Tres destinos rotos: secretos de familia, un amor perdido y la elección que marcó tres vidas en Madrid

Tres destinos rotos

Veamos ¡aquí debe de haber algo curioso!

Todo comenzó con el típico sábado de limpieza general. Marta revisaba trastos viejos en las altillos, mientras Carmen estaba en la cocina preparando la comida. Entre cajas polvorientas, encontró un álbum de fotos muy desgastado que jamás había visto antes. No pudo resistir el impulso: se acomodó en su sillón favorito y empezó a pasar las páginas.

Al principio, las fotos rebosaban alegría: una Carmen joven, rodeada de amigas junto a la fuente de la Plaza Mayor, un picnic risueño en el campo, la imagen de una chica riendo entre margaritas. Después, fueron apareciendo fotos con un hombre alto, moreno y con porte: Carmen y él parecían radiantes, se abrazaban con naturalidad y se miraban con una ternura evidente. Marta observaba las imágenes detenidamente: ahí estaban en una terraza de la Gran Vía, luego juntos paseando por el Retiro, reían cogidos de la mano. Qué interesante ¿Quién era ese hombre tan elegante? ¿Por qué miraba a su madre de aquel modo tan enamorado?

Intrigada, Marta bajó a la cocina. Carmen acababa de sacar una empanada del horno y el aire estaba impregnado del dulce aroma de la vainilla.

Mamá dijo Marta, sosteniendo el álbum entre las manos, ¿quién es este hombre de las fotos? No le conozco de nada.

Carmen se giró, y Marta vio cómo, por un instante, le temblaron los dedos sobre el agarrador. Pero en seguida su madre forzó una pequeña sonrisa y colocó la fuente con cuidado sobre el salvamanteles.

Ah, es Zacarías respondió, fingiendo indiferencia, pero Marta detectó una nota tensa en su voz. Salíamos juntos hace mucho, antes de que conociera a tu padre.

¿Por qué nunca has hablado de él? preguntó Marta hojeando el álbum con curiosidad. ¡Se os ve tan felices! ¿Qué ocurrió? ¿Por qué acabasteis?

Carmen se limpió las manos en el delantal, dudó un momento y luego se acercó a la ventana, contemplando a los niños que jugaban en el patio de la comunidad. El tema parecía pesarle, pero sabía que Marta no se conformaría si esquivaba la respuesta.

Fue una historia complicada, hija acabó diciendo, girándose hacia Marta. Nos amábamos, sí. Pero no supimos seguir juntos. Y todo fue por culpa de un error mío. Nuestro final fue por mi culpa.

Marta se sentó en la mesa, con la mirada fija en su madre. Sabía el daño que aquellos simples recuerdos le causaban, y ya se arrepentía un poco de haber preguntado. Pero la curiosidad podía más

Cuéntamelo todo suplicó bajito. Quiero entender Toda la vida he visto que tú y papá apenas os soportáis. Nunca le has querido, ¿verdad? Tantos años aguantando ¿Por qué? Si puedes, explícamelo. Es mi padre y le acepto, pero como persona Dejémoslo en que no es muy inspirador. Frío, celoso, insensible a los demás. Dudo que antes fuera distinto. ¿Por qué no elegiste a ese Zacarías?

Carmen se quedó inmóvil, la taza temblando entre sus dedos. La depositó con sumo cuidado sobre la mesa y bajó la mirada. Tras suspirar hondo, respondió:

No es fácil explicar, hija murmuró con pena. A tu padre no le quise jamás. La verdad, casi le odiaba.

Marta se encogió, impactada. Se lo imaginaba, pero verlo confesado en voz de su madre era mucho más doloroso de lo que pensaba.

Entonces no entiendo nada exclamó, desbordada. ¿Te obligaron a casarte? ¿Te presionaron tus padres?

Carmen levantó la cabeza y sonrió con melancolía. Justo al contrario: ellos estaban en contra. Mamá no comprendía por qué aceptaba casarme tan deprisa con alguien que ni me atraía. Intentó pararme como pudo, sobre todo porque en aquel entonces salía con Zacarías, y él era un buen partido, digan lo que digan.

Carmen acarició distraídamente el borde de la taza, reuniendo el valor.

