¿Pero quién te crees que eres para darme órdenes? Doña Rosario lanzó el trapo directamente a la cara de su nuera. ¡Vives en mi casa, comes de mi comida!
Carmen se limpió el rostro, apretó los puños. Apenas lleva tres meses casada y cada día es como una batalla.
Limpio el suelo, cocino, lavo ¿Qué más necesita?
Lo que necesito es que cierres el pico. ¡Descarada! ¡Y encima has venido con hija ajena!
La pequeña Lucía asomó asustada desde la puerta. Apenas tiene cuatro años y ya entiende: la abuela está enfadada.
¡Mamá, basta ya! entró Luis, sucio después de trabajar en el campo. ¿Otra vez discutiendo?
¡Pues sí! ¡Tu mujercita me contesta! Le digo que la sopa está salada y salta como una fiera.
La sopa está bien, dijo Carmen, agotada. Busca cualquier pretexto para discutir.
¡¿Lo oyes?! Doña Rosario señalaba con el dedo a su nuera. ¡Me dice que busco pretextos! ¡En mi propia casa!
Luis se acercó a su esposa y la abrazó por los hombros.
Mamá, para ya. Carmen se pasa el día trabajando aquí, y tú sólo le buscas pegas.
¡Ah, sí! Ahora apoyas a tu mujer, ¿no? ¡Y yo que te crié, te alimenté!
La madre se fue dando un portazo. En la cocina quedó un silencio denso.
Perdóname, Luis acarició la cabeza de Carmen. Con los años se ha vuelto insoportable.
Cariño, ¿y si buscamos un piso de alquiler? Aunque sea una habitación
¿Con qué dinero? Yo soy tractorista, no director. Apenas llegamos a fin de mes.
Carmen se refugió en el abrazo de su marido. Es bueno, trabajador. Pero su madre una pesadilla.
Se conocieron en la feria del pueblo. Carmen vendía labores de punto, Luis le compraba unos calcetines. Empezaron a charlar. Él fue claro desde el principio: no le molestaba que Carmen tuviera una hija. A él los peques le encantan.
La boda fue sencilla. A Doña Rosario nunca le gustó la nuera. Demasiado joven, guapa, con estudios contable y su hijo, sólo un tractorista.
Mamá, ven a cenar, Lucía tiró de la falda de Carmen.
Ya voy, cielo.
Durante la cena, Doña Rosario apartó el plato con desprecio.
Esto no hay quien se lo coma Pares un rancho para chanchos.
¡Mamá! Luis golpeó la mesa. ¡Basta ya!
¿Basta qué? Sólo digo la verdad. Mira qué bien cocina Belén ¡Y esta!
Belén es la hija de Doña Rosario. Vive en Madrid y sólo aparece una vez al año. La casa está a su nombre, aunque nunca la pisa.
Si no le gusta cómo cocino, puede hacerlo usted, respondió Carmen tranquilamente.
¡Mira tú! se levantó la suegra. ¡Te voy a
¡Se acabó! Luis se interpuso entre las dos. Mamá, o te calmas o nos marchamos. Ahora mismo.
¿A dónde vais a ir? ¿A la calle? ¡La casa no es vuestra!
Era verdad. La casa era de Belén. Ellos vivían allí porque no les quedaba otra.
***
Peso precioso
Esa noche Carmen no pudo dormir. Luis la abrazaba y susurraba:
Aguanta, cariño. Cuando compre un tractor, pondré un negocio propio. Juntos ahorraremos para una casa.
Luis, eso es carísimo
Encontraré uno viejo, lo arreglo. Yo sé hacerlo. Sólo créeme.
Por la mañana Carmen se despertó mareada. Corrió al baño. ¿Será posible?
El test muestra dos rayas.
¡Luis! entra corriendo a la habitación. ¡Mira!
Él, medio dormido, mira el test. De repente, la abraza y la hace girar.
¡Carmen, mi vida! ¡Vamos a tener un bebé!
¡Chss! ¡Que tu madre puede oírnos!
Pero era demasiado tarde. Doña Rosario estaba en la puerta.
¿A qué viene tanto alboroto?
