Un hijo ajeno —Tu marido es el padre de mi hijo. Con estas palabras se acercó a la tranquila mesa de Cristina una mujer desconocida. Sin ningún pudor, se sentó frente a ella y esperó alguna reacción a su declaración. —¿Y cuántos años tiene tu pequeño? —respondió la joven con absoluta calma, como si aquello fuera lo más normal del mundo y le ocurriera cada día. —Ocho —frunció los labios Marina, molesta. ¡No era la reacción que esperaba! ¿Dónde estaba la indignación? ¿Las acusaciones de mentir? ¿Aunque fuese una pizca de desprecio? —Perfecto —Cristina esbozó una leve sonrisa y volvió a centrarse en su exquisita tarta de cereza, especialidad exclusiva de esa cafetería—. Solo llevamos tres años casados, así que todo lo que ocurrió ANTES de mí no me interesa. Una sola pregunta —permitiéndose una pizca de interés—: ¿lo sabe Arturo? —No —la mujer se recostó en la silla con fastidio—. ¡Pero eso da igual! Voy a reclamar la pensión alimenticia, ¡y tendrá que pagar, está claro? —Por supuesto —asintió Cristina—. Mi marido adora a los niños, así que si lo hubiera sabido antes, seguro que se habría implicado en la vida de tu hijo. Por cierto, ¿cómo se llama? —Egor —respondió automáticamente Marina y enseguida frunció el ceño—. ¿De verdad te da igual que tu santo esposo tenga un hijo fuera del matrimonio? —Insisto, lo que haya pasado antes de nuestra boda no me afecta —la sonrisa de la joven seguía intacta—. Créeme, sabía perfectamente que me casaba con un hombre de treinta años, no con un niño inocente. Es lógico que haya tenido romances previos. No me molesta en lo más mínimo. Lo único importante es que ahora soy la única. —Bueno, nos vemos en los juzgados. Prepárate para aflojar la cartera, voy a exigir todo lo que le corresponde por ley a mi niño. Marina se marchó, dejando tras de sí un intenso aroma a perfume. A Cristina le costó esfuerzo no fruncir el ceño ante aquel olor, como si la mujer se hubiese bañado en media botella. —Hazlo, si te atreves —pensó Cristina, encogiéndose de hombros mientras acababa el último bocado de tarta—. Me pregunto qué te parecerá saber que el sueldo oficial de Arturo no supera los mil euros… El negocio está a nombre del padre… Y además cuida de su madre enferma. No vas a ver mucho dinero. Incluso le dio lástima ese niño inocente. Quizá debería visitarlos. Ver cómo viven. Y, tal vez, pactar una cantidad decente para la manutención del pequeño cada mes. Pero eso, claro está, si Egor resulta ser realmente hijo de Arturo. Porque ella ya conocía a mujeres así… ********************* El test de ADN fue rápido—cuando hay dinero, todo se resuelve en un abrir y cerrar de ojos. El resultado fue rotundo: Egor era hijo de Arturo. Por cierto, el niño le pareció a Cristina demasiado callado y retraído. No es normal que un chaval de ocho años pueda estar hora y media, esperando a que prepararan la documentación y las pruebas, sin moverse, sin pedir dibujos animados, sin corretear por el pasillo… En fin, nada de lo que hacen sus compañeros cuando se ven obligados a esperar. Era muy extraño. Ahora Cristina sentía más que nunca la necesidad de visitar a su recién encontrado “sobrino”. Un piso en buen barrio. Portero en la entrada. Setenta metros, dos habitaciones amplias. Reforma reciente… Cristina anotaba esos detalles casi automáticamente, sin entender cómo una mujer que vive así puede quejarse de falta de dinero. —El juicio es la semana que viene —murmuró Marina, dejando pasar a la inesperada invitada—, allí podríamos hablar. —Quería conocer mejor a Egor. Al fin y al cabo, Arturo tiene mucha ilusión por participar en su vida. Quizá llevarlo con nosotros algunos fines de semana, cuando el niño se acostumbre. —¡Ni pensarlo! —se indignó Marina. —Eso lo decide el juez —replicó Cristina con serenidad—. Es el padre, tiene derecho. Por cierto, no veo ni un solo juguete… —No me sobra el dinero para tonterías —respondió desdeñosa Marina—, apenas me llega para vestirlo, así que de juguetes ni hablamos. —¿De verdad? —Cristina lanzó una mirada significativa a un bolso de firma sobre la mesa, a la ropa cara esparcida por el sofá, a la cosmética de primeras marcas en el tocador—. ¿De verdad le falta dinero? —Aún soy joven y quiero rehacer mi vida —gruñó Marina, molesta por el tono de su interlocutora—. ¡Y eso no es asunto tuyo! —¿Y dónde dejas al niño cuando te vas de citas? —insistió Cristina, comenzando a entender la desgana y frialdad del pequeño. —Ya no es un crío, puede quedarse solo. ¿Eso es todo? ¡Nos veremos en el juzgado! —Insistiré en que se justifique cada céntimo dedicado al niño —Cristina tampoco quería quedarse más—. Da miedo ver cómo una madre trata así a su propio hijo. Me temo que la sentencia no le va a gustar… ********************** — …El juzgado ha resuelto estimar parcialmente la demanda presentada por Marina Grigorievna Lipova. Se reconoce que Arturo Ivanovich Malin es el padre de Egor Grigorievich Lipov, y se ordena a las autoridades pertinentes modificar el certificado de nacimiento. Se desestima la petición de pensión a favor del menor. Se estima la contrademanda de Arturo Ivanovich Malin para determinar la residencia del hijo menor de edad… Cristina sonrió satisfecha, objetivo cumplido: Egor viviría con ellos. Puede que algunos la juzgasen—“le quitó el hijo a la madre”—pero era lo más justo. Todos los vecinos de Marina afirmaban lo mismo: que no le importaba su hijo, que le gritaba y lo pegaba aun delante de testigos. Incluso la psicóloga infantil recomendó que el niño no siguiera bajo su cuidado. También lo confirmaron maestros y antiguas cuidadoras. Ahora Egor tendría una habitación enorme para él solo, juguetes, ordenador… Y, sobre todo, el cariño sincero de los padres que nunca conoció, porque tanto Cristina como Arturo rápidamente se habían encariñado de ese niño maravilloso…

