Y además comprendió que su suegra no era tan mala mujer como había pensado todos estos años La mañana del treinta de diciembre no se diferenciaba en nada de las demás de esos doce años que llevaba viviendo con Dimi en Madrid: como siempre, él se marchó de caza temprano y no volvería hasta el treinta y uno a la hora de comer, el hijo estaba en casa de la abuela y ella, Nati, otra vez sola en casa. Durante años se acostumbró a que Dimi, gran aficionado a la pesca y la caza, pasara todos los fines de semana y festivos en el monte, hiciera el tiempo que hiciera, y ella le esperase en casa. Pero hoy se sentía especialmente triste y sola. Normalmente, dedicaba esos días a limpiar o cocinar, siempre había algo que hacer. El fin de año lo pasarían, como siempre, en casa de su suegra, todos juntos, como tantas veces. Pero hoy, simplemente, no tenía ganas de hacer nada, ni le salían las cosas. El oportuno telefonazo de su mejor amiga de la infancia, Irene, le alegró el día. Tras algunas dudas, acabó yendo a su casa, donde se juntaron viejos amigos del colegio y Nati se lo pasó genial —sobre todo porque allí estaba Gracián, su primer amor de juventud. Fue una de esas noches en las que, entre risas y recuerdos, los sentimientos se desbordaron y acabó pasando la noche con él. Al volver a casa, Nati se llevó el susto de su vida al ver que Dimi había regresado antes de lo previsto. Temió lo peor, se culpó mil veces, pero justo entonces sonó el teléfono fijo: era su suegra, Zinaida, que con voz tranquila cubría su ausencia del modo más natural, como si de una confidente improvisada se tratase. Por la tarde fueron a casa de la suegra para celebrar la Nochevieja. Durante un momento a solas en la cocina, Nati quiso disculparse y dar las gracias, pero su suegra cortó la conversación: “Anda, déjalo. ¿Te crees que nunca he pasado por lo mismo? Mi Petru, igual que Dimi, siempre en el monte… Lo importante es que no se haga costumbre, ¿me entiendes?”. Nati comprendió, y se dio cuenta de que su suegra no era en realidad esa temida bruja, sino una mujer que lo entendía todo. Y así, la historia terminó bien, con Nati resuelta a no irse nunca más de casa sin su marido. Tomado de la red.

30 de diciembre

Hoy me he despertado igual que todos los treinta de diciembre de los últimos doce años. Doce años que llevo compartiendo mi vida con Dimas. Todo sigue el mismo patrón: él se levanta temprano y se marcha a cazar junto a sus amigos, sin importar el clima, y no volverá hasta justo antes de la Nochevieja para la comida. Nuestro hijo está en casa de mi madre, así que una vez más, soy yo la que se queda sola en casa.

A estas alturas ya me he acostumbrado. Dimas siempre ha sido un apasionado del campo, de la caza y de la pesca, y todos los fines de semana y fiestas los pasa metido entre encinas y jara, mientras yo me quedo esperándole, ocupada en mil y un quehaceres domésticos. Todos los años pasamos Nochevieja en casa de su madre, Mariana, una tradición que jamás hemos roto. Pero hoy, curiosamente, me sentía especialmente sola. Todo me pesaba y nada me salía bien, dejando caer las cosas de las manos sin ganas de hacer absolutamente nada.

Por eso, la llamada de mi amiga Lucía me pilló casi de milagro y agradecí escuchar su voz. Lucía y yo somos amigas desde el instituto, siempre fue la más jovial, la que nunca perdía el ánimo ni aún después de su divorcio. Le encanta preparar pequeñas reuniones en su casa, así que no me sorprendí cuando hoy me invitó:

Otra vez sola en casa, ¿verdad, Clara? Dimas estará ya perdido en la sierra… Vente a mi casa esta noche, vamos a ser unos cuantos, y así no te quedas mustia allí sola.

