Querido diario,
Hoy he vivido una de esas situaciones que sólo parecen posibles en las telenovelas. Mientras disfrutaba de una tranquila comida en un pequeño café cerca de la Gran Vía de Madrid, se me acercó una mujer desconocida, de aspecto decidido y perfume demasiado intenso, que sentándose frente a mí sin invitación me soltó de golpe:
Su marido es el padre de mi hijo.
Lo dijo con tal seriedad y esperando quizá llantos, gritos o un escándalo. Recuerdo que me quedé mirándola durante unos segundos y respondí con toda la calma que he aprendido tras años en esta ciudad.
¿Y cuántos años tiene su hijo? le pregunté como si habláramos del tiempo.
Ocho contestó Lucía, torciendo el gesto de decepción. Intuía que esperaba rabia, reproches, algo de dramatismo.
Excelente sonreí levemente, y volví mi atención a la tarta de cerezas que sólo sirven en esta cafetería. Llevamos tres años casados, así que todo lo que ocurrió ANTES de mí no me interesa. Solo una pregunta, ¿está Jaime al corriente?
No gruñó Lucía, echándose hacia atrás. Pero es igual, pienso pedirle la pensión. Tendrá que pagar, ¿queda claro?
Por supuesto, ninguno de los dos dejaría de cumplir con esa responsabilidad asentí, casi con naturalidad. Si Jaime hubiera sabido antes que tenía un hijo, hubiera asumido su parte desde el primer día. Por cierto, ¿cómo se llama el niño?
Álvaro respondió automáticamente, y enseguida me miró con recelo. ¿No te importa que tu marido tenga un hijo fuera del matrimonio?
Ya le he dicho que todo lo anterior a nuestro matrimonio no me afecta en absoluto la sonrisa no abandonaba mis labios. Yo sabía perfectamente con quién me casaba, no con un muchacho, sino con un hombre de treinta años que, lógicamente, había tenido relaciones anteriores. Lo importante es que ahora él me eligió a mí.
Nos veremos en el juzgado. Más te vale ir preparando la cartera, porque reclamaré lo que le corresponde a mi hijo por ley.
Lucía se marchó, dejando tras de sí un rastro aún más denso de perfume. Me costó bastante no arrugar la nariz; parecía haberse bañado en un frasco entero.
Ya veremos murmuré para mí, acabando el último bocado de tarta. Me pregunto cómo reaccionará cuando se entere de que la nómina declarada de Jaime es de sólo 1.200 euros. El negocio lo lleva su padre y, además, Jaime cuida de su madre enferma, así que… poco vas a conseguir.
Me recorrió cierta lástima por el niño. Quizás deba pasarme por su casa, ver en qué condiciones viven. Puede que Jaime y yo podamos acordar una cantidad justa al mes, al margen de los tribunales, pero sólo si Álvaro es realmente hijo de Jaime, que aquí ya conozco yo demasiadas historias
*********************
El análisis de ADN fue rápido. Cuando tienes medios en Madrid, estas cosas se resuelven en días. El resultado fue claro: Álvaro era hijo de Jaime.
El chaval me impresionó; demasiado callado y sumiso para su edad. ¿Quién ha visto a un niño de ocho años permanecer sentado y mudo durante hora y media, mientras se hacen papeleos y esperan a que les tomen muestras? No pidió ver la tele, ni correteó, ni hizo un ruido Nada que haga un niño normal cuando está aburrido o nervioso.
Me pareció tan extraño que sentí todavía más el deber de visitarles.
El bloque estaba en el barrio de Chamberí, con portero en la entrada y piso reformado de dos habitaciones, bien decorado.
No entendía cómo una mujer que vivía tan cómodamente podía quejarse de falta de dinero.
El juicio es la semana que viene me soltó Lucía nada más abrir la puerta, mirándome por encima del hombro. Allí podremos hablar, si quieres.
Yo sólo quiero conocer mejor a Álvaro. Jaime está decidido a estar con él, pasar fines de semana y formar parte de su vida.
¡Eso lo decidiré yo! se enfureció.
Lo decidirá el juez le respondí tranquilamente. Es el padre, tiene derecho. Por cierto, no veo ni una sola pelota, ni un libro de cuentos
No me puedo permitir esas tonterías bufó Lucía, el dinero apenas me llega para vestirle. ¿Juguetes? ¡Por favor!
¿En serio? lancé una mirada significativa a su bolso de firma, la ropa de marca sobre el sillón y los cosméticos de alta gama alrededor del espejo. ¿No le da vergüenza decir que no le llega?
Sigo siendo joven, y quiero rehacer mi vida, buscar una pareja dijo muy tensa.
¿Y mientras tanto, con quién deja a su hijo cuando sale? pregunté, empezando a comprender por qué el niño era tan apagado.
No es ningún bebé, puede quedarse solo. ¿Va a preguntar algo más? Si no, verá al juez en la sala.
Insistiré en que justifique cada euro dedicado al niño dije ya cansado de la conversación. Ver una madre tan despegada de su hijo propio me parecía una atrocidad. Me temo que la sentencia no será la que espera.
**********************
El juzgado de familia dicta: Estimar parcialmente la demanda de Lucía Fernández Muñoz, reconociendo a Jaime García Ortega como padre legal de Álvaro Fernández Muñoz y ordenando que se rectifique el certificado de nacimiento. Se desestima la solicitud de pensión alimenticia por falta de justificación. Se estima la solicitud de Jaime García Ortega solicitando la custodia residencial de Álvaro
No oculté mi satisfacción al salir del juzgado. Conseguimos que Álvaro venga a vivir con nosotros. Puede que haya quien opine que le quitamos el hijo a su madre, pero era lo mejor para él. Todos los vecinos coincidían en que Lucía no le prestaba atención, que le gritaba y le dejaba solo o incluso le pegaba delante de la gente. El psicólogo infantil recomendó extraer al niño de aquel entorno, y los profesores y cuidadores corroboraron lo mismo.
Álvaro tendrá ahora su propia habitación espaciosa, juguetes, ordenador y, sobre todo, una familia que le quiera. Tanto Jaime como yo le hemos cogido muchísimo cariño y, lo más importante, va a saber lo que es sentirse querido de verdad.
Hoy he aprendido que el bienestar de un niño debe estar siempre por encima de cualquier orgullo o resentimiento adulto. Hay decisiones difíciles, pero el corazón de un niño jamás debe pagarlas.







