Mira, te tengo que contar algo que me pasó hace poco y todavía ando dándole vueltas. Resulta que Carmen volvía del supermercado, cargadísima con sus bolsas imagínate la estampa, sudando la gota gorda y ya sin ganas de nada. Al doblar la esquina de su calle en un pueblito precioso ahí por la sierra de Segovia, ve aparcado un Seat León justo en su puerta. Y claro, Carmen, extrañada, se dice: ¿Quién demonios será? Si no espero a nadie Pues se acerca y se asoma al patio, y ahí ve a un joven apoyado en el quicio. ¡Y menuda sorpresa! Era su hijo, Álvaro.
¡Álvaro, hijo mío! Y ella se lanza a darle un abrazo, con las bolsas todavía colgando.
Pero él de repente toma distancia y muy serio le suelta:
Mamá, espera un momento. Tengo que contarte algo.
¿Qué pasa, cariño? Le pregunta Carmen temiendo lo peor. Y él, bajito, le dice:
Mejor siéntate, por favor.
Carmen, pobrecilla, se sienta en el banco de piedra bajo la parra, preparando el pecho para cualquier noticia mala.
A ver, que te ponga en situación. Carmen, que todo el mundo en el pueblo llamaba Carmen María, llevaba ya dos años viuda. Su marido murió de repente y el hijo, Álvaro, tras acabar la mili y los estudios, se quedó viviendo en Madrid, donde le surgió trabajo en una fábrica como ingeniero. Al principio, alquilaba un piso y rara vez volvía al pueblo, pero últimamente, desde que se compró el coche, aparecía más. Eso sí, siempre caía como una tromba, sin avisar, y nunca le contaba nada Traía cosas a su madre: embutidos, ropa, hasta una mantilla de lana hecha a mano le regaló la última vez.
Sobre su vida, nada. Todo bien, mamá, y poco más. Pero ya sabes que en los pueblos las noticias vuelan, y por boca de la vecina, una chica joven que se llama Teresa, Carmen se fue enterando de cosillas. La muchacha subió a Madrid para unas gestiones y Carmen le dio una cesta de membrillo casero y unas setas escabechadas para que se las entregara a su hijo.
Teresa, al poco de volver, fue y le cuenta:
Ay, Carmen, que fui a entregar lo tuyo y Álvaro bajó en coche con una señora tan guapa Cogió las cosas y me dijo que te mandaba recuerdos, que pronto vendría.
¿Y quién era esa mujer? pregunta Carmen, claro.
Pues ni idea. Ni se asomó. Pero mira, yo te digo que me pareció más mayor que él. Tendrá cinco años más, y pintada hasta las cejas, muy elegante eso sí
Carmen se quedó pensando, porque nunca el hijo le había hablado de novias ni líos. Pero no le dio tiempo ni a comerse el tarro, que la siguiente semana le vuelve a sorprender la vida.
Regresando de la tienda, ve a Álvaro en el patio, y con él un niño, como de ocho años, muy callado. Y junto a la verja, el coche.
¡Hijo! Y Carmen va a abrazarlo, pero él se aparta de nuevo y le dice:
Mamá, quiero presentarte a alguien. Este es Javier. Es como mi hijo.
Pues pasad adentro, no vamos a estar de tertulia en la calle
En un momento tiene la mesa puesta: patatas guisadas, un poco de repollo encurtido, pepinillos y carne cocida, muy tierna. Javier apenas toca el plato, ni levanta la cabeza. Tras acabar y tomar el café, Carmen lo manda al patio, para que eche un vistazo mientras ella habla en privado con Álvaro.
Mamá, mira. El año pasado me casé con Elena. Bueno, casar, firmamos los papeles al civil. Y Javier es su hijo. No te dije nada porque Elena no quiere saber nada de suegras
¿Y eso? ¿Acaso le parezco yo una ogra o qué?
No, mamá. Nada de eso. Es que en su primer matrimonio, la suegra era mala con ella y aquello acabó a gritos y muy mal. Se marchó de casa por culpa de eso, y encima el ex murió al año, y la suegra también. Elena se quedó con el crío, el piso y el coche. Y cuando nos conocimos me pidió que me fuese a vivir con ella. Y hala, nos fuimos a firmar. Pero de suegras, na de na.
¿Y a Javier para qué te lo has traído entonces?
Es que con el calor y el embarazo, Elena no da abasto. Va a dar a luz en agosto y necesita que alguien cuide de Javier. Yo trabajo todo el día y el chaval es un terremoto. Lo dejas aquí hasta septiembre, te apañas con él y en cuanto nazca el bebé, ya veremos.
Yo me apaño, claro. Pero el niño, ¿querrá quedarse conmigo?
Bueno, no es cosa de preguntar. A Elena no le gusta que discuta.
A Carmen le extrañó la respuesta, pero se mordió la lengua. No conocía en persona a Elena, así que decidió no hacer juicios. Total, el Javier no era tan pequeño y pronto tendría un nietecillo propio.
Al día siguiente, Álvaro volvió a Madrid y Javier se quedó en casa, pegado a la ventana y malhumorado. Carmen fue a animarle:
Venga, Javier, empecemos a ser familia. Puedes llamarme abuela Carmen. ¿Tú en qué curso vas?