Yo no le prometí nada en ese momento. No estaba en mi mejor día y tampoco me apetecía salir, pero conforme avanzó la tarde sentí cómo me devoraba la tristeza y la nostalgia. De repente, me golpeó la certeza de que todo este tiempo mi vida se ha limitado al trabajo, la casa y nuestro hijo. Dimas nunca quería salir, cualquier plan que no fuese pescar o cazar le aburría, y yo tampoco tenía ánimo para ir a ningún sitio sola. Así pasábamos nuestras vacaciones: en el pueblo de mi madre, en vez de viajar, de conocer otros lugares, aunque Dimas siempre ha tenido buena relación con mi madre.

La soledad se me antojaba insoportable. Así que, al final, me planté, me arreglé y salí hacia casa de Lucía. Allí estaban varios de los viejos amigos del instituto, y la noche fue animada. Pero lo que no esperaba era reencontrarme con Alfredo, mi primer amor adolescente. Todo sucedió sin darme cuenta: entre copas, risas y recuerdos, la noche acabó uniéndonos, como si el pasado se hubiese apoderado de nosotros. Apenas bebí, pero la avalancha de nostalgia pudo más que el sentido común.

La mañana siguiente me desperté con una mezcla de vergüenza y remordimiento. Me marché casi a escondidas del piso de Alfredo y al llegar a casa, la primera imagen con la que me topé fue con la chaqueta de Dimas colgada en la entrada. Ya había vuelto. Sentí un miedo atroz. ¿Y si se enteraba de que no dormí en casa? Sólo de pensarlo se me heló el cuerpo; imaginé el escándalo, el enfado, su marcha de casa… No me lo perdonaría nunca, lo sé bien. Y yo tampoco sabría perdonarme.

No dejaba de castigarme mentalmente por haber puesto en peligro todo lo que quiero, preguntándome cómo me dejé arrastrar así. Definitivamente le amaba, y mi imprudencia me parecía imperdonable. En esas estaba, cuando sonó el teléfono fijo, devolviéndome de golpe a la realidad.

Era Mariana, mi suegra. Mira, Clara, no sé qué habéis hecho esta noche, pero Dimas me llamó porque no conseguía localizarte. Le he dicho que te he mandado a casa de tu tía Candela, que se puso mala y tú fuiste a ayudarla. Que no me dejes en mal lugar

Jamás imaginé que la ayuda vendría de mi suegra, con quien nunca he tenido demasiada relación. Nunca hemos discutido, pero Mariana jamás simpatizó conmigo. Siempre pensó que Dimas y yo nos casábamos muy jóvenes, luego convivimos todos juntos un tiempo y fue duro, pero desde que vivimos por separado, apenas nos tratamos fuera de fiestas familiares. Sin embargo, ese gesto suyo de cubrirme me conmovió. No era el momento de pensar en nada más que en estarle agradecida; ahora lo importante era que Dimas ignorase dónde pasé la noche de verdad.

Por la noche fuimos juntos a casa de Mariana como cada fin de año. Cuando tuve ocasión de quedarme a solas con ella en la cocina, sentí la necesidad de confesarme y darle las gracias, aunque apenas me dejó hablar.

Anda, Clara, déjalo estar. ¿Acaso crees que no sé lo que es vivir con un hombre que sólo tiene ojos para sus aficiones? El mío, Justo, toda la vida corriendo detrás de los perdices y los conejos ¿Crees que a mí tampoco me duele? Mientras eso no se convierta en costumbre, no hay que darle más vueltas. ¿Me entiendes?

Por primera vez sentí que realmente me comprendía, que ella no era ni mucho menos esa suegra terrible y fría que yo siempre creí. Lo entendía todo. Y así fue como, a pesar de la tempestad interna, la tormenta amainó. He decidido que nunca más cometeré el mismo error y, sobre todo, que de ahora en adelante, no pondré ni un pie fuera de casa si Dimas no está conmigo.

Cierro este año con esa lección grabada, y con el alivio de saber que aún hay margen para comprender a los demás y, quizás, hasta para cambiar nosotros mismos.

ClaraMientras la casa de Mariana bullía de voces, risas y brindis por el año que se iba, me quedé mirando el reflejo de mi rostro en la vieja cristalería del aparador. Vi en mis propios ojos a la mujer resignada de cada diciembre, sí, pero también el temblor de alguien que ha cruzado una línea desconocida y sabe que, aunque vuelva para atrás, ya no será la misma.