¡Mamá, que vamos a tener un hijo! Luis desbordaba alegría.
La suegra apretó los labios.
¿Y dónde pensáis meterlo? Aquí ya estamos apretados. Cuando venga Belén, os echa seguro.
¡Nadie nos va a echar! Luis se tensó. ¡Esta casa es también mía!
La casa es de Belén. No lo olvides. Yo la puse a su nombre. Tú aquí eres un inquilino.
La alegría se esfumó de golpe. Carmen se sentó al borde de la cama.
Al mes siguiente, ocurrió lo peor. Carmen levantó un cubo de agua demasiado pesado en la casa no hay fontanería. Un latigazo de dolor en el vientre. La sangre le manchó el pantalón
¡Luis! gritó.
Aborto. En el hospital dijeron: por el esfuerzo y el estrés. Le recomendaban calma.
¿Pero cómo tener tranquilidad en esa casa, con esa suegra?
Carmen pasaba los días mirando el techo en la habitación del hospital. Ya está, no puede más. No quiere más.
Me marcho, le dijo a su amiga por teléfono. No puedo seguir así.
Carmen, y Luis es buen hombre.
Lo es. Pero su madre me mata.
Luis llegó volando tras su trabajo. Sucio, agotado, llevaba un ramo de flores silvestres.
Carmen, mi amor, perdóname. Es culpa mía. No te protegí.
Luis, ya no puedo vivir ahí.
Lo sé. Pediré un préstamo. Alquilaremos un piso.
No te lo van a dar. Cobras poco.
Me lo darán. He encontrado otro trabajo. Voy a una granja de noche. Por el día en el tractor, por la noche ordeñando vacas.
Luis te vas a dejar la salud.
La dejaría por ti.
Le dieron el alta en una semana. Doña Rosario la recibió en la puerta:
¿Ves? Ya lo sabía yo que no aguantabas. Eres blanda.
Carmen pasó de largo en silencio. Esa mujer no merecía ni una lágrima.
Luis trabajaba como un condenado. Por la mañana en el campo, por la noche en la granja. Dormía tres horas.
Voy a buscarme trabajo, le dijo Carmen. En la gestoría del pueblo buscan contable.
Pagan una miseria.
Todo suma.
Lo consiguió. Dejaba a Lucía en la guardería, iba a la oficina, recogía a Lucía, cocinaba, lavaba. Los reproches de Doña Rosario ya ni los oía.
***
Por fin su rincón y nueva vida
Luis seguía ahorrando para el tractor. Encontró uno hecho polvo, baratísimo.
Pide el préstamo, le animó Carmen. Lo arreglas, y ya tendremos ingresos.
¿Y si sale mal?
Saldrá bien. Eres un manitas.
Banco accedió al préstamo. Compraron el tractor. Parecía un montón de chatarra en el jardín.
¡Vaya compra! se burlaba Doña Rosario. ¡Eso sólo vale para el desguace!
Luis desarmaba el motor en silencio. Por la noche, a la luz de la linterna, después de la granja. Carmen le asistía pasando herramientas, sujetando piezas.
Vete a dormir, estarás agotada.
Empezamos juntos, juntos acabamos.
Un mes, luego dos Los vecinos se reían el tractorista y su montón de hierros.
Hasta que una mañana, el tractor rugió. Luis, al volante, no daba crédito.
¡Carmen, funciona! ¡Está vivo!
Ella salió corriendo y le abrazó.
¡Sabía que podías lograrlo!
Primer encargo: labrar la huerta del vecino. Segundo: traer leña. Tercero, cuarto Empezaron a entrar euros.
Y entonces, Carmen volvió a notar el malestar matutino.
Luis, creo que estoy embarazada otra vez.
¡Pero esta vez ni se te ocurra que cargas peso! ¡Eso lo hago yo!
La cuidaba como a un tesoro. No le dejaba ni coger la fregona. Doña Rosario mascullaba:
Delicadita Yo tuve tres y nunca me ocurrió nada. Pero esta
Pero Luis era una muralla. Nada de esfuerzo.
En el séptimo mes vino Belén. Con el marido y noticias.
