El camino hacia la humanidad

El camino hacia lo humano

Ramón conducía por una carretera que parecía moverse como un lazo de luz entre campos de trigo y edificios adormecidos. Iba al volante de su flamante coche, ese mismo que había soñado durante dos años, guardando euros en sobres bajo el colchón y diciendo que no cada vez que el cuerpo le pedía un chupito de café con leche en las terrazas de Madrid. Ahora, por fin, podía paladear el instante: el salpicadero perfilado en un resplandor cremoso, el volante esperando sus dedos, dócil y casi ansioso, como un animal doméstico ilusionado tras un largo día de soledad.

Ramón acarició el volante, notando su frescor sedoso, y una ola de alegría extraña le cruzó el rostro. Ya no era sólo un coche; era una promesa vencida, un pequeño trofeo contra el mundo y sus rutinas. Sintonizó la radio y el habitáculo se inundó de una melodía ligera, casi de verbena. Ramón tarareó sin querer, y los dedos tamborileaban solos al ritmo hipnótico. Por un fugaz momento, flotaba feliz sobre ese fragmento íntimo de realidad.

Regresaba a casa, donde le esperaban los amigos para una pequeña fiesta improvisada. Lo habían planeado para celebrar la gran compra. Imaginaba las bromas, los brindis con cañas, los relatos de cómo se las apañaba para ahorrar cada céntimo, trabajando de camarero los domingos por la tarde, dejando pasar rebajas y estrenos de cine. Pero todo esto, ahora, flotaba lejos, sin importancia: el simple acto de conducir, sintiéndose dueño de la autopista y del tiempo, bastaba.

Atravesaba el barrio residencial de Chamberí, con sus hileras de edificios antiguos, balcones cargados de geranios y ventanas encendidas que prometían refugio y confidencias. Las farolas trazaban arabescos dorados en el asfalto, bailando con las sombras de unos pocos transeúntes embozados en abrigos y bufandas, porque la noche madrileña, aunque nunca lo diga, siempre trae cierto frío afilado. Bajó la velocidad en un cruce, atento, mientras el mundo soñaba bajo la luna.

Y de repente como si las fisuras del sueño se abrieran justo frente a él un niño apareció en mitad de la calzada. Ramón no pensó: los reflejos, convertidos en puro instinto, lo lanzaron a pisar el freno. El coche serpenteó, los neumáticos chillaron en un réquiem agudo, dibujando líneas negras en el asfalto. Los segundos se dilataron como chicles, y el coche se detuvo a apenas un parpadeo del chaval.

El corazón de Ramón redoblaba, buscando huir por la garganta. Un sudor frío le cegaba, y un zumbido agudo le inundaba los tímpanos. Inspiró hondo, buscando controlar un temblor persistente en los dedos, y sólo entonces comprendió la proximidad del desastre: en otro universo fugaz, el niño ya no estaría allí.

Se quedó quieto unos instantes, como si el coche y él compartieran el mismo sobresalto. La rabia ardiente y hirviente iba ascendiendo por dentro, abrasando los restos de miedo, pidiendo a gritos una salida.

Abrió la puerta de golpe, casi chocando contra el frío de la noche, con las piernas vacilando como si el suelo fuera de agua. Se acercó al niño, que estaba encorvado con la cabeza gacha y las manos crispadas.

¡¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?! susurró Ramón, conteniendo la voz a pesar de la furia, como si temiera despertar a alguien. ¿Tienes ganas de morirte o qué? ¡Hay maneras más fáciles, chaval!

El niño no escapaba, solo bajaba más el rostro, murmurando tan bajo que las palabras se deslizaban como hojas en otoño.

No quería… sólo…

¿Sólo qué? Ramón le apretó los hombros, y al notar el sobresalto suave del niño, aflojó la presión, como si despertara de un trance. ¿No piensas en ti? ¡Piensa en tu madre! ¿Qué sentiría ella si tiene que enterrar a su hijo? ¡Podría no haber llegado a tiempo!

