¡Abuela Leonor! exclamó Mateo ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?
Leonor Jiménez rompió a llorar al contemplar la valla destrozada. Ya había intentado apuntalarla con tablas y remendar los viejos postes, esperando que aguantara hasta reunir suficiente dinero de su modesta pensión. Pero el destino fue otro: la cerca se desplomó.
Desde hacía diez años, Leonor se ocupaba sola de la casa desde que su querido esposo, Antonio García, partió de este mundo. Tenía unas manos de oro. Mientras él vivía, la abuela no tenía ninguna preocupación. Antonio era un manitas carpintero, ebanista, arreglaba cualquier cosa.
Todo lo hacía él, nunca era necesario llamar a profesionales. En el pueblo era muy respetado por su bondad y laboriosidad. Juntos habían compartido cuarenta años felices, a un solo día de cumplir su aniversario. La casa relucía, el huerto producía generosamente y el ganado lucía sano todo gracias a su esfuerzo unido.
El matrimonio tuvo un único hijo, Álvaro, su orgullo y alegría. De pequeño aprendió a ayudar y nunca hubo que rogarle para que echara una mano. Cuando su madre volvía agotada del campo, el hijo ya había partido leña, traído agua, encendido la estufa y dado de beber a los animales.
Antonio, al regresar del trabajo, se lavaba y salía al porche para fumar, mientras Leonor preparaba la cena. Por las noches, cenaban juntos los tres, poniéndose al día sobre lo sucedido. Eran felices.
El tiempo, sin embargo, se escurría sin detenerse, dejando sólo recuerdos. Álvaro creció, se marchó a Madrid, estudió y se casó con una chica de ciudad, Carmen. Se instalaron en la capital. Al principio, Álvaro volvía a casa en vacaciones, pero luego su esposa le convención para pasar los veranos en el extranjero y aquello se convirtió en costumbre. Antonio no lo entendía y se enfadaba con su hijo.
¿De qué se cansa como para necesitar esas vacaciones? Seguro que Carmen le ha metido esas ideas raras. ¿Qué necesidad tiene de tantos viajes?
El padre suspiraba, la madre sufría. Pero ¿qué otra cosa podían hacer? Vivir con la esperanza de recibir, al menos, alguna carta. Hasta que una primavera Antonio enfermó. Dejó de comer, se fue apagando. Los médicos le recetaron medicamentos, pero pronto le enviaron a casa a pasar sus últimos días. En pleno renacimiento de la naturaleza, cuando los ruiseñores cantaban en el monte, Antonio falleció.
Álvaro llegó para el entierro, llorando con amargura por no haber visto a su padre una última vez. Se quedó una semana en casa y luego volvió a Madrid. En los diez años siguientes apenas escribió tres cartas a su madre. Leonor se quedó completamente sola. Vendió su vaca y las ovejas a los vecinos.
¿Para qué quería ya más animales? La vaca permaneció largo rato junto al portal de Leonor, escuchando los sollozos de quien había sido su dueña. Leonor se encerraba en la habitación del fondo y lloraba tapándose los oídos.
Sin manos de hombre, la finca se venía abajo. Un día era el tejado que goteaba, otro la tarima podrida del porche, otra vez se inundaba el sótano… Leonor arreglaba lo que podía, de su pensión apartaba algo para algún albañil y a veces se apañaba sola creció en el campo, sabía valerse.
Así fue sobreviviendo, apenas llegando a fin de mes, cuando sobrevino otra desgracia: empezó a perder vista, cosa que nunca antes le había ocurrido. Fue a la tienda del pueblo y apenas distinguía los precios. Meses después, no lograba ver ni el letrero del local.
La enfermera del centro de salud vino a verla, insistiendo en que debía ir al hospital de la ciudad:
Señora Leonor, ¿quiere quedarse ciega? Si se opera, recuperará la visión.
Pero la intervención le daba miedo, así que se negó. Un año después, casi no veía nada. Aun así, no parecía demasiado preocupada.
¿Y para qué quiero yo ver? No veo ni la televisión, sólo escucho. El presentador lee las noticias y con eso me apaño. En la casa hago todo de memoria.
A veces, sin embargo, la inquietud la asaltaba: el pueblo había cambiado, algunos jóvenes eran poco de fiar, venían ladrones a casas vacías saqueando lo que encontraban. Leonor lamentaba no tener perro guardián, de esos que asustan sólo con el aspecto y el ladrido.
