Un saludo de tu esposa — Cariño, ¿puedes recogerme del trabajo? — llamó Eugenia a su marido, esperando que después de un día agotador no tuviera que aguantar cuarenta minutos de vaivén en el autobús. — Estoy ocupado — contestó él de forma tajante. De fondo, la televisión sonaba nítidamente, señal inequívoca de que Arturo estaba en casa. A la joven le dolió hasta las lágrimas. El matrimonio hacía aguas, y hacía apenas medio año, él parecía dispuesto a llevarla en volandas. ¿Qué había cambiado en tan poco tiempo? Eugenia no lo sabía. Sigue cuidándose, pasa un buen rato en el gimnasio y cocina de maravilla —no en vano trabaja en un restaurante de prestigio. Jamás le ha pedido dinero, ni monta escenas de celos, siempre consentidora con los deseos de su marido… — Así se cansará enseguida de ti — negaba la cabeza su madre, escuchando los lamentos de Eugenia—. No puedes complacer a un hombre en todo. — Yo solo le quiero — sonreía ella con cierta impotencia—. Y él a mí… ****************************** — Al final sí que se ha cansado de mí… — murmuraba Eugenia mordiéndose los labios mientras revisaba el historial del navegador. Resultó que todas las horas libres de Arturo se iban en webs de citas, charlando con varias mujeres a la vez. — ¿Por qué no podía simplemente hablar conmigo? Lo habría entendido y dejado marchar. ¿Para qué seguir torturándonos así? En fin, divorcio. Será duro, pero saldrá adelante. Aunque no le va a poner las cosas tan fáciles… Se merece una pequeña venganza. Esa misma noche, Eugenia creó un perfil en la misma web que frecuentaba su marido, le encontró y le escribió. Usó una foto sacada de internet, le aplicó unos retoques y estaba segura de que Arturo mordería el anzuelo. Y así fue. Empezaron una conversación intensa. Él aseguraba que no estaba casado, que buscaba algo serio y hasta hijos. Se llenaba de elogios en cada mensaje, lo que hacía que a Eugenia se le saltaran las lágrimas de la risa, porque bien sabía ella lo difícil que era convivir con él. — Quedamos en persona — propuso Eugenia, esperando el mensaje. — Encantado — respondió él al instante—. Pero mi hermana vive temporalmente conmigo, está preparando las oposiciones. Mejor quedar en un lugar neutral y luego, si quieres, seguimos la noche en un hotel. — ¡Ya te vale! — murmuró Eugenia al leerlo—. ¿Cómo puedes estar seguro de que una chica aceptaría tan fácilmente ir a un hotel? Pero bueno, esto me viene hasta bien. — Si prefieres, ven a mi casa. Vivo sola en un chalet a las afueras. Nadie nos va a interrumpir… — mientras, ella pensaba si él aceptaría. — ¡Estupenda idea! — Arturo parecía encantado, probablemente por no gastar en hotel—. Pásame tu dirección y la hora. Volaré hacia allí sobre alas de amor. — Calle **** 25, a las diez de la noche. ¿Te parece bien? — ¡Por supuesto! Espérame. A las nueve, él fingió que le llamaban a trabajar de urgencia. No encontraba las llaves del coche y, a regañadientes, le preguntó a su mujer si las había visto. — Estaban en la cómoda — contestó Eugenia con cara de no haber roto un plato, estrechando las llaves en el bolsillo—. Igual el gato las escondió. — Bah, llamo a un taxi. No me esperes, acuéstate. Y ella, desde luego, no le esperó. ¿Para qué? Aprovechó para hacer las maletas. Al fin y al cabo, tiene un piso en propiedad heredado de su abuela. Lo único que dejó fue la demanda de divorcio, bien visible sobre la mesa. Arturo volvió por la mañana, fuera de sí. Ya era mala suerte: una hora de ida, y ni rastro de la tal Ángela. La dirección y la casa eran reales, pero quien abrió la puerta nada tenía que ver con la mujer explosiva de las fotos. Le recibió una señora tres veces más grande que él, en bata y apenas cubierta. Hubiera dado cuanto tenía por borrar esa imagen de su cabeza. Por poco sale corriendo. Tuvo que llamar otro taxi, con la espera se quedó helado con esa chaqueta tan fina, y luego el conductor resultó rarísimo y terminó llevándole a saber dónde… Una nochecita, vaya. Solo al entrar en casa y ver la demanda en la mesa supo quién estaba detrás de todo. Sobre la mesa, junto al papel, en lápiz de labios, podía leerse: Esta dulce venganza…

Cariño, ¿puedes venir a recogerme al trabajo? Marina llamó a su marido con la esperanza de que, tras una jornada agotadora, no tendría que aguantar cuarenta minutos apretada en el autobús.