Verás, cariño, tengo un defecto muy feo: no soporto sentirme presionada empezó, midiendo cada palabra. Si me exigen algo, es seguro que hago lo contrario, aunque me perjudique. Mis padres lo sabían bien y nunca me forzaron. Pero el hombre al que amaba de verdad él no supo entenderlo, o no quiso hacerlo.

Calló, fija en la ventana, donde arremolinaban los primeros copos del invierno madrileño. El remordimiento seguía ahí, como una astilla. Si hubiese respirado hondo Si hubiera esperado Pero en aquel instante sólo quería demostrar que nadie tenía derecho a decidir por ella. Y lo hizo a costa de arruinar su propio destino.

Su decisión arrastró consigo tres destinos: el suyo, el de su gran amor y el del infeliz que terminó siendo su marido. Todos sabían que aquel matrimonio era un error desde el primer día, incluso ella. Pero su carácter terco

~~~~~~~~~~~~~~~

Carmen estaba sentada en la mesa de la cocina, la barbilla apoyada en la mano, y no podía apartar la mirada de Zacarías. Él se movía por la cocina como si fuese el chef de un restaurante en la calle Serrano: cortaba, salteaba, mezclaba con una seguridad y destreza envidiables. Los aromas que llenaban la cocina resultaban irresistibles.

Más de una vez Carmen quiso levantarse para ayudar, empujada por un hábito antiguo: la cocina es territorio femenino, pensaba. Pero cada vez que daba un paso, Zacarías la detenía con suavidad y determinación: Quédate, esto es mi terreno. Tú relájate y disfruta.

Y Carmen aceptaba, viendo cómo creaba auténticas maravillas con ingredientes humildes. Porque en su relación, el arte culinario era su corona. Zacarías cocinaba como si de un ritual se tratara, poniendo el alma en cada gesto.

En mi familia regentamos un restaurante de toda la vida explicaba él, sonriendo ante el asombro de Carmen. ¿Cómo iba a no saber cocinar, si mi madre era toda una artista? Me crié entre fogones y, modesto aparte, tengo mano. ¡Ya verás, esto te va a encantar!

Sus ojos brillaban orgullosos y la sonrisa le delataba: disfrutaba cocinando y verla disfrutar todavía más.

Pronto, Carmen tenía el plato vacío delante. Casi le faltó rechupetearlo: era exquisito, intenso y equilibrado. Cada ingrediente resaltaba, pero al unirse creaban una combinación nueva y sorprendente.

Carmen se recostó, suspirando con felicidad y miró a Zacarías con admiración.

Esto ha sido increíble admitió, la voz le temblaba por el entusiasmo. Nunca he probado nada igual. Tienes un don. ¿Cómo lo haces, sacar estas maravillas de algo tan sencillo?

Zacarías, encantado, se sentó frente a ella y respondió encogiéndose de hombros:

Amar lo que haces y echarle imaginación. Eso, y buenos productos. Pero tu elogio me vale más que cualquier cosa. Cuando vayas al restaurante, verás lo que es magia de verdad.

Carmen reía, irradiando luz. Tomó la taza de café, disfrutando del aroma que llenó la estancia, dándole aún más calor al momento.

Te lo tomo al pie de la letra dijo, alegre. ¿Vas a seguir con el restaurante? ¿O aspiras a más?

Zacarías meditó un segundo y negó con la cabeza con un gesto convencido:

Tengo planes mucho más grandes: vamos a abrir uno nuevo, cerca de Madrid, en la costa valenciana. El local ya está; estamos con la reforma. Voy a ser el gestor principal y va a ser la sensación del litoral, ya verás.

Hablaba con tal entusiasmo que Carmen se dejaba llevar: imaginaba los salones amplios, clientes felices, el ambiente acogedor. Pero al acabar, una aprensión le mordió por dentro.

¿Te vas a marchar? preguntó, insegura, girando nerviosa el anillo de oro que Zacarías le había regalado al comprometerse. El frío del metal era un pobre consuelo. ¿Y yo? ¿Piensas dejarme aquí?

Zacarías quedó perplejo. ¿Pero cómo podía ella pensar algo así? Si era por ella por quien hacía todo esto, para darle todo: tranquilidad, futuro, amor.