Preguntó a Isidro, el cazador del pueblo:
¿No sabes si el guarda tiene cachorros? Me vendría bien uno, aunque sea pequeño. Yo lo crío
Isidro la miró con curiosidad:
Abuela Leonor, ¿para qué quiere usted un cachorro de mastín? Son de monte. Yo le puedo traer un buen pastor alemán de Madrid, de pura raza.
Eso debe costar una fortuna
Nada que no valga la pena, mujer.
Pues está bien, tráelo.
Leonor repasó lo ahorrado y calculó que le alcanzaría para un buen perro. Pero Isidro, poco fiable, siempre retrasaba la entrega. La abuela le reñía por sus promesas vacías, aunque en el fondo le tenía lástima: era un hombre solo, sin familia, solo acompañado de la botella.
Isidro, de la edad de su hijo Álvaro, nunca había dejado el pueblo. Se sentía agobiado en la ciudad. Su pasión era la caza; podía perderse en el monte varios días. Fuera de temporada, hacía chapuzas aquí y allá; cavaba huertos, arreglaba muebles, reparaba máquinas. Lo que ganaba se lo gastaba en vino.
Tras sus borracheras volvía al monte, hinchado y enfermo, pero al poco tiempo regresaba con cestas de setas, frutos, pescado y piñones, que vendía por unas monedas y gastaba al instante. Ayudaba a la abuela Leonor en lo que podía a cambio de algo para beber. Y ahora que la valla se había caído, no le quedó más remedio que recurrir de nuevo a Isidro.
Lo del perro tendrá que esperar suspiró Leonor Me toca pagar la valla y ya ando justa de euros.
Isidro no vino con las manos vacías. Además de herramientas, en la mochila algo se movía. Sonriendo, llamó a la abuela:
Mire lo que le traigo. Abrió la mochila.
Leonor tanteó una pequeña cabeza peluda.
¿Me has traído un cachorro, Isidro? preguntó, asombrada.
De lo mejor. Pura raza de pastor, abuela.
El cachorro gimió, intentando escapar de la mochila. Leonor se angustió:
No me llegará el dinero… Solo me alcanza para la valla.
¿Voy a devolverlo? respondió Isidro ¿Te imaginas cuántos euros me costó este perro?
No quedaba otra. Leonor corrió a la tienda donde la dependienta le dio cinco botellas de anís fiadas, anotando su nombre en la libreta de deudas.
Al anochecer, Isidro terminó la valla, Leonor le convidó a un buen plato y una copa. El hombre, animado por la bebida, le daba instrucciones señalando al cachorro adormilado cerca de la chimenea.
Hay que darle de comer dos veces al día. Y compra una buena cadena, crecerá fuerte. Sé de perros.
Así fue como llegó a la casa un nuevo inquilino: Truco. Leonor lo tomó cariño, recibiendo a cambio una lealtad sincera. Cada vez que Leonor salía al patio a echarle de comer, Truco brincaba feliz, dispuesto a lamerle la cara. Sólo le inquietaba un detalle: el perro creció enorme, como una ternera, pero nunca aprendió a ladrar, para disgusto de la abuela.
¡Ay, Isidro! ¡Menudo pícaro eres! Me has vendido un perro defectuoso.
Pero ¿cómo echar a la calle a un animal tan noble? Ni falta que le hacía ladrar. Los perros de los vecinos ni se atrevían a acercarse a Truco, que en tres meses ya llegaba casi a la cintura de la abuela.
Un día, llegó al pueblo Mateo, otro cazador, para comprar provisiones antes del invierno, meses en los que los hombres vivían en la sierra. Al pasar por casa de Leonor, se quedó petrificado al ver a Truco.
¡Abuela Leonor! gritó ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?
La mujer, asustada, se llevó la mano al pecho.
¡Dios mío! ¡Pero qué ingenua he sido! Ese bribón de Isidro me engañó… Decía que era un pastor alemán de pura raza…
Mateo le aconsejó muy serio:
Hay que soltarlo en el monte. De lo contrario traerá problemas.
A Leonor se le llenaron los ojos de lágrimas. Qué pena despedirse de Truco, un animal tan dócil y bueno, aunque fuera un lobo. Sin embargo, llevaba días inquieto, tironeando de la cadena, deseando correr libre. En el pueblo ya le miraban con miedo. No quedaba otra.
