Diario personal, 16 de marzo
Elena, ¡ni te imaginas! decía mi padrastro con brillo en los ojos. ¡Matías y yo hemos decidido volver el año que viene a las costas de Cádiz! Quiere repetir en aquel hotel junto al mar. ¿Y qué voy a hacer, si es mi hijo de sangre?
Cómo se le escapó, sin querer, eso de de sangre.
Me alegro por vosotros le respondí, pensando en lo bonito que era todo antes de que ese Matías apareciera por el horizonte. Hijo de sangre Y tú siempre me dijiste que éramos una familia. Que no importaba ser de sangre o no.
Eso decía. Que yo era su hija, y que eso era lo de menos.
Ya estás otra vez Venga, Elena. Eres mi hija, ¡eso no cambia! Te quiero como si fueras mía, lo sabes. Pero Matías
Él mismo se daba cuenta de que me confirmaba lo que sentía.
Matías es hijo. Y yo supongo que sólo soy una conocida.
Elena, ¿pero qué te pasa? Te lo digo: eres como una hija para mí.
Como una hija ¿Alguna vez me llevaste al mar? ¿En todos estos quince años que dices ser mi padre?
No, nunca me llevó. Arturo siempre repetía que no había diferencias entre Matías y yo, pero yo, al oír todo lo que hacía por su hijo, sabía que la diferencia era enorme.
No se pudo, Elena. Ya sabes que antes la cosa del dinero era más complicada. Ya no eres una cría, entiendes el dineral que cuesta dos semanas en un hotel de cinco estrellas Es carísimo.
Entiendo asentí. Gastos. Una fortuna llevarme a mí. Pero a Matías, del que te enteraste hace sólo seis meses, ya le estás pensando comprar un piso con hipoteca, para que tenga dónde llevar a su futura esposa. ¿Eso no te parece un gasto excesivo, si se trata de tu hijo?
Que no, que no estoy comprando nada ¿Quién te ha dicho eso?
Gente que me quiere.
Diles a esos que dejen de inventar.
Empecé a animarme un poco.
¿De verdad que no?
Claro que no. ¡Ah, adivina a dónde vamos con él este sábado! y se contestó a sí mismo. ¡A los karts! En la uni participó en carreras, yo iré por acompañar.
Karts repetí suena emocionante.
¡Y tanto!
¿Puedo ir con vosotros? me salió sin pensar.
Arturo, nada convencido, empezó a balbucear:
Eeeh Elena Te vas a aburrir. En serio. Es… una cosa de hombres, sabes. Nosotros allí hablamos de nuestras cosas, de padre e hijo.
Dolía.
Entonces ¿a ti te resulta interesante y a mí no?
No quiero decir eso nervioso, jugueteaba con las llaves. Es que llevamos toda la vida sin vernos, queremos ponernos al día. Ir los dos solos. ¿Me entiendes?
Lo peor era ese me entiendes. Era la palabra más cruel de este nuevo diccionario familiar. Había que entender que lo auténtico era más importante que lo adoptado. Que mi sitio ya estaba, a estas alturas, fuera.
Matías era bueno, sí. Creció sin padre, porque su madre nunca quiso contarle a Arturo que existía. Y aun así, el chico había sabido prosperar. Brillante, guapo, bondadoso.
Sí, papá, hoy ayudé en un refugio. Estaba arreglando los cheniles de los perros.
Papá, por cierto, ¿sabías que terminé la carrera con matrícula?
Papá, mira, te he arreglado el móvil.
No era sólo un hijo, era el hijo perfecto.
Esa misma noche, cuando Arturo se fue tras haber estado un rato en casa, me puse a mirar álbumes viejos La boda de mi madre y Arturo (mi madre, que murió hace cinco años, quedándonos solos él y yo). Aquí estábamos en la sierra Yo, en mi graduación del instituto
Nada volverá a ser como antes.
***
Elena, ¿no duermes? Tengo que hablar contigo urgente Arturo apareció en mi piso a las ocho de la mañana.
¿Qué urgencia es esa a estas horas?
Me recogí el flequillo y puse la cafetera.
Sobre el piso para Matías.
¿Así que era verdad? susurré.
Lo siento, sí era verdad.
Me has mentido.
No quería hacerte daño. Pero necesito tu consejo. Creo que tengo que darme prisa. Al final el chico se casará, ya sabes. Mientras es joven, mejor que tenga un sitio propio. No quiero que le pase como a mí
Solicita la hipoteca espeté, harta de hablar del dichoso piso. ¡Le había caído del cielo la vida a ese Matías!
Sí, bueno, pero ya sabes qué historial tengo con los bancos A Matías le tengo que ayudar. Se ha ganado que su padre, del que nunca supo nada, le compre un piso.
¿Y qué quieres de mí?
Ayúdame, Elena. Si te lo pido.
Depende de para qué.
