Lo más importante
La fiebre de Lucía se disparó en cuestión de minutos. El termómetro llegó a 40.5 grados y, casi al instante, comenzaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueaba de forma tan violenta que Inés se quedó helada un segundo, incapaz de creer lo que veían sus ojos, y después se lanzó junto a su hija, intentando controlar el temblor.
Lucía empezó a ahogarse con espuma en la boca, el aliento entrecortado, como si algo invisible la estrangulara desde dentro.
Inés luchó por abrirle la boca los dedos le resbalaban, no respondían, pero al final lo consiguió. De pronto, el cuerpo de Lucía cayó laxo y se sumió en un desmayo profundo. ¿Cinco minutos? ¿Diez? Era imposible saberlo. El tiempo no avanzaba segundo a segundo, sino al ritmo frenético de los latidos de Inés, repicando en sus sienes.
Mantenía vigilado el aire, pendiente de que la lengua de Lucía no le cortase la respiración, sujetándole la cabeza cada vez que las convulsiones sacudían a la pequeña peor que cualquier descarga eléctrica.
Nada importaba, solo una cosa: que Lucía volviera a respirar. Que Lucía regresara.
Gritó. A la cocina, a las paredes, a la nada, incluso al cielo andaluz de Madrid. Gritó el nombre de su hija a emergencias, desgañitándose al decir Lucía, como si pudiera retenerla en la vida solo con la fuerza de su voz.
Llamó a Marcos y, entre hipidos y lágrimas, apenas pudo articular:
Lucía Lucía casi se me va
Pero al otro lado, Marcos sólo alcanzó a comprender una palabra breve y terrible: se fue.
Sintió una punzada desgarradora en el pecho, como si le clavaran un hierro al rojo en el corazón. Las piernas se le doblaron y se deslizó del sofá al suelo en completo silencio, convertido de pronto en un hombre vacío: sin fuerzas, sin pensamientos, sin futuro
Intentaron levantarlo, sostenerlo por los codos, pero el cuerpo no le respondía. Alguien le acercó valeriana, otro un vaso de agua, otro le acarició la espalda murmurando palabras tranquilizadoras, pero ninguna lograba atravesar el muro de su desespero; se estrellaban contra él como olas contra un malecón.
Marcos no podía recomponerse. Le temblaban los dedos, el vaso chocaba contra los dientes, y solo lograba emitir sonidos entrecortados y rotos, como un mecanismo averiado:
Se se ha ido Lucía se ha ido…
Los labios se le pusieron blancos, la respiración errática, las manos convertidas en ajenas.
El jefe, Don Hilario Gutiérrez, no perdió un segundo: agarró a Marcos y prácticamente lo arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de golpe y el eco retumbó en el interior.
¿A dónde? ¡¿A dónde voy?! gritó directo a su cara, intentando abrirse paso hasta su consciencia.
Marcos se quedó como ciego, con los ojos abiertos, perdidos. Pasaron varios segundos en los que ni siquiera pestañeaba, atrapado entre la realidad y la pesadilla.
Hospital infantil municipal logró articular al fin, cada palabra atravesando su garganta como una daga de miedo y dolor.
El hospital estaba demasiado lejos demasiado para quien acaba de oír la peor palabra de su vida.
Don Hilario pisó el acelerador, el coche saltaba de carril en carril, y los semáforos eran solo manchas rojo o verde, daba igual.
Sólo una vez, en una intersección, el coche derrapó de repente; un todoterreno negro surgió de la nada. Les separaron solo centímetros del accidente. Hilario giró el volante, las ruedas chillaron, saltaron chispas bajo los frenos.
El otro todoterreno se esfumó, dejando el olor a goma quemada y la certeza de que la muerte acababa de rozarles.
Marcos no se enteró de nada.
Las lágrimas le corrían imparables. Iba encorvado, el puño apretado contra la boca para no estallar en un grito.
Y de pronto una ráfaga de recuerdos. Como si alguien encendiera un proyector en su memoria.
Lucía tenía tres años. Sufría una amigdalitis tan grave, que el termómetro marcaba cifras que helarían a cualquiera. El médico de urgencias le puso una inyección y recomendó supositorios.
La pequeña Lucía, en su pijama de conejitos, toda sudorosa y entre llantos, llevaba media hora resistiéndose. Inés la consolaba, casi suplicando. Lucía sollozaba y se frotaba los ojos, hasta que al final cedía y decía, con aire resignado:
Vale, ponlo pero ¡no lo enciendas!