Mateo llevó el lobo al bosque. Truco movió el rabo antes de desaparecer entre los árboles. Nadie volvió a verlo.
Leonor lloró la ausencia de su amigo y maldijo a Isidro. Este, por su parte, lamentó lo ocurrido, pues no tenía malas intenciones. Cuando andaba por el bosque, encontró rastros de oso y escuchó un quejido. Iba a irse, pensando que era peligroso acercarse donde hubiera oseznos, pero aquel sonido no era de oso.
Al abrirse paso entre zarzas, vio una madriguera: junto a la entrada yacía muerta una loba y a su alrededor sus cachorros, mordidos por el oso. Solo uno sobrevivía, escondido. A Isidro le dio lástima y lo recogió, pensando en dejarlo con Leonor un tiempo: cuando fuera mayor, volvería solo al monte y él mientras tanto le traería el perro que la abuela quería. Todo se torció con la llegada de Mateo.
Isidro deambuló varios días cerca de la casa de Leonor, sin atreverse a entrar. El invierno arreciaba. La abuela avivaba la lumbre para no congelarse por la noche.
De repente, llamaron a la puerta. Leonor fue a abrir. En el umbral, un hombre.
Buenas noches, abuela. ¿Me deja pasar la noche? Iba a un pueblo cercano y me he perdido.
¿Y cómo te llamas, chiquillo? Veo muy mal.
Borja.
Leonor sospechó:
En este pueblo no hay ningún Borja…
Es que soy nuevo por aquí. Acabo de comprar la casa cerca del arroyo. Vine a verla, el coche se me quedó atascado y tuve que venir andando con esta ventisca.
¿Compraste la casa del difunto Julián?
El hombre asintió.
Eso es.
Leonor lo invitó a entrar y puso agua a calentar. No notó cómo su huésped escudriñaba el aparador donde la gente guardaba sus ahorros.
Cuando ella iba de un lado a otro, el hombre empezó a rebuscar en el mueble. Leonor oyó crujir las bisagras.
¿Qué haces allí, Borja?
¡Bah! Es por la reforma del euro… Te ayudo a deshacerte del dinero viejo.
La abuela frunció el ceño.
Mentira. No ha habido reforma ninguna. ¿Quién eres tú?
El hombre sacó un cuchillo y la encañonó.
Calla, vieja. Saca el dinero, las joyas y la comida.
A Leonor le inundó el pánico: delante tenía a un delincuente, huido de la policía. Ya no tenía escapatoria…
Pero de pronto la puerta se abrió de golpe: un lobo enorme saltó sobre el ladrón. Este gritó, pero un grueso pañuelo le salvó del mordisco. Con el cuchillo alcanzó el lobo en el hombro. Truco se apartó, el asaltante aprovechó y corrió a la calle.
En ese momento llegaba Isidro, decidido a disculparse con la abuela. Vio cómo un individuo huía blandiendo un cuchillo, maldiciendo. Corrió hasta la casa de Leonor y la encontró junto al herido Truco. Isidro comprendió todo y salió a avisar a la Guardia Civil.
El ladrón fue atrapado y encarcelado.
Truco se convirtió en un héroe local. Los vecinos le traían comida y le saludaban. Ya no volvieron a atarle; era libre, aunque siempre regresaba junto a la abuela Leonor, llegando de paseo con Isidro cuando volvían del coto.
Un día, al llegar, vieron un todoterreno negro delante de la casa. En el patio, un hombre partía leña: era Álvaro, el hijo de Leonor. Al ver al viejo conocido, le abrazó emocionado.
Esa noche cenaron todos juntos, y Leonor brillaba de felicidad. Álvaro la convenció para ir a Madrid a operarse y recuperar así la vista.
Si es por el bien de todos… accedió la abuela En verano vendrá el nieto, quiero verle la carita. Isidro, encárgate por favor de la casa y de Truco, ¿me lo prometes?
Isidro asintió. Truco se acomodó junto al fuego con aire satisfecho, como si supiera que aquel era su hogar, entre amigos.
A veces la vida da giros inesperados y sólo aquellos que dan amor, lo reciben multiplicado. Así, Leonor aprendió que la bondad y la valentía florecen incluso en el corazón más solitario e inspiran a toda una comunidad. No importa la oscuridad: siempre habrá calor y compañía para quien nunca pierde la esperanza.







