Yo lo vi todo desde mi puesto en la oficina de Madrid, donde el jefe, don Santiago, estaba siempre buscando a alguien en quien confiar ciegamente para las visitas a clientes. Un día se acercó a la joven colaboradora y le dijo:
Rodríguez, necesito que el cliente lo atienda una persona de total fiabilidad. ¿A quién, sino a ti, puedo encomendarle esta tarea?
Como usted diga, don Santiago respondió María con una sonrisa y asintió.
La mayoría de mis compañeros evitaba los desplazamientos, prefiriendo quedarse en el despacho, pero María era diferente. Siempre miraba todo con optimismo, aceptaba cualquier encargo sin quejarse y repetía: «El movimiento es vida». No era mensajera, pero la petición del director no le parecía nada complicada. Además, esas salidas estaban acompañadas de una pequeña prima; ¿para qué rechazarla?
Ese mismo día, aunque la orden llegó casi al final de la jornada, María no se desanimó. Pensó que, de paso, podría visitar a su suegra, Doña Carmen, cuya casa quedaba justo al lado del cliente al que la enviaban. Planeó llevarle dulces, tomar un té y compartir novedades. Entre las noticias estaba que ella y su marido, Luis, habían terminado la reforma del salón infantil, preparándose para la llegada de su primogénita. Mientras la bebé aún no había nacido, María guardaba la esperanza de esas dos ansiosas pruebas de embarazo. Sonriendo para sí y tarareando una melodía, tomó el ascensor con entre manos una carpeta de documentos para firmar.
Qué ingenua, ¿crees que así vas a salir adelante? comentaban entre susurros algunos colegas, lanzándole miradas cargadas de significado.
No ocultaban sus voces, al contrario, hablaban más alto a propósito. Pero María no les prestaba atención; esas habladurías no le afectaban. No aspiraba a escalar por los rumores; si algún ascenso llegaba, sería por mérito y competencia demostrada.
La vida le pondrá a prueba, pues es muy confiada, como una diente de león bajo el sol.
María se quedó inmóvil un instante, quiso responder y luego cambió de idea. No valía la pena montar escenas por nimiedades. Que piensen lo que quieran; si su carácter no les agrada, problema de ellos. Ella estaba satisfecha con su vida. Su dulzura y flexibilidad le facilitaban el trato con la gente y evitaban conflictos, sin que eso la hiciera débil. Cuando hacía falta, sabía imponerse; en los chismes, no se dejaba arrastrar.
Al terminar la reunión con el cliente, María se dirigió a la pastelería, compró los famosos pastelitos de manzana que tanto le gustaban a Doña Carmen y se encaminó al barrio residencial sin avisar, queriendo dar una sorpresa. Doña Carmen siempre estaba en casa a esa hora, y María estaba segura de que la mujer se alegraría. Su relación era cálida y de confianza. Cuando Luis presentó a María por primera vez a su madre, ésta la aceptó como a una hija. Los regalos, los cuidados y el apoyo en los roces familiares siempre estuvieron del lado de la suegra, que incluso se había hecho amiga de los padres de María. Esa suegra era digna de envidia. María sentía que podía hablar con ella de cualquier cosa, incluso de lo más íntimo. Claro, ninguna madre sustituta, pero Doña Carmen se había convertido en una persona muy cercana.
Con los dulces bajo el brazo, María mandó un mensaje a Luis avisándole de su retraso y tomó una calle conocida. La casa de la suegra, antigua y robusta, había sido construida por sus padres y se alzaba en una calle tranquila. Doña Carmen había invitado a varios jóvenes a mudarse allí, pero María dudaba: el barrio periférico resultaba incómodo para ir al trabajo. Soñaban con una vivienda más céntrica o en los suburbios, donde el aire fuera más puro; eso quedaría para el futuro. Por ahora, lo esencial era valorar lo que tenían, pues una buena casa requería mucho dinero, y todavía no habían ahorrado lo suficiente.
La puerta trasera estaba abierta, al igual que la entrada principal. Desde la cocina se escapaba el aroma tentador de la tarta recién horneada. Tal vez Doña Carmen estaba ventilando la casa o quizás tenía visitas. María entró en silencio y escuchó voces apagadas.
No voy a conseguir el dinero para la operación pronto. No quiero que los jóvenes se endeuden. Que vivan su vida y yo me las ingiriré. Me apuntaré a la lista de cirugías privadas y veremos qué pasa.
¡Anda! ¿Cómo puedes rendirte? ¿Vamos a intentar reunir fondos? ¡Aún eres joven! ¿Vas a quedarte de brazos cruzados mientras todo se empeña?
No me queda otra que el destino siga su curso. Pero lo que sí quiero es arreglar el tema de la herencia. He pensado en donar la casa a favor de María. Luis y yo estamos bien, pero los hombres son inestables. Yo también creí que viviría con mi marido toda mi vida, y él me dejó con el niño en la calle. ¿Recuerdas cómo sobreviví entonces? No quiero que María pase por lo mismo. Sus padres la ayudarán, pero yo quiero dejarle un respaldo: la casa y los adornos familiares. Cuando nazca el niño, que sepa que tiene un rincón propio donde refugiarse. Por el hijo estoy tranquila, él se las arreglará. Pero herir a una mujer es fácil. No quiero imaginar lo peor, mejor prevenir. Quiero que ella esté protegida.
