vivir en la residencia, allí beben y fuman, y los chicos se cuelan.

¿Ah sí? ¿Y cuánto podrías pagar?

Cinco euros… no tengo más.

Anda, pasa dentro, vamos, vamos.

Uy, ¿puedo volver al baño otra vez?

Corre…

¿Cómo te llamas? preguntó Ana al meterla en casa.

Julia susurró como un ratón. ¿Julia, entonces? Bueno… Julia, ¿para qué has venido realmente? Ana la miraba fijamente.

Yo… estoy buscando una habitación…

No me mientas, Julia… ¿Para qué has venido, de verdad?

Uy, ¿puedo volver al baño?

¿Estás bien, niña?

No sé contestó con lágrimas, no puedo aguantarme.

Anda, corre…

Ana salió siguiéndola.

¿Tienes que ir muchas veces? ¿Te duele?

No, es sólo que necesito ir muchas veces, me duele…

Ya veremos, pero ahora dime, ¿a qué has venido?

Guardó silencio, parecía reunir fuerzas.

¿Entonces?

Escucho. Si vienes a robar, aquí no hay gran cosa. ¿Quién te ha mandado?

Nadie, he venido sola. ¿Usted es Ana Ramírez García?

¿Yo? Pues sí…

¿No me reconoce? Mamá… Soy yo, Julia… Tu hija.

Ana se quedó sentada muy recta, ni un solo músculo tembló en su rostro endurecido por los años y los vientos.

Julia… susurró lentamente hija… Julita…

Sí, sí, mamita… Soy yo. En el hogar de huérfanas no me daban tu dirección, decían que no se podía, mamá… Pero hablé con mi profesora, doña Ángeles, es muy buena, me ayudó a hacer la solicitud y nos dieron tu nombre, el segundo apellido, y al final encontramos tu dirección. Y aquí estoy…

Ana seguía inmóvil, y por sus mejillas corrían lágrimas mudas.

Julia, Julita… hijita…

¡Mami, mamita! gimió la muchacha colgándosele del cuello. Cuánto tiempo te he buscado, mamita. Les escribí cartas, pero se reían de mí, decían que me habías abandonado como a un trasto… Pero yo creí en ti, mamá, siempre creí…

Ana abrazó temblorosa a la niña, sus manos endurecidas se aferraban al jersey de punto grueso de Julia, su hija, Julita…

Se quedaron abrazadas, sin ganas de hablar, todo estaba claro sin palabras.

Después, mucho después, Ana recordó los consejos de su abuela, y su experiencia amarga. Corría de un lado para otro, calentaba agua, preparaba infusiones de anís, envolvía a su hija, la bañaba con esmero. Julita, la niña, el sentido de su vida. Ahora sí que había motivo para seguir adelante, Dios le había dado una segunda oportunidad, nada estaba perdido…

Había que preparar el huerto, comprarle un abrigo bueno. Guardaba todavía algo de dinero. Ella, que creía que ya estaba de retirada, y de pronto, su hija, Julita…

***

Mamá

Sí, hija.

Mamita…

Dime, amorcillo.

Julia cogió una empanadilla de la bandeja. Sus mejillas, que antes eran enjutas, ahora lucían lozanas; su madre la vestía con ropa bonita y parecía haber rejuvenecido también.

Mamáaa…

¿Qué pasa?

Mamá, me he enamorado.

Vaya por Dios.

Sí. Mamá, es maravilloso. Se llama Iván, y quiere conocerte…

Yo… no sé…

Pero pensó que la felicidad no dura, que si Dios te da, también quita.

¿Qué te pasa, mamá?

Nada, hija… nada, cariño. Has crecido tan rápido, no me ha dado tiempo a saborearlo, perdóname, Julita…

Mamá, por favor… Nada de eso. ¡Te daremos nietos con Iván! Eres mi vida. ¡Nunca dudes lo que te quiero! Qué suerte tuve de encontrarte, mamá. Eres mi madre, solo tú.