Querido diario,

Hoy he vivido una de esas situaciones que sólo parecen posibles en las telenovelas. Mientras disfrutaba de una tranquila comida en un pequeño café cerca de la Gran Vía de Madrid, se me acercó una mujer desconocida, de aspecto decidido y perfume demasiado intenso, que sentándose frente a mí sin invitación me soltó de golpe:

Su marido es el padre de mi hijo.

Lo dijo con tal seriedad y esperando quizá llantos, gritos o un escándalo. Recuerdo que me quedé mirándola durante unos segundos y respondí con toda la calma que he aprendido tras años en esta ciudad.

¿Y cuántos años tiene su hijo? le pregunté como si habláramos del tiempo.

Ocho contestó Lucía, torciendo el gesto de decepción. Intuía que esperaba rabia, reproches, algo de dramatismo.

Excelente sonreí levemente, y volví mi atención a la tarta de cerezas que sólo sirven en esta cafetería. Llevamos tres años casados, así que todo lo que ocurrió ANTES de mí no me interesa. Solo una pregunta, ¿está Jaime al corriente?

No gruñó Lucía, echándose hacia atrás. Pero es igual, pienso pedirle la pensión. Tendrá que pagar, ¿queda claro?

Por supuesto, ninguno de los dos dejaría de cumplir con esa responsabilidad asentí, casi con naturalidad. Si Jaime hubiera sabido antes que tenía un hijo, hubiera asumido su parte desde el primer día. Por cierto, ¿cómo se llama el niño?

Álvaro respondió automáticamente, y enseguida me miró con recelo. ¿No te importa que tu marido tenga un hijo fuera del matrimonio?

Ya le he dicho que todo lo anterior a nuestro matrimonio no me afecta en absoluto la sonrisa no abandonaba mis labios. Yo sabía perfectamente con quién me casaba, no con un muchacho, sino con un hombre de treinta años que, lógicamente, había tenido relaciones anteriores. Lo importante es que ahora él me eligió a mí.

Nos veremos en el juzgado. Más te vale ir preparando la cartera, porque reclamaré lo que le corresponde a mi hijo por ley.

Lucía se marchó, dejando tras de sí un rastro aún más denso de perfume. Me costó bastante no arrugar la nariz; parecía haberse bañado en un frasco entero.

Ya veremos murmuré para mí, acabando el último bocado de tarta. Me pregunto cómo reaccionará cuando se entere de que la nómina declarada de Jaime es de sólo 1.200 euros. El negocio lo lleva su padre y, además, Jaime cuida de su madre enferma, así que… poco vas a conseguir.

Me recorrió cierta lástima por el niño. Quizás deba pasarme por su casa, ver en qué condiciones viven. Puede que Jaime y yo podamos acordar una cantidad justa al mes, al margen de los tribunales, pero sólo si Álvaro es realmente hijo de Jaime, que aquí ya conozco yo demasiadas historias

*********************

El análisis de ADN fue rápido. Cuando tienes medios en Madrid, estas cosas se resuelven en días. El resultado fue claro: Álvaro era hijo de Jaime.