Estoy ocupado respondió Javier, corto, al otro lado. De fondo, el televisor llenaba el salón de su piso madrileño, dejando claro que en realidad, Javier estaba en casa.

A Marina se le humedecieron los ojos de pura rabia. Su matrimonio estaba al borde del abismo; hacía apenas seis meses ese hombre habría cruzado todo Madrid para sorprenderla, o la habría llevado en brazos si se lo hubiese pedido. ¿Qué había cambiado en tan poco tiempo? Marina no encontraba respuesta.

Siempre cuidando su figura, dedicando horas en el gimnasio. Cocinera talentosa en un restaurante de moda en Salamanca, famosa entre sus colegas por sus arroces y tortillas. Jamás le pedía dinero a Javier, nunca montaba escenas, siempre dispuesta a atender cualquier deseo de su marido…

Te va a dejar de querer, hija, le advertía su madre, negando con tristeza al escuchar sus lamentos. No puedes concederle todo, Marina. Eso no funciona.

Es que le quiero, mamá sonreía Marina, impotente. Y él también me quiere… todavía.

******************************

Al final le he aburrido murmuró Marina para sí, mordiendo su labio mientras revisaba el historial del navegador de Javier. Descubrió que él pasaba las tardes pegado a webs de citas, chateando a la vez con varias chicas. ¿Por qué no ha sido capaz de hablar conmigo? Lo habría entendido… le habría dejado en paz. ¿Qué sentido tiene martirizarse viviendo con alguien a quien ya no quieres, y encima hacerle daño con tu desprecio?

Divorcio, pensó. Era fuerte, podría soportarlo. Pero no lo iba a dejar marchar tan fácilmente. Un pequeño sabor de venganza… bien lo merecía.

Aquella misma noche, Marina se registró en la misma página de citas que Javier, creó un perfil con una foto buscada en internet y retocada con Photoshop. No dudaba que Javier caería en la trampa. Y, tal y como predijo, picó enseguida.

La conversación fue de lo más animada. Javier, en sus mensajes, contaba que era soltero, que deseaba formar una familia y tener hijos. No paraba de alabar lo maravilloso de su carácter, algo que hizo reír a Marina hasta las lágrimas: si alguien sabía cómo era Javier de complicado, de difícil de tratar, era ella.

¿Nos vemos? propuso Marina, conteniendo la respiración a la espera de respuesta.

Por supuesto respondió él apenas unos segundos después. Pero mi hermana está viviendo en mi piso durante unos días, preparándose para las oposiciones. Mejor vemosnos en un sitio neutral y luego seguimos la noche en un hotel.

¿En serio? soltó Marina en voz alta, ofendida y divertida a partes iguales. ¿Y por qué piensas que una chica accedería de buenas a primeras a irse contigo a un hotel? ¡Cualquiera con dos dedos de frente se sentiría ofendida! Pero bueno, esto me conviene

Si quieres, nos vemos en mi casa. Tengo un chalet a las afueras, vivo sola. Nadie nos molestará le propuso. Por dentro, dudaba: ¿accedería?

¡Estupendo! Javier no cabía en sí de alegría, intuyendo que se ahorraría unos cuantos euros. Dame dirección y hora. Iré volando.

Calle Robles, número 25. A las diez de la noche, ¿te va bien?

¡Por supuesto! Espérame.

A eso de las nueve, Javier fingió que le llamaban urgentemente del trabajo. No encontraba las llaves del coche y, haciendo el paripé, preguntó a Marina si ella las había visto.

Estaban sobre la mesilla le respondió Marina, mirándole inocentemente mientras apretaba las llaves en el bolsillo. Igual el gato las ha empujado, ¡siempre va con las llaves!

En fin, pediré un taxi. No me esperes despierta.

Y Marina, por supuesto, no tenía intención de esperarle. ¿Para qué? Aprovechó para hacer la maleta y llevarse sus cosas. Menos mal que tenía su propio piso en Chamberí, herencia de su abuela. Lo único que dejó atrás fue una hoja cuidadosamente doblada sobre la mesa, en el lugar más visible de la casa: la demanda de divorcio.

Javier regresó a casa por la mañana, al borde del colapso. No solo había tardado más de una hora en llegar al dichoso chalet, sino que la supuesta Ángela del perfil tampoco apareció.

La dirección era real, la casa también pero la persona que le abrió la puerta distaba mucho de la modelo de las fotos. Era una mujer casi tres veces más grande que él, con una bata semitransparente que dejaba poco a la imaginación. Habría pagado todos los euros de su cartera por borrar aquella imagen de su mente.

Y lo peor: la señora se empeñó en invitarle a pasar y no había forma de quitársela de encima. Javier tuvo que pedir otro taxi. Mientras esperaba tiritando en la puerta, con su americana colonial de lino temblando en la brisa de la sierra, pensaba en lo surrealista de la noche. Para colmo, el taxista se perdió y terminaron dando un rodeo absurdo.