La presentación fue bien. Iván, un chico del pueblo, formal, trabajador, sensato, le cayó muy bien a Ana. Hasta pensó que no encontraría mejor marido para su hija.

Eran años duros. Algunos apenas tenían para comer y otros alimentaban a sus perros mejor que a sus propios hijos. Pero Ana, Julia y el joven Iván no pasaban penurias. Ana cosía ropa como nadie. La fábrica cerró, pero encontró trabajo en una cooperativa que pagaba bien, vistió a su hija como a una muñeca y también a su yerno.

Iván no paraba quieto: levantó una valla nueva, cambió las vigas podridas del piso bajo, restauró el gallinero y el cobertizo; la casa revivió aún más que cuando su Julita volvió a ella.

El corazón de Ana se había calentado de nuevo, con ganas de vivir, decidió compensar en esos años todo el pasado, lo amargo, lo que sigue doliendo en noches de insomnio, a veces hasta el gemido.

Mamá, ¿te duele algo?

No, hija, duerme tranquila…

Mamá, ¿puedo acostarme contigo?

Por supuesto y Ana se apartaba un poco en el lecho para dejarle espacio a su niña.

Mi niña, mi pequeña… se me desborda el corazón. Esta es la fuerza del amor de madre, gracias, Dios. Gracias por permitirme experimentarlo.

La boda fue sencilla. Los recién casados se quedaron en la casa, Ana florecía como una amapola en mayo. Incluso en el trabajo notaron el cambio: la seria doña Ana Ramírez no podía reprimir la sonrisa, le brillaban las mejillas.

Voy a tener nieto, o nieta susurraba en el descanso a las compañeras, ¡ay, cómo me tiembla el alma!

Qué suerte la de Julia decían las otras, la quiere tanto esa mujer…

¡Nieto! ¡Nació Martín! Le pusieron así por mi madre, la abuela de Julia, que era dura pero justa contaba Ana radiante, está precioso, ay, qué voy a hacer con tanto amor.

Jamás había tenido un bebé en brazos… Nunca, después de Julita, y habían pasado tantos años. Lo sostenía y el corazón latía en sus sienes: eso era la felicidad.

Ahora todos sus pensamientos eran para Martín. El más guapo, el más bueno, y no hay quien le quite su sitio a la abuela.

Iván emprendió una ampliación, levantó una casa grande con sus hermanos, había sitio para todos. Ni se planteaban separarse de Ana.

Eran gente emprendedora. Iván y sus hermanos montaron una empresa de reformas y una tienda de materiales de construcción. Vivían tranquilos.

Y llegó otra buena noticia: ahora esperaban una niña, una nieta. Ana le cosió los vestidos más bonitos, preparó ropa y detalles; la llamaron Marina, niña preciosa.

La risa infantil llenaba ya la casa sin parar.

Todo iba bien. Solo que Ana empezó a notar un ardor en el pecho, cada vez más fuerte.

Mamá, ¿por qué no me dijiste nada? ¿Dónde te duele?

Nada, hija, no te preocupes…

***

…Es tarde, no hay solución.

Doctor, doctor, ¿cómo es posible? Es… es mi madre…

Lo siento mucho.

***
Hija, Julita… Me llegó la hora, perdona, viví demasiado. Hace tiempo que me dieron por acabada y tú me salvaste aquel día al venir, hijita…

No, mamá… no hables así…

Quiero decirte algo, ay… no me interrumpas. Yo no soy tu madre de verdad, Julia… Perdona…

¡Mamá! Nunca más vuelvas a decir eso, ¿me oyes? Eres mía, solo mía, mi madre… ¿Lo entiendes?

Sí, sí… hija… Lo entiendo… Allí está mi cuaderno, mi diario… Perdóname, Julia, te quiero, hija.

Y yo a ti, mamá… Mamá…

***

Julia, deberías comer algo…

Sí, Iván… ahora… Ve tú.

Julia estaba sentada en el cuarto de su madre, leyendo ese cuaderno del que le habló. Allí estaba la vida de Ana: áspera, sin adornos, a veces cruel, a veces alegre.

