¡Otra vez se está lamiendo! ¡Javier, quita al perro!
Lucía miraba, frustrada, a Trufo, que saltaba a sus pies sin entender nada. ¿Cómo habían acabado con un trasto así? Se lo habían pensado tanto, buscando la raza perfecta, preguntando a adiestradores y sabían bien la responsabilidad que era. Al final se decidieron por un pastor alemán, buscando un amigo fiel, un guardián y un defensor. Como un champú, tres en uno. ¡Pero si hasta al guardián hay que protegerle de los gatos!
Que sí, mujer, que todavía es un cachorro. Ya verás cuando crezca.
Sí, sí Estoy deseando ver a este caballo hecho y derecho. ¿Te has dado cuenta de que come más que nosotros dos juntos? ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y no hagas tanto ruido, zoquete, que vas a despertar a la niña refunfuñaba Lucía, mientras recogía los zapatos que Trufo había desparramado por la entrada.
Vivían en el Paseo de la Castellana, en un bajo grande de edificio antiguo, de esos de ventanas casi pegadas al asfalto. El sitio era genial, salvo un pequeño pero. Las ventanas daban a un rincón muerto del patio, donde por las noches había sombras, se reunían hombres a charlar y no pocas veces acababan a tortas.
Lucía pasaba casi todo el día sola en casa, con la bebé recién nacida, Estrella. Javier salía por la mañana hacia el Museo del Prado, y en sus ratos libres se perdía en rastros y mercadillos de libros. Tenía ese ojo de experto, lo llamaba Lucía medio en broma: ojo clínico para detectar obras de arte, libros raros y objetos singulares. Al final, en casa había ya una buena colección de cuadros, y en el aparador del sesenta lucían platos de cerámica de Talavera, figuritas del realismo social y cubertería de plata de principios de siglo Lucía se sentía inquieta, sola con tanto valor entre manos y la niña, porque los robos en la finca no eran raros.
Lucía, ¿tú qué opinas, sacamos a Trufo ahora o después de comer?
Ni idea. Y, francamente, no es asunto mío, ni canino ni humano.
Apenas oyó la palabra mágica paseo, Trufo salió disparado al recibidor, derrapó en la esquina, agarró la correa y volvió saltando hasta el techo. Vamos, un caballo más que perro. Es que quería a todo el mundo, se restregaba con cualquiera, traía la pelota a quien llegara, salvo a los invitados sólo los dejaba en la puerta. Un alma abierta, pero lo querían para guardar la casa, no para repartir abrazos. Ni siquiera perseguía a los gatos del patio. Al revés, iba con la pelota tan contento, como diciendo: venga, que quiero jugar. Y, claro, le cayeron unos cuantos zarpazos. Los gatos del patio sí que son listos, esos sí son los que habría que traer para protegerse… Ahora, otro día entera sola. Javier se marchaba a Aranjuez a una fiesta de pintura, ¿y ella qué? ¿Vigilar la vajilla y pasear al tragón este? Mira que hay que tener pocas preocupaciones
A la madrugada, Javier se levantó de puntillas, sin querer molestar. Pero, claro, Lucía oyó el hervidor en la cocina, el sonido de la correa y los chistidos de Javier para que Trufo no ladrara ni pisara fuerte. Con esos sonidos suaves se durmió otra vez, y cuando la despertó la niña, Javier ya no estaba. El día empezó como siempre. Un día sencillo, tranquilo. ¿No es eso la felicidad? Las amigas suspiraban: ay, Lucía, tan joven casada, con marido y niña, el día entero metida en casa, la rutina te ha devorado Pero, ¿acaso la rutina no tiene encanto? Vale, no salió todo redondo: le pesaba la ausencia frecuente de Javier, el poco espacio, el dinero que nunca llega. Y, sobre todo, esa manía suya que se lleva gran parte del sueldo Ahora había traído un amigo orejudo, y a Lucía le tocaba lidiar con él. Pero tenía claro que a los que quieres hay que quererlos con sus manías. Nadie te promete perfección. Cuando lo aceptas, encuentras paz, y deciden disfrutar lo que tienes, no frustrarte por lo que falta.
