Esto ni se discute.
Lucía va a vivir con nosotros, eso ni se discute dijo Santiago, dejando la cuchara a un lado. Ni siquiera había probado la cena, como si estuviera mentalizándose para una charla seria. Hay habitación, justo acabamos de terminar las reformas. Así que dentro de un par de semanas, mi hija se viene a casa.
¿No se te olvida nada? preguntó con voz contenida Teresa, después de contar mentalmente hasta diez. ¿Por ejemplo, que la habitación la preparamos para nuestro futuro hijo, el de los dos? ¿O que Lucía tiene madre, con la que debería vivir?
Me acuerdo perfectamente de que hablamos de tener un hijo respondió el hombre con una mueca seria, creyendo que su mujer acataría sin más lo que él decidiera, evitando así más conversación. Pero bueno, eso puede esperar un par de años más. Además, tú aún tienes que terminar la carrera, no es momento de niños. Y Lucía tampoco quiere hermanos. En cuanto a su madre… Santiago esbozó una sonrisa amarga. Voy a pedir la patria potestad. ¡Es peligroso para la niña seguir viviendo con esa mujer!
¿Peligroso? las cejas de Teresa se arquearon. ¿No tiene ya doce años? Una niña hecha y derecha. ¿Dónde ves el peligro? ¿En que su madre no le deja salir después de las diez? ¿O porque la obliga a hacer los deberes bajo amenaza de quitarle el móvil o cortarle el wifi? Tu exmujer es una santa si no ha recurrido aún a la zapatilla
No sabes nada gruñó el hombre. Lucía me ha enseñado moratones, y los mensajes llenos de insultos y amenazas que le manda su madre. ¡No pienso permitir que le destrocen la vida!
Eso es justo lo que estás haciendo tú, siguiéndole la corriente Teresa se levantó despacio de la mesa, dejando el gazpacho casi intacto. El hambre le había desaparecido y ver la cara de enfado de su marido solo le incrementaba el dolor de cabeza. Le dijeron mil veces que no se precipitara al casarse, que vivieran juntos sin prisas un par de años, que pusieran a prueba sus sentimientos… Pero ella, siempre tan lista, sabía mejor que nadie lo que hacía. Y cómo quería acelerar a sus amigas
¿Por qué toda la familia y conocidos se opusieron a esa boda precipitada? Sencillo: era el segundo matrimonio de Santiago, él le llevaba quince años, y tenía una hija ya mayor con la que le unía un amor casi ciego. Por separado, detalles sin importancia; juntos, un polvorín.
Las dos primeras razones no le molestaban demasiado. Le gustaba que su marido fuera mayor y tuviera experiencia. Además, desde el principio supo que la separación anterior fue amistosa y que Ana, la ex, nunca tuvo queja.
Pero la tercera razón… Lucía. Una niña consentida y rebelde, criada por los abuelos porque los padres siempre andaban trabajando para darle la mejor vida posible. El divorcio no le importó demasiado: estaba convencida de que su padre nunca la dejaría de lado, aunque se casara de nuevo. El nuevo matrimonio de la madre, sin embargo, no lo aceptaba ni a la de tres.
El padrastro de Lucía se empeñó en educarla con normas serias, y la madre, después de cambiar de empleo y pasar más tiempo en casa, respaldó a su nuevo marido. Normas, deberes, profesores particulares porque Lucía iba floja en la mayoría de asignaturas Todo esto era insoportable para la niña, criada frente a la tele y el ordenador. Tanto la molestaba, que comenzó a inventar historias para poner a su padre en guardia.
Lucía ansiaba vivir con su padre, sabiendo que, por su trabajo, estaría sola la mayor parte del día. Para ella, Teresa ni pintaba nada: no pensaba obedecer a una madrastra con solo nueve años más que ella.
Para lograr esa vida libre, estaba dispuesta a casi cualquier cosa.
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Lucía viene hoy. Prepárale la habitación y, por favor, no la alteres más, bastante ha pasado ya la pobre Santiago no se molestó en preguntar, solo anunció el hecho mientras elegía corbata para el traje nuevo. Si hubiera sabido antes que Ana sería así por culpa de otro hombre Pero ya, ¿qué importa? El tiempo no vuelve atrás.
Entonces no has cambiado de idea ¿Vas en serio? ¿Quieres que tu hija viva aquí? Teresa aún esperaba que su marido desistiera. ¿Y quién la va a cuidar? Tú como pronto llegas a casa a las ocho de la tarde
Pues tú Santiago encogió los hombros. No es una cría, es bastante independiente.
