¡Mira, te voy a contar una historia que me ha dejado pensando, la verdad! Imagina la escena: Ana, que vivía en un pueblito cerca de Salamanca, se quedó de piedra cuando Fernando, que había venido allí por trabajo, le suelta:
¡Anda y apártate de mi vida! Que yo no te prometí boda ni nada. ¡Ni siquiera sé de quién es esa niña!
¿Te lo puedes creer? ¡Con lo que decía quererla y los te quieros que le decía! Y ahora, de repente, ni la reconoce Ana apenas podía creérselo. Que si aquel Fernando tan cariñoso, que la llamaba Anita y le prometía la luna, ¿dónde había quedado? Ante ella solo quedaba un hombre frío, casi enfadado, bastante distinto.
Ana lloró una semana entera, pensó que eso era lo último que le pasaba en la vida, y más con treinta y cinco años y sin considerarse especialmente guapa Así que, fíjate, decidió que iba a ser madre, aunque tuviera que hacerlo sola.
Al tiempo nació la pequeña, una niña muy chillona, y la llamó Carmen. Y Carmen creció siendo la niña más tranquila del barrio, que si se ponía a llorar tampoco era para tanto, y que nunca le dio un quebradero de cabeza a su madre. Casi parecía que sabía que por mucho que llorara no iba a ganar nada Ana cumplía como madre: la alimentaba, la vestía, le compraba juguetes, pero tampoco era de derrochar cariño. Abrazos, mimos, paseítos con la niña poco o nada. Carmen a veces se le acercaba buscando un poco de afecto, pero Ana siempre estaba ocupada, cansada, con dolor de cabeza. Como que a ella la maternidad, de verdad, nunca le salió sola.
Pero cuando Carmen tenía siete años pasó algo que cambió el rumbo: Ana conoció a un hombre. Y no solo eso ¡lo llevó a vivir a casa! El cotilleo corrió por el pueblo más rápido que la pólvora: ¡Mira que traer a un forastero a casa! ¿Y su niña qué? decían. Y claro, el hombre, que se llamaba Diego y no era del pueblo, ni trabajo fijo tenía, pues daba que hablar. ¡Vete tú a saber de dónde ha salido! Igual nos sale rana.
Pero la vida da sorpresas. Diego no era un charlatán, sino un manitas que arregló el porche, luego el tejado, más tarde la valla Vaya, que la casa cambió de aspecto y el pueblo a mirarle de otra manera. Empezaron a pedirle ayuda con alguna chapuza y él siempre decía:
A los que andan justos de dinero o ya no pueden, les echo una mano. El que pueda, que me pague en euros, o con una botella de aceite, unos tomates lo que sea.
Ana tenía un pequeño huerto, pero sin Diego nunca hubo vacas ni gallinas en casa, así que la leche, el queso o la nata eran un lujo. Pero desde que Diego estuvo, la nevera empezó a llenarse de cosas ricas. Y Ana, que nunca fue nadie especial físicamente, con Diego se transformó: sonreía más, estaba más guapa, hasta tenía hoyuelos en la cara cuando reía. Y de pronto, trataba a Carmen con otro cariño.
Carmen siguió creciendo, iba ya al colegio, y un día al volver de casa de su amiga se encontró en el patio unas columpios impresionantes que Diego le había construido. No se lo podía ni creer.
¿De verdad son para mí, Diego? ¿¡Para mí!? le preguntaba llena de ilusión.
Claro que sí, Carmen, ¡estrénalos ya! le respondió con una sonrisa enorme.
Y así, Carmen se balanceaba más feliz que una perdiz, el viento en la cara, sintiéndose la niña más afortunada del mundo.
Como Ana trabajaba temprano en el supermercado del pueblo, Diego se ocupaba de preparar los desayunos y la comida. Solo te digo que los pasteles y tortillas que cocinaba nunca has probado nada igual. Y fue él quien enseñó a Carmen a cocinar y a poner la mesa; era hombre de mil artes.
Cuando llegó el invierno y las tardes se acortaron, Diego iba a buscarla y llevarla al cole. Le ayudaba con la mochila y le contaba historias de su vida: cómo cuidó a su madre enferma, cómo vendió el piso de Madrid por ayudarla, cómo un hermano suyo se quedó con lo que era suyo Una vida complicada, que le enseñó muchas cosas.
En verano le enseñó a pescar en el río. A madrugar, a sentarse en silencio, a tener paciencia. Hasta le compró su primera bicicleta y la enseñó a montar. Cuando Carmen se daba golpes en las rodillas, él lo curaba con mercromina, y le animaba:
No pasa nada, Carmen, tienes que aprender a caerte y a levantarte le decía convencido, mientras Ana refunfuñaba.
Para Reyes, Diego le regaló unos patines blancos preciosos. Celebraron juntos, brindaron con Fanta y comieron delicias que él mismo había preparado. Al día siguiente, Carmen se despertó, vio su regalo y gritó de alegría. Por la tarde se fueron los dos al río helado, y Diego, quitando nieve, le enseñó a patinar. Le costó, pero con la mano de él logró no caerse ni una sola vez. Carmen le abrazó en ese momento:
¡Gracias por todo, papá! le dijo de repente.
Y Diego se emocionó tanto que se le escaparon unas lágrimas, aunque intentó disimular.
Carmen creció, se fue a la universidad en Valladolid, y como cualquier joven, tuvo sus complicaciones. Pero él siempre estaba ahí: le llevaba comida, estuvo en su graduación, la acompañó cuando se casó, y cuando ella fue madre, la esperó en la puerta del hospital con su yerno. Abuelos como él pocos: cariñoso, entregado, mejor que de sangre a veces.
El tiempo pasó, como pasa para todos, y Diego faltó. En el entierro, Carmen y su madre estaban deshechas, y ella, echando un puñado de tierra, dijo:
Adiós, papá tú has sido el mejor padre del mundo. Siempre te llevaré en mi corazón.
Porque padre no es solo quien te da la vida, sino quien está contigo compartiendo alegrías y tristezas, quien te cría y te acompaña Así que, vaya historia más bonita, ¿no? ¡Dime qué piensas! Si te ha llegado, ya sabes, dale al corazoncito y pásala a quien creas que le hará bien.