Allí estaba, sentada en el cuarto de la niña, dándole el pecho, esperando a que se despertara y volviera a mamar después de dormirse encima. Tocaron el timbre, pero Lucía ni abrió. No esperaba a nadie, y cruzar Madrid porque sí, a nadie se le ocurre. Ese rato tranquilo de la mañana, ¡cómo lo disfrutaba! Todo en silencio, sólo el tic-tac del reloj antiguo y, desde la ventana, el sonido de la ciudad: el zumbido de los autobuses, el rumor de los coches, las escobas barriendo, las voces de los niños ¿Y el orejudo, dónde estaba? Llevaba rato sin aparecer, raro en él. Bueno, de orejudo, nada: las tiene bien tiesas. Sólo que de carácter en fin, un lila. Pues mira, ahora toca vivir con él, alimentarlo, sacarlo y, de utilidad cero. Mejor haberse quedado con un bichón maltés.
Se puso a contemplar a Estrella, que al terminar de mamar se le quedó dormida coo una sanguijuela. ¡Qué niña tan preciosa! Mi tesoro, susurraba Lucía, acostándola. Crece, pequeña ¿qué más puede pedir una madre?
Y en ese momento, del salón llegó un sonido raro. Un crujido, o un chillido. Lucía aguzó el oído. De nuevo, crujido. Se quitó las zapatillas y caminó de puntillas. Lo primero que le chocó fue la posición de Trufo: estaba como encogido, escondido tras la cortina que separaba el recibidor del salón, en tensión, la lengua fuera, mirando fijo al fondo de la habitación. Lucía siguió su mirada y se quedó helada: de la ventana, más bien de la ventanilla, asomaba medio hombre. Una calva a lo matón, brazos y hombros dentro, peleándose para entrar del todo. Lucía no podía creer lo que veía. ¡No puede ser! ¿Qué hago? ¿Gritar? Pero el tipo ya casi estaba dentro. Un segundo, y
Un grito la hizo reaccionar. Una sombra negra voló hasta la ventanatardó en reconocer que era Trufo, saltó al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. ¡Aaaah! bramó el hombre con voz ronca, ojo saltón de pánico. Lucía salió al rellano y pidió ayuda a los vecinos, y a partir de ahí dejó de tener tanto miedo. Empezó a llegar gente, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque no pudieran hacer mucho, pero tenerles allí era una bendición. ¿Qué habría hecho sola? Venciendo el miedo, se asomóno fuera a ser que Trufo le abriera el cuello al chorizo. ¡Ya sería lo que faltaba! Pero Trufo, un cielo, le había mordido el cuello de la chaqueta, ni una gota de sangre. Sólo apretaba más si el hombre intentaba moverse. Cuando el tipo se calmaba, el perro aflojaba. ¿Cómo lo sabía? El tonto del balón actuó como un auténtico profesional. No ladró ni armó escándalo: montó guardia, esperó su momento y, cuando el ladrón estaba bien encajado a medias, atacó y le sujetó sin hacerle daño. Lo que toca es retener, y que la justicia decida.
Ni los policías más veteranos habían visto a un ladrón tan contento de dejarse atrapar. Le temblaban las piernas del susto, mientras el perro seguía con el papelón. Estaba tan orgulloso de su presa que costó convencerle para que soltara el cuello hasta que llegó el agente de la unidad canina. Dio la orden, Trufo soltó al ladrón, se sentó junto a la ventana y lo miró como pidiendo instrucciones. Sólo le faltó cuadrarse.
Qué suerte con el perro el agente sonrió y acarició a Trufo. Uno así nos vendría de perlas en el cuerpo
Javier volvió tarde esa noche. Abrió la puerta despacio y se quedó flipando en el umbral. Y no era para menos. Primero, Trufo tumbado a lo ancho del sofá, prohibidísimo y jamás consentido. Segundo, patas arriba, Lucía rascándole la barriga, mimándolo y casi besándole el hocico: Eres mi alegría, campeón, mi potrillo. ¡Crece y sé feliz! ¡A dar alegrías a papá y mamá! ¡Y yo que era injusta contigo, perdóname
Esta historia me la contó en una fiesta de pintura en Aranjuez el propio Javier, el experto en arte. Trufo la contaría mejor aún: cómo acechó, cómo atrapó y cómo entregó al ladrón a la policía. Hace ya años, pero la historia sigue viva. Siento a Trufo rascando la puerta de mi memoria, y hoy me animé a compartirla contigo.