Su voz temblaba, cargada de ese miedo viscoso que aún le anudaba el estómago. Se dio cuenta de lo cerca que había estado de la tragedia, y dentro, todo giraba y giraba.

El niño sollozó, lágrimas surcando su cara, inventando nuevos caminos en sus mejillas. Levantó los ojos, agotados y perdidos, y la rabia de Ramón empezó a enfriarse, agrietándose en remordimiento.

Ayúdeme, por favor… el niño susurró, la voz tropezando entre lágrimas. Mi hermano está mal, nadie se encontraba para ayudar, por eso tuve que cruzar la calle.

Ramón se quedó petrificado. El ardor de la ira se licuó en pura confusión y un inquietante vacío. Miró al chico flaco, con la cara mojada y los labios temblorosos, y lo entendió: no era un gamberro, sino un hermano asustado intentando salvar a otro.

¿Tu hermano está mal? repitió Ramón, forzando la voz a sonar firme, mientras dentro todo se contraía de preocupación. En sus ojos sólo vio un miedo traslúcido, ningún engaño. ¿Dónde está?

Allí, en el parque el niño señaló con la mano temblorosa, señalando una mancha oscura bajo los árboles, al otro lado de la calle. Se cayó y le duele mucho.

Ni el coche nuevo ni los planes con amigos importaban ya. Ramón cerró la puerta, activó la alarma con un clic seco, y siguió al chico. A cada paso la inquietud repicaba en sus sienes: ¿y si la cosa era grave?, ¿y si cada segundo contaba?

Cruzaron la calle y Ramón aceleró involuntariamente, cuidadoso de mantener al muchacho a la vista. Cada cierto tiempo, el niño miraba atrás, asegurándose de que el adulto le seguía.

¿Y tus padres? preguntó con voz lo más calmada posible. No es seguro andar solos por aquí…

Trabajan, siempre trabajan el niño, Pedro, encogió los hombros sin frenar el paso. Hace falta dinero. Mi abuela nos cuida, pero ella es muy mayor y casi no puede andar. Nosotros ya somos mayores, podemos salir solos.

Atravesaron el parque, siguiendo una vereda flanqueada de árboles que destilaban sombras y retales de bruma. Allá al fondo, sobre la hierba húmeda, una figura diminuta se acurrucaba bajo un olmo.

Un suspiro de nostalgia cruzó a Ramón: de niño, sus padres estaban siempre presentes; cenas familiares charlando de lo absurdo ocurrido en el colegio, fines de semana en la sierra o jugando a la oca en casa. Pero desterró esos pensamientos. Ahora, lo primordial era ayudar.

Al acercarse, vio a un niño de unos seis años retorcido sobre la madera de un banco asombrosamente antiguo y mugriento. Su carita, del color del pergamino, y sus labios azulados le erizaron la piel a Ramón.

¡Martín, hermano! ¿Estás bien? Pedro corrió hacia él, tocando apenas el hombro del otro, temeroso de hacerle daño.

Ramón se agachó sin dudar, sintiendo el rocío mancharle los pantalones. Miró al pequeño, buscando alguna señal de alivio y sólo halló pavor y dolor.

¿Dónde te duele, campeón? preguntó con una voz nueva, dulce y sólida.

La barriga… me duele muchísimo… susurró el niño afilando cada sílaba de dolor.

Ramón sintió una presión dolorosa en el pecho. No era médico, pero la urgencia era tan evidente como una alarma. Rápidamente, levantó al niño en brazos con un cuidado reverencial. Él gemía, pero no se resistía.

Pedro, ¿puedes llamar a tus padres? preguntó, volviendo la vista al hermano mayor.

El móvil está en casa… pero mi tía trabaja en el hospital, ¡allí puede avisar a mamá!