Al abrir la puerta de casa, agotado, lo primero que vio fue la demanda de divorcio sobre la mesa. Al lado, escrito con carmín en un folio, se leía:

Esta dulce venganza…

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MagistrUm
Un saludo de tu esposa — Cariño, ¿puedes recogerme del trabajo? — llamó Eugenia a su marido, esperando que después de un día agotador no tuviera que aguantar cuarenta minutos de vaivén en el autobús. — Estoy ocupado — contestó él de forma tajante. De fondo, la televisión sonaba nítidamente, señal inequívoca de que Arturo estaba en casa. A la joven le dolió hasta las lágrimas. El matrimonio hacía aguas, y hacía apenas medio año, él parecía dispuesto a llevarla en volandas. ¿Qué había cambiado en tan poco tiempo? Eugenia no lo sabía. Sigue cuidándose, pasa un buen rato en el gimnasio y cocina de maravilla —no en vano trabaja en un restaurante de prestigio. Jamás le ha pedido dinero, ni monta escenas de celos, siempre consentidora con los deseos de su marido… — Así se cansará enseguida de ti — negaba la cabeza su madre, escuchando los lamentos de Eugenia—. No puedes complacer a un hombre en todo. — Yo solo le quiero — sonreía ella con cierta impotencia—. Y él a mí… ****************************** — Al final sí que se ha cansado de mí… — murmuraba Eugenia mordiéndose los labios mientras revisaba el historial del navegador. Resultó que todas las horas libres de Arturo se iban en webs de citas, charlando con varias mujeres a la vez. — ¿Por qué no podía simplemente hablar conmigo? Lo habría entendido y dejado marchar. ¿Para qué seguir torturándonos así? En fin, divorcio. Será duro, pero saldrá adelante. Aunque no le va a poner las cosas tan fáciles… Se merece una pequeña venganza. Esa misma noche, Eugenia creó un perfil en la misma web que frecuentaba su marido, le encontró y le escribió. Usó una foto sacada de internet, le aplicó unos retoques y estaba segura de que Arturo mordería el anzuelo. Y así fue. Empezaron una conversación intensa. Él aseguraba que no estaba casado, que buscaba algo serio y hasta hijos. Se llenaba de elogios en cada mensaje, lo que hacía que a Eugenia se le saltaran las lágrimas de la risa, porque bien sabía ella lo difícil que era convivir con él. — Quedamos en persona — propuso Eugenia, esperando el mensaje. — Encantado — respondió él al instante—. Pero mi hermana vive temporalmente conmigo, está preparando las oposiciones. Mejor quedar en un lugar neutral y luego, si quieres, seguimos la noche en un hotel. — ¡Ya te vale! — murmuró Eugenia al leerlo—. ¿Cómo puedes estar seguro de que una chica aceptaría tan fácilmente ir a un hotel? Pero bueno, esto me viene hasta bien. — Si prefieres, ven a mi casa. Vivo sola en un chalet a las afueras. Nadie nos va a interrumpir… — mientras, ella pensaba si él aceptaría. — ¡Estupenda idea! — Arturo parecía encantado, probablemente por no gastar en hotel—. Pásame tu dirección y la hora. Volaré hacia allí sobre alas de amor. — Calle **** 25, a las diez de la noche. ¿Te parece bien? — ¡Por supuesto! Espérame. A las nueve, él fingió que le llamaban a trabajar de urgencia. No encontraba las llaves del coche y, a regañadientes, le preguntó a su mujer si las había visto. — Estaban en la cómoda — contestó Eugenia con cara de no haber roto un plato, estrechando las llaves en el bolsillo—. Igual el gato las escondió. — Bah, llamo a un taxi. No me esperes, acuéstate. Y ella, desde luego, no le esperó. ¿Para qué? Aprovechó para hacer las maletas. Al fin y al cabo, tiene un piso en propiedad heredado de su abuela. Lo único que dejó fue la demanda de divorcio, bien visible sobre la mesa. Arturo volvió por la mañana, fuera de sí. Ya era mala suerte: una hora de ida, y ni rastro de la tal Ángela. La dirección y la casa eran reales, pero quien abrió la puerta nada tenía que ver con la mujer explosiva de las fotos. Le recibió una señora tres veces más grande que él, en bata y apenas cubierta. Hubiera dado cuanto tenía por borrar esa imagen de su cabeza. Por poco sale corriendo. Tuvo que llamar otro taxi, con la espera se quedó helado con esa chaqueta tan fina, y luego el conductor resultó rarísimo y terminó llevándole a saber dónde… Una nochecita, vaya. Solo al entrar en casa y ver la demanda en la mesa supo quién estaba detrás de todo. Sobre la mesa, junto al papel, en lápiz de labios, podía leerse: Esta dulce venganza…