A segundo, masculló el niño sin mirar ni a los ojos.
Pues ven a ver las gallinas. O te enseño el huerto, que la fresa ya empieza a estar madura y va a haber que recogerla.
No quiero ir.
¿Y eso? No te voy a morder, y mi perro Argos tampoco va a ladrarte, te lo prometo.
Mi madre dice que eres mala, y que no me quedaré mucho tiempo. No me dan miedo ni tú ni Argos.
A Carmen se le encogió el corazón, pero tragó saliva. ¿Qué culpa tenía la pobre, si ni conocía en persona a Elena? Así que lo dejó estar y salió al patio, a seguir quitando malas hierbas y a lo suyo. Su pequeño corral de gallinas estaba bien, dos patos y poco más. La leche y queso se los compraba a Loli, la madre de Teresa, y siempre les llevaba un par de huevos frescos o fresas a cambio cuando podía. Así se las apañaban.
En una semana el niño fue soltándose. Primero, le hacía unas caricias a Argos, luego venía al huerto a llevarse unas fresas. No ayudaba mucho, pero Carmen tampoco le forzaba. Un día, yendo de compras, le propuso ir juntos y él dijo que sí. Por el camino, el chico no paraba de hablar, y desde entonces la casa cambió: ayudaba a recoger, regaba las plantas, le daba de comer al perro, e incluso se hizo amigo de los niños vecinos. Empezó a leer un viejo libro de Robinson Crusoe que era de Álvaro, y cada tarde le contaba a la abuela lo que iba leyendo, riéndose con las ocurrencias de Viernes.
Al llegar agosto, se presentó Álvaro con una noticia buenísima: ya había nacido en Madrid la niña, se llamaba Julia. Venía de recoger a la madre y presentarla en la casa. Javier, contentísimo, suplicó quedarse en el pueblo hasta que empezara el cole, y ver a su hermanita después.
Carmen le preparó un regalo para la niña: unos patucos diminutos de lana, un gorrillo, una mantita ligera, y para Elena unos guantes. Álvaro le dio dos besos a su madre y se marchó.
Al final de agosto, Javier andaba jugando al balón por la calle con los demás niños, cuando vio el coche familiar aparecer. Se paró todo el mundo: era Elena bajando con la pequeña en brazos, y Álvaro les seguía. Javier gritó:
¡Mamá!
Y salió corriendo, pero tropezó. Ni una lágrima, eso sí: se puso una hoja de llantén en la rodilla mientras Elena, alzando a la niña, le besaba y seguía al marido a la casa.
¿Javier jugando por la calle tan tranquilo? preguntó Elena nada más entrar, sin dar casi los buenos días.
Hola, hija, respondió Carmen con calma. Aquí los críos siempre están en la calle, jugando y correteando. Y Javier ha sido un ayudante, tanto aquí como en el huerto. Déjale que juegue, que para eso es niño y este verano se ha portado como un sol.
Luego Carmen fue a ver a su nieta. Estaba dormidita y parecía un angelito, y se le saltaban las lágrimas de pura emoción.
Sirvió una buena comida: cocido, pan fresco, y entre cuchara y cuchara fueron charlando. Hasta que Elena soltó:
Venimos a por Javier, que tiene que prepararse para el cole. Seguro que ya está deseando irse y dejar de molestaros.
Pero antes de que nadie dijera nada, el niño espetó con voz firme:
¡No quiero irme a Madrid! Me quiero quedar con la abuela Carmen. Y tú, mamá, me dijiste que era mala, pero es buena, y me cuida.
A Elena se le puso la cara encarnada. Pero Carmen, muy tranquila, zanjó la situación:
Eso ni se grita ni se dice así, Javier. Ahora te disculpas y sales un momento al patio, ¿vale?
El niño se fue cabizbajo y, ya solos, Carmen se dirigió a su nuera:
Tranquila, Elena. Lo has criado muy bien, es muy educado. Para mí ha sido una alegría tenerle aquí. Si queréis, que venga todos los veranos, me haría muchísima ilusión.
Elena no supo qué responder, pero de pronto la niña lloró y fue directa a por ella. Pasaron aún dos días juntos: Álvaro arregló la verja, Elena cuidaba de su bebé, y Carmen estaba encantada de ver la casa llena de familia y Javier yendo de un lado para otro, ayudando en el huerto y jugando con su hermana.
Ya antes de marchar, Elena se acercó a Carmen y la abrazó:
Gracias, mamá. Hace tanto que no tengo a la mía y no sabía que una suegra podía ser así. Perdóname. Álvaro es un gran hombre.
Ya es tuyo, hija. Y yo, feliz de veros crecer como familia. Traedme a Javier cuando queráis, que es como si fuera sangre mía.
Y así se las arreglaron. En invierno invitaron a Carmen a irse con ellos a Madrid, para ayudar con los niños y la casa. Y tal fue el cariño que, al final, suegra y nuera vivían como madre e hija, orgullosísimas del buen corazón de Álvaro y de lo bien que encajó Javier, que ya nadie le quitaba a la abuela Carmen.