María sintió que las lágrimas comenzaban a asomar. Su corazón se encogió al comprender: la suegra estaba enferma, ocultaba el diagnóstico a todos y, sin embargo, seguía preocupándose por su nuera. Incluso en ese momento pensaba en garantizar a María estabilidad, futuro y protección. Entonces, ¿por qué vender la casa y los enseres cuando bastaba con pedir ayuda? ¿Por qué no mudarse con ellos? Juntos podrían haber encontrado una solución. La cabeza le daba mil ideas, los pensamientos se enredaban. No recordaba cómo había salido de la casa ni por qué había girado en aquella calle; el pecho le pesaba como un yugo. No sabía la gravedad de la enfermedad de la suegra y temía alarmar a Luis prematuramente, pero la incertidumbre también era insoportable.
Al seguir por la estrecha calle, se topó con Elena, la amiga de Doña Carmen, que caminaba hacia la parada con la cabeza gacha, como cargando el peso del mundo. María se acercó, sin disimular la intranquilidad, y le pidió la verdad. Elena vaciló al principio, pero al ver la angustia sincera en los ojos de María se confesó. Prometió no contarle a nadie, sobre todo a su amiga. Así, María supo todo: diagnóstico, plazos, coste de la operación y la larga lista de espera. Todo dependía de la rapidez; cuanto antes comenzara el tratamiento, más chances tendría de recuperarse.
María corrió a contarle a Luis. Él se quedó pálido, inmóvil, y luego se levantó de un salto. Esa misma noche llamó a varios amigos pidiéndoles préstamos y buscando soluciones. Al día siguiente fueron a los bancos, solicitaron créditos. María habló con sus padres, que sin dudar ofrecieron su ayuda. Elena también se movilizó, contactó a sus conocidos y reunió lo que pudo. En una semana, milagrosamente, lograron el dinero necesario. Algunos dieron sin cobrar devolución, otros dijeron: «No lo devuelvas, lo importante es que ella viva». Doña Carmen llamó a María para arreglar la donación de la casa; no sospechaba que la conversación acabaría en otro tema.
María llegó acompañada de Luis y Elena. Le entregaron a la suegra un sobre con la cantidad completa para la operación. Doña Carmen miró primero a Elena, luego al dinero, y de un momento a otro se echó a llorar.
Te pedí que no lo contaras a nadie
¿Y yo qué? ¿Voy a anunciarlo por todo el barrio? replicó Elena, enfadada. ¡Esta es tu nuera la que me encontró en la parada! ¡Ella lo escuchó todo y no se rinde! ¡Nos llevamos amistad de toda la vida! ¿Cómo podía quedarme callada? ¡El destino nos cruzó ese día! Hemos recaudado el dinero; no estás sola, te queremos. No te castigues, ve al hospital y hazte la operación. No queremos perderte.
Doña Carmen sollozó como una niña. Luis la abrazó y le prometió no guardar más secretos. «No solo te afecta a ti», le dijo, «nos afecta a toda la familia». María le reprochó suavemente: «¿Actuarías igual si nosotros, Luis y yo, hubiéramos ocultado nuestra enfermedad?»
Somos una sola familia añadió Doña Carmen. Lo más valioso es la vida, la salud, poder respirar, reír, existir. Todo lo demás vendrá. No se preocupe, la operación será a tiempo y todo saldrá bien.
La intervención fue un éxito; los médicos dieron un pronóstico favorable. María la visitaba cada día, a veces con Luis, otras con su madre o con Elena. Unas jornadas antes del alta, les dio la feliz noticia: estaba embarazada.
Que se recuperen pronto sonrió María. Un nieto o una nieta está en camino. Ahora nos toca ayudar a criar al pequeño.
Doña Carmen quedó conmovida. Se dio cuenta de la suerte que tenía su hijo con una esposa tan entregada. Sabía que, sin María, la situación habría sido distinta. Los padres de María habían vendido el garaje para aportar su parte, y ella estaba profundamente agradecida. Soñaba con devolver ese gesto algún día, compensar la deuda con bondad. María ya no era solo una nuera; se había convertido en una hija.
Tengo muchísima suerte de que Luis te haya elegido le dijo, tomándola de la mano. Tu corazón es el más cálido que he encontrado.
María reflexionó: todas las relaciones se basan en la reciprocidad. Si alguien responde al bien con bien, los lazos florecen. Pero si la suegra fuera fría, envidiosa o hiriente, ¿cómo podría ella sentirse acogida? Ningún buen corazón soporta una negatividad constante.
Doña Carmen insistió en formalizar la donación de la casa a nombre de María, por si acaso. No dudaba de que María nunca la echaría de su hogar mientras viviera. El futuro les deparaba una nueva etapa: la espera del bebé y la vida que estaban construyendo juntos.
María recordaba aquel día una y otra vez. Si no se hubiera ido de viaje, si no hubiera tocado la puerta de su suegra, si hubiera pasado de largo ¿qué habría pasado? Tal vez el destino no sea casualidad; quizá cada paso nos lleva a donde debemos estar.