A Marcos casi se le doblaron las piernas de la carcajada. Hacía solo unos días la habían llevado a la iglesia a poner una vela y ella lo había entendido literal.
Don Hilario llevó el coche hacia la Gran Vía, bajo las luces frías de Madrid, tan cortantes como una hoja de acero.
Y la memoria, cruel, volvió a golpear.
Semanas después, la pequeña Lucía escalaba el aparador del salón. Parecía una cabrita salvaje: ágil, desobediente. Trepó hasta lo alto y gritó victoriosa.
En un instante, el mueble empezó a inclinarse, lento y peligroso. ¡Bum! Todo cayó con estruendo. Inés chilló, Marcos saltó, pero ya era tarde. El golpe desgarró el silencio de la casa.
Sobrevivió. Moretones, lágrimas, susto, y una tableta de chocolate enorme con la que intentaron parar sus llantos.
Al ver el chocolate, Lucía cambió de ánimo en un pestañeo, como si apretaran un interruptor. Se limpió la nariz en la manga y preguntó:
¿Puedo dos trozos a la vez?
Para ella, el chocolate era el botón de emergencia de la felicidad.
Y Marcos pensó que, si repartieran chocolate en los hospitales, quizá la humanidad ya habría inventado la vida eterna.
Y poco después
La calma de la casa, el atardecer, la lámpara encendida.
Inés dijo:
Mañana iremos a la iglesia a encender una vela por la salud.
Y Lucía, más seria que nunca, preguntó:
¿En el culo también?
Inés se cubrió el rostro de la risa mientras Lucía los miraba extrañada, como diciendo: Pero, ¿por qué os reís?.
Y ahora, en el coche, esa frase absurda golpeó directo al corazón de Marcos.
Porque en esas tonterías estaba toda su vida.
La vida de ella.
El jefe consiguió llevar a Marcos al hospital. El coche se detuvo de golpe, como si temiera perder un segundo.
Lucía sigue viva fue lo primero que oyó Marcos. La llevaron enseguida a la UCI, llevan horas sin decir nada.
A Inés la dejaron entrar. A Marcos solo le quedaba esperar y rezar
——-
Era la una de la madrugada; la hora en que el mundo parece suspenderse y el alma se vacía en soledad. Marcos levantó la vista buscando en las ventanas del segundo piso aquel lugar donde su niña luchaba por vivir.
En la ventana como en una escena de cine de terror apareció Inés. Inmóvil, los brazos pegados al cuerpo, con la mirada perdida tras el cristal, directamente hacia él. No movía un solo dedo, ni siquiera cogía el móvil.
Marcos agitó la mano con desesperación, como si así pudiera espantar el miedo. Llamó ella no contestó. Solo miraba, como la sombra de un amor que teme desaparecer si se mueve.
Entonces sonó su teléfono. Breve. Seca.
Pase usted.
Y colgaron.
El terror le invadió de tal forma que el aire se volvió espeso, difícil de respirar. Intentó levantarse, pero las piernas se negaban. Su cuerpo parecía aferrarse al suelo, como si algo intentara impedirle oír la peor de las noticias.
Sabía que tenía que ir, pero el pánico le anulaba.
Justo entonces, apareció una enfermera. Joven, ojerosa, con unas zapatillas gastadas de hospital. Se acercó hacia él.
Marcos la miró y, por dentro, todo se vino abajo.
Todo. Se acabó. Ahora lo dirá.
La enfermera se inclinó un poco y dijo, tranquila, como quien pronuncia sentencia, pero con un susurro luminoso:
Vivirá. El peor momento ha pasado
El mundo se le desmoronó.
Los labios temblorosos, manos ajenas, inconscientes, como si ya no le pertenecieran. Intentó pronunciar una palabra: gracias, Dios, cualquier cosa. Pero solo le bailaban los labios, le temblaban las manos y las lágrimas calientes, vivas le surcaban la cara.
—–
Después de aquella noche, para Marcos nada más tuvo importancia.
Ya no le importaba perder el trabajo, ni hacer el ridículo, ni mostrarse vulnerable.
Solo le sostenía la memoria de aquella noche: cómo el mundo puede detenerse de golpe. Cuán fácil es perder de repente a la persona para la que te sientes capaz de mover montañas
Todo lo demás perdió peso.
Como si una línea de miedo partiese la vida en dos: el mundo de antes y el mundo de después.
Todos los demás temores se deshicieron, convertidos en un murmullo inútil frente al verdadero silencio.