Madre muy estricta, Antonia García, su padre murió en la guerra. Ana, Anica, Anuca la llamaban. Se enamoró de un ladrón, la vida la arrastró, fue libre y rebelde, a ratos feliz, a ratos en peligro. Se fue con él.

Siguió la vorágine durante muchos años, hasta que de repente llegó la vejez. El ladrón terminó en la cárcel, ella se quedó sola en el mundo… Hubiera tenido un hijo, pero lo perdió en la nieve, ayudando a su amante a escaparse. Juventud, locura…

Lo perdió todo, también la capacidad de ser madre. Nada, ni siquiera un gato; la casa de su madre fue su único refugio. Los médicos la mandaron aguardar, o rezar. Fue a la iglesia, pidió perdón y, contra toda esperanza, llegó la alegría inesperada: no pudo dejar pasar la oportunidad.

Quiso, al menos un tiempo, saber lo que era ser madre, sentirlo. Julia, su luz, su vida. No imaginó que viviría tanto, escribía de sí misma en tercera persona: La felicidad, como todos, trabajo y amor.

Su hija era su alma, su corazón. Hasta la enfermedad parecía remitir.

Perdóname, Señor, por mi ruego, déjame vivir, ver a mis nietos, ayudar a mi niña…

Al principio tenía miedo, miedo de que Julia descubriera la verdad, que no era su verdadera madre, sino una casualidad de apellidos. Luego dejó de temer, empezó a vivir, a vivir de verdad, a creerse digna de ello.

Perdona, hija mía, perdona, mi Julita, por robarte a tu madre verdadera. Así fue mi felicidad robada…

Madre llora Julia, mi querida madre. Espero que me oigas. Yo lo supe, casi desde el principio. Cuando viví contigo, me dijeron que los datos no coincidían: Ana era Iván García. La busqué, por curiosidad. Ella me rechazó, se había casado, yo le estorbaba… Vive, tiene su familia y no quería saber nada de mí. Temía que nos vieran juntas, que supieran. Intentó darme dinero y yo me fui, me alejé…

¿Recuerdas cómo enfermé entonces, mamá? Fue la fiebre… Tú, mi madre, te doy gracias a Dios por unirnos. Busqué mucho y, al final, eres tú mi madre.

Qué suerte que confundieran los papeles, aunque quizás no fue confusión, allá arriba sabían lo que hacían. ¿Cómo vivir otra vez sin ti?

Julia, Julia…

Iván, déjala llorar, ha enterrado a su madre…

***
Abuela, ¿era buena la abuela Ana?

Mucho, cariño.

¿Y era guapa?

La más guapa, Anita.

¿Y quién le puso el nombre?

No sé, tu abuelo o tu bisabuela.

¿Tu abuelo o tu abuela?

Sí, probablemente.

¿Y a mí me llamaste como a la abuela de papá?

Sí, tu padre y yo la queríamos mucho.

¿Ella me ve desde arriba?

Claro, siempre te cuida.

Yo te quiero, bisabuela Anita dice la niña, dejando una corona de margaritas sobre la tumba.

Y yo a ti, pequeña susurra el chopo, nosotros también, suma el aire.

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MagistrUm
La felicidad ajena Ana trabajaba en su huerto un soleado marzo, cuando una joven desconocida en abrigo gris se acercó a su portón, pidiendo ir al baño. Sin saber que ahí, en la entrada de su modesta finca, la esperaba un reencuentro capaz de dar un vuelco a su destino: “¿No me reconoces, mamá? Soy Olya, tu hija perdida…”. Entre jardines, mermeladas y sacrificios, Ana y Olya reconstruyen lo que nunca tuvieron, aprendiendo que a veces la mayor dicha llega prestada, disfrazada de arrepentimientos, lágrimas y ternura reconquistada, hasta que el pasado vuelve a llamar con una última verdad. La historia de tres generaciones y del anhelo de pertenencia, en una Castilla rural donde las segundas oportunidades se cosechan con las manos curtidas por la vida.