Eso tranquilizó un poco a Ramón. Tomó al pequeño en brazos, y juntos avanzaron hacia el coche. Instintivamente, lo instaló en el asiento trasero, ajustando el cinturón de seguridad sobre su abdomen con ternura, mientras Pedro se subía y agarraba la mano de su hermano, inseparables.

Ramón arrancó, encendiendo la calefacción y la radio para sostener el ambiente con unos arpegios suaves de guitarra, apenas audibles. Cada tanto lanzaba miradas al retrovisor: Martín tenía los ojos a medio cerrar, y Pedro le susurraba palabras que nunca sabría.

¿Cómo vas, campeón? preguntó Ramón sin volver la cabeza.

Aguantando…

Muy bien, ya casi estamos.

Mientras avanzaban, los anuncios luminosos de la Gran Vía bailaban sobre el parabrisas. Ramón se permitió elogiar a Pedro:

Has hecho muy bien, chico. Pero prométeme que nunca vuelvas a cruzar la calle así. Hoy podrías haber muerto, y eso a tu hermano no le habría servido de nada.

Pedro asintió mudo, con lágrimas nuevas afilando la mirada. Tomó aire y murmuró:

No volveré a hacerlo.

Ramón le rodeó el hombro con la mano, transmitiendo certeza y calma.

Bien hecho. Lo fundamental ahora es Martín.

Cuando llegaron al hospital, la luz de las farolas parecía más fría. Ramón cargó con el pequeño en brazos hasta la sala de urgencias, cruzando pasillos de gres y esperando a que una enfermera les atendiese. Martín desapareció tras una puerta, y Pedro y Ramón se hundieron en un banco plástico, sumidos en la espera.

Pasada media hora de limbo, una mujer irrumpió, jadeante, con el pelo en revoltijo y unos ojos abiertos por el miedo.

¡Pedro!

El niño saltó y corrió hacia ella, sepultando la cara en su abrigo, temblando como si fuera invierno.

Mamá… lo siento, lo intenté… balbuceó.

Tranquilo, has hecho lo que tocaba, cariño dijo la madre, abrazándolo con una fuerza temblona.

Ramón se acercó, les explicó lo sucedido. Ella le apretó la mano, mezcla de gratitud y culpa.

Gracias, de verdad… no queda más remedio que trabajar horas y más horas. Mi madre hoy tampoco pudo con los chicos…

Lo importante ahora es Martín, dijo Ramón, deseando desterrar cualquier reproche o remordimiento. Los médicos hacen lo suyo, esperemos.

Durante un rato, aguardaron los tres en el banco, la madre acariciando el pelo de Pedro, repitiendo un mantra suave:

Va a salir bien, cariño. Estoy contigo.

Ramón los contempló desde el margen, sabiendo que su papel, aunque breve, era esencial. Cuando la madre fue llamada por un médico y su serenidad se restauró en una media sonrisa, Ramón se levantó. Salió al frío de la noche, el aire castellano silbando entre los eucaliptos. Caminó despacio, dejando que el hospital y su luz quedaran a su espalda.

Sacó el móvil decidido a cancelar la fiesta. Pero en vez de llamar, se quedó mirando la pantalla, los ojos perdidos bajo un cielo de estrellas indiferentes y parpadeantes. Inspiró hondo. Los rostros de Pedro y Martín, la angustia en la voz de la madre… todo flotaba en la bruma de su mente.

Hoy pude ayudar pensó, y esa certeza le calentó más que la calefacción del coche. Todo había sucedido al azar, porque decidió no ignorar lo que ocurría en la acera. Y, quién sabe, tal vez mañana a él le tocara tener quien le tendiera la mano.

Guardó el móvil, encendió el coche y regresó a casa. La radio sonaba como de costumbre, la noche lucía las mismas luces, pero el corazón de Ramón latía algo distinto. Pensaba en la multitud de detalles anónimos que conforman la vida en Madrid, en la Castilla de las horas bajas, y sentía que cualquier día, entre semáforos y sombras, podía surgir un acto sencillo y profundo que, al final, es lo que nos mantiene humanos.

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