El chaval me impresionó; demasiado callado y sumiso para su edad. ¿Quién ha visto a un niño de ocho años permanecer sentado y mudo durante hora y media, mientras se hacen papeleos y esperan a que les tomen muestras? No pidió ver la tele, ni correteó, ni hizo un ruido Nada que haga un niño normal cuando está aburrido o nervioso.

Me pareció tan extraño que sentí todavía más el deber de visitarles.

El bloque estaba en el barrio de Chamberí, con portero en la entrada y piso reformado de dos habitaciones, bien decorado.

No entendía cómo una mujer que vivía tan cómodamente podía quejarse de falta de dinero.

El juicio es la semana que viene me soltó Lucía nada más abrir la puerta, mirándome por encima del hombro. Allí podremos hablar, si quieres.

Yo sólo quiero conocer mejor a Álvaro. Jaime está decidido a estar con él, pasar fines de semana y formar parte de su vida.

¡Eso lo decidiré yo! se enfureció.

Lo decidirá el juez le respondí tranquilamente. Es el padre, tiene derecho. Por cierto, no veo ni una sola pelota, ni un libro de cuentos

No me puedo permitir esas tonterías bufó Lucía, el dinero apenas me llega para vestirle. ¿Juguetes? ¡Por favor!

¿En serio? lancé una mirada significativa a su bolso de firma, la ropa de marca sobre el sillón y los cosméticos de alta gama alrededor del espejo. ¿No le da vergüenza decir que no le llega?

Sigo siendo joven, y quiero rehacer mi vida, buscar una pareja dijo muy tensa.

¿Y mientras tanto, con quién deja a su hijo cuando sale? pregunté, empezando a comprender por qué el niño era tan apagado.

No es ningún bebé, puede quedarse solo. ¿Va a preguntar algo más? Si no, verá al juez en la sala.

Insistiré en que justifique cada euro dedicado al niño dije ya cansado de la conversación. Ver una madre tan despegada de su hijo propio me parecía una atrocidad. Me temo que la sentencia no será la que espera.

**********************

El juzgado de familia dicta: Estimar parcialmente la demanda de Lucía Fernández Muñoz, reconociendo a Jaime García Ortega como padre legal de Álvaro Fernández Muñoz y ordenando que se rectifique el certificado de nacimiento. Se desestima la solicitud de pensión alimenticia por falta de justificación. Se estima la solicitud de Jaime García Ortega solicitando la custodia residencial de Álvaro

No oculté mi satisfacción al salir del juzgado. Conseguimos que Álvaro venga a vivir con nosotros. Puede que haya quien opine que le quitamos el hijo a su madre, pero era lo mejor para él. Todos los vecinos coincidían en que Lucía no le prestaba atención, que le gritaba y le dejaba solo o incluso le pegaba delante de la gente. El psicólogo infantil recomendó extraer al niño de aquel entorno, y los profesores y cuidadores corroboraron lo mismo.

Álvaro tendrá ahora su propia habitación espaciosa, juguetes, ordenador y, sobre todo, una familia que le quiera. Tanto Jaime como yo le hemos cogido muchísimo cariño y, lo más importante, va a saber lo que es sentirse querido de verdad.

Hoy he aprendido que el bienestar de un niño debe estar siempre por encima de cualquier orgullo o resentimiento adulto. Hay decisiones difíciles, pero el corazón de un niño jamás debe pagarlas.