Mira, tengo doscientos mil euros. Eso basta para la entrada. Pero el banco a mí no me concederá el préstamo. A ti sí, porque tienes historial limpio. Lo ponemos a tu nombre, y yo pagaré las cuotas. Te lo prometo.
La ilusión de no hay diferencia entre vosotros se rompió en mil pedazos. Claro que hay diferencia. A mí nadie me pide hipotecarme por él.
O sea, para Matías el piso, para mí la deuda. ¿Así lo ves?
Arturo negó con la cabeza, herido, como si la idea hubiera sido mía.
¿Cómo dices eso? Pagaré yo No es que te pida que tú pagues. Sólo hace falta que esté a tu nombre. Piénsalo, por favor.
Sabes, Arturo, no estoy pensando en si debo pedir un préstamo o no. Estoy pensando en que ya no me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo. Hace seis meses que lo conoces, a mí hace quince años, pero sólo importa que él es de sangre.
¡Mentira! saltó Arturo. Os quiero igual.
No. No es igual.
¡Elena, eso no es justo! Es que él es de sangre
Telón. Ya no era su hija. Era la hija adoptiva, la cómoda, hasta que llegó el hijo verdadero.
Está bien intenté no ser grosera. No puedo hacerlo, Arturo. Algún día tendré que comprarme yo también una vivienda. No conseguiría una segunda hipoteca.
Por primera vez, pareció recordar que yo también estaba sin piso propio.
Vaya, sí, claro, tú también necesitarás miró el reloj. Pero como aún no piensas comprarlo, podrías ayudarme. Tengo doscientos mil. Faltaría poco. Sólo serían un par de años.
No dije. No voy a poner nada a mi nombre.
No esperaba que Arturo me entendiera.
Vale dijo. Si no puedes ayudarme como hija pues nada, lo haré como pueda.
¿Alguna vez me vio realmente como su hija? Ya no importaba. Ahora Arturo sólo existía en las fotografías.
Unas semanas después, navegando por redes, lo vi.
Una foto en el aeropuerto. Arturo y Matías. Ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Matías, y debajo una frase: Volando con mi padre a las Islas Canarias. La familia es lo primero.
Familia.
Dejé el móvil.
Me vino a la memoria un momento de mi niñez. Antes de que mi madre se casara con Arturo. Yo tenía cinco años. Vivíamos con muy poco y una muñeca, regalo de mi abuela, se me rompió. Lloraba, y mi padre biológico me dijo: Elena, ¿vas a llorar por una tontería? No me molestes.
Nunca se le podía molestar. Sólo le interesaba el vino. Puede que nunca tuviera padre. Pensé que Arturo había ocupado ese sitio
Poco después, volvió a intentarlo.
Elena, tenemos que solucionar ese tema de tu desconfianza
¿Qué desconfianza, Arturo? Te lo he dicho claro: no.
Es que no entiendes la situación. Matías no me conocía. Nunca tuvo padre. Hay que compensar eso. Es mayor, necesita su independencia. No te estoy pidiendo gran cosa, sólo que estés presente, te doy mi palabra que no pagarás ni un céntimo.
¿Quién me compensa a mí todo lo que me falta?
Eso lo molestó de verdad.
¡Elena, basta! No quiero más discusiones. Te quiero, de verdad. Pero entiende Matías es mi familia real. Cuando tengas tus propios hijos lo entenderás. Sí, os quiero de formas diferentes, pero eso no significa que no te necesite.
Me necesitas. Como garantía.
¡Elena, por favor! Estás exagerando.
Has cambiado por él en seis meses, Arturo repliqué. No te pido que elijas. La elección ya está hecha. Y has dicho la verdad: Matías es de tu sangre. Yo nunca lo fui.
Pasaron seis meses. Arturo no llamó. Ni una vez.
Un día, hojeando la misma red, vi una foto nueva.
Arturo y Matías. Detrás, los Picos de Europa. Arturo, con ropa de esquí moderna. El pie de foto decía: ¡Enseñando a papá a hacer snowboard! Ya no tiene edad, pero con un hijo se atreve a todo.
Me quedé mirando la foto.
Volví al escritorio para acabar un informe cuando, de pronto, llegó un mensaje de un número desconocido.
Hola, Elena. Soy Matías. Papá me ha dado tu número, pero a él le da apuro llamarte. Te manda decir que encontró una solución para el piso sin ti, pero que le preocupas. Y que si podrías venir a pasar el puente de mayo con nosotros. No sabe explicarlo, pero lo quiere mucho.
Escribí la respuesta varias veces, borrando y reescribiendo.
Hola, Matías. Dile a Arturo que me alegro mucho por él y que también pienso en él. Pero no iré. Ya tengo otros planes. Me voy al mar.
No le conté que los billetes los había pagado yo con mi propio esfuerzo. Ni que mi destino no es Cádiz, sino el norte, con una amiga.
Pulsé enviar.
Y pensé que, quizá, sí pueda ser feliz sin él.