No digas tonterías se rebeló. La idea es que vengas conmigo. Ya tenemos piso, en una urbanización nueva, llena de luz y aire puro. ¡Allí nos casamos, la costa es preciosa! No te preocupes por la universidad: te ayudo con el traslado. ¡Incluso es mejor que aquí!

Hablaba rápido, por temor a que Carmen no le escuchara entero. Para él era el regalo perfecto: una nueva vida, juntos, lo que cualquiera soñaría.

Pero Carmen no pudo evitar sentirse contrariada. Sujetaba el mantel sin darse cuenta, para calmar los nervios. Entendía que era una enorme oportunidad, pero había algo interior que la ataba.

Entonces, ¿ya está todo decidido por ti? le lanzó, controlando el tono. ¿Crees que voy a abandonar a mi familia, a mis amigos, sólo porque tú lo decides? ¿Dónde queda mi opinión?

Se calló, mirando la calle y los tejados de Lavapiés. Las imágenes se sucedían: ella despidiéndose de sus padres, explicando a sus amigas que se iba, dejando atrás toda su vida

Zacarías por fin reaccionó. Acercó las manos a la mesa y la miró directo a los ojos.

Carmen, no pretendía que pareciera una imposición. Sólo quería compartir esto, que supieras que tenemos futuro Pensé que te alegrarías.

Se vio a sí mismo desubicado, sin comprender la indignación de Carmen. Para él era motivo de celebrar juntos, no de discutir. Seguramente, muchos soñarían con semejante oportunidad.

¡Pues me equivoqué! replicó Carmen, dolida. ¡Lo has decidido tú solo! ¿Ya aprovechas para fingir que mandas en todo? ¿Esperas que te obedezca sin rechistar? ¡Estás listo!

Pero Carmen, ¿qué dices? Zacarías levantó la voz, atónito. Pensé que te ilusionaría mudarte a una ciudad tan bonita, junto al mar. ¡Es un lugar de ensueño!

Se esforzaba por compartir lo que veía tan claro: calles acogedoras, el olor del mar, su piso con vistas al Mediterráneo. Para él, era perfecto. No comprendía su reacción.

Pero Carmen no escuchaba ya. Sentía no tanto rechazo al plan, sino a que decidieran por ella. Se levantó de golpe y rozó la mesa, derramando el café, manchando el mantel de lino.

¡No me importa lo bueno que sea ese lugar! ¡Tú ya lo has decidido todo! gritó, temblando de ira. ¡No pienso dejar que nadie me diga cómo vivir! ¡No lo toleraré jamás!

El orgullo la mantenía erguida, los puños apretados, clavando la mirada en Zacarías. Le importaba poco el futuro prometedor; la cuestión era poder decidir por sí misma.

Carmen… Zacarías se levantó, quiso acercarse, calmarla. Sólo quería hablarlo, compartirlo. ¡Nunca fue mi intención imponerte nada!

Pero Carmen estaba demasiado herida. Un nudo se le formó en la garganta y las lágrimas asomaron a sus ojos. No quería escuchar. No ahora.

¡He dicho que no! zanjó, con voz firme aunque sentía que se caía por dentro.

Se quitó el anillo de golpe y, tras dudar sólo un segundo, lo lanzó contra la pared. El metal rebotó contra el yeso y rodó, tintineando, por el suelo

Ya en su salón, sentada en su sillón junto al ventanal, Carmen respiró por fin. Cerró los ojos y, poco a poco, se serenó. Se dio cuenta de la barbaridad cometida. De corazón, sabía que Zacarías no había actuado por control, sino por cariño: quería hacerla feliz. Era un regalo extraordinario, una oportunidad única ¿Por qué montó aquel drama imprudente?

Pero al recordar cada detalle, resurgía la rabia: que alguien decidiera por ella, sin consultar, le desempolvaba la rebeldía. Si ya empieza así, ¿qué pasará luego? ¿Elegirá también mi trabajo, mis amistades, mi vida? se preguntaba conteniendo la respiración. Mejor enfrentar el dolor ahora que vivir años asfixiada. A la larga, pensaba, el amor se apaga, pero la libertad es para siempre

Pocos meses después, aún arrastrando la tristeza, Carmen se cruzó por casualidad con Antonio. Siempre la había mirado con interés, pero sin avasallar. Cuando se enteró de su ruptura con Zacarías, redobló los esfuerzos. Y tampoco ocultaba su satisfacción al superar al rival rico, como él veía a Zacarías. Carmen estaba sola, vulnerable; la propuesta de Antonio le pareció una salida, una forma de demostrar(se) que podía ser feliz sin su primer amor