Entre el barullo de la cena, Dimas se acercó y me besó la frente con la rutina de quien repite un gesto aprendido. Pero yo apoyé mi cabeza en su hombro y me descubrí respirando hondo, observando a la familia, mi familia, como si fuera la primera vez: Mariana cortando turrón con precisión de cirujana, nuestro hijo llamando a gritos porque no encontraba su coche favorito, los primos lanzando papelillos y toda esa vida cotidiana llenando las habitaciones.

Pensé en Lucía, en Alfredo, en lo cerca que estuve de perderme. Pensé en Mariana y sus palabras: mientras no se convierta en costumbre, no hay que darle más vueltas. Comprendí que la soledad y el deseo no son enemigos, sino señales. Que, gracias al amparo silencioso de mi suegra y a la fuerza inesperada en mí, ahora sabía qué no quería repetir. Pero también entendí que tenía que buscar espacios para que mi propia voz no se apagara, aunque el amor, la rutina y las promesas fuesen mi refugio.

Alzamos las copas justo antes de las uvas y, al mirar a Dimas, supe que aún nos quedaba camino, quizás por sendas menos rectas, quizás más conscientes. Brindé por nosotras, las mujeres que seguimos, que callamos, que a veces caemos, pero aprendemos a levantarnos. Por las noches de Lucía, los silencios de Mariana y la Clara que esta vez eligió algo distinto, aunque fuera sólo por una noche.

Y cuando dieron las campanadas y todos reían y se abrazaban, me permití un brindis en silencio: por la honestidad, por la complicidad y por el coraje de cambiaraunque sea sólo un pocoantes de que termine otro año.

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MagistrUm
Y además comprendió que su suegra no era tan mala mujer como había pensado todos estos años La mañana del treinta de diciembre no se diferenciaba en nada de las demás de esos doce años que llevaba viviendo con Dimi en Madrid: como siempre, él se marchó de caza temprano y no volvería hasta el treinta y uno a la hora de comer, el hijo estaba en casa de la abuela y ella, Nati, otra vez sola en casa. Durante años se acostumbró a que Dimi, gran aficionado a la pesca y la caza, pasara todos los fines de semana y festivos en el monte, hiciera el tiempo que hiciera, y ella le esperase en casa. Pero hoy se sentía especialmente triste y sola. Normalmente, dedicaba esos días a limpiar o cocinar, siempre había algo que hacer. El fin de año lo pasarían, como siempre, en casa de su suegra, todos juntos, como tantas veces. Pero hoy, simplemente, no tenía ganas de hacer nada, ni le salían las cosas. El oportuno telefonazo de su mejor amiga de la infancia, Irene, le alegró el día. Tras algunas dudas, acabó yendo a su casa, donde se juntaron viejos amigos del colegio y Nati se lo pasó genial —sobre todo porque allí estaba Gracián, su primer amor de juventud. Fue una de esas noches en las que, entre risas y recuerdos, los sentimientos se desbordaron y acabó pasando la noche con él. Al volver a casa, Nati se llevó el susto de su vida al ver que Dimi había regresado antes de lo previsto. Temió lo peor, se culpó mil veces, pero justo entonces sonó el teléfono fijo: era su suegra, Zinaida, que con voz tranquila cubría su ausencia del modo más natural, como si de una confidente improvisada se tratase. Por la tarde fueron a casa de la suegra para celebrar la Nochevieja. Durante un momento a solas en la cocina, Nati quiso disculparse y dar las gracias, pero su suegra cortó la conversación: “Anda, déjalo. ¿Te crees que nunca he pasado por lo mismo? Mi Petru, igual que Dimi, siempre en el monte… Lo importante es que no se haga costumbre, ¿me entiendes?”. Nati comprendió, y se dio cuenta de que su suegra no era en realidad esa temida bruja, sino una mujer que lo entendía todo. Y así, la historia terminó bien, con Nati resuelta a no irse nunca más de casa sin su marido. Tomado de la red.