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MagistrUm
Un hijo ajeno —Tu marido es el padre de mi hijo. Con estas palabras se acercó a la tranquila mesa de Cristina una mujer desconocida. Sin ningún pudor, se sentó frente a ella y esperó alguna reacción a su declaración. —¿Y cuántos años tiene tu pequeño? —respondió la joven con absoluta calma, como si aquello fuera lo más normal del mundo y le ocurriera cada día. —Ocho —frunció los labios Marina, molesta. ¡No era la reacción que esperaba! ¿Dónde estaba la indignación? ¿Las acusaciones de mentir? ¿Aunque fuese una pizca de desprecio? —Perfecto —Cristina esbozó una leve sonrisa y volvió a centrarse en su exquisita tarta de cereza, especialidad exclusiva de esa cafetería—. Solo llevamos tres años casados, así que todo lo que ocurrió ANTES de mí no me interesa. Una sola pregunta —permitiéndose una pizca de interés—: ¿lo sabe Arturo? —No —la mujer se recostó en la silla con fastidio—. ¡Pero eso da igual! Voy a reclamar la pensión alimenticia, ¡y tendrá que pagar, está claro? —Por supuesto —asintió Cristina—. Mi marido adora a los niños, así que si lo hubiera sabido antes, seguro que se habría implicado en la vida de tu hijo. Por cierto, ¿cómo se llama? —Egor —respondió automáticamente Marina y enseguida frunció el ceño—. ¿De verdad te da igual que tu santo esposo tenga un hijo fuera del matrimonio? —Insisto, lo que haya pasado antes de nuestra boda no me afecta —la sonrisa de la joven seguía intacta—. Créeme, sabía perfectamente que me casaba con un hombre de treinta años, no con un niño inocente. Es lógico que haya tenido romances previos. No me molesta en lo más mínimo. Lo único importante es que ahora soy la única. —Bueno, nos vemos en los juzgados. Prepárate para aflojar la cartera, voy a exigir todo lo que le corresponde por ley a mi niño. Marina se marchó, dejando tras de sí un intenso aroma a perfume. A Cristina le costó esfuerzo no fruncir el ceño ante aquel olor, como si la mujer se hubiese bañado en media botella. —Hazlo, si te atreves —pensó Cristina, encogiéndose de hombros mientras acababa el último bocado de tarta—. Me pregunto qué te parecerá saber que el sueldo oficial de Arturo no supera los mil euros… El negocio está a nombre del padre… Y además cuida de su madre enferma. No vas a ver mucho dinero. Incluso le dio lástima ese niño inocente. Quizá debería visitarlos. Ver cómo viven. Y, tal vez, pactar una cantidad decente para la manutención del pequeño cada mes. Pero eso, claro está, si Egor resulta ser realmente hijo de Arturo. Porque ella ya conocía a mujeres así… ********************* El test de ADN fue rápido—cuando hay dinero, todo se resuelve en un abrir y cerrar de ojos. El resultado fue rotundo: Egor era hijo de Arturo. Por cierto, el niño le pareció a Cristina demasiado callado y retraído. No es normal que un chaval de ocho años pueda estar hora y media, esperando a que prepararan la documentación y las pruebas, sin moverse, sin pedir dibujos animados, sin corretear por el pasillo… En fin, nada de lo que hacen sus compañeros cuando se ven obligados a esperar. Era muy extraño. Ahora Cristina sentía más que nunca la necesidad de visitar a su recién encontrado “sobrino”. Un piso en buen barrio. Portero en la entrada. Setenta metros, dos habitaciones amplias. Reforma reciente… Cristina anotaba esos detalles casi automáticamente, sin entender cómo una mujer que vive así puede quejarse de falta de dinero. —El juicio es la semana que viene —murmuró Marina, dejando pasar a la inesperada invitada—, allí podríamos hablar. —Quería conocer mejor a Egor. Al fin y al cabo, Arturo tiene mucha ilusión por participar en su vida. Quizá llevarlo con nosotros algunos fines de semana, cuando el niño se acostumbre. —¡Ni pensarlo! —se indignó Marina. —Eso lo decide el juez —replicó Cristina con serenidad—. Es el padre, tiene derecho. Por cierto, no veo ni un solo juguete… —No me sobra el dinero para tonterías —respondió desdeñosa Marina—, apenas me llega para vestirlo, así que de juguetes ni hablamos. —¿De verdad? —Cristina lanzó una mirada significativa a un bolso de firma sobre la mesa, a la ropa cara esparcida por el sofá, a la cosmética de primeras marcas en el tocador—. ¿De verdad le falta dinero? —Aún soy joven y quiero rehacer mi vida —gruñó Marina, molesta por el tono de su interlocutora—. ¡Y eso no es asunto tuyo! —¿Y dónde dejas al niño cuando te vas de citas? —insistió Cristina, comenzando a entender la desgana y frialdad del pequeño. —Ya no es un crío, puede quedarse solo. ¿Eso es todo? ¡Nos veremos en el juzgado! —Insistiré en que se justifique cada céntimo dedicado al niño —Cristina tampoco quería quedarse más—. Da miedo ver cómo una madre trata así a su propio hijo. Me temo que la sentencia no le va a gustar… ********************** — …El juzgado ha resuelto estimar parcialmente la demanda presentada por Marina Grigorievna Lipova. Se reconoce que Arturo Ivanovich Malin es el padre de Egor Grigorievich Lipov, y se ordena a las autoridades pertinentes modificar el certificado de nacimiento. Se desestima la petición de pensión a favor del menor. Se estima la contrademanda de Arturo Ivanovich Malin para determinar la residencia del hijo menor de edad… Cristina sonrió satisfecha, objetivo cumplido: Egor viviría con ellos. Puede que algunos la juzgasen—“le quitó el hijo a la madre”—pero era lo más justo. Todos los vecinos de Marina afirmaban lo mismo: que no le importaba su hijo, que le gritaba y lo pegaba aun delante de testigos. Incluso la psicóloga infantil recomendó que el niño no siguiera bajo su cuidado. También lo confirmaron maestros y antiguas cuidadoras. Ahora Egor tendría una habitación enorme para él solo, juguetes, ordenador… Y, sobre todo, el cariño sincero de los padres que nunca conoció, porque tanto Cristina como Arturo rápidamente se habían encariñado de ese niño maravilloso…