~~~~~~~~~~~~~~~

Fue entonces cuando me casé con el primero que apareció confesó Carmen con voz baja. Tu padre en aquel momento no pensaba en nada a largo plazo, ni en cómo íbamos a vivir juntos añadió, melancólica. Al poco de casarnos, empezaron los choques. Descubrí que tras esa simpatía había un carácter terco, implacable y poco flexible. Duramos siete años, hasta que entendimos que la paz era imposible.

Marta escuchaba todo en silencio, atenta y conmovida.

¿Por qué dices que tu error nos hizo infelices a tres? preguntó con cautela. ¿Zacarías nunca te olvidó?

No puedo asegurarlo musitó Carmen. Pero sé que sufrió. Los dos sufrimos. Y Antonio Él también. Creyó que el matrimonio resolvería sus problemas, que probaría algo, pero sólo halló más frustración. Y así fue como tres personas perdimos la felicidad que estaba a nuestro alcance.

El tono de Carmen era pausado, como quien ha hecho la paz con el pasado.

Zacarías se marchó y triunfó continuó, mirando los tejados oscuros del atardecer. Ahora tiene una cadena de restaurantes, es muy respetado en el gremio. Pero el joven alegre y empático que yo conocí, se ha vuelto reservado, exigente. Para los negocios, bien; para la vida… no sé.

Durante un instante recordó aquellos encuentros, poquísimos, que tuvieron con el paso de los años. Veía al hombre alto, serio, con la boca apretada y la mirada fría. Muy lejos del muchacho vital de antaño.

Se ha casado dos veces prosiguió Carmen, y ni un solo matrimonio duró. Todo su cariño está centrado en su hijo. Con él es otra persona: paciente, atento, tierno. Pero con mujeres no funciona.

Carmen hizo una pausa y apenas miró a su hija cuando añadió:

Las dos se daban un aire a mí. Mismo pelo, misma estatura Un amigo suyo me confesó un día que aún me quiere. Pero no tengo derecho a volver. Ha pasado demasiado tiempo.

Marta la escuchaba sin interrumpir, aunque por dentro hervía de preguntas sin atreverse a decirlas: quizás todo podría haber sido distinto. Veía claro que, de haberse reconciliado, su madre tan fuerte, tan capaz de amar podría haber sido feliz junto a Zacarías. Él, a juzgar por lo contado, tampoco había superado aquel amor verdadero.

Pero sabía también que su madre nunca daría el primer paso. Su orgullo, ese defecto que lo precipitó todo, seguía impidiéndole rendirse ante nadie. Ni siquiera admitiendo en voz alta que cometió un error. Para Carmen, eso sería igual a doblar la cerviz, y jamás podría permitírselo.

Carmen se desperezó como si se sacudiera los recuerdos, y miró a su hija con una leve sonrisa.

¿Sabes? dijo, con renovado espíritu. No puedo decir que me arrepienta. Sí, sufrí, y muchas ilusiones no se cumplieron pero he vivido, y aquí estás tú, que eres lo más importante de mi vida.

Fuera, la noche había cubierto ya la ciudad. El cálido resplandor de la lámpara llenaba de repente el piso de ese hogar tan madrileño, que para Marta siempre había significado refugio. Se levantó, fue hacia su madre y la abrazó. Carmen titubeó, pero al instante correspondió el abrazo y estrechó a su hija contra su pecho.

En ese momento, ambas comprendieron: lo que quedó atrás pertenece al pasado. Por delante aún queda futuro, uno nuevo, que construirían juntas.

Rate article
MagistrUm
Tres destinos rotos: secretos de familia, un amor perdido y la elección que marcó tres vidas en Madrid