No pudo esperar
Voy a pedir el divorcio dijo Carolina con absoluta calma, mientras le acercaba a su marido una taza de café. Mejor dicho, ya lo he pedido.
Lo dijo como si comentara cualquier rutina doméstica. Algo así como: hoy para cenar hay tortilla de patatas.
¿Puedo saber desde cuándo? Bah, mejor no delante de los niños contestó Javier, bajando el tono al ver las caritas ansiosas de los pequeños. ¿Qué he hecho mal? Y ni hablemos de que los niños necesitan a un padre.
¿Y tú crees que no puedo encontrarles otro? Carolina puso los ojos en blanco, esbozando una sonrisa irónica. ¿Qué me ha fallado? Todo. Esperaba que la vida contigo fuese tranquila como el agua de un lago, y ha resultado ser un río desbordado.
¿Habéis terminado la merienda, chicos? Javier no quería que siguieran escuchando. ¡A jugar, venga! ¡Y no hagáis de espías! añadió, sabiendo bien lo inquietos que son sus hijos. Entonces volvió a mirar a Carolina.
La mujer crispó los labios con disgusto. Él siempre mandando Dándose aires de padre ejemplar.
Me he cansado de vivir así. No quiero pasarme ocho horas en la oficina todos los días, sonriendo forzadamente a los compañeros, esforzándome con clientes… Yo quiero dormir hasta la una, ir de compras a las mejores tiendas, pasar la tarde en la peluquería. Y tú no puedes darme eso. Ya está bien. Te he dado los mejores diez años de mi vida…
¿Puedes ahorrarte el drama? interrumpió Javier secamente. ¿No fuiste tú quien luchó tanto por casarse conmigo hace diez años? Yo tampoco estaba loco por casarme.
Me equivoqué, a cualquiera le puede pasar.
El divorcio se resolvió rápido, sin escándalos. Javier, no sin esfuerzo, decidió que los niños se quedaran con su madre con la condición de tenerlos cada fin de semana y en vacaciones. Carolina accedió sin pestañear.
A los seis meses, Javier presentó a sus hijos a su nueva esposa. Alba, sonriente y vital, se ganó enseguida a los niños. Esperaban los fines de semana con tantas ganas que esto desesperaba a su madre.
A Carolina le molestaba aún más que Javier hubiera heredado de un tío lejano, se hubiera comprado un chalet en las afueras de Madrid y viviera cómodamente. Eso sí, no dejó el trabajo, la pensión alimenticia era modesta porque él prefería comprarle directamente a los niños todo lo que necesitaban y llenarlos de dispositivos tecnológicos. ¡E incluso controlaba cómo se gastaba aquella pensión!
¿Por qué no aguantó seis meses más? Si Carolina hubiese sabido lo que iba a pasar ¡Menuda vuelta hubiese dado a la situación!
Aunque tal vez aún no estuviera todo perdido
*************************
¿Tomamos un café? Como antes, en los viejos tiempos insinuó Carolina, rizándose un mechón de largo pelo entre los dedos y luciendo un vestido corto que realzaba su figura. Había pasado horas arreglándose; el maquillaje le quitaba años de encima. Se veía irresistible.
No tengo tiempo replicó Javier, mirándola sin expresión. ¿Los niños están listos?
Andan buscando no sé qué, tardarán diez minutos, ya sabes cómo sonintentó resistirse al rechazo. ¿Por qué no celebramos juntos Nochevieja? Nico y Dani han estado todo el día decorando el árbol.
Quedamos en el juzgado que estas vacaciones son para mí. Y lo celebraremos en un pueblecito precioso de la sierra, lleno de nieve, con pistas de esquí y snowboard. Alba ya lo ha preparado todo.
Pero es una fiesta familiar
Por eso mismo, lo celebraremos en familia. Si te quejas, pido la custodia completa.
Apenas se cerró la puerta tras Javier y los niños radiantes, Carolina rompió, furiosa, la carísima vajilla de boda. Alba, otra vez Alba. ¿Por qué se entromete siempre? Se desvive con los niños, hace como que está encantada con ellos, pero seguro que está contando los días para que se vayan ¡Carolina sabía bien lo inquietos y tercos que eran sus hijos!
Pero quizás esa era una idea. Sonrió satisfecha. Todavía no estaba todo perdido. Muy pronto, el dinero de Javier estaría bajo su control
********************
¿Y esto qué es? Javier levantó las cejas al ver las maletas en la puerta.
¿Qué va a ser? La ropa de Nico y Dani Carolina dio un golpecito al maletón, que casi se volcó. Como ya tienes tu vida arreglada, ha llegado mi turno. Entenderás que no todos los hombres quieren criar hijos ajenos, así que los chicos vivirán contigo a partir de ahora. Ya he estado en servicios sociales, te avisarán, solo queda el papeleo. Eso te apañas tú. Yo me voy de vacaciones con un nuevo amigo
Dejando a Javier perplejo, Carolina salió rumbo al coche que la esperaba. ¿Cuánto soportaría esa santurrona de Alba? ¿Una semana? ¿Dos? Seguro que no más de dos. Y Javier, enfrentado a elegir entre los niños y su mujer, apostaba a que escogería a sus hijos. Y volvería corriendo a ella. Con todo el dinero
Pasaron dos semanas. Un mes. Dos. Nadie le llamó pidiendo que recogiera a los niños. E incluso por lo que decían ellos por teléfono, Alba no les había levantado la voz ni una sola vez. ¿De verdad esos dos demonios se habían vuelto angelitos? ¡Increíble!
¿Qué tal se portan los niños? ¿Aún no habéis perdido la paciencia? Carolina no pudo resistirse y marcó el número de Javier.
Perfectos, obedientes, colaboradores la voz de Javier se dulcificó al hablar de los hijos. ¡Unos soletes!
¿Sí? respondió Carolina, sorprendida. Conmigo eran todo lo contrario
Es cuestión de dedicación Javier resopló. Pero tú siempre estabas pegada al móvil. Por cierto, nos mudamos. Si quieres, te traigo a los niños en vacaciones.
Pero ¡son mis hijos también!
Me cediste la custodia sin problema rió Javier abiertamente. Vaya madre
A Carolina no le quedó más que lamentarse. No recuperó al marido (o más bien, al dinero), con el nuevo pretendiente tampoco funcionó, y ahora los niños estaban lejos. Aunque, para ser sinceros, tampoco los echaba tanto de menos Le encantaba tener todo el tiempo para ella.
¿Acaso es justo? Diez años esperando, para quedarse sin nada solo medio año antes de lograr la vida que quería
La vida no es justa. Esa es la lección de hoy.