Estoy en plena época de exámenes, tú mismo me dijiste que me concentrara en los estudios replicó ella, sarcástica. Así que Lucía tendrá que portarse bien y no molestar. Espero que sepa fregar platos y barrer, porque las próximas dos semanas es su tarea.
No es una asistenta
Ni yo tampoco le cortó Teresa. Si vive aquí, ayuda en casa. Y sería mejor que le expliques las normas de convivencia antes de que se meta en líos.
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Papá, ¿de veras vas a dejar que me trate así? Ni tranquila puedo salir con amigas. Todo el trabajo lo hago yo mientras tu mujercita se sienta delante de la tele tan contenta.
Teresa, que pasaba por el pasillo y escuchó a escondidas, no pudo evitar sonreír: ¡sí, como si alguna vez la hubieran conseguido hacer nada en casa! Antes vería patos volar boca abajo
Hablaré con Teresa, te lo prometo. Pero tú también deberías intentar llevarte bien con ella. Lucía, entiendo que no está siendo fácil, pero no puedo estar pendiente de ti todo el tiempo. Haz un esfuerzo, muéstrate como una niña educada.
Lo intentaré farfulló la niña, sabiendo que ahora su padre no cedería. Por cierto, ¿es verdad que le has comprado un coche?
Pues sí. ¿Por?
Por nada Pero cuando quise ir de vacaciones al extranjero, me dijiste que no había dinero. Con las ganas me quedé
No ibas a ir sola. Solo tienes doce años y yo trabajo. Nos iremos en verano, los tres.
¡Yo no quiero ir con vosotros! ¡No me quieres nada! ¿Para qué me traes? ¡Le estorbo a tu mujer y tú nunca estás!
Teresa dejó de escuchar. Comprendió que, sea lo que sea, Lucía acabaría saliéndose con la suya. No solo con el viaje Esa chiquilla astuta pensaba deshacerse de una rival más por el cariño y el dinero de papá. Y seguramente, lo lograría.
Harta de soportar reproches, Teresa decidió que solo aguantaría una pelea más. Y al final malograría el triunfo de la niña revelando que, tras el divorcio, Santiago tendría que pasarle una pensión como padre.
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Tal como se temía, la tarde estuvo cargada de reproches. Teresa los escuchó todos y, tranquila, anunció que pedía el divorcio.
Quiero vivir tranquila, no recibir insultos cada día. Ya te lo avisé: seguir la corriente a tu hija te iba a traer problemas al ver la sonrisa de Lucía, Teresa se apresuró a bajarla de la nube. Y no te alegres tanto, nunca se sabe cómo va a cambiarte la vida. Por ejemplo, puedo poner a tu padre entre la espada y la pared: si quiere ver a nuestro hijo acarició su vientre como si estuviera embarazada, tendrá que devolverte con tu madre. O algo parecido
Mientras Lucía buscaba las palabras para protestar y Santiago asimilaba la situación, Teresa cogió la maleta que ya tenía preparada y salió del piso. En realidad, no estaba embarazada; solo quería poner nerviosa a la niña respondona. Y dar una lección al hombre que nunca entendió nada de psicología infantilAl cerrar la puerta, Teresa sintió cómo una silenciosa paz se vertía sobre sus hombros. Caminó por el pasillo del edificio dejando atrás risas fingidas, enfados gratuitos y promesas incumplidas; se sabía, ahora sí, decidida. Afuera lloviznaba, y el aire olía a tierra nueva.
En el salón, Santiago seguía sentado, la corbata olvidada en la mano, los ojos perdidos en el suelo. Lucía, aún en shock, apretaba los puños. Por primera vez, ni consiguió júbilo ni consuelo: el duelo no se disputaba ya. Su padre, superado, no tuvo respuesta. El silencio, espeso, se instaló entre ambos.
Pasaron minutos. Luego, sin mirar siquiera a Lucía, Santiago se levantó y fue a la cocina. Encendió la luz, miró el plato de gazpacho intacto, y comprendió que había perdido más que a una esposa. Había extraviado la brújula y la calma. Al fondo, la niña, sin nadie a quien retar, aflojó el gesto desafiante y, con el móvil encendido, escribió un mensaje: Mamá, ¿puedo ir contigo este fin de semana? Dudó. Lo borró. Tomó aire y esta vez marcó un número.
Teresa, mientras tanto, respiró hondo la libertad que tanto le costó reconocer. Cada paso lejos era un paso hacia sí misma. Sonrió, finalmente libre, y supo quizá por primera vez que estaba exactamente donde tenía que estar.