Mamá, vamos a vender la casa. Nos ofrecen buen precio. Tú te vienes a Madrid con nosotros.
¿Y ellos? Doña Rosario miró a Luis y Carmen.
¿Quiénes ellos? Que busquen otra cosa.
¡Belén, he nacido aquí! ¡Esta es mi casa!
Pues ahora es mía. No lo olvides.
¿Cuándo hay que irse? preguntó Carmen con calma.
En un mes.
Luis hervía de rabia. Carmen le apoyó una mano calma
Por la noche se abrazaron.
¿Y ahora qué hacemos? Pronto nacerá el bebé
Algo hallaremos. Lo importante es estar juntos.
Luis trabajaba día y noche. El tractor no paraba. En una semana ganó lo que antes en un mes.
Y de pronto, llamó Manolo, el vecino del pueblo de al lado.
Luis, vendo mi casa. Es vieja pero fuerte. Barata. ¿Te interesa?
Fueron a verla. Era antigua, pero aseada. Con chimenea, tres habitaciones y corral.
¿Cuánto?
Manolo dio su precio. Tenían la mitad.
¿Y si te pago el resto en plazos? propuso Luis. Ahora una parte, el resto en seis meses.
De acuerdo. Eres de fiar.
Volvieron a casa radiantes. Doña Rosario les salió al paso:
¿Dónde os metíais? ¡Belén ha traído los papeles!
Muy bien, dijo Carmen. Porque nosotros también nos vamos.
¿A dónde? ¿A la calle?
A nuestra casa. La hemos comprado.
La suegra se quedó plantada. No se lo esperaba.
¡Mentís! ¿De dónde habéis sacado tanto dinero?
Trabajando, dijo Luis abrazando a Carmen. Mientras tú criticabas, nosotros currábamos.
En dos semanas recogieron sus cosas. Eran pocas; nunca se siente propio lo de casa ajena.
Lucía correteaba entre las habitaciones, el perrito ladraba.
Mamá, ¿este es de verdad nuestro hogar?
Sí, cariño. Por fin nuestro.
Al día siguiente apareció Doña Rosario en la puerta.
Luis, lo he pensado ¿No cabría yo también? En la ciudad no aguanto.
No, mamá. Tú ya elegiste. Ve con Belén.
¡Pero soy tu madre!
Una madre no llama ajena a su nieta. Adiós.
Cerró la puerta. Dolía, pero era lo que debían hacer.
Mateo llegó en marzo. Un bebé fuerte y sano, que berreaba como si no hubiera mañana.
¡Igualito que su padre! reía la comadrona.
Luis abrazó a su hijo sin atreverse a respirar.
Carmen, gracias. Por todo.
No, gracias a ti. Por no rendirte. Por creer en nosotros.
Poco a poco, hicieron suyo aquel hogar. Plantaron la huerta, compraron gallinas. El tractor no paraba de trabajar y traer ingresos. Por las noches, se sentaban en el porche. Lucía jugaba con el perrito, Mateo dormía.
¿Sabes? dijo Carmen, soy feliz.
Y yo igual.
¿Recuerdas lo mal que lo pasamos? Yo creía que no podría más
Lo lograste. Eres fuerte.
Somos fuertes. Juntos.
El sol desaparecía tras los olivos. La casa olía a pan y leche. Un verdadero hogar. Su hogar.
Donde nadie les humillaría, ni les echaría, ni llamaría ajena.
Donde podían vivir, amar y criar a sus hijos.
Donde por fin eran felices.
***
Queridos lectores, cada familia carga sus pruebas, y no siempre es sencillo superarlas. La historia de Carmen y Luis es como un espejo: a veces vemos en él nuestras propias luchas, y la fuerza que nos permite vencerlas.
Así es la vida, de dificultades a alegrías, siempre buscando la esperanza hasta que la suerte sonríe.
¿Y tú, crees que Luis debió aguantar tanto a su madre, o habría sido mejor cortar por lo sano y buscar su propio lugar? ¿Qué es para ti un verdadero hogar: cuatro paredes o el calor de los tuyos?
Cuéntanos tu opinión; la vida es una escuela y cada lección, un tesoro.







